Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 25.11.2020

En 1950 dos americanos escribieron The Lonely Crowd, un libro que explicaba que las personas tenemos tres maneras básicas de conducirnos por la vida: o dependemos de la tradición, o buscamos en nosotros mismos la inspiración para pensar y actuar, o bien acatamos las consignas del exterior.

En su análisis indicaban que, tras el advenimiento de la sociedad de consumo, los estadounidenses comenzaron a gravitar cada vez más hacia una manera de vivir que se apoya largamente en el contexto, en lugar de en la brújula interior de cada uno. Pues bien, no solo es muy evidente que esto es una tendencia global sino que, además, y de manera creciente, nos comportamos como si la vida se basara en comprar en un supermercado los rasgos que nos definen, en ese otro signo de nuestro tiempo que es la construcción del yo a través del consumo. Es decir, no solo nos dejamos influir por el contexto en la elaboración de nuestra identidad sino que, en buena medida, somos lo que compramos.

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 21.10.2020

A veces vas a cruzar una calle por un paso de cebra cuando un coche que debería parar no lo hace. Y casi te atropella. A pesar del susto miras fugazmente en su interior y a menudo ves la misma estampa: un conductor, hombre o mujer, con la mirada fija, como si estuviera ido y no viera lo que tiene justo enfrente, que es el paso de cebra y a ti sobre él. Pero no es una mirada cualquiera: es una mezcla de tensión y preocupación, como si esa persona condujera angustiada, sobrecogida: es El rictus. Ni siquiera te preguntas si es que no te ha visto, porque es evidente que no lo ha hecho. Ese conductor, prodigiosamente, va al volante sin ver la carretera ni a los peatones. A veces ni los semáforos. Por eso ha estado a punto de atropellarte.

Otras veces ocurre en la cola del supermercado. Estás pacientemente esperando con tus compras y de repente…

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 07.10.2020

Desde hace décadas venimos escuchando las voces interesadas e impertinentes de los exaltados de la vida digital hablando sobre el acto educativo. Un grupo de opinión que, en general, desea la muerte de muchos de los aspectos de la vida que otros adoramos, relamiéndose ante su imaginario final: la muerte del libro físico, la muerte de los trabajos artesanales y, cómo no, la muerte de la clase presencial. Un grupo que, conscientemente o sin darse cuenta, ha dado por sentado que, si se pudiera hacer un experimento a escala planetaria, las bondades y posibilidades de la tecnología digital educativa brillarían con matrícula de honor. Tanto que sería posible, fantasean, erradicar el cara a cara en educación. Pues bien, ese experimento finalmente se ha llevado a cabo. Quizá no como ellos posiblemente soñaban, pero se ha realizado. De este modo, en los últimos meses hemos podido ver cómo colegios y universidades se lanzaban a una digitalización forzosa y completa, no solo de lo que ocurre en las aulas sino también de su capa de gestión. Mientras se aplicó el estado de alarma los estudiantes fueron confinados en sus casas, así como sus profesores y, durante varias semanas, tuvo lugar el más grande experimento de la historia sobre el e-Learning.

No hace falta conducir ningún análisis sofisticado para conocer los resultados de este estudio porque están en cada conversación, en cada mensaje y en cada suspiro. Los profesores, otros héroes auténticos a los que incomprensiblemente nadie aplaude desde el balcón, se cansan de estar permanentemente mirando a una pantalla, tanto como sus alumnos. Y sus alumnos, siempre que pueden, ocultan su imagen y mutean el micro, dejando al profesor frente a un silente listado de iniciales, en una versión contemporánea de la bíblica prédica en el desierto. Los métodos de evaluación de competencias complejas brillan por su ausencia y, en el lado de la gestión, nada nuevo: hartazgo por las reuniones virtuales y añoranza de los cafés en la sala de profesores y del aire fresco del patio.

Los tecnoadictos y tecnoególatras, gurús digitales autoproclamados y el resto de fanáticos virtuales dirán que no hay medios suficientes, que se improvisa más que se planifica o que si se contara con más formación todo iría como la seda. Pero lo cierto es que, desde que llevamos escuchando esta repetitiva soflama en pro de lo puro digital, nunca ha habido tantos medios ni tanto profesional formado, formal o incidentalmente. Ya hubieran querido los que iniciaron proyectos de virtualización educativa hace veinte años nuestra tecnología y nuestra soltura con el Whatsapp.

