Hubo un antes. Y en ese antes la vida era predecible. Uno estudiaba o no, se casaba o no, tenía hijos o no, pero siempre trabajaba. Y con el trabajo venía el salario, con el salario la hipoteca y con la hipoteca el hogar. Y en el hogar había un televisor y agua caliente. Y nunca faltaba mortadela ni pan, del que se ponía duro en lugar de gomoso. Era frecuente entrar a trabajar de enfermera y jubilarse de enfermera. O de taxista, o de maestra, o de albañil. Pero algunos hijos de albañiles, y otros de agricultores, y algunos hijos más de zapateros conseguían dar un salto. Y se convertían en abogados, en médicos o en ingenieros. A algún genio del naming se le ocurrió llamar a ese fenómeno “el ascensor social”.

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Se veía venir y ha acabado pasando: un algoritmo ya decide sin pudor por nosotros. Desde hace algún tiempo, la conocida plataforma de entretenimiento Netflix ofrece una opción para los que no quieran invertir tiempo ni discusiones en escoger película o serie. Se trata del botón “reproducir algo”.

Seguro que le han dedicado neuronas, como siempre dicen que hacen las grandes plataformas, pero lo cierto es que el solo nombre ya es desilusionante: “algo”. El signo de nuestro tiempo. El vacío, la nada, lo hueco, lo indiferenciado: algo. Qué más da lo que sea. Mientras que sea algo, mientras nos siga manteniendo amarrados al infinito bucle del sofá con mantita.

Podrían haber escrito “sorpréndeme” o “llévame lejos” o “hazme vibrar”. Dice el diccionario que uno de los significados de “algo” es “un poco, no del todo”. Y así nos quedamos nosotros, en ese “no del todo”. Porque, a cambio de nuestras expectativas de escapar de la vida cotidiana, de querer olvidar a nuestro jefe, del deseo de poner un poco de paz en el griterío de nuestros retoños y, por supuesto, a cambio de la cuota que religiosamente abonamos todos los meses, la respuesta es “algo”.

(Publicado originalmente el 17/12/2021 07:08am CET cuando el botón aún se llamaba «reproducir algo». Semanas más tarde de la publicación de este artículo, quién sabe por qué, Netflix cambió el nombre de su botón a «sorpréndeme», como rezaba el artículo)

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De repente, contra todo pronóstico, Alexa tiene problemas. Y no puede ejecutar la orden que le hemos dado. Y claro, nosotros, comprensivos, lo intentamos más tarde. O la reiniciamos. O buscamos en Google la solución.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cómo hemos aceptado ser empáticos con las máquinas? El motivo fundamental por el que admitimos de buen grado su irrupción en nuestras vidas, desde el ferrocarril hasta la inteligencia artificial, es que siempre estaban disponibles, nunca se equivocaban y jamás se cansaban. Pero estas son ventajas que están empezando a perder. ¿Debemos seguir siendo comprensivos con ellas?

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Es imposible que no se nos vayan los ojos cuando vemos por la carretera uno de esos coches míticos que han hecho historia. Un Ford Mustang de los 50 (posiblemente el coche que más veces ha aparecido en el cine), un Porsche 911 original o un Aston Martin DB5 (el primer automóvil que tuvo James Bond). Y no digamos ya si tenemos la suerte de ver circulando un DeLorean DMC-12 (el coche de Regreso al Futuro). Sin embargo, de un tiempo a esta parte esto pasa más bien poco, no solo porque esos modelos han ido envejeciendo y desapareciendo sino, sobre todo, porque cada vez hay menos sustitutos. ¿Cuál es el motivo?

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Contamos los días hasta que las vacaciones se acaban. Cinco, tres, uno. Y al día siguiente suena el despertador y parece que el cielo se está desplomando sobre nuestras cabezas. Un café, un zumo o nada, según gustos, y regresar. A la oficina, a la clínica, al taxi, a donde quiera que sea que trabajemos.

