Pocas veces el arte del naming ha producido un desajuste tan amplio entre expectativa y realidad como el apelativo millenials, con el que se ha bautizado a la generación de los nacidos aproximadamente entre 1980 y 1995, es decir, los que en este momento tienen, redondeando, entre 20 y 35 años.

Millenial viene de milenio, el umbral alrededor del cual esta generación comenzó a hacerse mayor de edad. Y ese término, milenio, suena a algo significativo, casi decisivo, a algo profundamente sugerente y casi místico. Nadie duda de que esta generación tenga sus propias características, algunas de ellas sin duda envidiables. Pero quizá si se les hubiera llamado ochentistas (en relación a la década en la que mayoritariamente nacieron), dosmileros (en alusión al año en el que muchos consiguieron la mayoría de edad, pero con otro término menos misterioso) o simplemente se hubiera conservado únicamente el término Generación Y (por continuación a la X, sus predecesores) tal vez la expectativa sobre su papel en el mundo hubiera sido más moderada.

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Son muchas las personas que dicen que después de las vacaciones necesitan otras para descansar de las primeras. Por otro lado, los profesionales que están constantemente viajando de un lado para otro, haciendo de los aeropuertos su segundo hogar, refieren constantemente lo fatigoso que resulta tanto movimiento. Es verdad que muchas veces durante las vacaciones estamos más activos de lo habitual, y lo es también que vagar arrastrando la maleta por los husos horarios es agotador. Sin embargo, existe otra hipótesis que podría explicar por qué viajar cansa tanto.

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En este mundo en el que cualquiera parece poder pontificar sobre cualquier tema en las redes sociales, tal vez sea necesario recordarnos todos que el ser humano es, por regla general, una criatura falible. Más de lo que pensamos.

Ya sabíamos que la memoria no funciona de manera exacta, y que dista mucho de parecerse a una cámara de vídeo. Por eso no recordamos las cosas como ocurrieron y por eso todos tenemos, en mayor o menor medida, recuerdos falsos. Asimismo, estábamos ya familiarizados con la idea de que nuestras predicciones tienden a fallar, incluso cuando pronosticamos futuros terribles (afortunadamente, en este caso). Por último y no menos importante, ya sabíamos desde hace algún tiempo que nuestras decisiones tienden a ser irracionales con más frecuencia de la que sospechamos. En suma: ya estábamos comenzando a acostumbrarnos a la idea de que debemos ir por la vida con un poco de humildad.

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Si buceáramos en la historia cinematográfica de la actividad físico-deportiva, seguramente aparecería la películaRockycomo una de las primeras en las que el entrenamiento, en sí mismo, tenía un papel protagonista. Sin embargo, en aquellos años setenta la imagen que se mostraba del ejercicio tal vez no resultaba del todo apetecible para la gran mayoría de la población: un aspirante a boxeador residente en un suburbio de Filadelfia, que acudía a un gimnasio desvencijado y cuya pauta de ejercicio, en la que el sufrimiento no era metafórico sino más bien inevitable, estaba destinada a conseguirfortaleza física. Cuanta más, mejor.

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Elliderazgo inspiradores una clave emergente en el ejercicio de la función directiva. Ayuda a que los profesionales se sientan autorrealizados, proporciona elevados índices de bienestar y aumenta la productividad. Y, más allá de eso, dota a las organizaciones de claves diferenciales que hacen que los grupos de interés los perciban como propuestas de valor únicas. Si asumimos que el ejercicio del liderazgo es una capacidad que se puede aprender, la gran pregunta es cuáles son los elementos que conducen al desarrollo de esa habilidad. Estas son algunas pistas:

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Sorprende que algunas empresas y directivos sigan sin reparar en el inmenso valor de las personas. Durante los peores años de la crisis fuimos testigos de cómo la reverenciada inteligencia corporativa palidecía ante un tsunami que amenazaba con llevarse nuestra forma de vida por delante. En ese momento, ni los mejores sistemas de gestión de conocimiento, ni los sagrados organigramas, ni los impolutos descriptivos de puesto pudieron contener la onda expansiva ensordecedora de una disrupción económica sin precedentes. Lo único que nos detuvo, al borde del abismo, fueron las personas.

Por eso llama tanto la atención que hoy se hable de “captar talento”, como si las personas que lo poseen no fueran lo verdaderamente importante. O de “retener talento”, como si lo realmente relevante fuera quedarse con el talento, aunque las personas abandonen la organización.

En la lista de las expresiones desafortunadas están también las “herramientas”, las “palancas”, las “cadenas” de valor y todos sus derivados. Como si las personas que habitan las organizaciones fueran simplemente engranajes que, al pulsar determinados botones, realizaran la labor encomendada con precisión milimétrica y sin salirse del patrón. Evidentemente, en la cúspide de todos estos despropósitos está la infeliz expresión “recursos humanos”, como si las personas pudieran equipararse a los recursos financieros o a los tecnológicos.

Dice Birkinshaw que aún somos prisioneros de una manera de concebir la organización del trabajo que es heredera de la era industrial, donde sí tenía sentido hablar de herramientas, palancas y cadenas. Pero el siglo ha cambiado, y ni las personas son máquinas, ni el talento se puede separar de ellas.

Años de investigación sobre el desarrollo personal en las organizaciones no han logrado hacer mella en la sorprendente concepción de muchas empresas y directivos, que siguen pensando que lo auténticamente valioso no es la persona en su globalidad, sino únicamente lo que produce.

No se sabe por qué mecanismos las expresiones acaban calando y difundiéndose a través de las conexiones sociales, pero sin duda una de las tareas ineludibles de cualquier profesional, máxime de los que habitan posiciones de liderazgo, es manejar los conceptos con solvencia semántica y capacidad crítica. Entre otras cosas porque los seres humanos no vivimos en el mundo, sino en una representación interior que elaboramos a partir de los estímulos que nos llegan del exterior. Y las palabras describen precisamente cómo es esa representación en la que vivimos.

Ni las personas son separables de su talento, ni el talento es una materia que se pueda captar, almacenar e incorporar a una serie de engranajes. Y desde luego, los seres humanos no son recursos.

 

 

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com