Siempre nos ha resultado sugerente aquello de que bajo la mente humana hay un sistema de galerías muy profundas que llamamos inconsciente donde habitan traumas, episodios olvidados, fantasmas de nuestra infancia y demás. Si bien aquellas descripciones de comienzos del siglo pasado tenían más de literario que de científico (aunque no por ello poco valor explicativo) lo cierto es que la ciencia está revisitando estas ideas de una forma que puede resultarnos mucho más provechosa.

Es fácil darse cuenta de que el cerebro hace cosas sin que nos demos apenas cuenta. Un buen ejemplo es la conducta de conducir. Mientras aprendemos, todos los movimientos y pensamientos que hacemos son muy conscientes: estamos concentrados en cambiar de marcha, en el intermitente, en interpretar las señales de tráfico y en general en cualquier cosa que pueda afectar a nuestra seguridad. Pero tras años de conducir todas esas acciones se automatizan y podemos guiar nuestro automóvil sin excesiva concentración. Y no por ello conducimos peor sino que, al contrario, la experiencia nos hace ser mejores conductores.

Todos los hábitos son inconscientes: a fuerza de repetir algo muchas veces acaba por automatizarse y, por ejemplo, ya no tenemos que hacer grandes esfuerzos de atención o voluntad para cepillarnos los dientes, para vestirnos o para meter en el maletín el ordenador y el teléfono móvil cada mañana. Todas esas tareas están controladas por un área de nuestra mente que también hace otras cosas, como por ejemplo darle vueltas a los problemas hasta que se nos ocurre la solución, mapear constantemente la realidad y detectar elementos que se salgan del patrón esperado, o registrar nuestras acciones de forma que podamos recordarlas después.

La potencia de los hábitos es que guían la conducta de modo más o menos desatendido. Son como un piloto automático que puede ocuparse de ciertas tareas y así intensificar nuestra vida personal o incrementar nuestra productividad profesional. Esto es válido para una larga lista de cosas, desde tomar vitaminas a diario hasta acostumbrarnos a planificar el día por la mañana y priorizar las cosas debidamente, en lugar de dejarnos llevar por el torrente de llamadas y correos electrónicos que recibimos constantemente.

El único problema de los hábitos es que hay que crearlos. Por algún motivo que hasta ahora desconocemos para instaurar un hábito no basta solo con programarlo, y en eso los seres humanos nos diferenciamos mucho de las máquinas. Porque, a diferencia de ellas, necesitamos un entrenamiento, a veces largo y penoso, hasta que logramos insertar una nueva conducta en nuestro repertorio. Y por eso a veces los nuevos propósitos no funcionan, porque a menudo lo que hacemos cuando queremos crear un nuevo hábito es describirlo en lugar de construirlo. La frase “a partir de mañana voy a organizarme mejor” es la descripción de un deseo o de una necesidad, pero no la planificación de una conducta. Primero porque no dice nada acerca de cómo se va a llevar a cabo y segundo porque, seguramente, quien la pronuncia no es consciente del esfuerzo o la energía que requerirá.

La buena noticia es que desconocemos cuántas de nuestras tareas podemos convertir en hábitos. De momento ese límite no se ha encontrado, lo cual es un estupendo motivo para plantearse seriamente ponerse a ello. ¿No le parece?

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

De vez en cuando miramos al pasado y al futuro y hacemos balance de lo que llevamos recorrido y de lo que nos resta por vivir. Esos ejercicios casi siempre nos dejan un sabor de boca agridulce, como si realmente no hubiéramos hecho todo lo que teníamos pensado, o como si la vida estuviera moviéndose más deprisa de lo que debe. Pues bien, a menudo desconocemos hasta qué punto eso es cierto: hasta qué punto es verdad que la vida se acelera.

Si le pedimos a una persona de edad avanzada que nos enumere todos los recuerdos de su vida y los registramos en una gráfica veremos que, evidentemente, hay muchos recuerdos del día de hoy y del de ayer, y también del mes pasado y del año pasado. Conforme nos vamos alejando del presente hacia el comienzo de nuestra vida consciente sería lógico esperar que el número de recuerdos fuera descendiendo de forma gradual, pero sin embargo no es así.

