Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 19.11.2013

Nadie nos lo ha dicho nunca y mucho menos lo ha demostrado. Sin embargo, intuimos que analizar lo que nos ha ocurrido es importante para el futuro. Y así es que en todas las circunstancias notables de la vida, pero en particular cuando ocurre un suceso imprevisto y grave, nos pasamos días, a veces incluso semanas o meses, revisitando constantemente el suceso tratando de desenterrar nosequé secreto oculto entre las fibras que lo han tejido. Y ello tanto en el terreno personal e individual como en el profesional y corporativo: el análisis de lo acontecido es un elemento inherente a cualquier crisis. Es posible que esta tendencia pueda ser cultural y que la hayamos heredado del estudio de la Historia, que siempre parece demostrar de que unos acontecimientos se siguen de forma lógica a partir de otros, y que es posible analizarlos según periodos claramente definidos que acontecen entre un claro comienzo y un indiscutido final 

Es curioso que a menudo no reparemos en que, a pesar de la complejidad de las fuerzas que gobiernan al mundo y al ser humano, el relato de los hechos históricos resulte siempre tan ordenado. Es interesante también que sea infrecuente tomar las variadas interpretaciones que se vierten sobre un suceso como prueba inequívoca de que el análisis que finalmente queda impreso en los libros es obviamente parcial. En fin, es igualmente sugerente que la propia Historia se escriba y reescriba una y otra vez conforme más datos aparecen, pareciendo dejar claro que no puede haber orden objetivo en el relato de un acontecimiento, y que cualquier aproximación a esa objetividad será siempre una interpretación. Por último, sorprende que nuestros análisis sean más frecuentes en las crisis que tras los episodios de buenaventura. 

Es probable que esa tendencia a descomponer lo que nos ocurre en fragmentos que luego tratamos de ordenar sea consecuencia de la natural tendencia del ser humano a buscar sentido, que tiene su probable origen en la predicción de los acontecimientos y en último término en una ancestral búsqueda de la supervivencia. En otras palabras, una parte de nuestra tendencia al análisis, sobre todo al análisis excesivo e infructuoso, puede tener más de instintivo que de acto puramente racional. Pensemos que, aunque realmente fuéramos capaces de aislar las causas inequívocas de un evento, cosa más bien poco probable debido a la obvia complejidad de los acontecimientos, aun así quedaría por ver a qué situación en concreto se podría aplicar ese nuevo conocimiento, dado que la evolución de los sucesos, siempre cambiantes, con toda seguridad jamás produciría circunstancias suficientemente similares como para garantizar que lo que hemos aprendido pueda servirnos de algo. Y ello tanto más cuanto más singular haya sido lo que nos ha acontecido.  

Por eso puede que la pregunta más habitual que normalmente hacemos a la vida, que es por qué ocurren las cosas, no sea en realidad la más importante. Y, aunque esto resulte contra intuitivo, porque en nuestra mente la realidad transcurre desde el pasado al futuro, es decir, desde las causas a las consecuencias, puede resultar mucho más práctico preguntarse cuál es rumbo a tomar, en lugar de rumiar improductivamente acerca de los hechos que, teóricamente, han producido tal o cual desenlace. Y mucho más  fértil trazar nuevos planes y mirar al futuro que anclarse en un pasado que ya ocurrió y que es tan inamovible como inexistente. Y mucho más positivo desbloquear ese estado de shock en el que normalmente nos deja un acontecimiento adverso para dar un paso, aunque sea en una dirección aleatoria, o aunque luego tengamos que rectificarlo. Por eso la pregunta no es por qué: la pregunta es hacia dónde.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 08.10.2013

Hace muchos años, tantos que casi ni lo recordamos, solo existía el mundo real y el mundo virtual era algo que nos resultaba extraño. Éramos reticentes a enviar dinero a bancos que no estaban en ninguna parte, no teníamos claro qué sucedería al proporcionar los datos de nuestra tarjeta de crédito a una tienda en el espacio virtual, y pensábamos que las personas que interactuaban con otras en el ciberespacio eran fracasados sociales. Sin embargo y con el tiempo, un poco por la seducción de la tecnología en sí misma, tan eficiente y pulcra, también debido a la necesidad de contacto social del ser humano, y por último gracias a la popularización de los dispositivos que se conectan a la red de datos, el panorama ha cambiado notablemente. 