Las conclusiones preliminares de este estudio a escala planetaria son claras: estamos aprendiendo que los procesos educativos son mucho más complejos de virtualizar de lo que imaginábamos, que la presencia es un catalizador del aprendizaje y, sobre todo, que la educación no es una cuestión de fe. Da igual lo que creamos en esta u otra metodología o tecnología: el aprendizaje se produce o no se produce, así de simple. Y esta pandemia tan intensiva en tecnología digital está dejando un largo rastro de aprendizajes no realizados, digan lo que digan las planificaciones exhaustivas y los documentos públicos sobre el aseguramiento de la calidad exhibidos por colegios y universidades. Las lecciones que se han quedado por el camino son como los abrazos que no nos estamos dando, en este año en el que, por otro lado, tanto estamos aprendiendo sobre la vida y sobre nosotros mismos.

La conclusión final del experimento más grande del mundo sobre e-Learning es aún más clara: la tecnología digital está lejos, por sí sola, de competir con la formación presencial en cuanto a la creación de un entorno verdaderamente potente y rico de aprendizaje. Así que, una vez más, esta tecnología, como tantas y tantas otras, no representa un punto y aparte, ni muchísimo menos una revolución. Lo será, tal vez, algún día. Pero no hoy. Eso sí, cuando no hay nada más, es un sustituto digno. Y con ese sustituto nos apañaremos mientras esperamos pacientemente la vuelta a las aulas, con el mismo entusiasmo que esperamos el retorno de los abrazos perdidos.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 23.09.2020

Al comienzo, cuando el coronavirus irrumpió en nuestra pacífica existencia, contestamos sacando pecho con entusiasmo y arrojo, publicando con vehemencia nuestro compromiso con la lucha al compás del Resistiré del Dúo Dinámico. Compartimos miles de memes motivadores, portamos con orgullo la bandera de esta guerra, la mascarilla, e incluso aparecieron centinelas en todas las comunidades de vecinos que, a golpe de fotografía y vídeo, denunciaban públicamente a quien se desviase del recto camino. Y en lo que, pensábamos, era el apogeo de la crisis, honramos a nuestros héroes y a nuestros mártires, lloramos durante las videollamadas y apretamos los dientes para contener todos los abrazos que no nos podíamos dar.

Luego el estado de alarma tocó a su fin y, como una profecía, al mismo tiempo llegó el verano. Y entonces entramos en una fase más átona de nuestro compromiso con la lucha, al tiempo que comenzamos a permitirnos alguna que otra cana al aire. Canas al aire en las celebraciones, en las reuniones familiares y por supuesto en los bares. “Cómo no le voy a dar un abrazo a mi padre” —decíamos nosotros—, “luego me pongo la mascarilla” —decían los adolescentes— y “es que ahora estoy tomándome la cerveza” —decíamos todos en las terrazas o en los botellones—. El resultado fue que el virus, que nunca descansa, ha vuelto a hacerse fuerte y, tras la desescalada, ha irrumpido la nueva escalada de los contagios haciendo añicos la nueva normalidad.

Y ahora entramos en la tercera fase. Aún con mucho teletrabajo que, tras el entusiasmo inicial, ya no resulta tan apetecible, con unos hijos regresando a un colegio improbable y, como en todos los finales de verano, con la huida del calor y la vuelta al tráfico. Todo ello aparentemente superable, si no fuera por la cada vez más alargada sombra de una crisis que parece querer empezar a rivalizar con la de 2008. Definitivamente, esta es la vuelta que no queríamos.

La mayoría de los seres humanos estamos construidos para resistir un embate, pero no dos. Tampoco lo estamos para las grandes adversidades, que son aquellas para las que no tenemos mapas. Y en esta ocasión se están dando las dos circunstancias simultáneamente. Por eso este otoño se nos antoja el más umbrío de los otoños.

Solo hay dos verdades sobre las grandes crisis, esos momentos en los cuales la cueva se cierra de pronto y nos quedamos sin luz y sin aire. La primera, que todos llegamos a ese momento con lo que tenemos y somos. Es muy difícil ser una persona nueva cuando la ola se colapsa y nos ahoga. Si al llegar una adversidad severa somos débiles, se cebará en nuestra debilidad. Si dependemos de los demás, esa dependencia se exacerbará. Y si tendemos a la ansiedad, viviremos la crisis con el corazón arrugado en un puño. Por eso la mejor manera de conocernos, o de conocer la verdadera construcción de alguien, es en medio de un desastre.

