Hace algunos años se desató una polémica cuando Hari Kondabolu, un cómico neoyorkino hijo de inmigrantes indios, cargó contra Apu, el personaje de Los Simpsons, por considerarlo un estereotipo negativo de la comunidad india estadounidense: jornadas excesivas, familia numerosa, vestuario desfasado y, por supuesto, un marcado acento. Acento que, por cierto, era interpretado por Hank Azaria, un actor de doblaje norteamericano que lo forzaba, lo cual era también parte de la querella. La controversia llegó al punto de plantear que el personaje debía ser eliminado. Nadie duda de que cada comunidad, cada minoría y, en general, cada problema humano, deba ser tratado y abordado con toda la seriedad que merece en el mundo real. El asunto es que Los Simpsons es una comedia, es decir, una producción que intenta parodiar la realidad. Y, sobre todo, que se trata de ficción.

 

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Hay pocas cosas que nos aterren más que sentirnos excluidos. Durante la adolescencia es algo que experimentamos a flor de piel, quizá porque luchamos a sangre y fuego por mantener nuestra individualidad. Aun así, nos plegamos como el trigo cuando el viento sopla y acabamos comprándonos esos pantalones, fotografiándonos con ese posado o persiguiendo a este o a aquél artista revelación. Cuando somos adultos, sin embargo, este mimetismo adocenado se vuelve más sutil y preferimos vestirlo de propósito propio y de autenticidad.

 

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La mayoría de nosotros tememos el momento de ir a la playa, al menos el primer día. Nos desnudamos frente al espejo y nos vemos blancos, flácidos, envejecidos. Un trago al que solo supera el trance de ponerse el bañador del año anterior y descubrir que antes abrochaba mejor, que no nos apretaba en las piernas o que no hacía sobresalir ese orondo repliegue de carne. Y es entonces cuando comenzamos a temblar pensando en el momento en el que apareceremos en la playa a exhibir nuestra descolgada blancura.

La pregunta es qué es exactamente lo que nos avergüenza de ir a la playa.

 

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Resulta llamativa la cantidad de talleres que hoy día consisten básicamente en colocar post-its sobre una plantilla. Da la sensación de que tenemos esquemas para todo tipo de problemas y proyectos, ya se trate de organizar ideas o de encontrarlas. Así, si el objetivo es repensar nuestro modelo de negocio, podemos recurrir al ya decano Business Model Canvas. Si es una cuestión de toma de decisiones una buena opción es Cynefin y, si buscamos coherencia, sorprendentemente la encontraremos en el fondo de una tartera japonesa, según el modelo Bento. Y por supuesto, si andamos a la búsqueda de nuestro propósito, el Golden Circle, el mal llamado diagrama de Ikigai o su antecesor Hedgehog, podrán acudir en nuestra ayuda.

Lo sugerente del caso es que, cuanto más complejo es nuestro mundo, más luchamos por confinarlo a un esquema que, de tan simple, a veces parece pueril.

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El motivo por el cual el coronavirus no acaba de ser controlado es muy evidente: nuestro comportamiento. Tras un primer momento en el cual nos lo tomamos muy en serio y plagamos las redes sociales de compromiso y solidaridad —e incluso aparecieron soplones en todas las comunidades—, hemos pasado a otro muy diferente. Ha llegado el verano y estamos volviendo a nuestro ser natural: el de la cañita y el chipirón, la toalla en la playa y el gregarismo futbolero.

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Dicen que los ojos son el espejo del alma. Pues bien, las series deben ser el espejo del alma colectiva, o algo parecido. Y aunque tampoco se pueda precisar más qué puede querer decir esto, lo cierto es que en aquello con lo que nos entretenemos habita algo de lo que somos. Bien porque lo deseamos o porque lo tememos, bien porque nos configura o porque nos identificamos con ello.

En ese sentido, llama la atención la profusión de hipérboles y la sobreabundancia de argumentos extremos en las series. Las distopías se han convertido en lo nuevo normal, hay tanta variedad de asesinos en serie como de yogur, y las peleas sangrientas a golpe de hachazo son más habituales que las rabietas infantiles fuera de la pantalla. Las familias disfuncionales se prodigan al igual que los carros en los hipermercados y las conjuras, conspiraciones, traiciones y demás intrigas maquiavélicas superan en frecuencia a los memes que originan. Las metempsicosis ocurren con la misma asiduidad que los recogidos en las peluquerías y, cuando no es el caso, su lugar lo ocupa un flagrante abundamiento de desapariciones masivas y colapsos de la humanidad.

La pregunta es qué quiere decir todo esto, si es que quiere decir algo…

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