A diario un número incontable de imágenes, sensaciones e ideas entran y salen de nuestra mente dando forma al mundo que percibimos. Aunque siempre hemos pensado que nuestra atención se dirige al mundo que hay fuera, hoy sabemos que el cerebro es una máquina que está fundamentalmente orientada gestionar los impulsos que llegan del interior del organismo y a elaborar y reelaborar lo que captamos del exterior, que es más bien poco.Así, hay áreas cerebrales que presentan una mayor actividad cuando aparentemente no estamos haciendo nada, y disminuyen su actividad cuando tenemos que prestar atención. Es como si el mundo exterior significara una distracción para nuestra mente. Nuestro cerebro parece vivir orientado hacia sí mismo, elaborando constantemente a partir de un puñado de estímulos un mundo al que llamamos realidad. 

Y aunque parezca que esa realidad es solo una, lo que de hecho ocurre es que lo que percibimos es solo una posibilidad entre una cantidad prácticamente infinita de ellas. Nos fijamos en un coche y no en otro, en una persona y no en la otra, captamos un aroma pero no otro, sentimos una gota de lluvia pero no otra, recordamos una tarea pero no otra, y así sucesivamente. Captamos una foto pero estamos lejos de percibir la película. Y resulta sumamente interesante plantearse a qué prestamos atención, es decir, cómo gestionamos el suministro de ideas que fluyen a nuestra conciencia. En primer lugar porque aquello de lo que somos conscientes es el hogar en el que vivimos. Cada uno de nosotros vive en una casa que decora a partir de aquellas cosas a las que atiende. En ella puede haber plantas, cuadros, fragancias y melodías, pero también puede haber oscuridad, telarañas, suciedad y malos olores. De la misma manera, podemos estar atendiendo a los golpes de suerte que tenemos, a las geniales aportaciones que hacen nuestros colegas, a los avances de nuestros proyectos o a cualquier otro aspecto de nuestra vida que nos aporte felicidad. Pero también podemos estar atendiendo a las cosas que nos salen mal, a los miembros de la plantilla a los que no caemos bien, a las imperfecciones de nuestros jefes o a la marcha precaria de nuestra empresa. Evidentemente prestar atención a una cosa o a otra no hace que el mundo cambie, de la misma manera que tampoco lo hace porque vivamos en una casa o en otra. Pero se vive mejor en unas casas que en otras, de la misma forma que se vive mejor en unas mentes que en otras.  

En segundo lugar esimportante ser conscientes de a qué prestamos atenciónporque algunos pensamientos no solo nos llevan a vivir en hogares desapacibles, sino que además son viscosos. Son esas ideas que se adhieren a nuestra conciencia y que nose despegan de ella fácilmente. Esas que nos hacen parecernos a un animal atado a una noria, dando vueltas y vueltas en torno a un pensamiento que ni es positivo ni evoluciona, ni nos aporta absolutamente nada. Es sorprendente la cantidad de tiempo que a veces perdemos en esos devaneos insoportables que podríamos estar utilizando para centrarnos, por ejemplo, en el hecho de que incluso en las peores circunstancias siempre es mejor participar de la vida que perderla. Hacer un esfuerzo consciente para despegarnos de esas cavilacionestan adhesivas como estériles es una de las claves de la salud emocional en el trabajo en particular y en la vida en general.  

Poner toda nuestra voluntad para atender a las ideas que realmente nos producen emociones positivas y decoran un hogar luminoso, e intentar por todos los medios librarnos de pensamientos adherentes que solo estorban y producen sentimientos negativos, es lo mínimo que podemos hacer para estar a la altura del privilegio de poseer una mente consciente y productiva. Y desde luego es una de las claves de la felicidad laboral y vital.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Siempre hemos pensado que la resiliencia es una capacidad formidable que todos deberíamos aprender. Sin embargo es posible que no sea la única herramienta frente a las adversidades, ni quizá la mejor.

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Nadie nos lo ha dicho nunca y mucho menos lo ha demostrado. Sin embargo, intuimos que analizar lo que nos ha ocurrido es importante para el futuro. Y así es que en todas las circunstancias notables de la vida, pero en particular cuando ocurre un suceso imprevisto y grave, nos pasamos días, a veces incluso semanas o meses, revisitando constantemente el suceso tratando de desenterrar nosequé secreto oculto entre las fibras que lo han tejido. Y ello tanto en el terreno personal e individual como en el profesional y corporativo: el análisis de lo acontecido es un elemento inherente a cualquier crisis. Es posible que esta tendencia pueda ser cultural y que la hayamos heredado del estudio de la Historia, que siempre parece demostrar de que unos acontecimientos se siguen de forma lógica a partir de otros, y que es posible analizarlos según periodos claramente definidos que acontecen entre un claro comienzo y un indiscutido final 

Es curioso que a menudo no reparemos en que, a pesar de la complejidad de las fuerzas que gobiernan al mundo y al ser humano, el relato de los hechos históricos resulte siempre tan ordenado. Es interesante también que sea infrecuente tomar las variadas interpretaciones que se vierten sobre un suceso como prueba inequívoca de que el análisis que finalmente queda impreso en los libros es obviamente parcial. En fin, es igualmente sugerente que la propia Historia se escriba y reescriba una y otra vez conforme más datos aparecen, pareciendo dejar claro que no puede haber orden objetivo en el relato de un acontecimiento, y que cualquier aproximación a esa objetividad será siempre una interpretación. Por último, sorprende que nuestros análisis sean más frecuentes en las crisis que tras los episodios de buenaventura. 

Es probable que esa tendencia a descomponer lo que nos ocurre en fragmentos que luego tratamos de ordenar sea consecuencia de la natural tendencia del ser humano a buscar sentido, que tiene su probable origen en la predicción de los acontecimientos y en último término en una ancestral búsqueda de la supervivencia. En otras palabras, una parte de nuestra tendencia al análisis, sobre todo al análisis excesivo e infructuoso, puede tener más de instintivo que de acto puramente racional. Pensemos que, aunque realmente fuéramos capaces de aislar las causas inequívocas de un evento, cosa más bien poco probable debido a la obvia complejidad de los acontecimientos, aun así quedaría por ver a qué situación en concreto se podría aplicar ese nuevo conocimiento, dado que la evolución de los sucesos, siempre cambiantes, con toda seguridad jamás produciría circunstancias suficientemente similares como para garantizar que lo que hemos aprendido pueda servirnos de algo. Y ello tanto más cuanto más singular haya sido lo que nos ha acontecido.  

Por eso puede que la pregunta más habitual que normalmente hacemos a la vida, que es por qué ocurren las cosas, no sea en realidad la más importante. Y, aunque esto resulte contra intuitivo, porque en nuestra mente la realidad transcurre desde el pasado al futuro, es decir, desde las causas a las consecuencias, puede resultar mucho más práctico preguntarse cuál es rumbo a tomar, en lugar de rumiar improductivamente acerca de los hechos que, teóricamente, han producido tal o cual desenlace. Y mucho más  fértil trazar nuevos planes y mirar al futuro que anclarse en un pasado que ya ocurrió y que es tan inamovible como inexistente. Y mucho más positivo desbloquear ese estado de shock en el que normalmente nos deja un acontecimiento adverso para dar un paso, aunque sea en una dirección aleatoria, o aunque luego tengamos que rectificarlo. Por eso la pregunta no es por qué: la pregunta es hacia dónde.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com