Desde que la pandemia nos sacudió el guantazo más gordo que recordamos, andamos todos un poco desmadejados. Unos desorientados, otros cansados, otros hartos y otros con la irritación siempre encendida. De esa que no les deja ni a sol ni a sombra, como si fueran escocidos por los caminos de la vida. No solo lo sabemos porque nos lo notamos, sino porque los psicólogos tienen las consultas a reventar (curioso esto de que un virus haya normalizado la asistencia emocional profesional). Lo inferimos también porque leemos más (por fin), aunque la verdad es que no sabemos si es porque queremos saber más del mundo o porque queremos escapar de él. Y lo sabemos también porque está en la calle. Que es donde están las cosas que importan.

Es imposible estimar cuánto durará esto de ir terciados por la vida, pero lo cierto es que este estado de ánimo es un caldo de cultivo ideal para los apóstoles del tienesque.

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Hay personas líquidas y personas sólidas. Las personas líquidas siempre tienen en su hechura interna varios hilos sueltos. Se hacen preguntas y luchan por responderlas, pero, a menudo, cuando han resuelto un asunto, se les desata otro. Las personas sólidas están completas en su constitución. Tienen todas sus tuberías internas bien ensambladas y no se hacen preguntas. Al menos no del tipo que suelen inquietar a las personas líquidas.

Las personas líquidas suelen estar en búsqueda permanente. Buscan sin cesar ideas que las remuevan o que las convenzan. Y también las producen. Vibran alistándose en causas, aunque, en ocasiones, esas causas no les duran mucho. Y también suelen cambiar bastante de afición. Y a veces hasta de amigos y trabajo. Es como si, cada cierto tiempo, mudaran de piel y tuvieran que comportarse de una manera nueva, si bien siempre intentando completarse. Las personas sólidas siempre se comportan igual. Ya sea con sus amigos, con su familia o en su trabajo. Llevan desayunando lo mismo toda la vida y han tenido pocas parejas. O solo una. No porque hubieran querido tener más amantes, sino porque no los han necesitado. Y tampoco precisan viajar mucho. A veces lo hacen, pero más bien porque algo externo tira de ellas, no porque necesiten esa experiencia de manera vital. Que es lo que les ocurre a las personas líquidas.

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Los que mejor viven hoy día en las organizaciones son los forwarders. Su función es muy simple: les llega un correo electrónico en el que les hacen una pregunta y ellos reenvían ese correo a la persona que tiene la respuesta. Esa persona les contesta y ellos reenvían ese mensaje a quien les hizo la pregunta en primer lugar. Y así con todos y cada uno de los mensajes que les llegan.

Una vida fácil. Eso sí, no aportan nada de nada, simplemente reenvían mensajes. Pero a ellos esto no les importa demasiado porque, por algún motivo que los demás desconocemos, su autoestima se conserva intacta. Es más, a menudo presumen de la enorme carga de trabajo que soportan.

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A veces es un calcetín. Otras veces el envoltorio de un paquete de magdalenas. O un bolígrafo. Quién no se ha encontrado en casa con un bolígrafo fuera de sitio. Ahí, sobre la encimera de la cocina. Descapuchado y extemporáneo, como depositado por un personaje de una película que no es la nuestra. También forman parte de esta categoría las puertas de los armarios medio abiertas y, por supuesto, ese limón en la nevera que se ha momificado y que descubrimos de repente. Y, por simetría, todas esas cosas que buscamos pero que no encontramos ni a la primera ni a la tercera. Encabezando la lista, claro está, las llaves de casa. Y también el cargador del móvil o una horquilla para el pelo.

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Hubo un antes. Y en ese antes la vida era predecible. Uno estudiaba o no, se casaba o no, tenía hijos o no, pero siempre trabajaba. Y con el trabajo venía el salario, con el salario la hipoteca y con la hipoteca el hogar. Y en el hogar había un televisor y agua caliente. Y nunca faltaba mortadela ni pan, del que se ponía duro en lugar de gomoso. Era frecuente entrar a trabajar de enfermera y jubilarse de enfermera. O de taxista, o de maestra, o de albañil. Pero algunos hijos de albañiles, y otros de agricultores, y algunos hijos más de zapateros conseguían dar un salto. Y se convertían en abogados, en médicos o en ingenieros. A algún genio del naming se le ocurrió llamar a ese fenómeno “el ascensor social”.

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