Al comienzo, cuando el coronavirus irrumpió en nuestra pacífica existencia, contestamos sacando pecho con entusiasmo y arrojo, publicando con vehemencia nuestro compromiso con la lucha al compás del Resistiré del Dúo Dinámico. Compartimos miles de memes motivadores, portamos con orgullo la bandera de esta guerra, la mascarilla, e incluso aparecieron centinelas en todas las comunidades de vecinos que, a golpe de fotografía y vídeo, denunciaban públicamente a quien se desviase del recto camino. Y en lo que, pensábamos, era el apogeo de la crisis, honramos a nuestros héroes y a nuestros mártires, lloramos durante las videollamadas y apretamos los dientes para contener todos los abrazos que no nos podíamos dar.

Luego el estado de alarma tocó a su fin y, como una profecía, al mismo tiempo llegó el verano. Y entonces entramos en una fase más átona de nuestro compromiso con la lucha, al tiempo que comenzamos a permitirnos alguna que otra cana al aire. Canas al aire en las celebraciones, en las reuniones familiares y por supuesto en los bares. “Cómo no le voy a dar un abrazo a mi padre” —decíamos nosotros—, “luego me pongo la mascarilla” —decían los adolescentes— y “es que ahora estoy tomándome la cerveza” —decíamos todos en las terrazas o en los botellones—. El resultado fue que el virus, que nunca descansa, ha vuelto a hacerse fuerte y, tras la desescalada, ha irrumpido la nueva escalada de los contagios haciendo añicos la nueva normalidad.

Y ahora entramos en la tercera fase. Aún con mucho teletrabajo que, tras el entusiasmo inicial, ya no resulta tan apetecible, con unos hijos regresando a un colegio improbable y, como en todos los finales de verano, con la huida del calor y la vuelta al tráfico. Todo ello aparentemente superable, si no fuera por la cada vez más alargada sombra de una crisis que parece querer empezar a rivalizar con la de 2008. Definitivamente, esta es la vuelta que no queríamos.

La mayoría de los seres humanos estamos construidos para resistir un embate, pero no dos. Tampoco lo estamos para las grandes adversidades, que son aquellas para las que no tenemos mapas. Y en esta ocasión se están dando las dos circunstancias simultáneamente. Por eso este otoño se nos antoja el más umbrío de los otoños.

Solo hay dos verdades sobre las grandes crisis, esos momentos en los cuales la cueva se cierra de pronto y nos quedamos sin luz y sin aire. La primera, que todos llegamos a ese momento con lo que tenemos y somos. Es muy difícil ser una persona nueva cuando la ola se colapsa y nos ahoga. Si al llegar una adversidad severa somos débiles, se cebará en nuestra debilidad. Si dependemos de los demás, esa dependencia se exacerbará. Y si tendemos a la ansiedad, viviremos la crisis con el corazón arrugado en un puño. Por eso la mejor manera de conocernos, o de conocer la verdadera construcción de alguien, es en medio de un desastre.

Los acontecimientos no obran intencionadamente y, por tanto, no hay límite alguno a la cantidad de sucesos negativos que podemos llegar a experimentar. Las víctimas fatales de esta crisis sanitaria son la prueba más evidente de este principio. Seguro que ninguna de ellas, cuando brindó saludando a los primeros minutos del año, pensaba que iba a morir pocos meses después en la soledad de una habitación de hospital. Por tanto, si esto es así, la única salida viable es convertir lo que estamos experimentando en una escuela de vida y trazar nuevos mapas para el futuro.

Es lógico pensar que alguien que ha vivido una guerra en primera persona se alarme menos por una enfermedad grave que quien siempre ha vivido en tiempo de paz. Igualmente, es plausible que alguien que ha padecido ese tipo de enfermedades se angustie menos por perder su empleo que alguien que siempre ha estado sano. También, es esperable que alguien que ha perdido y recuperado su trabajo varias veces se intranquilice menos por un golpe en el coche que alguien que nunca ha tenido problemas de ningún tipo.

Por eso, la segunda verdad sobre las grandes adversidades es que la medida de nuestra estabilidad futura depende del número de crisis en las que hemos escogido la vía del aprendizaje, en lugar del camino de la resignación y la queja. La segunda verdad nos dice que, aunque el universo nos dispara las crisis aleatoriamente y sin intención, tenemos la libertad de enfocarlas de una o de otra manera: hacia el drama o hacia la épica.

Escoger plantar batalla es arduo y doloroso, eso sí. Y desde luego no es el tipo de tarea en la que uno querría empeñarse con el moreno aún engalanando su piel y el recuerdo vivo de los largos paseos por la playa todavía colgado de la mente. Pero es lo que nos hace grandes. Y lo que nos permite acumular relatos y tejer las grandes narrativas de nuestra historia. Que son las que, tanto a nivel individual como colectivo, nos hacen sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Las que nos llevan a crecer como personas y como sociedad. Si bien es verdad que los desastres nos muestran como somos, no lo es menos que a la salida de cualquiera de ellos podemos ser otros. Quizá esos que siempre hemos querido ser.

