Es francamente interesante ver a los grupos pedir café porque, sea cual sea su número de integrantes, no hay dos personas que lo pidan de la misma manera: cortados largos o cortos de una cosa o de la otra, con leche fría o caliente, con hielo, con sacarina, en taza grande, pequeña, en vaso, y así hasta el infinito. Este hecho nos deja dos claras conclusiones: la primera, que a nadie le gusta el café tal cual es. La segunda, mucho más interesante, que a pesar de que hoy nos parece un concepto revolucionario, hace muchos años que las cafeterías inventaron la co-creación. 

Sin entrar en las diferencias que existen entre este co-creación y personalización, lo cierto es que ambos son conceptos sin los cuales cual hoy no se entiende casi ninguna transacción comercial, porque en muy pocos sectores se aceptan ya los productos con un patrón fijo. Hace años que los coches pueden incorporar equipamiento opcional, mucho más tiempo que la ropa se arregla o combina antes de vestirla, y eso sin hablar de las infinitas posibilidades de personalización que tienen los dispositivos informáticos, hoy díaya tan adaptables que están casi más en el mundo de los complementos que en el de la tecnología. 

Ya no vivimos en un mundo estándar: cada producto o servicio es elaborado conjuntamente entre la empresa que lofabrica o distribuye y sus clientes, e incluso en la fabricación o distribución a gran escala se busca que haya un grado suficiente de personalización, en ese fenómeno hoy cada vez más extendido que llamamos masscustomization. 

Lo auténticamente relevante es que este hecho no es simplemente consecuencia de una moda o de una tendencia del mercado. La prueba más simple es que la infinita variedad en la forma de pedir un café llegó para quedarse hace ya muchas décadas. La co-creación y la personalización existen porque los productos o servicios que consumimos no son ya –y nunca más serán– simplemente artículos o actividades que necesitamos, sino partes de nuestra biografía y de nuestra identidad.  

Sabemos que los seres humanos organizamos nuestros conceptos en polaridades, y que a una de ellas otorgamos siempre algo más de valor que a la otra. Así, escogemos entre playa o montaña, carne o pescado, madrugar o trasnochar, o entre ser fan de un equipo de fútbol o de su némesis. Estas polaridades no son ni muchísimo menos triviales, sino que forman parte de la forma en la que organizamos y vemos el mundo, y por tanto son una parte íntima de nosotros mismos. Por motivos similares la co-creación y la personalización se han instalado de una forma tan rotunda en el mercado: porque cuando adquirimos algo queremos hacerlo nuestro, de manera que pase a formar parte del conjunto de conceptos y relaciones que para nosotros definen el mundo. Cuando una persona pide un café con lechelargo de café, en vaso y con sacarina, está evidentemente expresando un gusto personal. Pero por encima de ello está creando(de hecho, co-creando) un producto personalizado que realmente le satisface y, aún más, que le define. Hoy día ya no hay cliente que no persiga que todo aquello que adquiere o utiliza esté adaptado a sus intereses, a su forma de ser y, en definitiva, a su vida y a su biografía.  

Desde que existe el marketing de experiencias estamos acostumbrados a reflexionar más profundamente sobre lo que significa adquirir productos o servicios en la vida de las personas. Sin embargo,hace mucho tiempo que para los clienteseste tipo de transacciones constituyen experiencias, a veces auténticamente relevantes, que pasan a formar parte de su vida y de la matriz de conceptos y relaciones que explican su identidad.Lo nuevo es que el mercado al fin se ha dado cuenta. 

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Los seres humanos poseemos siete fuentes de energía para ganar el pulso a la vida y hacer realidad nuestros proyectos y sueños. Tres de ellas son físicas: el descanso, la nutrición y la actividad deportiva. Disponemos también de energía mental, energía emocional, y energía espiritual. Y, por último, existe la energía que nos proporciona aquello que queremos ser, la que nos proporciona nuestro rumbo vital. Dice la investigación que hay tres claves que explican la felicidad humana: el sentido, la esperanza y el propósito.

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En un estudio se intentó demostrar si una reflexión sobre los valores clave de una persona podía contrarrestar una disminución en las reservas de autocontrol (provocada por una prueba de escritura controlada) de un grupo de participantes a los que se pidió introducir la mano en un tanque de agua helada. Lo que encontraron fue que los participantes que habían reflexionado sobre sus valores, tras haber sido sometidos a la prueba de escritura controlada aguantaban más tiempo con la mano en el agua que los que no lo habían hecho. Es decir, la afirmación de los valores clave logró contrarrestar el agotamiento de las reservas de autocontrol.