Y hoy paulatinamente caminamos hacia el extremoopuesto, en el que solo lo virtual se considera real. Hoy díano damos un paso si no contrastamosnuestra opinión con personas en las que confiamos a pesar de no conocerlas, tomamos los datos que ofrece la primera página de resultados de una búsqueda como verdades absolutas para zanjar debates de todo tipo, confiamos en expertos a los que solo conocemos por su presencial virtualpara que representen a nuestras empresas en los medios sociales, y no nos cansamos de enviarnos vídeos que parecen muy interesantes pero que apenaspermanecen unos minutos en nuestra conciencia y ninguno en nuestra vida 

Un estudio ya ha mostrado que cuando nos fijamos en los perfiles de otras personas en las redes sociales tendemos a subestimar sus sentimientos negativos y a sobreestimar sus emociones positivas. Es decir, todo el mundo piensa que los otros son más felices de lo que en realidad son. Otra investigación ha revelado que al contemplar nuestro perfil en las redes sociales experimentamos una subida de autoestima superior a la que ocurre cuando nos miramos al espejo.  

Recordando al becerro de oro bíblico quizá deberíamos pensar dónde estamos poniendo el foco de nuestros esfuerzos, y a qué cosas de las que nos pasan estamos concediendo carta de veracidad. No porque en sí haya que decantarse por una cosa o por otra, sino por el hecho de que a los ídolos se les ofrecen sacrificios. Y tal vez lo que podríamos preguntarnos es qué estamos entregando a cambio cuando prestamos más atención al mundo virtual que al real. Por ejemplo, cuando todo nuestro afán consiste en capturar una experiencia para archivarla o difundirla en lugar de simplemente vivirla. Es un hecho que hay personas que invierten más tiempo en adquirir y aprender a utilizar todo tipo de aparatos para registrar una vivencia, agregando luego más tiempo en editarla y publicarla, que el que realmente duró su disfrute.Posiblemente por cada vídeo en la red que consigue un millón de visitas hay un millón de vídeos fracasados que solo han logrado despertar el interés de su creador. Y es verdad que siempre hemos hecho fotografías de los sitios que hemos visitado, pero nunca nuestra fe en lo virtual ha estado tan descompensada respecto a nuestras experiencias reales. Y lo importante es que, aunque la tecnología aumente nuestras capacidades, sigue sin ser posible estar en dos mundos a la vez, por mucho que uno de ellos sea virtual. Como ejemplo de ello, y pese a las opiniones a veces débilmente contrastadas sobre los aspectos positivos del uso de la tecnología por parte de niños y jóvenes, parece cada vez más clara larelaciónentre el uso intensivo de los medios sociales y el bajo rendimiento académico.  

La realidad que solo es realidad ya no nos seduce. Si no podemos capturarla, enviarla, reenviarla, lucirla o publicarla, no nos deja del todo satisfechos. Ojalá nunca llegue el día en que prefiramos contemplar fotografías en lugar de personas, o charlar a través de una máquina en lugar de conversar mirándonos a los ojos.

Hace muchos años, tantos que casi ni lo recordamos, solo existía el mundo real y el mundo virtual era algo que nos resultaba extraño. Éramos reticentes a enviar dinero a bancos que no estaban en ninguna parte, no teníamos claro qué sucedería al proporcionar los datos de nuestra tarjeta de crédito a una tienda en el espacio virtual, y pensábamos que las personas que interactuaban con otras en el ciberespacio eran fracasados sociales. Sin embargo y con el tiempo, un poco por la seducción de la tecnología en sí misma, tan eficiente y pulcra, también debido a la necesidad de contacto social del ser humano, y por último gracias a la popularización de los dispositivos que se conectan a la red de datos, el panorama ha cambiado notablemente.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.es

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 03.09.2013

Desde que, según cuenta la leyenda, Sequene se perdió en un viaje a Bimini para encontrar el manantial de donde, decían, brota la eterna juventud, hasta que se inventaron los suplementos energéticos que hoy día se pueden encontrar hasta en las gasolineras, y pasando por siglos de devoción al café, los seres humanos nos hemos pasado la vida buscando fuentes de vitalidad que nos permitan mantenernos activos de manera constante. Porque la energía es sinónimo de fortaleza, de estar conectados al mundo, de ganarle el pulso a la vida. 

Por motivos que serían largos de explicar los seres humanos tenemos una curiosa tendencia a organizar los conceptos en polaridades. Algunas manifestaciones de esta forma de explicarnos a nosotros mismos cómo está hecho el mundo tienen que ver con la separación que normalmente hacemos entre la vida profesional y la personal, entre el ocio y el trabajo, o simplemente entre el día y la noche. Y así es que a menudo olvidamos que la noche forma parte del día, que el ocio contribuye a nuestra capacidad de trabajar, o que en la familia y en la empresa somos las mismas personas. 