Hace tiempo que sabemos que almacenamos muchos más recuerdos de nuestra época juvenil que de los años que vienen después. Por tanto una persona ya entrada en años tendrá muchos recuerdos de su pasado inmediato y muchos también de sus años de juventud, pero comparativamente pocos de su época adulta. La gráfica en ese punto adopta por tanto la forma de un valle: el valle de la memoria.

Este fenómeno se conoce como efecto de reminiscencia y nos demuestra que sí, que efectivamente llegada una edad la vida se acelera y los años pasan volando. El motivo es simple: en nuestros años de juventud ocurrieron muchas primeras veces: el primer viaje largo, el primer amor, el primer coche, el primer trabajo, y así sucesivamente. Los acontecimientos emocionantes, y más si ocurren por primera vez, dejan su huella en nuestra memoria de una forma extraña: mientras los estamos viviendo el tiempo parece pasar velozmente, pero sin embargo al cabo de los años tenemos muchos recuerdos de esos momentos, como si todo hubiera ocurrido mucho más despacio. Sin embargo, todo lo que es aburrido o rutinario se comporta al contrario: mientras lo vivimos el tiempo pasa con lentitud y los minutos parecen horas, pero con el tiempo esas vivencias apenas se recuerdan y los días se comprimen en forma de minutos o segundos. Lo emocionante crea muchos recuerdos por unidad de tiempo, y cuando lo recordamos nos da la sensación de haber vivido con plenitud. Por el contrario, lo aburrido o rutinario no deja apenas rastro y nos deja con la impresión de que nos han faltado cosas por vivir.

Así pues solo hay una manera de frenar el paso del tiempo, y es intentar lograr vivir las cosas con intensidad, crear muchos recuerdos al día, al mes, al año. De esta forma nuestra memoria gana en densidad y con el paso de los años no tendremos la sensación de haber perdido el tiempo.

En definitiva la cuestión no está, nunca está, en vivir bien o en vivir menos bien, sino en vivir muchas cosas que nos llenen, cuantas más mejor. Que la vida está ahí para ser vivida no es ningún secreto. Es más bien un pensamiento obvio, que sin embargo con demasiada frecuencia olvidamos. ¿Para qué si no tenemos años, meses, semanas, días? Cualquier excusa y cualquier momento son buenos para crear una experiencia nueva, para archivar un recuerdo más en el camino de nuestra vida, para escapar del valle de la memoria.

 

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Los seres humanos somos criaturas emocionales, es un hecho. Puede que a veces no lo queramos mostrar y puede que en determinados contextos no sea apropiado hacerlo, pero lo cierto es que todos tenemos nuestro corazoncito, y que lo que nos ocurre nos importa y nos afecta. En esta época en la que las cuestiones emocionales han ganado tanto interés quizá sea interesante volver a hablar de autoestima.

Dicen los expertos que la forma en que un ser humano se mira a sí mismo consta de dos elementos. Uno es el autoconcepto que es, como su propio nombre indica, la representación conceptual del yo: somos mujeres u hombres, morenas o rubios, altas o bajitos, y así sucesivamente. El autoconcepto es más o menos objetivo, porque es una definición de uno mismo. Al igual que una mesa tiene cuatro patas, o una casa tiene ventanas, nosotros tenemos los ojos claros o el pelo corto. El segundo componente es la autoestima, que es la medida en que valoramos positivamente o no a esa persona que el autoconcepto define, es decir, el grado en que nos queremos o no.

Una de las cuestiones importantes en la matriz de relaciones donde habitan estos conceptos es la conexión que hay entre nuestros logros y la autoestima. Yo pienso, y no soy el único, que en este sentido nos han educado mal. Parece ser que Billy Wilder afirmaba que uno es tan bueno como lo mejor que haya hecho en su vida, lo cual es fantástico. Pero lo cierto es que a veces cuando cometemos errores nos hundimos y nos sentimos culpables. Es curioso esto, porque no recuerdo un solo estudio documentado que demuestre el valor antropológico de la culpabilidad. Uno puede, y debe, sentirse responsable, pero esa culpabilidad paralizante que sentimos a veces es inútil.