Todo puede ocurrirnos aún: divorcios y desempleos, enfermedades y pérdidas de seres queridos. Y, por supuesto, más pandemias, hambrunas e incluso guerras. Sin embargo esta historia, nuestra historia, no es diferente de la de otras personas en otras épocas. Nos daríamos cuenta más fácilmente si fuéramos más conscientes del falso espejismo que constituye la vida digital, de que la certeza de la ciencia es a veces más una quimera que una realidad y de que la cultura, como decía Becker, nos transmite la idea de que somos importantes, vitales e inmortales en lugar de pequeños y temblorosos animales que un día decaerán y morirán.

En esta vuelta que no queríamos es vital que escojamos la vía de ser los héroes que siempre soñamos ser. Luego vendrá lo que venga. La reencarnación de la crisis de 2008, de la del 29 o de cualquier otra. O una salida suave y limpia en la que la desgracia no nos llegue a mostrar su peor cara. No lo sabemos aún. Lo que sí sabemos es que la diferencia entre un futuro y otro depende en gran medida de nuestro espíritu de lucha.

 

(Originalmente publicado en Dirigentes)

Hace algunos años se desató una polémica cuando Hari Kondabolu, un cómico neoyorkino hijo de inmigrantes indios, cargó contra Apu, el personaje de Los Simpsons, por considerarlo un estereotipo negativo de la comunidad india estadounidense: jornadas excesivas, familia numerosa, vestuario desfasado y, por supuesto, un marcado acento. Acento que, por cierto, era interpretado por Hank Azaria, un actor de doblaje norteamericano que lo forzaba, lo cual era también parte de la querella. La controversia llegó al punto de plantear que el personaje debía ser eliminado. Nadie duda de que cada comunidad, cada minoría y, en general, cada problema humano, deba ser tratado y abordado con toda la seriedad que merece en el mundo real. El asunto es que Los Simpsons es una comedia, es decir, una producción que intenta parodiar la realidad. Y, sobre todo, que se trata de ficción.

 

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Hay pocas cosas que nos aterren más que sentirnos excluidos. Durante la adolescencia es algo que experimentamos a flor de piel, quizá porque luchamos a sangre y fuego por mantener nuestra individualidad. Aun así, nos plegamos como el trigo cuando el viento sopla y acabamos comprándonos esos pantalones, fotografiándonos con ese posado o persiguiendo a este o a aquél artista revelación. Cuando somos adultos, sin embargo, este mimetismo adocenado se vuelve más sutil y preferimos vestirlo de propósito propio y de autenticidad.

 

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La mayoría de nosotros tememos el momento de ir a la playa, al menos el primer día. Nos desnudamos frente al espejo y nos vemos blancos, flácidos, envejecidos. Un trago al que solo supera el trance de ponerse el bañador del año anterior y descubrir que antes abrochaba mejor, que no nos apretaba en las piernas o que no hacía sobresalir ese orondo repliegue de carne. Y es entonces cuando comenzamos a temblar pensando en el momento en el que apareceremos en la playa a exhibir nuestra descolgada blancura.

La pregunta es qué es exactamente lo que nos avergüenza de ir a la playa.

 

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Resulta llamativa la cantidad de talleres que hoy día consisten básicamente en colocar post-its sobre una plantilla. Da la sensación de que tenemos esquemas para todo tipo de problemas y proyectos, ya se trate de organizar ideas o de encontrarlas. Así, si el objetivo es repensar nuestro modelo de negocio, podemos recurrir al ya decano Business Model Canvas. Si es una cuestión de toma de decisiones una buena opción es Cynefin y, si buscamos coherencia, sorprendentemente la encontraremos en el fondo de una tartera japonesa, según el modelo Bento. Y por supuesto, si andamos a la búsqueda de nuestro propósito, el Golden Circle, el mal llamado diagrama de Ikigai o su antecesor Hedgehog, podrán acudir en nuestra ayuda.

Lo sugerente del caso es que, cuanto más complejo es nuestro mundo, más luchamos por confinarlo a un esquema que, de tan simple, a veces parece pueril.

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El motivo por el cual el coronavirus no acaba de ser controlado es muy evidente: nuestro comportamiento. Tras un primer momento en el cual nos lo tomamos muy en serio y plagamos las redes sociales de compromiso y solidaridad —e incluso aparecieron soplones en todas las comunidades—, hemos pasado a otro muy diferente. Ha llegado el verano y estamos volviendo a nuestro ser natural: el de la cañita y el chipirón, la toalla en la playa y el gregarismo futbolero.

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