Todos aprendimos de pequeños que los seres humanos somos animales racionales. Es decir, que la fundamental diferencia que nos separa del resto de criaturas que pueblan el mundo es que nosotros pensamos y ellos no. Se deduce de esto que, como somos racionales, tomamos decisiones también racionales. Si embargo, la creciente investigación sobre este tema parece arrojar una conclusión distinta: no pensamos tan bien como parece.

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Es llamativo que en estos tiempos en los que se habla tanto de innovación se hable tan poco de creatividad, y sobre todo de cuáles son los métodos que presumiblemente pueden favorecerla en las personas y en las empresas. Es llamativo porque, aunque a veces se nos olvida, no habría innovación si no hubiera creatividad. La creatividad es el primer paso en el ciclo de la innovación, en el que se genera la idea que luego se convertirá en valor, y por fin en resultado.

Uno de los motivos por los cuales quizá se hable poco de la creatividad es porque aún sigue siendo una habilidad ciertamente enigmática. Se sabe que ciertas condiciones la favorecen, como por ejemplo los entornos diversos, la ausencia de crítica y los ambientes lúdicos, pero en el fondo se desconoce cómo se produce esa chispa en el sistema de ideas de un ser humano que logra conectar dos o más conceptos muy lejanos entre sí, cuya combinación sin embargo soluciona un problema o resuelve una necesidad.

Cuanto más lejanos sean esos conceptos y cuanto mayor sea el problema o la necesidad, mayor es el salto creativo y mayor valor tiene. Posiblemente uno de los mayores ejemplos de esta capacidad humana se dio durante la misión Apolo XIII, séptima misión tripulada del Programa Apolo y la tercera que se lanzó con el propósito de pisar la luna cuando, aproximadamente a 300.000 kilómetros de la tierra, una explosión en un tanque de oxígeno comprometió de manera fatal la misión. Debido a los daños producidos, los astronautas tuvieron que abandonar el módulo de mando y pasar al módulo lunar, que contenía una reserva de aire muy limitada. El destino mostró su ironía más oscura cuando quedó claro que, a pesar de que se habían preparado para solucionar problemas altamente complejos, sus vidas iban a estar gravemente comprometidas solamente porque a nadie se le había ocurrido que un día se necesitaría comunicar los sistemas de ventilación de ambas naves entre sí, como fue el caso. Lentamente el aire se iba haciendo irrespirable, y el desafío consistía en conectar ambos sistemas utilizando únicamente el material que tenían a bordo. Alguien debía encontrar una solución a un problema aparentemente irresoluble, pues su diseño los hacía incompatibles. Afortunadamente uno de los miembros del control de misión en tierra encontró la solución a tiempo, regalándonos uno de los saltos creativos más geniales de la historia de la Humanidad. Buscando nuevas funciones para piezas que en origen habían sido diseñadas para otro cometido, al final fue posible conectar ambos sistemas de ventilación y los astronautas lograron salvar sus vidas.

El ejemplo es particularmente significativo no solo porque las piezas que se utilizaron no habían sido diseñadas para la función que al final ejercieron, sino porque en cualquier situación es ciertamente difícil concebir un sistema estanco y, sobre todo, porque la necesidad era abrumadoramente perentoria, dado que era la vida de los astronautas lo que estaba en juego.

Si pudiéramos comprender en profundidad cómo se generan estos saltos creativos, y si supiéramos diseñar programas de formación que garantizaran que todas las personas en una organización disponen de esta capacidad, la arena empresarial cambiaría significativamente, y por supuesto la sociedad también. Por eso, hoy que tanto se habla de innovación resulta sorprendente que exista comparativamente menos investigación sobre la creatividad y la forma de generarla que en el siglo pasado. Quizá ahora que los avances en neurociencia están evolucionando a pasos agigantados, y que tenemos una creciente capacidad para comprender el funcionamiento del cerebro que opera debajo de la mente, podamos ir adquiriendo un creciente conocimiento sobre esta enigmática capacidad del ser humano, que constituye la base de la innovación y de la creación de valor, y por tanto del progreso.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Nuestro campo consciente, que a diario cruzan miles de pensamientos, es responsable de muchas de nuestras acciones y también de nuestros estados emocionales. Dependiendo de lo que atraviese nuestra conciencia así sentimos, y así nos comportamos. A menudo resulta sorprendente cómo funciona esta relación entre la conciencia y todo lo demás. Como por ejemplo se mostró en un estudio en el que se pretendía averiguar si existía una relación entre la experiencia de la calidez física y la calidez interpersonal.

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Uno de los objetivos que han perseguido las técnicas espirituales desde el comienzo de los tiempos es el control voluntario de la conciencia, es decir, desarrollar la capacidad para proyectar en el lienzo de nuestro campo consciente aquello que es positivo para nosotros. Ese es el pilar básico de la meditación, y por eso, en esencia, se trata de un ejercicio de retorno al objetivo de la concentración – habitualmente la respiración – cada vez que surge una distracción.

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Es posible que los seres humanos seamos criaturas preparadas para vaticinar lo que ocurre, y que por tanto la predicción del futuro sea el único y verdadero motivo por el cual los seres humanos tenemos cerebro. Es también probable que, como la predicción del futuro está unida a nuestra supervivencia, estemos especialmente preparados para anticipar situaciones de peligro. Quizá por eso nuestra mente está en ocasiones tan llena de cosas terribles que la mayoría de las veces nunca llegan a pasar.

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Uno de los factores que más afecta nuestra vida diaria son nuestras emociones. Por algún motivo en el fondo desconocido, nuestro estado emocional determina nuestro bienestar y felicidad casi por encima de cualquier otra variable. Por eso es tan importante saber cómo controlar la manera en la que nos sentimos. Lo cual, aunque parezca sorprendente, no debería ser tan difícil.

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