Imagine esto: el mejor motorista del mundo es embestido por el peor conductor del mundo mientras aguarda en un semáforo rojo. ¿Diría usted que el primero era un mal piloto? No, ¿verdad? Era el mejor motorista del mundo. Pues aprendamos que hoy día las variables que influyen en nuestra vida son tantas que es imposible controlarlas todas. Nadie dice que no debamos luchar por mejorar o que tengamos que suspender toda evaluación sobre nosotros mismos, pero lo que en el fondo somos debería estar al margen de esas valoraciones.

Nuestra autoestima no puede estar basada en nuestros logros o fracasos: hay que alegrarse por el hecho de ser nosotros mismos, por estar vivos y por tener la ocasión de ser felices o de sufrir, pero en cualquier caso por tener la oportunidad de aprender. Esto es lo que llamamos autoestima incondicional.

Cuando éramos niños estábamos algunos días tristes y otros felices, pero no por ello suspendíamos juicios sumarísimos sobre nosotros mismos. Podemos triunfar o fracasar, pero nuestra persona debería permanecer inalterable. Algunas prácticas meditativas afirman que en todas nuestras acciones está presente una instancia de nosotros mismos, un observador denominado sakshin, que permanece inmutable recogiendo el largo relato de nuestras vidas y que, obviamente, no está sujeto a valoraciones de ningún tipo. Es imposible no relacionar este concepto con las modernas investigaciones neuroanatómicas sobre el sí mismo autobiográfico, que parece tener una ubicación concreta en nuestro cerebro. Lo que en el fondo somos está tan incrustado en nuestra biología, nos pertenece de un modo tan íntimo, que al tomar conciencia de ello resulta rotundamente injustificado ceder emocionalmente ante el fracaso.

Quizá deberíamos, como dicen que dijo Borges, dedicarnos a tener más problemas
reales y menos imaginarios. Y sobre todo querernos un poco más porque, como usted sabe perfectamente, no hay botox para el alma.

 

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A menudo nos planteamos si las decisiones que tomamos son las correctas y si ponderamos adecuadamente las distintas posibilidades que se nos ofrecen. Pues bien, aunque cueste creerlo estamos dotados de una interesante forma de percibir la realidad, y por tanto de valorar nuestras opciones, que a menudo desaprovechamos y que se basa en un hecho de sobra conocido: los seres humanos tenemos dos hemisferios cerebrales. Lo que a menudo nos ocurre es que prestamos atención solo a uno de ellos.

Hace años que murió en Pasadena Roger W. Sperry, a quien debemos una serie de estudios fascinantes sobre la forma en que nuestro cerebro está construido. Se dedicó a investigar las consecuencias de la sección del cuerpo calloso, unos doscientos millones de fibras nerviosas que unen los hemisferios cerebrales, y descubrió que cada uno de ellos se comporta de modo diferente. El hemisferio izquierdo procesa la información de modo lineal, mientras que el derecho parece captar la realidad como un todo global. El primero se maneja mejor con lo verbal, racional, y lógico, mientras que el otro está más adaptado a lo emocional e intuitivo.

Es fácil suponer que si poseemos esta característica es, entre otras cosas, para percibir la realidad de un modo integrado y así tomar mejores decisiones. La cuestión es que como nuestra cultura es fundamentalmente verbal, e intenta fiarse de lo que es racional y objetivo, hemos acabado marginando al hemisferio derecho. Vivimos en un mundo en el que casi todo se describe en palabras o números. Los usamos para todo, incluyendo nuestras emociones y sentimientos, y así nos va: al utilizar solo un lado de nuestro cerebro nos negamos la capacidad de ver la vida de un modo completo.

Piense en sí mismo e intente ver si usted vive en ese mundo de cifras y letras. ¿Hace tiempo que no se ríe con un chiste, que no se emociona con una película o que no se deja llevar por la música? Si la respuesta es afirmativa quizá deba plantearse buscar un nuevo idioma en el que poder comunicarse. Entre otras cosas porque hay mensajes que, simplemente, no se expresan correctamente utilizando únicamente el lenguaje del hemisferio izquierdo. Las emociones desde luego no, ni siquiera las básicas. Hay experiencias vitales cuya codificación y decodificación es más eficiente si se utiliza el hemisferio derecho, que es el de los chistes, la música, la pintura, la danza, el ritmo, la literatura, la cocina y toda esa larga serie de lenguajes que tienen la particularidad de hacernos distintos porque nos hacen mejores, más completos.