Los acontecimientos no obran intencionadamente y, por tanto, no hay límite alguno a la cantidad de sucesos negativos que podemos llegar a experimentar. Las víctimas fatales de esta crisis sanitaria son la prueba más evidente de este principio. Seguro que ninguna de ellas, cuando brindó saludando a los primeros minutos del año, pensaba que iba a morir pocos meses después en la soledad de una habitación de hospital. Por tanto, si esto es así, la única salida viable es convertir lo que estamos experimentando en una escuela de vida y trazar nuevos mapas para el futuro.

Es lógico pensar que alguien que ha vivido una guerra en primera persona se alarme menos por una enfermedad grave que quien siempre ha vivido en tiempo de paz. Igualmente, es plausible que alguien que ha padecido ese tipo de enfermedades se angustie menos por perder su empleo que alguien que siempre ha estado sano. También, es esperable que alguien que ha perdido y recuperado su trabajo varias veces se intranquilice menos por un golpe en el coche que alguien que nunca ha tenido problemas de ningún tipo.

Por eso, la segunda verdad sobre las grandes adversidades es que la medida de nuestra estabilidad futura depende del número de crisis en las que hemos escogido la vía del aprendizaje, en lugar del camino de la resignación y la queja. La segunda verdad nos dice que, aunque el universo nos dispara las crisis aleatoriamente y sin intención, tenemos la libertad de enfocarlas de una o de otra manera: hacia el drama o hacia la épica.

Escoger plantar batalla es arduo y doloroso, eso sí. Y desde luego no es el tipo de tarea en la que uno querría empeñarse con el moreno aún engalanando su piel y el recuerdo vivo de los largos paseos por la playa todavía colgado de la mente. Pero es lo que nos hace grandes. Y lo que nos permite acumular relatos y tejer las grandes narrativas de nuestra historia. Que son las que, tanto a nivel individual como colectivo, nos hacen sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Las que nos llevan a crecer como personas y como sociedad. Si bien es verdad que los desastres nos muestran como somos, no lo es menos que a la salida de cualquiera de ellos podemos ser otros. Quizá esos que siempre hemos querido ser.

Todo puede ocurrirnos aún: divorcios y desempleos, enfermedades y pérdidas de seres queridos. Y, por supuesto, más pandemias, hambrunas e incluso guerras. Sin embargo esta historia, nuestra historia, no es diferente de la de otras personas en otras épocas. Nos daríamos cuenta más fácilmente si fuéramos más conscientes del falso espejismo que constituye la vida digital, de que la certeza de la ciencia es a veces más una quimera que una realidad y de que la cultura, como decía Becker, nos transmite la idea de que somos importantes, vitales e inmortales en lugar de pequeños y temblorosos animales que un día decaerán y morirán.

En esta vuelta que no queríamos es vital que escojamos la vía de ser los héroes que siempre soñamos ser. Luego vendrá lo que venga. La reencarnación de la crisis de 2008, de la del 29 o de cualquier otra. O una salida suave y limpia en la que la desgracia no nos llegue a mostrar su peor cara. No lo sabemos aún. Lo que sí sabemos es que la diferencia entre un futuro y otro depende en gran medida de nuestro espíritu de lucha.

 

(Originalmente publicado en Dirigentes)

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 24.06.2020

Millones de personas se enfrentan día a día a un reto tan fácil de explicar como difícil de lograr: conseguir lo que se proponen. En algunos casos se trata de encontrar un trabajo, en otros de sacar adelante un emprendimiento y en otros de publicar un libro, convertirse en influencer o encontrar pareja. Sea como sea, todos estos empeños comparten un denominador común, y es la natural tendencia del ser humano a elevarse. Sobre sí mismo, o bien respecto a los demás.

Muchas de esas personas siguen los consejos que a diario exponen los expertos en las respectivas áreas: si se trata de búsqueda de empleo, la redacción de un buen currículum, si de una empresa la esmerada elaboración de un business plan, y así sucesivamente. La cuestión es que, pese a que muchos individuos están seguros de poseer méritos suficientes para llegar a donde pretenden llegar, los que realmente lo consiguen representan un reducido y exclusivo subconjunto de todos los que lo intentan. Y la clave para no desesperarse está en comprender que mérito y éxito no son variables que pertenezcan a la misma dimensión.Y, por supuesto, que una no determina la otra.

