En el interior de la mente de las personas hay paisajes inmensos, enormes mapas de la realidad en los que cada uno de nosotros habita y que usamos para conducirnos por la vida. Como seguramente usted sabe, los seres humanos no vivimos en el mundo, sino en una construcción mental que cada uno de nosotros hace de la realidad, una especie de maqueta gigante que reproduce los objetos, personas y acontecimientos que nos rodean. Por extraño que parezca, cuando usted camina por su casa no recorre su hogar, sino una recreación que es únicamente suya y que el resto de individuos no necesariamente comparte.

Si quiere hacer una prueba de este hecho pida a las personas que viven con usted que dibujen un plano de la vivienda. Con independencia de la habilidad pictórica de cada uno, enseguida se dará cuenta de una cosa: los planos no coinciden. Esto es así porque cada uno de nosotros ve la vida de forma diferente y se representa el mundo de una manera distinta: cada uno vive en su propia maqueta y rara vez somos capaces de viajar a las maquetas de otras personas, en ese prodigio humano tan necesario y sin embargo escaso que se llama empatía. Así, palabras como familia, dieta, playa, dinero, medicina o deporte no tienen exactamente el mismo significado para todo el mundo, puesto que cada persona aporta su propia subjetividad a esos términos dotándolos de un significado único. De hecho, teniendo en cuenta este fenómeno es casi un milagro que nos entendamos.

Leí en alguna parte que las metáforas son la base de la forma en la que vemos el mundo. Pues bien, esas metáforas son cruciales para comunicarnos con otros, tanto en nuestra vida profesional como en la personal. Piense por un instante, por ejemplo, en cuál es la metáfora que usted mantiene sobre su organización. Observe que cada metáfora transmite un mensaje distinto: para algunas personas la empresa es un organismo vivo. Obviamente un organismo vivo es cambiante y de ello se deduce que no debería haber reglas muy estrictas; por otro lado, los organismos vivos enferman, y esto autoriza a la empresa, al equipo, a descentrarse en momentos de fiebre o depresión. Otras personas prefieren la metáfora de la familia, y así es que hay empresas en las que la antigüedad es lo más importante; en estas empresas hay dinastías, y el conocimiento y el mando van fluyendo de unas personas a otras como de padres a hijos en círculos bastante cerrados. Una tercera metáfora es la del barco: los barcos tienen un rumbo, y por tanto se espera de los miembros del equipo que remen en la misma dirección; además, en los barcos es esencial asegurarse de no perder a ningún marinero en medio de la tormenta, porque todos son necesarios. Para otras personas la empresa es un ejército en tiempos de guerra, y de ahí que estén constantemente buscando enemigos a los que aplastar; viven en un mundo táctico, urdiendo estratagemas para ocultar sus verdaderas intenciones y sorprender al adversario en lugar de pensar sobre su estrategia.

La lista sería interminable, pero lo más importante no es cada metáfora en sí, sino que reflexionemos sobre qué visión del mundo, del mercado y de nuestra empresa transmitimos a las personas que trabajan con nosotros: las palabras que escojamos son importantes porque están cargadas de significado. Con palabras se elaboran las leyendas de las organizaciones. Con palabras se teje la gran historia de cada empresa, la que le da sentido y consigue implicar a todos sus habitantes en la consecución de un objetivo común. Con palabras se motiva o se desmotiva, se seduce o se ofende y, al final, se gana o se pierde.

 

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Hace ya tiempo me contaron la historia de Murphy. Si no recuerdo mal era un ingeniero que supervisaba una prueba en la que eran cruciales unos sensores y resultó que estos estaban montados al revés. Los sensores obviamente no midieron absolutamente nada y Murphy determinó que, a partir de entonces, los sensores serían fabricados de tal forma que solo fuera posible colocarlos de un modo. Así nació la Ley de de Murphy, que es la que explica que el peor momento para que a usted se le escape una taza de café con leche de entre las manos es un lunes en el que el despertador no ha funcionado, el mismo lunes en el que tiene una reunión crucial a primera hora de la mañana, ese lunes en que llueve y el atasco será monumental.