Estas reflexiones son importantes porque una de las preguntas críticas que nos podemos hacer en nuestra vida profesional es de dónde sale la energía, que como es sabido ni se crea ni se destruye, que alimenta nuestros proyectos. Todos sabemos que el trabajo, en particular en los momentos más duros, nos exige sobreesfuerzos a veces importantes en los cuales es necesario rendir muy por encima de lo habitual. Y esa separación que hacemos entre nuestras diferentes vidas a menudo nos focaliza en una de ellas desatendiendo las otras, y comprometiendo con ello a partes iguales nuestro rendimiento y nuestra salud.Es un hecho claro que si necesitamos más empuje para nuestros proyectos tendremos que obtenerlo de alguna parte, pues una entrega constante de energía sin recarga produce el agotamiento de cualquier sistema, como saben bien quienes se dedican al estudio del burnout 

DiceMurakami que una de las cosas que le ayuda en su profesión es su condición física, y que por eso necesita correr, para poder escribir.Si incluso para realizar una actividad esencialmente sedentaria es necesario estar en forma, es fácil de imaginar hasta qué punto es imprescindible el cuidado de nuestro cuerpo para un adecuado rendimiento profesional. 

Desatender sistemáticamente los tres pilares del bienestar físico que son el sueño, la alimentación y el deporte solo conduce a agotar nuestros recursos y a incrementar el riesgo de estrés, mal humor y mil síntomas más que pueden hacer nuestra vida desgraciada. 

Sin embargo, y pese a que el triángulo básico está formado por esas tres dimensiones, hay una cuarta que permite representar la energía vital como una pirámide de base triangular, y es la realización personal, al genuino estilo de Maslow. Algunas personas se realizan en contacto con sus familias, otras leyendo, algunas más a través de la espiritualidad y hay quien encuentra realización a través del arte. Lo que nos emociona, lo que nos hace vibrar, lo que hace que los ojos nos brillen: eso es lo que nos realiza y lo que por tanto nos recarga. 

Así que, como casi siempre ocurre con las leyendas, el manantial que  buscaba Sequeneno se parece en nada al que inmortalizó Lucas Cranach el Viejo, y no está fuera sino dentro de nosotros. Además, beber de él no es exactamente gratuito, sino que implica atención diaria para lograr un adecuado balance entre deporte, alimentación, descanso y realización. Y, por supuesto, tampoco proporciona energía ilimitada. Aunque sí la más potente que se conoce.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 10.07.2013

La hechicera de Blancanieves preguntaba una y otra vez a su espejo mágico quién era la más bella de todas. Esto lo sabemos porque los hermanos Grimm y Disney nos lo han contado. Lo que ninguno de los dos nos explicó es por qué le preguntaba tantas veces. Seguramente era debido a que no estaba convencida de la respuesta, porque en el fondo sabía que no era la más bella. De hecho no habría podido serlo, solo de tan mala que era. Sin embargo jugaba con su fantasía uno y otro día, pretendiendo la belleza absoluta a cambio de nada.  

Sería muy bueno que a nosotros, cada mañana, el espejo de nuestra propia conciencia nos devolviera la inequívoca certeza de que hemos llegado a ser quienes queríamos ser. Pero claro, ese otro espejo que es el nuestro, el de la vida y el de nuestra biografía, no teme a que ninguna hechicera loca lo haga añicos y por eso arroja una imagen siempre veraz. Así que a diario convivimos con esa distancia, ese pequeño o gran abismo que hay entre nuestro yo ideal y nuestro yo percibido, tanto personal como profesionalmente. Nos gustaría tomarnos las cosas de otro modo, no ser presa fácil de la ansiedad ni de las prisas, pasar más tiempo con nuestros seres queridos, o quizá vivir de acuerdo a nuestras propias pautas en vez de estar siempre pendientes de lo que nos dicen los demás. También querríamos dirigir mejor a nuestros equipos, contagiarles una inspiración incontenible, captar siempre las oportunidades, ser hábiles en la resolución de conflictos y mil cosas más.  