En primer lugar, porque el éxito es objetivo, mientras que el mérito es, fundamentalmente, subjetivo. Es verdad que es posible cuantificar los logros de una persona, sobre todo en el ámbito profesional. Lo que no es posible cuantificar es la valoración que cada persona hace de esos logros. De esta manera, son incontables las historias de trabajadores que piensan que el ascenso o la subida salarial siempre se la lleva alguien que lo merece menos que ellos. Sin embargo, y con independencia de que haya situaciones manifiestamente injustas, lo cierto es que muchas veces quien decide sobre estas cuestiones tiene en cuenta variables diferentes a las que maneja la persona aparentemente perjudicada. Así, un trabajador puede tener más estudios, hablar más idiomas o ser más puntual que quien ha logrado el ascenso o la mejora salarial. Sin embargo, su jefe puede haber considerado otras cuestiones, como por ejemplo la capacidad para relacionarse o la ausencia de conflictos.

Por otro lado, el mérito se alimenta con voluntad y esfuerzo, mientras que el éxito muchas veces es cuestión de suerte.Incluso una mirada superficial por la trayectoria de cada uno revela que, en ocasiones, lo que ha marcado la diferencia ha sido estar en el lugar adecuado en el momento adecuado y con la persona adecuada.Posiblemente hay centenares de miles de personas que merecen que su trabajo tenga éxito, pero para solo unos pocos los astros se alinearán en el momento indicado. Es verdad que es posible tentar a la suerte con trabajo, pero en ocasiones el éxito es simplemente cuestión de eso: de suerte.

Por último, y quizá más importante, mientras que el mérito es una colección de objetivos cumplidos que se acumulan en el pasado de una persona, el éxito tiene la caprichosa manía de irse desplazando hacia el futuro. De esta manera, una persona que hoy daría un ojo por ver publicado su libro, cuando mañana por fin lo logre encontrará que eso ya no le sacia, y que lo que ahora quiere es que le publique una editorial más potente. Y, cuando eso ocurra, lo que probablemente perseguirá entonces es poder vivir de sus libros en lugar de tener que fichar en una empresa que pertenece a otra persona. Los méritos se consolidan, pero el éxito siempre es esquivo.

El mérito y el éxito no son padre e hijo. Es más, es posible que ni siquiera pertenezcan a la misma familia. Y aunque a veces uno pueda contribuir al otro, la relación que tienen entre ellos dista mucho de ser causal o matemática, digan lo que digan los gurús, los libros de autoayuda y los blogs especializados. Ahora bien, lejos de provocar frustración o confusión, lo que esta constatación debería inspirar es serenidad.

Fundamentalmente porque, llegue o no llegue, el deseo del éxito no debería privar del disfrute que implica la sucesiva acumulación de méritos. No tanto por lo que en sí significan, sino por el camino de aprendizaje que supone irlos conquistando. Pero sobre todo porque la diferencia definitiva entre mérito y éxito consiste en que, mientras que el primero se queda para siempre, el otro puede ser peligrosamente efímero. Dejando acaso más vacío al irse que el que se experimentaba suspirando por su llegada.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

 

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 06.05.2020

“Se tiraron los soberanos y se guardaron las fotografías.” Cuando el legendario explorador polar Ernest Shackleton aceptó, de mala gana, la limitación a dos libras de peso en pertenencias personales por cada miembro de su tripulación, escribió estas palabras en su diario. Era el 30 de Octubre de 1915 y hacía tres días que su barco, el Endurance, había quedado destrozado por los témpanos de la Antártida. Se imponía una desesperada expedición hacia el norte, hacia mar abierto, en la que utilizarían como trineos los botes salvavidas del Endurance. En ellos llevarían únicamente lo imprescindible: solo dos libras por hombre.

Es notable el paralelismo que, aunque de manera metafórica, tiene esta situación con la vivencia del confinamiento durante la pandemia del COVID19. Verdaderamente estamos viviendo momentos de retorno a lo esencial, a lo auténtico, a lo que de verdad importa. Nos hemos quedado sin las salas de cine, sin los restaurantes y sin los viajes. Sin poder ir a la peluquería, sin el moreno de playa y sin las tiendas de moda. Nos hemos quedado sin casi todos los ropajes que vestían nuestra vida apenas anteayer. Y, cuando los soberanos han desaparecido, solamente nos han quedado las fotografías. Nos hemos quedado con nosotros, con nuestras familias y seres queridos, si es que están sanos y salvos y, junto a ellos, nos ha quedado la esperanza de un futuro mejor.