¿Qué pensaría usted en esa situación? Imagíneselo: en el peor de los escenarios posibles una taza de café con leche llena hasta el borde se le escapa de las manos y se estrella contra el suelo metro y pico más abajo, reventando en mil pedazos y esparciendo todo su contenido por el suelo y desde luego por su ropa. ¿Lo tiene? Por raro que parezca, esta visualización puede determinar de modo bastante preciso qué tipo de persona es usted. Analicemos nuestras opciones: puede usted fantasear con lo bien que lo va a pasar contando la anécdota a sus compañeros de trabajo, pensar irónicamente que al menos va a poder hacer ejercicio mientras recoge todo, o resolver que sin duda es el momento de tomarse unas vacaciones para ir a comprar un nuevo juego de tazas a la otra punta del Universo. La segunda posibilidad es pensar que usted nació con una forma congénita de torpeza, que estas cosas no le pasan a nadie salvo a usted, y que está a punto de llegar tarde a la reunión más importante de su vida. Obviamente si su pensamiento es del segundo tipo se enfadará bastante y es posible que ese enfado se sume al que aparecerá cuando vea el monumental atasco que le espera, y al final pase malhumorado la mitad del día, o puede que toda la jornada. Algunos seres humanos han logrado estar disgustados toda una semana por motivos parecidos.

Si el caso del café con leche no le resulta significativo hay muchos otros ejemplos: ¿qué piensa usted cuando por un imprevisto no consigue la cifra de ventas que esperaba? ¿O cuando de repente recuerda que hay que incluir una acción imprescindible dentro de un proyecto pero ya está fuera de presupuesto? ¿O cuando se da cuenta de que han cambiado las normas de presentación de una importante ayuda pública y no le sirve el trabajo que llevaba avanzado? Es posible que recurra a frases como “nada me sale bien”, “esto es un desastre”, o “esto es lo peor que nos podía haber pasado”.

El motivo por el que todo esto es tan importante es que nuestras emociones, así de simple, dependen de nuestros pensamientos, y concretamente del modo en que evaluamos cada situación: así, hay una gran diferencia entre “jamás debimos habernos metido en este proyecto” y “aún estamos a tiempo de lograrlo”. Lo primero nos hunde y nos incapacita para avanzar, mientras que lo segundo nos motiva y nos da energía.

Piénselo por un momento: ¿en qué mundo vive usted? ¿En el de los que se ríen cuando se les cae el café con leche o en el de los que pasan medio día de mal humor por ese o por otros motivos igualmente irrelevantes? Si es de estos últimos sabrá que está engrosando las filas de los crispados profesionales. Piense que enfadarse porque el mundo no se comporta según sus reglas no sólo es inútil, sino que además consume un tiempo y una energía que son preciosos. Porque, lo quiera o no, el mundo y las personas que lo habitan siguen sus propios principios.

Hoy puede dar un giro a su vida: aprenda a invertir energía en aquello que puede cambiar y a aceptar lo que no puede cambiar. Y, sobre todo, intente ver la importante diferencia que hay entre ambas cosas.

 

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En nuestra vida profesional estamos muy acostumbrados a la gestión de cadenas de valor y hemos adoptado metodologías variadas que fijan objetivos, establecen acciones y evalúan resultados, y desde hace años todos estamos concienciados de la necesidad de la gestión estratégica y de la mejora continua para la supervivencia de las empresas. No sé si usted tendrá la misma impresión, pero a mí me llama la atención la cantidad de tinta que se ha vertido sobre la diferenciación y la mejora continua en las organizaciones, y lo poco que se ha pensado sobre cómo estos conceptos se pueden aplicar a los seres humanos.

Una vez le oí decir a Michael Porter que si las batallas se libran únicamente en el terreno de la reducción de costes lo que se logra es estrangular cada vez más a los departamentos que agregan valor a la cadena, y esto puede acabar comprometiendo seriamente la viabilidad de la compañía. Lo oportuno por tanto es jugar la carta de la diferenciación y hacer propuestas únicas que establezcan diferencias claras. Si el cliente ve dos productos idénticos comprará el más barato, pero si son distintos adquirirá uno u otro dependiendo de las características que tengan. Esta es la clave del pensamiento estratégico, que es a las empresas lo que la brújula a los barcos.

Supongo que reflexionamos poco sobre el hecho de que a las empresas las tensiones del mercado les instan a una evolución constante y a luchar por seguir a flote, mientras que los seres humanos, al menos en apariencia, no sufrimos esta presión. Y quizá esto es lo que nos lleva a evolucionar de modo desatendido o, mejor dicho, a no evolucionar. Las personas carecemos de estrategia: navegamos mar adentro sin rumbo. Por eso yo me pregunto: ¿qué aportamos cada uno de nosotros de diferente a las personas que trabajan a nuestro lado, a nuestros clientes, a nuestra empresa? ¿Y cómo mejoramos lo que ofrecemos?

Hoy se habla mucho de marca personal, de cómo posicionarnos, de networking y de mil cosas más, que sin duda llaman la atención sobre la dimensión individual del tejido productivo. Sin embargo tenga en cuenta que una cosa es cómo los demás le perciben, que es una cuestión de marketing, y otra es quién es usted y quién quiere ser, que es una cuestión de estrategia. A mí siempre me ha gustado más la estrategia que el marketing.