La cuestión es que todo eso no se logra en un instante, y mucho menos a base de esos ecos a veces dañinoque aparecen cuando claramente notamos que no tenemos más motivo para valorarnos que la necesidad imperiosa de valorarnosLa bruja del cuento de Blancanieves estaba obsesionada con la belleza. Pero hacía tan poco por conseguirla que el único que la aguantaba en su delirio era un espejo reverberante, y eso porque no podía despegarse de la pared a la que estaba clavado. De hecho dicen que aún sigue colgado en Lohr 

Estaría bien que pudiéramos aprender a establecer las diferencias entre los anuncios publicitarioslas inyecciones puntuales de cariño, que todos necesitamos, y la senda verdadera que nos lleva a ser quienes soñamos ser. Porque la autoestima no es una receta, ni una aplicación para el smartphone, ni desde luego algo que se puede inyectar en los pliegues del alma como el botox. Para quererse hace falta construir algo a lo que poder querer porque, como es obvio, nos valoramos a nosotros mismos con los mismos instrumentos que utilizamos con los demás. A veces somos un poco más exigentes y a veces un poco menos, pero en general las varas de medir son esencialmente las mismas. 

El cambio personal es un formidable proyecto de investigación y una aventura llena de retos, muy lejos del espejo de la bruja que odiaba a Blancanieves y de sus versiones modernas como los mensajes del tipo porqueyolovalgo. Es una misteriosa y compleja travesía vital elaborada con paciencia y dedicación, a base de tener claro dónde uno quiere ir, de luchar por ello con constancia, de crecerse ante las dificultades y, quizá por encima de todo, de creer que es posible. 

Si la hechicera del cuento de los hermanos Grimm se hubiera puesto a ello, es decir, si hubiera hecho ejercicio, hubiera cuidado su alimentación y hubiera descansado lo necesario y, sobre todo, si hubiera sido buena persona y hubiera sonreído más, seguramente habría sido más bella y no le habría hecho falta preguntar nada al espejo de Lohr, dado que todo el mundo se lo habría dicho, empezando por su marido. Porque esa es, en resumidas cuentas, la prueba más evidente de que somos lo que deseamos: escuchar de los demás que nos ven como soñamos ser, sin necesidad de que se lo preguntemos.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 14.06.2013

Algunas de nuestras grandes preguntas tienen que ver con las adversidades, con los problemas o las crisis, con el fracaso, con vernos un día arrojados fuera de nuestra existencia profesional o personal, con ese momento en el que no nos queda otra persona a la que mirar que a nosotros mismos. Aunque parezca mentira puede ser muy productivo preguntarse qué ocurriría ese día, que afortunadamente en la gran mayoría de los casos nunca llega, en el que la rueda de la fortuna gira y todo se colapsa a nuestro alrededor dejándonos desnudos en medio de un desierto que se extiende donde antes florecía el vergel en el que vivíamos.

Parafraseando ese bello texto quizá erróneamente atribuido a Borges, la respuesta a esas grandes preguntas puede tener que ver con la idea de que uno debe plantar su propio jardín y decorar su alma, en lugar de esperar a que sean otros quienes le traigan las flores: un jardín al que volver cuando las cosas vayan mal.

Fortalecer nuestro yo profesional y personal es una vacuna contra las adversidades. De esta manera cuando el resto de las luces se apagan siempre podemos encender la nuestra propia y regresar a nuestros orígenes, a lo que de verdad es nuestro y solo nuestro. Uno debería desarrollar sus talentos e inquietudes con independencia de para quien trabaje o de quien tenga a su lado en un momento determinado. Luego se puede viajar a otros jardines, junglas, montañas o playas, pero siempre hay que tener un jardín donde poder volver. Y es paradójico que muchos no lo tengamos, porque si bien hemos perfeccionado sofisticadísimos métodos para escuchar al cliente o al prójimo, a menudo no nos hemos escuchado a nosotros mismos lo suficiente. Si lo hiciéramos nos daríamos cuenta de que siempre hay algo que nos hace vibrar. Y perseguirlo debería ser una constante irrenunciable en nuestra vida: perseguir lo que nos diferencia y lo que nos da valor.

Se ha escrito mucho sobre el motivo por el cual la Gioconda ha trascendido a los siglos. Y se ha especulado que una de las claves es su belleza, aunque hoy sabemos que no es así. La Gioconda no ha vencido el paso del tiempo porque sea guapa sino porque, sfumato aparte, es rara: es una mujer de piel amarilla y sin cejas que nos mira como a quien nada le importa. Hasta que descubrimos que la del Prado es una copia en teoría idéntica no nos dimos cuenta de que hasta qué punto esto es cierto: porque la del Prado es efectivamente atractiva, pero la del Louvre es rara. Auténtica, pero rara.