Mucho se escribe en estos días sobre cómo será el futuro inmediato, esa nueva normalidad que todo el mundo nombra pero que en realidad nadie conoce. Es llamativo cómo a veces las palabras nos tranquilizan, aunque sean sinónimos de incertidumbre. Exactamente igual que cuando pensamos que nuestra dolencia ha sido claramente identificada si los médicos la califican de idiopática, que precisamente quiere decir de origen desconocido.

No sabemos cómo será esa nueva normalidad, esta es la única verdad. Pero ojalá este tiempo de fotografías vivientes, de aplausos esperanzados y de creatividad solidaria nos haga mejores. Ayudándonos  a erradicar lo lesivo y a atemperar lo que de impostado, de frívolo o de excesivo había en nuestra vida. También en nuestra vida dentro de las organizaciones.

Ojalá en la empresa caiga por fin el aparentar antes que el hacer, la política de oficina y el liderazgo basado en el nepotismo. Ojalá se ponga en cuarentena a los profesionales tóxicos, se deje de escuchar a quien propaga rumores y cotilleos y se ponga freno a la procrastinación. Ojalá regresen de su despido interior quienes hace tiempo dejaron de estar entre nosotros y ojalá se desintegre, por fin, la lacra del acoso, de cualquier tipo de acoso.

Ojalá, también, nos quedemos con lo esencial de la arena empresarial, que no es otra cosa que el intercambio de valor auténtico entre seres humanos. Ojalá aprendamos a amortiguar el ruido impertinente de los falsos apóstoles de la vida digital, y de esos gurús apócrifos que se pasan la vida anticipando lo que en realidad ignoran.

Ojalá, como consumidores de experiencias o de ideas, encontremos nuestro propio rumbo entre cámaras de eco, burbujas de filtros y mentes colmena. Ojalá, en medio de toda esa marea alienante, sepamos encontrar nuestro propio juicio y nuestro propio ser, militando más en el consumir sabio que en el amontonar compulsivo.

Y ojalá en esa nueva normalidad, tan nombrada como en realidad inédita, nos desprendamos definitivamente de los soberanos y guardemos las fotografías. Ojalá nos quedemos solamente con lo que de verdad importa.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 15.04.2020

Llevamos décadas leyendo libros de autoayuda, atendiendo a sesiones de coaching y reflexionando sobre la resiliencia y la superación. Hemos construido auténticas capillas sixtinas de conocimiento, a veces solvente y a veces no tanto, acerca de los factores que, presumiblemente, tienen que ver con nuestro crecimiento personal, muy especialmente en lo que tiene que ver con el afrontamiento de las adversidades. Y más o menos todos nos hemos proclamado dueños de esos conceptos pensando que, además, dominábamos las habilidades y actitudes que los completan.

Y así fue que llenamos las redes sociales con frases geniales de Charles Dubois y de Benedetti. De Bertolt Brecht, de Henley o de Roosevelt. De Boecio y hasta de Jim Morrison. Sacrificar lo que somos, no rendirse, luchar toda una vida, ser dueños de nuestro destino y capitanes de nuestra alma, luchar en la arena, no esperar nada ni temer nada y, por supuesto, exponernos a nuestros miedos más profundos. Todo un catálogo de pensamientos de consenso pleno con los que, pensábamos, estábamos vacunados contra el advenimiento de cualquier adversidad.

Y de repente, sin previo aviso, como una de esas tozudas excepciones que hacen sonrojar a futurólogos y autoproclamados gurús del algoritmo predictivo, apareció en el horizonte una pandemia de proporciones bíblicas. Una inquietante crisis que, de nuevo, convocó al miedo e hizo temblar los profundos cimientos que, en teoría, sostenían nuestra capilla sixtina de aforismos sobre la adversidad.

La gran diferencia entre la teoría y la práctica es que la primera no existe realmente sin la segunda, porque deriva de ella. Los conceptos que no cobran vida en la existencia real son solo eso: conceptos, ideas, sueños. Humo. Por eso, ahora que un virus pandémico nos ha expulsado de la zona de confort como Adán y Eva fueron expulsados, es decir, del paraíso, es cuando hay que sacar pecho y enseñar los dientes.