Hay una fantasía común en todas nuestras vacaciones y es imaginar que nos quedamos para toda la vida en el sitio donde hemos estado: en esa ladera de la montaña donde veíamos amanecer desde el camping, en el pueblecito del interior donde comprábamos el pan cada mañana o, en la mayoría de los casos, en esa playa llena de risas donde la brisa suave del atardecer nos hacía sentirnos tan vivos.

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Vivimos en la era del más: tener más seguidores, estar más en forma, aprender más habilidades, ganar más dinero, tener una casa más grande, correr más, comprar más accesorios para nuestras aficiones, encontrar más chollos. E incluso realizarnos más, encontrarnos más a nosotros mismos, ser más conscientes, profundizar más en nuestro propósito vital, ser más felices. De un tiempo a esta parte nos hemos subido a una escalera en la que siempre estamos ascendiendo. Y lo malo es que esa escalera es, en realidad, una cinta sin fin. Como las ruedas por las que corren los ratones apresados en jaulas. Una cinta que jamás se detendrá mientras estemos vivos.

Nos descubrimos eternamente faltos, constantemente enfermos, permanentemente incompletos.

La peor forma de ser esclavo es serlo de uno mismo. Nadie nos obliga, por ejemplo, a buscar la felicidad hasta la caricatura y, sin embargo, es lo que últimamente nos autoimponemos. Pasando por alto el contrasentido que implica la felicidad forzada. Y, en el colmo del absurdo, nos negamos a nosotros mismos emociones básicas como el dolor y el duelo, el echar de menos, la natural, aunque inesperada, tristeza que nos puede sobrevolar cualquier día de otoño porque sí, porque somos humanos.

Nuestra descarriada lógica nos lleva a querer estar más aquí que ahora que aquí y ahora, a perseguir hasta la extenuación que nuestro cuerpo esté más sano que sano, erradicando esto y aquello o comiendo solo esto o aquello, o ayunando una y otra vez para ver si nos curamos de algo que, en realidad, nadie es capaz de definir con precisión.

El mayor problema de cualquier búsqueda es cuando se esclerotiza, cuando se cronifica y solo queda eso: la búsqueda.

Nos descubrimos eternamente faltos, constantemente enfermos, permanentemente incompletos. Y así vamos, devorando libros y vídeos mientas subimos los peldaños de nuestra particular escalera, siempre sin descanso, siempre sin ver el final. Porque no lo hay. Y por eso es muy poco común encontrar en nuestras conversaciones alguien que diga que sí, que ya llegó. Que ya está en paz consigo mismo. Que se tolera, que se acepta, que se quiere. Nada más. Nada menos. Sobre todo porque, cuando lo hay, siempre hay también quien le dice que se ha descubierto un nuevo método, o un nuevo ungüento, o una nueva práctica, o una nueva forma de exprimirse a sí mismo un poco más. Que no se aparte, que no desfallezca, que siga subiendo. Que lo hacemos todos. Que se puede tener la piel más tersa que tersa, que aún se pueden ganar centésimas de centésimas por vuelta, que se puede ser más optimista que optimista. Olvidando así que cuando decimos que el ser humano carece de límites se trata tan solo de una metáfora.

Y quizá por eso estamos siempre cansados, agotados. Quizá sea eso y no el tráfico, ni el trabajo, ni las cargas del cuidado familiar que cada uno soporta. Ni los jefes. Quizá no sean las noticias y ni siquiera tenga toda la culpa esta impertinente pandemia que no nos deja ni a sol ni a sombra. Quizá sea nuestra machacona tendencia a escudriñarnos buscando el error, la falla, lo que aún no somos o tenemos, en esa obsesiva e intransigente manera de perseguir ya no se sabe qué. El mayor problema de cualquier búsqueda es cuando se esclerotiza, cuando se cronifica y solo queda eso: la búsqueda. Pero ya no el destino, ni el sentido, ni la plenitud. Y por supuesto ya no el disfrute ni la dicha inherente a cualquier aventura.