Dicen que dijo Einstein que uno de los motivos más poderosos que hacen que la gente se sienta atraída por la ciencia y el arte es el deseo de escapar del día a día. Hay que buscar lo que nos hace diferentes: lo que aportamos como profesionales cuando no estamos integrados en la inteligencia colectiva de una organización, y lo que nos da la vida cuando no tenemos personas a nuestro alrededor que nos arropen. Si lo buscamos con auténtica pasión aunque seamos raros seremos diferentes, pero en cualquier caso seremos auténticos. Como la Gioconda.

El sitio donde siempre se puede regresar es uno mismo. Y ese uno mismo hay que cultivarlo y quererlo, porque es nuestra última línea de defensa. Representa nuestros cuarteles de invierno, que los romanos llamaban hiberna. En esos cuarteles hay que plantar un jardín para que podamos hibernar mientras esperamos, realimentándonos y reinventándonos, a que el temporal amaine.

El problema es que no estamos acostumbrados a cultivar nuestro propio jardín porque no nos han enseñado. Alguien sabio dijo que la Educación debería consistir en hacer que las personas se sientan motivadas a perseguir los grandes objetivos que dan sentido a la vida. Con esos objetivos debería estar decorado el jardín de nuestros cuarteles de inverno, ese al que siempre podremos volver.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 30.04.2013

Ninguna metáfora explica mejor la esencia de la creatividad que la del tornillo flojo, aunque también se utilice como sinónimo de falta de juicio. Porque la clave de la creación está siempre en la recombinación, en ubicar un motivo contra un fondo de otro cuadro o en situar al protagonista de una película en otra con un guión diferente. Crear es revelar conexiones entre elementos distantes que hasta el momento en que se materializan nada tenían que ver. La creación siempre está en la asociación, en el enlace. Obviamente no vale cualquier ligazón, sino que las ideas aparentemente desligadas tienen que amalgamarse como parte de un significado superior que la aúna y les da un nuevo sentido. Pero su origen más puro está en atraer polos opuestos y hacer que casen. Por eso la creatividad no puede existir si no hay tornillos flojos. Porque si todas las ideas que habitan en una mente o en un colectivo están firmemente estructuradas y conectadas una contra otra como en un panal de abejas, entonces ninguna puede descolocarse y volar para visitar a algún primo lejano al que nunca había visto, pero junto al que de repente se encuentra maravillosamente bien. Por eso los niños son más creativos que los adultos, porque no saben que hay un orden en el conocimiento. Los adultos lo clasificamos y seriamos todo, y no solemos ver sentido en juntar cosas aparentemente lejanas, como lo eran hace años los teléfonos y las cámaras de fotografía. Nadie hubiera apostado ni una sola peseta en los años setenta para fabricar un ingenio que articulase la fusión de estos dos aparatos. Y no solo porque los teléfonos estuvieran atados a un cable que salía de la pared, sino porque en sí ambos artilugios estaban conceptualmente situados en lugares remotos uno respecto del otro. Las nuevas y buenas ideas casi siempre surgen como resultado de algún tornillo flojo, de alguna fisura en el devenir de la conciencia por la que de repente una idea salta de su sitio y se encaja en un sistema conceptual vecino. Por tanto para que existan procesos creativos nada tiene que estar muy atornillado, todo ha de encontrarse en un estado ligeramente móvil, para que sea sencillo desubicar ideas de su lugar y sumarlas a un racimo lejano. 

Y ese precisamente es el gran problema que tiene la creatividad en la empresa: que la creación de valor se apoya en la industrialización y por tanto es, en esencia, una tarea de apretar tornillos, nunca mejor dicho. La excelencia empresarial, la calidad total y todos sus convecinos conceptuales se asientan sobre la idea de que las cosas tienen que ser replicables, previsibles y controlables. Y cuanto más mejor, como las pechugas de pollo envasadas que encontramos en los supermercados. Pero claro, cuando todo está empaquetado, presurizado, sistematizado y estructurado, es decir, cuando todos los tornillos están apretados, queda poco espacio para inspirarse y crear. Terrible paradoja. Terrible porque es claro que ni las empresas ni el ser humano pueden sobrevivir sin creatividad.  

La cuestión es que tras dos siglos de veneración por la industrialización nos hemos encontrado con que una crisis sin precedentes nos está haciendo acordarnos de Santa Bárbara porque truena, y ahora elevamos nuestras plegarias a la Creatividad, y a su hija natural, la Innovación, para que nos resuelvan la papeleta. Pero al mismo tiempo nos damos cuenta de que el entramado interno con el que están fabricadas las empresas, sobre todo las buenas, es muchas veces rígido, encorsetado y estricto. Por eso es de alta calidad. Pero claro, como no queríamos sorprender al cliente para mal, ahora tampoco sabemos sorprenderle para bien. Nuestros sistemas de trazabilidad son tan exactos que pueden relatar la biografía completa de una de esas pechugas de pollo envasadas sin equivocarse en una sola fecha. Queda por ver si realmente sabremos incorporar a las cadenas de valor los suficientes saltos creativos como para animar el tejido empresarial durante los próximos dos siglos. 