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Es fácil notar el efecto energético que tienen las emociones positivas sobre nosotros: cuando recibimos una buena noticia, cuando alguien nos dedica unas palabras de reconocimiento, cuando cerramos un proyecto con éxito, y, en general, cuando las cosas nos salen bien y la vida nos sonríe, nos sentimos llenos de energía y pensamos que somos capaces de todo. Sin embargo, aún reconociendo ese efecto, demasiado a menudo no somos conscientes de que podemos hacer un uso activo de esa formidable fuente de vitalidad.

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La investigación muestra que, en cuanto a la consideración que hacemos de nuestras capacidades, hay dos tipos básicos de creencias: en primer lugar, la llamada mentalidad fija, que es aquella en la que la persona piensa que sus capacidades son las que son, y que nada puede hacer para cambiarlas. En consecuencia con ello, estas personas tienden a no enfrentarse con lo que de antemano suponen que no van a poder hacer.

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Hoy día sabemos que hay dos claves imprescindibles en el éxito, relacionadas pero no idénticas: la fuerza de voluntad y la perseverancia. La primera es la que nos ayuda en el día a día: a salir a la calle a pesar de que llueva, a no comer más de lo necesario, a abrir ese documento que tenemos por fin que concluir, o a no seguir posponiendo una reunión conflictiva. Y la segunda es la que necesitamos para los objetivos a largo plazo, la que implica perseguir una meta durante largo tiempo sin olvidarnos de ella y sin desfallecer a pesar de los contratiempos. 

Sin embargo, casi sin que nos hayamos dado cuenta, ha aparecido un proceso lento pero eficiente que, en las sociedades desarrolladas, está minando nuestra capacidad de tolerar situaciones adversas. Al principio es algo apenas notorio, como el mecimiento ocasional cuando un bebé tiene verdaderas dificultades para dormir. También, la incorporación de ingredientes dulces para evitar el mal sabor de algunos medicamentos. A continuación, la televisión a la hora del desayuno para que sea más sencillo que los pequeños de la casa se porten bien a esa temprana hora. Más tarde, los libros llenos de colores para que resulten llamativos. Por supuesto, las pantallas en los coches para que los niños se entretengan durante los viajes largos, y así sucesivamente. Después de toda una vida siguiendo esa pauta, ya de adultos seguimos necesitando monitores de televisión que nos distraigan del ejercicio en el gimnasio, libros cada vez más breves y sencillos de leer, noticias entretenidas, y revistas llenas de fotografías en las que las ideas esenciales estén claramente destacadas. La comodidad extrema rodea nuestras vidas, y hasta tenemos reposabrazos en el coche, no vaya a ser que el trabajo de maniobrar el volante resulte excesivamente extenuante.   

En ocasiones da la sensación de que todo tiene que ser atractivo o sencillo, o ambas cosas, para que nos decidamos a acometerlo. Hoy día cada vez es más difícil que los niños se involucren en torneos por el mero placer de participar, los universitarios a duras penas se movilizan para una tarea académica si no conlleva el consabido reconocimiento de créditos, y en general cada vez son más las personas que no se implican en aquellas actividades que cuestan esfuerzo. 

La motivación es una pieza fundamental tanto para la fuerza de voluntad como para la perseverancia, y existe en dos formatos: la intrínseca, que es la automotivación, y la extrínseca, que es la que el entorno nos proporciona. En suma, o nos impulsamos nosotros mismos o alguien nos empuja. Por otro lado, según parece indicarnos la ciencia, da la impresión de que un organismo necesita enfrentar determinadas dificultades para fortalecerse. Es un principio que, por ejemplo, parece explicar el origen de ciertas alergias: al vivir en entornos asépticos el cuerpo humano podría no generar determinadas defensas contra algunos alérgenos y, como consecuencia, se debilitaría. Por eso solemos decir que lo que no nos mata nos hace más fuertes. 

¿Y si la motivación funcionara igual? ¿Y si cuanto más fácil y llamativo resulta el mundo menos se desarrolla nuestra capacidad de automotivarnos? Si eso fuera así nos habríamos equivocado con la motivación, al crear un mundo tan fascinante y sencillo que habría arrinconado a nuestra fuerza de voluntad y a nuestra perseverancia, herramientas vitales en cualquier camino hacia el éxito. 

Hay que pensar que si queremos hacer realidad nuestros planes, y sobre todo si perseguimos metas importantes, no podemos confiar en que las cosas van a ser fáciles. O en que habrá alguien para motivarnos en cada pendiente del camino. Por tanto es imprescindible reflexionar sobre cuáles son las claves que nos pueden ayudar a darnos ánimos a nosotros mismos, a extraer energía de nuestras propias convicciones, a dar todavía un paso más cuando nos parezca que estamos agotados y a que, en definitiva, ese combustible indispensable que se llama motivación no dependa únicamente de que el mundo a nuestro alrededor sea atractivo y simple. 

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com