Cada vez que tenemos que quedarnos encerrados en casa, en general por una enfermedad, comenzamos a hacernos preguntas: ¿en qué voy a ocupar mi tiempo? ¿acabaré aburriéndome? ¿voy a poder con esto? Todas ellas y muchas otras tienen que ver con la activación en nuestro cerebro de uno de los guiones universales más interesantes. Uno de esos argumentos esenciales que nos representan desde el origen de las civilizaciones y de los que podemos aprender mucho.

Desde tiempo inmemorial hemos participado de narrativas de cautiverio, de historias de náufragos y de leyendas sobre protagonistas atrapados en laberintos reales o mentales. Lo que todos estos relatos tienen en común es la misma sustancia que nos impregna cuando nosotros mismos estamos recluidos: una mezcla de falta de movilidad, incomunicación, restricciones alimentarias, inactividad y ausencia de rutinas. Y todo ello inflamado por los muchos cuestionamientos que nos hacemos sobre nuestra capacidad para superar el trance.

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¿Puede cualquier persona ser más inteligente? ¿El líder se nace o se hace? ¿Todos podemos ser más creativos? Sea cual sea el terreno por el que transitemos surgen cuestiones de este tipo que, a pesar de parecer distintas, en realidad son la misma. Y, de manera nada sorprendente, todas ellas tienen la misma respuesta.

El ser humano parece una criatura orientada al éxito. Es posible que llevemos grabada en nuestra médula espinal la idea de ganar. Ya sea frente a otros oponentes en un proceso de selección o encontrando un chollo en las rebajas. Es probable que sea una tendencia atávica de nuestro pasado más animal, en el que ganar significaba vivir. Por tanto, el mismo ímpetu que, en la sabana o en la selva, nos ayudaba a vencer a otras criaturas, hoy nos empuja a buscar un mejor aspecto, una casa más grande o un salario más abultado.

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Con la suficiente perspectiva, es sumamente interesante analizar cómo nos afectan los espejismos de la modernidad. A finales del siglo pasado, se obró el centelleante milagro de digitalizar el acetato transparente, añadiéndole –para nuestra desgracia– la posibilidad de añadir animaciones y sonidos. Lo llamaron PowerPoint.

En el mundo de las organizaciones la fascinación que ejerció esta piedra filosofal hizo que comenzara a utilizarse para todo: desde presentaciones al equipo comercial hasta reuniones con clientes, como herramienta de comunicación y hasta como vehículo de construcción colectiva de pensamiento. De hecho, el efecto fue tan tremendo que aparecieron desempeños en los que no se entendía al profesional si no era en íntima simbiosis con su PowerPoint. Consultor es una de ellas y, por supuesto, formador es otra. El efecto fue inmediato: millones de personas aprendieron a manejar la nueva tecnología y construyeron auténticas capillas sixtinas donde volcaron hasta la última gota de su conocimiento. Paralelamente, comenzaron a aparecer cursos sobre “presentaciones eficaces”, lo que quiera que fuera aquello, que prometían convertir a cualquier profesional de a pie en poco menos que un gurú. También, con la adecuada perspectiva, es llamativa la cantidad de frustración que ha generado en el mundo de la empresa la falta de juicio crítico y la fascinación por la fase ascendente del ciclo de sobreexpectación.

El tiempo ha pasado, y falta muy poco para que comencemos a considerar al PowerPoint como un fósil. Porque, al final, hemos acabado por entender que el conocimiento adulto no se transmite, sino que se transforma, que explicar los conceptos linealmente es improductivo y pueril y, por supuesto, que un asunto es ser un buen comunicador y otra muy diferente ser un buen formador. Y que los formadores extraordinarios revelan su verdadera grandeza cuando no están hablando, ni mostrando imágenes o textos en una pantalla, por alta que sea la resolución que esta tiene.

La drástica reducción de la duración estándar de una conferencia que ha promovido el modelo TED solo quiere decir una cosa: que estamos hartos de escuchar. Que no queremos arriesgarnos a una muerte por PowerPoint y que queremos que se tomen en consideración nuestros estilos de aprendizaje y nuestras ganas de ser protagonistas de nuestra propia formación. Cada vez que un formador envía al participante que siempre falta el consabido PowerPoint, para que estudie por su cuenta los contenidos que ha impartido, está enviándole el fósil de una hogaza de pan para que se alimente con él.

Si el reto en los 90 era producir cuantas más diapositivas mejor, el reto al final de esta década es justo el opuesto. Destinar ese escaparate a lo mínimo imprescindible, a aquello en lo que de verdad se cumple que una imagen vale más que mil palabras. Nos ha costado una vida, pero parece que, por fin, hemos entendido que ningún aprendizaje adulto es válido si no existe una relación experiencial y sentida con las competencias que se desea adquirir.

A la luz de este planteamiento el formador se convierte, en primer lugar, en un agitador: alguien que solivianta y conmueve mentes y corazones para lograr que el núcleo básico de conocimiento del participante, rodeado por la guardia pretoriana que son sus años acumulados de experiencia, se resquebraje y acepte una duda razonable sobre lo que cree saber. Y, a continuación, se transfigura en un sherpa, un experimentado conocedor del terreno que porta el equipo y los víveres para asegurar que el participante pueda llegar hasta donde se propone llegar.