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 03.04.2013

Uno de los fundamentales motivos por los cuales al ser humano le cuesta cambiar es porque vive encerrado en una película que ha creado él mismo, de la que es protagonista y en la que cree por encima de todo. Esta película es la que explica su mundo y la que utiliza para interpretar la realidad. Así que, antes que en cualquier otro argumento, creemos en el nuestro propio y no estamos dispuestos a cambiarlo fácilmente. Esta forma de egocentrismo, que en otros formatos también ocurre en los niños y en los adolescentes, según ha mostrado la investigación, nos acompaña obstinadamente incapacitándonos para imaginar mundos posibles y apostar por ellos.

El problema, uno de los problemas, viene cuando nos situamos ante un reto que realmente pone a prueba nuestras capacidades: intelectuales, emocionales, físicas, profesionales o del tipo que sean. Puede tratarse de un proyecto de dimensiones excesivas, del lanzamiento de un producto complejo, de un conflicto político desproporcionado, o de una situación profesional en extremo delicada. En muchos de esos casos nos sentimos pequeños ante el tamaño del desafío y, como nunca hemos coronado con éxito un reto de esa magnitud, aparecen los yonopuedo. Los yonopuedo son hermanos de los yonosoycapaz, familiares de los aminosemeda y están emparentados también con los yoesosiqueno. Es una familia de pensamientos autolimitantes que bloquean nuestros objetivos en la vida y nos retornan siempre a la misma película. Pero sin embargo vemos a diario que hay quien logra cosas que a los demás nos parecen imposibles.

Esta impertinente tendencia del ser humano a contemplar lo propio como válido y no querer salir de ello se nota también a nivel colectivo. Así por ejemplo, en esta querida y vieja Europa nuestra nos hemos quitado el sombrero ante las gestas de exploradores como Vasco da Gama o Cristóbal Colón, que realizaron sin duda expediciones heroicas. Pero, sin deslucir en absoluto sus incuestionables méritos, si queremos ver las cosas con auténtica perspectiva tenemos que mencionar a Zheng He: un marino que en el siglo XV se dedicó a realizar viajes de exploración por el sudeste asiático y el continente africano. El asunto está en que mientras la tripulación de Vasco da Gama no llegaba a los doscientos hombres, Zheng He comandaba a casi treinta mil. Entre sus más de doscientos barcos los había que desplazaban cargas superiores a las dos mil toneladas, cifra que haría palidecer a cualquiera de las tres pequeñas carabelas de Colón que, como mucho, pesaban algo más de doscientas.

No sabemos si alguno de estos dos marinos hubiera debutado con un yonopuedo si le hubieran propuesto dirigir uno de los viajes del almirante chino, seguramente no. Pero estos hechos históricos nos deben llevar a pensar dónde están realmente nuestros límites. En concreto, si se trata de restricciones reales, ya sean físicas, económicas o de cualquier otra índole, o si por el contrario lo que nos pasa es que como vivimos en Europa o en nuestra mente, o ambas cosas, solo vemos la realidad de una determinada manera y todo lo que no conocemos o lo que se sale de lo habitual nos parece un abismo insalvable.

Por eso siempre hay que intentarlo, por difícil que parezca. Luego vendrá la victoria o la derrota y también tendremos que aprender a vivir con ellas. Pero pensar de antemano yonopuedo es renunciar a luchar, a enfrentarse, a tener la oportunidad de crecer. Es dejar nuestros barcos, que quizá sí sean pocos y pequeños, pero son barcos al fin y al cabo, amarrados en el puerto mientras otros obran día a día el milagro de dirigir misiones apasionantes fuera de las fronteras de su propia mente.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 04.03.2013

Existen servicios prácticamente artesanales que se prestan a un solo usuario y que son esencialmente únicos.Este es el caso de la enseñanza de un instrumento musical a nivel profesional que tiene lugar entre un profesor y su alumno. Lo que el primero hace por el segundo está altamente personalizado, y aunque se sigan unos principios metodológicos similares con todos los estudiantes, las clases son claramente diferentes para cada uno de ellos. En el otro extremo están los servicios altamente industrializados, que se prestan de forma prácticamente idéntica para todos los usuarios. Un ejemplo de este tipo de servicios es la compra por Internet porque, aunque pueda haber algún grado de personalización,los portalesgestionan procesos básicamente idénticos para miles o millones de clientes.  