Según la ciencia, las personas experimentamos una media de aproximadamente ocho acontecimientos realmente adversos a lo largo de nuestra vida (situaciones como enfermedades graves, pérdida de seres queridos, problemas financieros serios o desastres naturales). Y en todas ellas tenemos la oportunidad de aprender que, mientras luchamos con los problemas, nuestra manera de proceder puede construir o bien puentes o bien muros hacia un futuro mejor.

Ya nos dijo Viktor Frankl que “la última de las libertades humanas” para cada uno es “la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino.” El ser humano es una criatura que reacciona frente a la construcción de sentido. Cuando no comprendemos nuestra vida o lo que nos pasa, entonces surge el sufrimiento y la desesperanza. Sin embargo, si vemos significado en nuestras vidas, en lo que hacemos, en lo que está por venir, nuestra existencia es razonablemente serena y feliz.

Por eso, es hoy cuando hay que intentar engranar todo lo que hemos aprendido con lo que nos toca vivir. Es ahora cuando hay que ver los acontecimientos a la luz de todas esas enseñanzas que hemos acumulado. Es en este preciso instante cuando hay que consolidar la teoría con la práctica en una única vivencia. Solo así saldremos de esta crisis fortalecidos. Más sanos. Más sabios.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 11.12.2019

¿Hasta qué punto es bueno que un empleado se identifique con la empresa en la que trabaja? Las organizaciones han invertido ingentes recursos en lograr que los profesionales que trabajan en ellas estén alineados con sus valores. Se considera altamente positivo, para empresa y trabajador, que haya una sintonía entre lo que la entidad persigue y lo que el trabajador siente sobre la vida. Se ha llegado a decir, metafóricamente, que el empleado debería llevar los valores de la empresa tatuados en la piel o impresos en su ADN. Sin embargo, ¿qué ocurre si el sentido de pertenencia de un profesional llega a tal extremo que sea excesivo?

Pues en ese caso puede suceder que el empleado acabe evolucionando de la pertenencia a la apropiación. Es decir, que comience a albergar la clara conciencia de que sus muchos años en la compañía, su conocimiento profundo de la misma, o ambas cosas, le dan derecho a opinar -y obrar- exactamente como si fuera suya.

Al igual que hay un despido interior, en el que por distintos motivos el profesional actúa como si le hubieran despedido, aunque su cuerpo esté presente, también podríamos hablar de un golpe de estado interior, en el que el empleado se comporta como si la empresa fuera de su propiedad.

Esta perversión del sentido de pertenencia puede generar múltiples complicaciones. La primera de ellas tiene que ver con el hecho de que un profesional golpista casi siempre va a tender a situarse intelectualmente por encima de sus superiores. Y, dependiendo de su carácter, esto puede conllevar dos situaciones: o bien discusiones infinitas en reuniones donde intenta imponer su punto de vista, o bien, quizá peor, una actitud pasivo-agresiva en la que muestra un rostro público apacible mientras en privado critica sin medida a la dirección de la empresa ante propios o ajenos, lo cual es casi más preocupante.

El segundo efecto secundario del golpismo interior es justo el polo opuesto, y es esperable que ocurra a continuación de esta primera fase de beligerancia: el momento en el que, tras insistir en público o en privado, sobre cómo deben hacerse las cosas, el empleado -ahora ya propietario imaginario de la compañía- observa una y otra vez que no se le obedece. En ese punto, una de las reacciones puede ser la drástica bajada de su nivel de compromiso. Dado que siente rechazo por las decisiones que se toman, y por tanto por el rumbo de la compañía, se obrará un efecto paradójico en el que, aún con un desmedido sentido de pertenencia, comenzará a mostrar una conducta de mínima implicación. En esto, el golpe de estado interior se parece mucho al despido interior.

Sin embargo, la gran diferencia está en que en el despido interior predominan las emociones de pasividad y desilusión, mientras que en el golpe de estado interior abundan las de rabia y frustración. Y quizá sea este el tercer y peor efecto posible de la perversión del sentido de pertenencia: la ingente cantidad de energía que el empleado golpista invierte en ansiedad y rencor hacia su empresa. Emociones a veces exteriorizadas en privado o en público que pueden llegar a dañar su imagen y la de su compañía.