Inténtelo, no es un ejercicio muy complicado: la próxima vez que escuche una canción que le guste en su emisora favorita cante a pleno pulmón y disfrute con ello. Tenga en cuenta que si siente vergüenza esto se debe a que su hemisferio izquierdo, racional y lógico, se queja de que usted está intentando vulnerar su posición de liderazgo. No obstante, si definitivamente cantar no es lo suyo deje el reloj y el móvil en casa y vaya a un museo. Recórralo hasta que encuentre un cuadro que le llame la atención. No importa si no lo conoce; es más, es preferible que no lo conozca. Quédese junto a él el tiempo que le plazca, intentando sintonizar con lo que le produce contemplarlo. También puede ir a ver una película que piense que le va a conmover, comprarse una buena novela o ponerse a pintar. No importa el número de pruebas que haga, el objetivo es encontrar ese otro lenguaje en el que comunicarse. Cuando al fin lo encuentre felicítese, porque ese día habrá pasado a formar parte del reducido grupo de seres humanos que sí utilizan sus dos hemisferios cerebrales.

 

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Hay momentos en el año en los que inequívocamente nos planteamos nuevos propósitos, tales como ahorrar más, comer equilibradamente o dejar de fumar. Y es llamativo cómo esos planes a menudo desaparecen en el horizonte como nubes a las que el viento arrastra. Sin embargo, cuando fueron formulados en origen no se trataba de meras conjeturas, sino que estábamos realmente convencidos de la necesidad de cambiar.

La gestión y desarrollo de personas requiere reflexionar sobre por qué los seres humanos evolucionamos o por el contrario nos aferramos a nuestros viejos hábitos y, en cualquier caso, sobre cuáles son las claves del cambio. Entre otras cosas porque las empresas son entes dinámicos que constantemente requieren nuevas competencias o nuevas actitudes. Por tanto una vez más saber de personas ayuda a saber de organizaciones.

El hecho cierto es que a los seres humanos nos cuesta cambiar, lo que a mí siempre me ha recordado la historia de Sísifo. Según la mitología griega, se le condenó a que empujara una pesada roca ladera arriba, que siempre caía rodando de nuevo antes de alcanzar la cumbre, con lo que el pobre Sísifo debía volver a empujarla de nuevo, y así hasta la eternidad. ¿Le suena familiar? Nosotros también, año tras año, volvemos a plantearnos hacer ejercicio o aprender una segunda lengua, pero con mucha frecuencia la piedra vuelve a caer ladera abajo.

Una investigación reciente parece demostrar que cuando adquirimos nuevos hábitos nuestras antiguas costumbres no desaparecen. Y cuando las circunstancias cambian simplemente reaparecen de nuevo, pulverizando nuestras buenas intenciones. Así, tras años de hacer un alto en el camino a casa después del trabajo para tomar algo, cierto día, en un esfuerzo supremo de mejora personal, decidimos sustituir la cerveza por el gimnasio. Y el caso es que al principio nos va bien. Pero luego comienza a hacer frío, o no vemos claro los beneficios del ejercicio físico o cualquier otra cosa, y el antiguo recorrido se instala de nuevo. Recuerdo haber leído que un tercio de las personas abandonan el gimnasio a los dos meses de haberse matriculado. Así que el cerebro no desaprende, sino que todo lo almacena. Y a la menor dificultad regresa a sus viejas costumbres, que parecen no querer desaparecer nunca.

Hay otros motivos por los que es difícil cambiar y muchos consejos que se pueden dar a quienes desean lograrlo, pero hay una verdad tan incuestionable como obvia: cambiar no es sencillo. Para empezar, hay que luchar contra la demostrada tendencia del ser humano a querer abarcarlo todo y a dejar incluso las puertas más pequeñas abiertas: escoja algo, solo una cosa, que sea para usted realmente importante, y conviértalo en su objetivo. A partir de ahí intente tenerlo siempre presente y hacer constantemente cosas que le aproximen a él. No importa cuántas ni cuáles, mientras que le acerquen. Piense que tiene toda la vida, luego no hay ninguna prisa. Seguramente usted conoce bien la filosofía Kaizen, ampliamente utilizada para la mejora continua en las empresas: pues se trata más o menos de lo mismo, pero a nivel personal: la clave es la constancia.