Uno de los principios en la economía de la empresa es que en general solo lo que se industrializa genera un valorsignificativo, y por tanto el objetivo básico de cualquier prestación de servicios es hacerlo replicable. La paradoja de la industrialización de los servicios radica en que al hacerlo se crea valor para la empresapero,dependiendo de las condiciones en las que esto ocurra, se puede también destruir valor para el cliente. 

Un ejemplo de esto lo estamos presenciando actualmente en el terreno de la formación, donde contemplamos con preocupación cómo los principios de la industrialización en general, y de la reducción de costes en particular, hacen que los procesos formativosparezcan poco más que unacommodity. Como si fueran botes de champú. Y así, vemos a diario fenómenos como el obsequioal matricularse, la compra compartida, el descuento si se trae a un amigo, el abono de dos cursos para llevarse tres, y así sucesivamente.  

Estas tácticas no sorprenden si se considera que la formación es fundamentalmente información, y por tanto se deduce erróneamente que un curso es equiparable a un conjunto de contenidos.Sin embargo, la ciencia muestra con meridiana claridad que el aprendizaje verdadero implica un cambio en la persona en el quecomo mínimo se tiene que poner de manifiesto la adquisición de una serie de competencias. Por tanto, si aceptamos la información como un sustituto válido de la enseñanza, nos encontraremos también con que al cursar un programa altamente industrializado estaremos viviendo únicamente la ilusión de habernos formado. Es posible que la demanda de este tipo de formación esté relacionada con la necesidad de obtener una titulación, pero es una verdad evidente que un diploma sin un proceso de aprendizaje sólido detrás es como una pompa de jabón, y una historia formativa construida con ese tipo de titulaciones se convierte en un curriculum artificialmente hipertrofiado que no resiste ni siquiera el primer análisis en el mercado laboral. También hay burbujasen el mundo de la formación. 

La estructura de conocimiento de cada persona es única e individual porque está construida sobre su biografía, que es obviamente subjetiva. Por eso, y pese a que es posible industrializar algunos componentes de la formación, la gran mayoría de los elementos curricularesno son, por definición, replicables. Y pese a que a veces el mercado parece mostrar que hay poca diferencia entre aprender y comprar un bote de champú, las organizaciones y las personas siempre acaban reconociendo la formaciónauténtica: la que produce un aprendizaje que conduce al cambio, la que ayuda a construir el talento y la que,consecuentemente, significa valor para la empresa.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 31.01.2013

Es ciertamente común que tendamos a hacer las cosas casi siempre de la misma manera. Por ejemplo, cuando cruzamos los brazos siempre es el mismo el que descansa sobre el otro. De la misma forma, la rutina que seguimos en nuestro aseo diario es prácticamente idéntica a lo largo de la semana, y es muy frecuente que en nuestro hogar tengamos un lugar favorito para sentarnos a leer o a ver la televisión.

Da la impresión de que cuando el cerebro se enfrenta a un nuevo problema lo resuelve de una determinada manera y a partir de ahí siempre repite la misma secuencia, si es que ha resultado exitosa. Esto se ve muy bien en la conducta de aparcar en nuestra plaza de garaje, puesto que los movimientos que hacemos para introducir nuestro vehículo se repiten de una forma milimétricamente exacta.

En un estudio se monitorizó la trayectoria de cien mil usuarios anónimos de teléfono móvil durante seis meses. Cada vez que uno de estos usuarios hacía una llamada o la recibía, o bien le llegaba un mensaje de texto, un sistema ubicaba su localización en una base de datos. La investigación mostró que los seres humanos reproducimos patrones ciertamente simples de movimiento. Para empezar, todas esas personas se movían en un círculo que en la mayoría de los casos no superaba unos pocos kilómetros de radio. Además, era posible predecir los movimientos futuros de los usuarios con apenas unas pocas semanas de muestreo.

Y es que las personas tendemos a ejecutar siempre los mismos patrones, como se demuestra en variadas esferas de nuestra vida: siempre frecuentamos las mismas amistades, escogemos el mismo lado de la cama, realizamos la compra siguiendo un circuito parecido en el hipermercado, y aunque es frecuente que tengamos muchas prendas de vestir al final acabamos poniéndonos casi siempre lo mismo.