Caminamos hacia organizaciones líquidas y orgánicas en las que la jerarquía, al menos la tradicional, va evolucionando hacia modelos más participativos y horizontales. Una transición que ha de llevarse a cabo con extrema prudencia, manejando adecuadamente la implicación y cooperación con un ejercicio de verdadero liderazgo, dado que los empleados golpistas reaccionan mal tanto al directivo pusilánime como al autoritario. Máxime cuando es francamente difícil, por no decir imposible, sofocar una rebelión que, por ser interior, y sobre todo en empleados pasivo-agresivos, es prácticamente indetectable.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 13.11.2019

Incluso una mirada superficial por la historia del ser humano revela que una apabullante cantidad de obras del mundo de la ciencia, la cultura o la empresa nacieron de la necesidad de rellenar espacios vacíos. Así, aquellos pueblos que vivían confinados en espacios reducidos, sin riqueza o futuro, se vieron impulsados a fabricar naves con las que hacerse a la mar en busca de un futuro mejor. Al mismo tiempo, la urgencia de sanar el cuerpo y el alma enfermos, o simplemente la necesidad de hacer la vida más segura o fácil, dieron como resultado una infinidad de descubrimientos e invenciones en las esferas científica y empresarial. El mundo del arte, por su parte, se desarrolló en gran medida a causa de los vacíos internos y necesidades de aquellos miembros de la sociedad más sensibles, y a veces más valientes.

Cuesta creer que el mundo pueda seguir evolucionando en un contexto carente de incertidumbres

Si bien es cierto que, a nivel socioeconómico, y mucho más en el entorno político, el contexto es cada vez más incierto, al mismo tiempo se palpa cada vez más la paradójica presencia de una fuerza que opera en sentido contrario, anegando o extinguiendo nuestras pequeñas incertidumbres.

En primer lugar porque la avalancha de contenido de todo tipo es tan ubicua que a cualquier ciudadano de un país llamado desarrollado le llegan a diario miles de respuestas a interrogantes que ni siquiera se ha planteado. De ese modo sus pequeñas incertidumbres cotidianas mueren antes de nacer y, las que escapan al torrente infoxicador, apenas sobreviven unos segundos, aniquilados a manos del gooráculo que todo lo responde. Es imposible especular, deducir o imaginar en medio de tamaña marabunta de contenido.

Cuando se pregunta a una persona por una idea nueva tiende a repetir lo que ha visto, oído o leído

El consumo doméstico no está lejos de esta pauta y, a diario, desfilan por los medios sociales y de comunicación una legión infinita de productos y servicios, tan variados y abundantes que el consumidor medio es incapaz de digerirlos y, en ocasiones, hasta de acabar de entenderlos. De cada producto se desarrollan variantes de todo tipo, orientadas a diferentes géneros, edades o aficiones y, ante la necesidad de cualquier cosa, el gran bazarmazon no permite que nadie pueda improvisar un sustituto. Antes bien, lo que quiera que sea necesario es rápidamente localizado, abonado y servido a domicilio a las pocas horas.

Resulta sugerente especular sobre cómo opera este contexto en el ser humano, en concreto sobre la capacidad de idear y de producir innovación. Si los barcos nacieron de la necesidad de buscar recursos, si la psicología o la medicina surgieron para comprender y sanar al ser humano, y si el arte es la respuesta a una serie de interrogantes personales, cuesta creer que el mundo pueda seguir evolucionando en un contexto carente de incertidumbres. Sobre todo si el atoramiento de los espacios vacíos es tan cotidiano y ubicuo que ya no se es consciente de que algún día existieron.

Puede que la próxima de las injusticias tenga que ver con la capacidad de idear

Y quizá ese sea uno de los motivos por los cuales las sesiones de ideación que se llevan a cabo en las organizaciones no funcionan: la debilidad de los músculos de la conjetura, de la deducción y de la imaginación, que comenzaron a adelgazarse al mismo tiempo que la infopolución y la hiperabundancia debutaron en la civilización. Quizá por eso cuando se pregunta a una persona por una idea nueva tiende a repetir lo que ha visto, oído o leído. Quizá por eso, en fin, la tan necesaria innovación es un proceso tan elusivo, en una época en la que la disrupción debería ser la norma y, debido a ello, constantemente surgen iniciativas y propuestas que persiguen despertar esa área entumecida del ser humano.