Lo que es nuevo en este comienzo de siglo es el yugo autoimpuesto de la mejora constante, como si el ser humano fuera una máquina

Cierto es que el ser humano vive dentro de un permanente interrogante que le interpela sobre su sí mismo y sobre su lugar en el mundo. Pero, que se sepa, en ningún sitio está escrita una ley que diga que para contestar a esa pregunta uno tiene que consumirse hasta el marasmo. Por eso es hora de plantearse si el paradigma del trabajo, que tanta productividad y riqueza trae a nuestro mundo profesional, es también funcional en el terreno del desarrollo personal. Visto desde la adecuada perspectiva, puede que contestar a nuestras preguntas últimas violentándonos hasta la extenuación no sea el mejor enfoque para encontrar lo que quiera que sea que buscamos. Al menos cuando rebasamos ese punto de inflexión en el que comenzamos a sentir más frustración que disfrute. Momento que, con toda seguridad, llegará tarde o temprano. Porque es imposible llegar a una meta que corre en el mismo sentido que nosotros y a la misma velocidad.

Cualquier mirada retrospectiva hacia nuestros ancestros revelará que, en las épocas de mayor florecimiento humano, nadie vivía autoexplotado por su propia exigencia de ser más. Muy al contrario, aquellas sociedades se dejaban ir, se esparcían y disfrutaban de la dicha de ser simplemente quienes eran. Su perspectiva era a menudo lúdica, serena, contemplativa. Aun con los mismos interrogantes sobre la vida, lo que es nuevo en este comienzo de siglo es el yugo autoimpuesto de la mejora constante, como si el ser humano fuera una máquina que se pudiera optimizar hasta la excelencia. Esa palabra que ha producido tantas quimeras como frustraciones.

Y así es que hemos sustituido el diálogo por el dato. Como si tener más información nos hiciera más sabios.

Este siglo nuevo nos ha traído un trabajo más complejo y ubicuo y un ocio en el que también trabajamos en subir nuestra particular escalera. Siendo nuestros propios jefes, los más duros que existen. De ahí viene la permanente necesidad de desconexión que a veces es irreprimible: de nuestra permanente conexión a una autoexigencia constante. Ya no hay ocio pleno, descanso sin más, aburrimiento, dolce far niente. Porque, incluso, cuando parece que no hay nada que hacer, siempre aparece una serie de televisión inoculándonos la necesidad ansiosa y urgente de ver el siguiente capítulo. Y cuando esa serie acaba, aparece una recomendación para engullir la siguiente. Que, en general, es el mismo perro con distinto collar. Nada acaba. Siempre hay más. Otro peldaño. Y así hasta el infinito, como las escaleras de Escher.

Ni en los restaurantes descansamos, porque siempre hay que demostrar conocimiento televisivo sobre los ingredientes o los emplatados. Y muchas conversaciones interesantes acaban abruptamente en la vulgar Wikipedia, porque nuestra hambre de detalles insustanciales y efímeros no puede reposar tranquila sin cobrarse otra presa. Ante la incertidumbre y el vacío hay que hacer algo de manera urgente, con la misma precipitación con la que compramos el último objeto inútil para que nos lo sirvan en veinticuatro horas. No se puede simplemente dialogar ni transitar por la duda: hay que sentenciar, haciendo de las sillas cátedras y de las sobremesas espacios congresuales. En estas conversaciones nunca se llega al final de nada porque siempre se llega de manera prematura al aparente final de todo. Y así es que hemos sustituido el diálogo por el dato. Crudo, frío, aislado. Como si tener más información nos hiciera más sabios.

Sería interesante probar a ocupar nuestro propio espacio con plenitud, refugiarnos en ese yo que ya somos, en ese que hemos sido siempre, para demorarnos en nuestra singular sustancia y ganar arraigo ante la vida. Sin más. Sin atolondrarnos, sin angustiarnos, sin que vivir signifique una carrera eterna en una cinta sin fin, en una escalera infinita. Quizá entonces, sólo quizá no nos sentiríamos siempre como si hubiéramos perdido otra oportunidad más de ser como las mareas: que, aunque no se detienen, siempre habitan el mismo lugar.