Posiblemente sea una cuestión de ahorro de energía puesto que estos automatismos sin lugar a dudas economizan tiempo y esfuerzo, porque si tuviéramos que escoger cada vez una forma nueva de vestirnos, de entrar en el coche o de ir al trabajo, nuestra cabeza no haría prácticamente ninguna otra cosa. Sin embargo, la cuestión es que en cada ocasión que recurrimos a una tarea automatizada perdemos una oportunidad para cambiar, y desde luego para crear.

En un sugerente trabajo Anne Stiles propuso con brillantez que el miedo que produjeron en su día historias como la de Bram Stoker tiene que ver con el temor de vernos contagiados de un automatismo vampírico, obligados a un sonambulismo impertinente y a quedarnos reducidos a un manojo de impulsos instintivos en los que la obtención de alimento gobierne nuestra conducta. Porque lo que en el fondo nos aterra es no poder conducir nuestra vida, quedarnos inmóviles como un autómata pasmado ante un libre albedrío que huye transfigurado en mera fantasía. La gran incógnita es si realmente somos capaces de doblegar a ese pasmarote y salirnos con la nuestra. De momento la investigación revela que los propósitos de año nuevo nos duran más bien poco, y que un porcentaje significativo de la población se pasa la vida retomando las mismas resoluciones una y otra vez.

Y usted: ¿ha olvidado ya sus propósitos de año nuevo?

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 26.12.2012

Ahora que todos estamos hiperconectados a las superautopistas de la información y poseemos sofisticados soportes para almacenar lo que sabemos individual o colectivamente, es interesante que volvamos a reflexionar sobre la auténtica naturaleza del conocimiento.

Entre otras cosas porque desde que existen los programas para hacer presentaciones asistimos a curiosos fenómenos que dan mucho que pensar. Por ejemplo, y aunque hay a quien le cuesta, cada vez somos más conscientes de que las cosas no se convierten en reales por el hecho de que hayamos podido, incluso a veces con gran esfuerzo, trasladar nuestras ideas a una sucesión de diapositivas. Porque una presentación es únicamente eso, una presentación: algo virtual e intangible, y por tanto solo consiste en la plasmación de una serie de ideas, o como mucho en la planificación de una serie de acciones. Pero con demasiada frecuencia muchos de nuestros proyectos no trascienden la fase de las diapositivas, porque una vez que hemos realizado la presentación a menudo nos limitamos a almacenar el documento o a enviarlo a todos nuestros colaboradores como si realmente fuera el punto final de un proceso, cuando en realidad es más bien el comienzo.

La equivocada fe en las presentaciones con diapositivas es responsable también de que muchos conferenciantes, vendedores, profesores y consultores hayan acabado automarginándose. A veces están tan bien diseñadas, contienen tanta información y están tan perfectamente estructuradas que al final su autor se limita a pasar de una a otra sin añadir apenas nada. Tanto que en muchas ocasiones cuando uno no ha podido asistir a una reunión o conferencia basta con que le envíen la presentación. Y así es que estos documentos han acabado convirtiéndose poco menos que en origen y destino del saber.

Pero el conocimiento no es el soporte en el que está. Ya decía Umberto Eco que muchas veces por el hecho de haber manipulado un libro y haberlo fotocopiado nos da la falsa sensación de que poseemos el conocimiento que atesora. La posesión de la fotocopia, decía él, exime de la lectura. Pero claro, si ni siquiera la información es conocimiento, es claro en qué lugar queda la mera posesión de un conjunto de fotocopias o documentos escaneados.

Alguien dijo una vez que la sabiduría es lo que queda después de que se ha olvidado todo. Quizá cada uno de nosotros debería hacer el esfuerzo por intentar imaginar qué es lo que realmente sabe más allá de las presentaciones que tiene archivadas, los cuadernos de notas que mantiene en la nube y las legiones de documentos escaneados que acumula. Si aceptamos como válido a un conferenciante que no puede realizar su presentación sin el correspondiente soporte en diapositivas entonces estaremos perdidos, porque al final saber equivaldrá a poseer, o como mucho a saber buscar.

El conocimiento es el único recurso imprescindible para vivir y sobrevivir, es el garante del desarrollo de las regiones y del bienestar de las gentes que las habitan. Todas las grandes palabras que significan progreso humano como creatividad, innovación, investigación, talento o sabiduría, tienen que ver con el conocimiento, con esa genuina e inefable capacidad que solo el ser humano tiene para leer la realidad en crudo y convertirla en ideas que a su vez la puedan transformar: el conocimiento es lo que nos hace específicamente humanos.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com