Es mucho más difícil prever hacia dónde camina esta tendencia. Quizá sea la última de las desigualdades hacia las que camina el mundo. Ya existe la de la distribución de los recursos y comienza a ser acuciante la que tiene que ver con el acceso a la información cualificada y a la cultura con mayúsculas. Puede que la próxima de las injusticias tenga que ver con la capacidad de idear. Tal vez, ojalá no, en un futuro solo sean imaginativos los niños. Y, acaso, los adultos que se hayan negado a tener las venas repletas de ese colesterol pandémico, sintomático de la infobesidad mórbida, que puede llegar a poner en peligro la prosperidad y el progreso.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 09.10.2019

La idea de urgencia siempre había tenido que ver, sobre todo, con el correo postal y con las salas de hospitales donde se atienden los casos más agudos y apremiantes. Urgente era una carta que, por diversas circunstancias, aunque siempre importantes, debía llegar a destino antes de lo habitual. Urgencias eran las heridas y contusiones graves, las infecciones letales, los envenenamientos y las paradas cardiorrespiratorias. Urgente era una palabra destacada, altisonante, una palabra que se usaba para subrayarla sobre un fondo de cotidianeidad y rutina.

Hoy urgente es otra cosa. Urgente es desvelar lo que oculta una notificación, leer un mensaje y contestar a otro. Urgente es hacerse con el último capítulo de la serie de moda, atiborrar el carrito de la compra online y, desde luego, es urgente cualquier pedido que se genere a continuación. Urgente es ponernos música mientras nos desplazamos de un lugar a otro, o llamar a fulano o a menganita para que nos distraiga durante el trayecto, no vaya a ser que el aburrimiento nos detenga el corazón. Y, si ninguno contesta, urgente será entonces revisar compulsivamente nuestras redes sociales para encontrar allí alguna miga de distracción que llevarnos a los dedos. Urgente es actualizar una publicación para ver cómo germinan las reacciones, compartir un vídeo que nos quema en las manos virtuales y posar para un selfi cuando el paisaje apremia y la compañía así lo exige.

Nuestra vida urgente ya no tiene que ver, sobre todo, con misivas relevantes ni con complicaciones medico-quirúrgicas: tiene que ver con el ansia. Con el refuerzo inmediato, con el entretenimiento ubicuo y con la constante embriaguez de estímulos, sobre todo digitales. Los avisos, las notificaciones, los banners y sus familiares en primer y segundo grado han sido creados tan diabólicamente que es difícil sustraerse a su veneno. Es casi imposible no atender a un mensaje entrante, a la luz pulsante de una oferta o verse libre del temor de que desaparezca del estante la última pretendida novedad de la industria del fast fashion que nos ha robado el corazón.

Y así, nuestra vida urgente es cada vez más asfixiante, es una vida en la que la sensación de prisa es tan ubicua que hemos acabado atribuyéndola, erróneamente, a nuestros compromisos reales y obligaciones profesionales. Cuando, en realidad, el ansia que sentimos no es atribuible a nuestro desempeño ni mucho menos se debe a nuestra vida -de verdad- social. Sino a ese apabullante aluvión de estímulos que reclaman insistentemente nuestra atención. No es el trabajo, sino las notificaciones, no es la familia, sino los mensajes, y no son los amigos, sino las ofertas. Porque nuestra verdadera vida no es urgente, no lo ha sido y probablemente no lo será nunca.

Sin embargo, mientras que aprovechemos cualquier trayecto en el ascensor, cualquier cola en el supermercado y cualquier sala de espera para obtener la dosis que nos alivia el ansia, nos parecerá que sí. Que de tan ocupados estamos desquiciados. Y le echaremos la culpa al tráfico, a la ciudad o a nuestro jefe. Cuando los verdaderos, o los primeros responsables, somos nosotros. Porque no podemos soportar una sola notificación sin revisar y porque una pantalla llena de ellas se nos antoja una gangrena insoportable. La vida no es urgente. Lo que es urgente es esta existencia digital de pacotilla que, ya casi ni lo recordamos, hace décadas que nos prometió una vida más fácil, una vida con más tiempo para nosotros y para con los nuestros. Y que, aún a día de hoy, sigue incumpliendo flagrantemente su promesa.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com