El gran reto del aprendizaje no es saber mucho: es lograr que otro lo sepa. Por eso, esas demostraciones de conocimiento, a menudo egocéntricas y narcisistas, que albergan muchas presentaciones con diapositivas son ya cosa del pasado y caminan hacia su propio cementerio fósil.

La gran noticia es que volvemos al punto de partida: el momento en el que vuelve a estar todo por inventar. En el mundo de la empresa, hemos visto recientemente cómo productos y servicios abandonados, y casi marginales en algún caso, se han reinventado de manera fulgurante logrando crear una nueva imaginería y redescubrir nuevos mercados. Se ha reinventado el café, la manera de viajar, la industria del entretenimiento y hasta el gin-tonic. Sin duda, ha llegado la hora de meter a los fósiles en sus cajas y reinventar de una vez por todas la formación.

 

Originalmente publicado en Equipos y Talento

¿De dónde vienen nuestras ideas? Sería precioso poder decir que surgen de nuestro interior, de nuestras cavilaciones o de las musas. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la amplia mayoría de las cosas que se nos ocurren proviene de una misma fuente: Google. Ya se trate de una fiesta de cumpleaños o de una carta de recomendación, no paramos de consultar al gran oráculo para cualquier aspecto de nuestra vida cotidiana que requiera una idea. No hay ejemplo más palmario de que nuestra capacidad para ser originales está disminuyendo a paso de gigante.

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¿Hasta qué punto es bueno que un empleado se identifique con la empresa en la que trabaja? Las organizaciones han invertido ingentes recursos en lograr que los profesionales que trabajan en ellas estén alineados con sus valores. Se considera altamente positivo, para empresa y trabajador, que haya una sintonía entre lo que la entidad persigue y lo que el trabajador siente sobre la vida. Se ha llegado a decir, metafóricamente, que el empleado debería llevar los valores de la empresa tatuados en la piel o impresos en su ADN. Sin embargo, ¿qué ocurre si el sentido de pertenencia de un profesional llega a tal extremo que sea excesivo?

Pues en ese caso puede suceder que el empleado acabe evolucionando de la pertenencia a la apropiación. Es decir, que comience a albergar la clara conciencia de que sus muchos años en la compañía, su conocimiento profundo de la misma, o ambas cosas, le dan derecho a opinar -y obrar- exactamente como si fuera suya.

Al igual que hay un despido interior, en el que por distintos motivos el profesional actúa como si le hubieran despedido, aunque su cuerpo esté presente, también podríamos hablar de un golpe de estado interior, en el que el empleado se comporta como si la empresa fuera de su propiedad.

Esta perversión del sentido de pertenencia puede generar múltiples complicaciones. La primera de ellas tiene que ver con el hecho de que un profesional golpista casi siempre va a tender a situarse intelectualmente por encima de sus superiores. Y, dependiendo de su carácter, esto puede conllevar dos situaciones: o bien discusiones infinitas en reuniones donde intenta imponer su punto de vista, o bien, quizá peor, una actitud pasivo-agresiva en la que muestra un rostro público apacible mientras en privado critica sin medida a la dirección de la empresa ante propios o ajenos, lo cual es casi más preocupante.

El segundo efecto secundario del golpismo interior es justo el polo opuesto, y es esperable que ocurra a continuación de esta primera fase de beligerancia: el momento en el que, tras insistir en público o en privado, sobre cómo deben hacerse las cosas, el empleado -ahora ya propietario imaginario de la compañía- observa una y otra vez que no se le obedece. En ese punto, una de las reacciones puede ser la drástica bajada de su nivel de compromiso. Dado que siente rechazo por las decisiones que se toman, y por tanto por el rumbo de la compañía, se obrará un efecto paradójico en el que, aún con un desmedido sentido de pertenencia, comenzará a mostrar una conducta de mínima implicación. En esto, el golpe de estado interior se parece mucho al despido interior.

Sin embargo, la gran diferencia está en que en el despido interior predominan las emociones de pasividad y desilusión, mientras que en el golpe de estado interior abundan las de rabia y frustración. Y quizá sea este el tercer y peor efecto posible de la perversión del sentido de pertenencia: la ingente cantidad de energía que el empleado golpista invierte en ansiedad y rencor hacia su empresa. Emociones a veces exteriorizadas en privado o en público que pueden llegar a dañar su imagen y la de su compañía.

Caminamos hacia organizaciones líquidas y orgánicas en las que la jerarquía, al menos la tradicional, va evolucionando hacia modelos más participativos y horizontales. Una transición que ha de llevarse a cabo con extrema prudencia, manejando adecuadamente la implicación y cooperación con un ejercicio de verdadero liderazgo, dado que los empleados golpistas reaccionan mal tanto al directivo pusilánime como al autoritario. Máxime cuando es francamente difícil, por no decir imposible, sofocar una rebelión que, por ser interior, y sobre todo en empleados pasivo-agresivos, es prácticamente indetectable.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

De un tiempo a esta parte se están multiplicando las convocatorias y publicaciones que tienen que ver con la oratoria. Desde escritores a expertos en comunicación, pasando por actores y profesionales de la formación, la comunicación verbal vive un auge inesperado.

Inesperado porque, al menos en teoría, con la avalancha de cursos sobre «hablar en público» y «presentaciones eficaces» que hubo en los noventa y en los primeros dos mil, todos deberíamos ya ser expertos comunicadores.

Sin embargo, parece ser que, o bien no es así, o bien se está descubriendo una dimensión antes desconocida en el mundo de la oratoria. ¿Cuáles son las claves de este boom?

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