Están por todas partes: en todo tipo de eventos, en Internet, y hasta en Whatsapp. Las conferencias, el formato más potente y vivo para la divulgación de las ideas, está tan extendido que casi se nos ha olvidado preguntarnos por qué funciona. Cuesta imaginar un congreso sin conferencias, tanto como cuesta encontrar a una persona que no sea capaz de nombrar una charla que le haya impactado. ¿Por qué vemos tantas conferencias? ¿Qué tiene este formato que lo hace tan popular? ¿Por qué estamos enganchados a las conferencias?

Está claro que su fundamental fortaleza está en la posibilidad de entrar en contacto con una idea de una manera rápida y sintetizada, pero eso se puede hacer también leyendo un artículo o una tribuna de opinión. Y es evidente también que nadie va a cambiar el mundo ni su mundo por haber escuchado a alguien hablar durante una hora o dieciocho minutos, que es lo que suele durar una charla TED. ¿Por qué funcionan entonces las conferencias?

Una primera idea, que comparten otros formatos, pero que también explica por qué algunas conferencias son mejores que otras, es que a través de ellas tenemos la oportunidad de ver cómo mira el mundo quien nos habla. Es decir, cuál es la manera que tiene de interpretar la realidad y cuál es su voz única. Ese aspecto diferencial es el que, cuando realmente se hace patente, hace a las conferencias realmente atractivas. Por el contrario, cuando el conferenciante se limita a transmitir ideas de otros, la charla pierde fuerza.

La segunda idea sobre las conferencias, que es lo que realmente las hace únicas, es que tenemos la oportunidad de ver cuál es la reacción emocional de quien nos habla respecto a las ideas que nos presenta. Es decir, en una conferencia lo que aprendemos es cómo vivir un conocimiento nuevo, qué emociones despierta en quien nos habla, y por tanto qué emociones podría provocar en nosotros. Por eso aquellos conferenciantes que no hablan con pasión de sus ideas no resultan interesantes. De manera no consciente lo que pensamos es que es difícil que nos emocione algo que no emociona ni a quien lo está relatando.

Cuando ocurren ambas cosas, es decir, cuando estamos frente a un orador con voz única que además vive sus ideas con pasión, se produce una conexión de alto voltaje con la audiencia, producida por el elemento supremo de la transmisión de ideas, que es lo que llamamos inspiración.

La inspiración es la reacción emocional que se produce cuando súbitamente construimos sentido. Y la ciencia ha mostrado que es contagiosa. Es más, ha demostrado que ese contagio puede llegar a vivirse en el destinatario de una manera física. Cuando, por ejemplo, leemos una novela y experimentamos un estremecimiento o el corazón se nos acelera, es altamente probable que quien escribió esas líneas estuviera inspirado.

Las conferencias que realmente transmiten una mirada singular de un modo vivo y emocionante nos inspiran. Y entonces nos sentimos, como expresa esa idea quizá erróneamente atribuida a Newton, a hombros de gigantes. Trascendidos y elevados por la incontenible fuerza de la inspiración. Ese es el auténtico secreto de las grandes conferencias.

 

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Cuenta la leyenda que Narciso era un joven tan bello que estaba enamorado de sí mismo. Tanto que, según la mitología, rechazaba a todas las chicas que le pretendían. Salvando las distancias, el mito de Narciso recuerda a esos adolescentes, y no tan adolescentes, que prendados de sus perfiles en redes sociales, les prestan más atención a éstos que a las personas que tienen al lado.

Resulta seductor preguntarse hasta qué punto la adicción a las redes sociales no puede estar degenerando en una especie de narcisismo revisitado, un trastorno del ego inflamado que padecerían las personas que manifiestan las siguientes conductas:

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Parece que una de las características con las que los seres humanos venimos de serie es la imitación. Lo imitamos todo. Con independencia de si debemos a Rizzolatti y a las neuronas espejo de sus macacos el descubrimiento de una base neuronal para este fenómeno, lo cierto es que cualquier observación, siquiera accidental, nos devuelve la clara conclusión de que estamos hechos para la imitación. Los memes son una buena prueba de ello, aunque quizá anecdótica, y la moda es una muestra de mucho más impacto.

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Por diferentes razones, la educación se ha puesto de moda. O mejor dicho, se ha puesto de moda hablar sobre ella. Y muchas de las voces que se oyen, a veces incluso por encima de otras más solventes, no son sino opiniones poco fundamentadas. Uno de los peligros de las redes sociales es confundir opinión con criterio. Opinión tenemos todos, como todos tenemos nariz. Otro asunto más complicado es tener criterio. Aquí van algunas reflexiones a medio camino entre ambos extremos.

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Uno de los signos de nuestro tiempo es que la identidad virtual es un fenómeno que ha venido para quedarse. No se trata de si estamos a favor de las redes sociales o no, o de si estos medios encierran más peligros que ventajas. Se trata de que, a día de hoy, en la amplia mayoría de las profesiones, la sociedad espera que cada persona tenga un reflejo virtual. Por eso al conocer a alguien lo primero que hacemos es buscar su identidad en Internet. Y por eso también cualquier reinvención profesional tiene que ir acompañada de una estrategia de huella digital que requiere esfuerzo, pero sobre todo tiempo.

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La reinvención profesional es fundamentalmente un proceso de descubrimiento en el cual la persona se refleja en su propia identidad para averiguar qué otros caminos puede transitar. Desde luego no solo sigue los caminos que cada uno vislumbra como posibles, sino sobre todo los deseables. Y suele tener que ver con aficiones o sueños que, de alguna manera, han estado siempre presentes en la biografía de cada individuo.

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