Pero por encima de todo hay que creer que es posible. La investigación muestra que existe una relación entre confiar en conseguir algo y lograrlo. El primer cambio por tanto es mental y puede que sea difícil, pero también es cierto que incorporar nuevas facetas a nuestra vida siempre es un reto fascinante. Olvídese de Sísifo: usted puede empezar a cambiar hoy mismo.

 

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Es muy común que busquemos salir de la rutina y de nuestro día a día para descansar, relajarnos y olvidarnos un poco de todo. Sin embargo lo que resulta llamativo es comprobar de qué tipo de desconexión se trata: queremos desconectar del tráfico, de las prisas y de las presiones, de reuniones interminables, de complicadas agendas, de jefes y empleados. En nuestra vida personal, buscamos huir de compromisos y obligaciones domésticas y, si somos sinceros, reconoceremos que hasta los padres a veces quieren perder de vista a sus hijos y estos a sus padres, al menos una temporada. La conclusión de todo esto es sencilla: visto en conjunto parece que queremos desconectar de la vida que vivimos.

El caso es que si buscamos ese tipo de desconexión es tal vez porque nuestro día a día no nos gusta del todo, porque la vida nos lleva a un punto en que deja de ser divertida y acabamos llevándola como una carga. Yo considero que la felicidad es parecida a los estados de la materia, como el agua puede ser sólida, líquida o gaseosa. En la medida en que disfrutamos de muchas cosas, estas añaden densidad y solidez a nuestra existencia, transformándonos en seres básicamente felices. Pero si una persona tiene pocos momentos dichosos entonces su felicidad se parece más bien al vapor o al humo y se le puede escapar por cualquier rendija.

Lo que hacemos entonces es empaquetar nuestras cosas y meterlas en el coche o en el avión y nos vamos lejos, todo lo que podemos, buscando rincones perdidos, paisajes sobrecogedores, monumentos que nos dejen sin aliento, templos de la vida nocturna o apartamentos a pie de playa. Pero seguro que usted está de acuerdo conmigo en una cosa: no hay futuro en ser felices solamente unos días al año si el resto de ellos estamos enfadados en el atasco, enfadados en la oficina o enfadados en el atasco y en la oficina. Y de ahí la pregunta: ¿no sería mejor tener una vida de la que no quisiéramos escapar?

Deténgase por un momento: ¿piensa usted a menudo en desconectar? Si es así posiblemente posee una de esas felicidades gaseosas que cualquier día se le puede escapar con el primer golpe de aire del otoño. Piénselo: no hay ninguna garantía de que usted vaya a ser feliz o de que las cosas le vayan a ir bien, todo dependerá de lo que haga para lograrlo: así de simple.

Yo pienso que cada uno de nosotros en el fondo sabe lo que le produce felicidad. La cuestión está en que rara vez pensamos en ello con seriedad. Por eso quiero proponerle algo: usted, que seguramente está tan acostumbrado como yo a las reuniones, convóquese a una junta unipersonal e intente ver cómo puede añadir momentos de felicidad a su vida. Sueñe un poco: ¿cómo se ve usted dentro de uno, dos, cinco años? ¿Envidia usted alguna actividad de las que otros practican? ¿Sueña con hacer algo que nunca se ha atrevido a hacer? ¿Cuáles son esas cosas que le entusiasman pero que disfruta en pocas ocasiones?

Tómese el ejercicio en serio e intente salpicar de momentos de felicidad el tiempo que pasa entre un verano y otro: esa felicidad que viene de hacer lo que realmente le gusta. Puede ocurrir que eso que le apetece sea demasiado difícil o quizá le parezca muy lejano. No pasa nada, porque en esto importa más el camino que la meta. Puede ir dando pequeños pasos que le aproximen al objetivo final, y piense también que hay cosas sencillas que no cuestan mucho pero que le harán sonreír. ¿Le gusta leer? Observe que si lee una página diaria al cabo de un año habrá leído un libro. Y si son tres páginas, tres libros. Ahora bien, tres páginas se leen en apenas tres minutos. ¿Me va a decir que no tiene tres minutos al día para leer?

Anímese, escriba sobre un papel algunas de esas cosas que de verdad le hacen feliz y firme un contrato consigo mismo para cumplir al menos buena parte de ellas. Si lo ha hecho bien, se sentirá como nuevo. De hecho, será un nuevo usted.

 

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