Yo pienso que el valor empresarial comienza generándose dentro de cada persona para luego producirse a escala organizacional: hay que microproducir para macroproducir. Por eso pensar estratégicamente en nosotros mismos no sólo nos ayuda a crecer, sino que ayuda a crecer a la empresa.

Ahora bien, lo más importante, en la empresa y en la vida, en la vida de las empresas y en la empresa que es la vida, es cuál es el rumbo, hacia dónde nos dirigimos, hacia dónde va cada uno de nosotros y, sobre todo, si hoy estamos o no más cerca del puerto al que queremos llegar.

Una vez definida la dirección luego solo es cuestión de encontrar la fuerza que hinche las velas pero, y esto es importante, sin intentar hacerlo todo a la vez, porque es muy cierto que no se puede navegar a saltos. Aunque sí se puede, y yo creo que se debe, intentar una cosa nueva cada semana, o cada mes, o cada seis meses. El caso es no dejarnos ir por el día-a-día, ese fenómeno tan intangible como cruel que nos arrastra como la marea y nos deja arrugas en la cara, y a veces en el alma, sin que hayamos podido saber siquiera qué fue exactamente lo que las causó.

Y usted, ¿sabe hacia dónde se dirige?

 

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Desde hace algún tiempo vengo pensando sobre una de esas verdades que de tan evidente a veces se nos oculta, escondiéndose por ahí y consintiendo que nos dediquemos a otras cosas y desviando por tanto nuestra atención de lo que es realmente esencial: las personas son importantes. Las personas son las que imaginan los productos y servicios que pueblan el mercado, y son también los que los adquieren y utilizan. Son personas quienes suben y bajan los impuestos, y también quienes los pagan o por el contrario disfrutan de mayor renta. Las personas son quienes lideran las empresas con mensajes que cautivan, y también las que se dejan seducir por ellos. Las personas lo son todo. Yo pienso que hemos aprendido mucho últimamente, lo suficiente como para no seguir considerando que las personas son recursos de las empresas, por mucho que el salario sea contablemente un gasto.

No hay futuro en atornillar mecánicamente ideas a las cabezas de las personas, como no lo hay en tener que vigilar para garantizar que las tareas se cumplen. Las empresas no pueden industrializar a sus empleados como industrializan la energía o las comunicaciones. Entre otras cosas porque no es rentable, pero sobre todo porque el crecimiento siempre se genera desde el interior del individuo. Por eso es necesario que además de invertir en formación y desarrollo quienes lideran comprendan que la generación de valor en las empresas está en la creatividad, iniciativa y responsabilidad de las personas que trabajan en ellas. Por eso es necesario saber cómo son, cómo funcionan y qué les motiva. Y esto es cierto también para quien dirige: conocer a otros es imprescindible, pero no lo es menos que conocerse a sí mismo.

Aprender sobre el ser humano no tiene por qué ser complicado, sino que puede hacerse poco a poco, con cosas sencillas. Déjeme poner un ejemplo: hace algún tiempo se publicó un estudio que mostraba que adquirir un lenguaje no verbal abierto y expansivo, lenguaje de líder, lleva a las personas a experimentar un sentimiento de poder y tolerancia al riesgo, y ello solo al cabo de un minuto de adoptar la postura adecuada. La clave está en que, lo crea o no, la postura altera el patrón hormonal del individuo. Es fácil sacar una conclusión práctica de esto: la próxima vez que lidere una reunión, la próxima vez que esté frente a otras personas y que haya algo importante en juego, intente adoptar una postura acorde con la situación, con su rol, con lo que va a decir o con lo que en el fondo quiere decir. Respire hondo, mire a las personas a los ojos, extienda su cuerpo y siéntase cómodo en el espacio que ocupa. Créase su personaje. Su auditorio lo percibirá diferente y, lo que es más importante, usted se sentirá diferente.

En el interior de las personas hay muchas cosas sobre las que podemos aprender. Algunas de ellas están bastante demostradas y otras menos, pero no se trata de esperar a que todo esté comprobado a ciencia cierta ni de que haya centenares de pruebas que apunten en una única dirección. A veces es mejor simplemente permitirse probar si algo funciona o no. No se pierde tanto. Y se puede ganar mucho.

Estoy persuadido de que saber sobre personas es crucial para quien ostente un cargo de responsabilidad, y no se me olvida que quien ostenta un cargo de responsabilidad es también una persona. Por eso aquí hablaremos sobre personas, para personas.

Bienvenido. Bienvenida.

 

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