Es ciertamente común que tendamos a hacer las cosas casi siempre de la misma manera. Por ejemplo, cuando cruzamos los brazos siempre es el mismo el que descansa sobre el otro. De la misma forma, la rutina que seguimos en nuestro aseo diario es prácticamente idéntica a lo largo de la semana, y es muy frecuente que en nuestro hogar tengamos un lugar favorito para sentarnos a leer o a ver la televisión.

Da la impresión de que cuando el cerebro se enfrenta a un nuevo problema lo resuelve de una determinada manera y a partir de ahí siempre repite la misma secuencia, si es que ha resultado exitosa. Esto se ve muy bien en la conducta de aparcar en nuestra plaza de garaje, puesto que los movimientos que hacemos para introducir nuestro vehículo se repiten de una forma milimétricamente exacta.

En un estudio se monitorizó la trayectoria de cien mil usuarios anónimos de teléfono móvil durante seis meses. Cada vez que uno de estos usuarios hacía una llamada o la recibía, o bien le llegaba un mensaje de texto, un sistema ubicaba su localización en una base de datos. La investigación mostró que los seres humanos reproducimos patrones ciertamente simples de movimiento. Para empezar, todas esas personas se movían en un círculo que en la mayoría de los casos no superaba unos pocos kilómetros de radio. Además, era posible predecir los movimientos futuros de los usuarios con apenas unas pocas semanas de muestreo.

Y es que las personas tendemos a ejecutar siempre los mismos patrones, como se demuestra en variadas esferas de nuestra vida: siempre frecuentamos las mismas amistades, escogemos el mismo lado de la cama, realizamos la compra siguiendo un circuito parecido en el hipermercado, y aunque es frecuente que tengamos muchas prendas de vestir al final acabamos poniéndonos casi siempre lo mismo.

Posiblemente sea una cuestión de ahorro de energía puesto que estos automatismos sin lugar a dudas economizan tiempo y esfuerzo, porque si tuviéramos que escoger cada vez una forma nueva de vestirnos, de entrar en el coche o de ir al trabajo, nuestra cabeza no haría prácticamente ninguna otra cosa. Sin embargo, la cuestión es que en cada ocasión que recurrimos a una tarea automatizada perdemos una oportunidad para cambiar, y desde luego para crear.

En un sugerente trabajo Anne Stiles propuso con brillantez que el miedo que produjeron en su día historias como la de Bram Stoker tiene que ver con el temor de vernos contagiados de un automatismo vampírico, obligados a un sonambulismo impertinente y a quedarnos reducidos a un manojo de impulsos instintivos en los que la obtención de alimento gobierne nuestra conducta. Porque lo que en el fondo nos aterra es no poder conducir nuestra vida, quedarnos inmóviles como un autómata pasmado ante un libre albedrío que huye transfigurado en mera fantasía. La gran incógnita es si realmente somos capaces de doblegar a ese pasmarote y salirnos con la nuestra. De momento la investigación revela que los propósitos de año nuevo nos duran más bien poco, y que un porcentaje significativo de la población se pasa la vida retomando las mismas resoluciones una y otra vez.

Y usted: ¿ha olvidado ya sus propósitos de año nuevo?

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Ahora que todos estamos hiperconectados a las superautopistas de la información y poseemos sofisticados soportes para almacenar lo que sabemos individual o colectivamente, es interesante que volvamos a reflexionar sobre la auténtica naturaleza del conocimiento.

Entre otras cosas porque desde que existen los programas para hacer presentaciones asistimos a curiosos fenómenos que dan mucho que pensar. Por ejemplo, y aunque hay a quien le cuesta, cada vez somos más conscientes de que las cosas no se convierten en reales por el hecho de que hayamos podido, incluso a veces con gran esfuerzo, trasladar nuestras ideas a una sucesión de diapositivas. Porque una presentación es únicamente eso, una presentación: algo virtual e intangible, y por tanto solo consiste en la plasmación de una serie de ideas, o como mucho en la planificación de una serie de acciones. Pero con demasiada frecuencia muchos de nuestros proyectos no trascienden la fase de las diapositivas, porque una vez que hemos realizado la presentación a menudo nos limitamos a almacenar el documento o a enviarlo a todos nuestros colaboradores como si realmente fuera el punto final de un proceso, cuando en realidad es más bien el comienzo.

La equivocada fe en las presentaciones con diapositivas es responsable también de que muchos conferenciantes, vendedores, profesores y consultores hayan acabado automarginándose. A veces están tan bien diseñadas, contienen tanta información y están tan perfectamente estructuradas que al final su autor se limita a pasar de una a otra sin añadir apenas nada. Tanto que en muchas ocasiones cuando uno no ha podido asistir a una reunión o conferencia basta con que le envíen la presentación. Y así es que estos documentos han acabado convirtiéndose poco menos que en origen y destino del saber.

Pero el conocimiento no es el soporte en el que está. Ya decía Umberto Eco que muchas veces por el hecho de haber manipulado un libro y haberlo fotocopiado nos da la falsa sensación de que poseemos el conocimiento que atesora. La posesión de la fotocopia, decía él, exime de la lectura. Pero claro, si ni siquiera la información es conocimiento, es claro en qué lugar queda la mera posesión de un conjunto de fotocopias o documentos escaneados.

Alguien dijo una vez que la sabiduría es lo que queda después de que se ha olvidado todo. Quizá cada uno de nosotros debería hacer el esfuerzo por intentar imaginar qué es lo que realmente sabe más allá de las presentaciones que tiene archivadas, los cuadernos de notas que mantiene en la nube y las legiones de documentos escaneados que acumula. Si aceptamos como válido a un conferenciante que no puede realizar su presentación sin el correspondiente soporte en diapositivas entonces estaremos perdidos, porque al final saber equivaldrá a poseer, o como mucho a saber buscar.

El conocimiento es el único recurso imprescindible para vivir y sobrevivir, es el garante del desarrollo de las regiones y del bienestar de las gentes que las habitan. Todas las grandes palabras que significan progreso humano como creatividad, innovación, investigación, talento o sabiduría, tienen que ver con el conocimiento, con esa genuina e inefable capacidad que solo el ser humano tiene para leer la realidad en crudo y convertirla en ideas que a su vez la puedan transformar: el conocimiento es lo que nos hace específicamente humanos.

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Es sabido que la vida que vivimos no es real. No lo es por muchos motivos, y el más importante de ellos es que la memoria no fue creada para registrar y almacenar fielmente la experiencia. Pese a que la capacidad de recordar es posiblemente la habilidad humana más sobresaliente, no deja de resultar paradójico que el sistema de almacenamiento sea, por lo que respecta a la fidelidad a los hechos, claramente defectuoso.

Que no vemos las cosas como son en realidad es un hecho comprobado, y que no las recordamos como ocurrieron es algo quizá siempre intuido pero realmente demostrado hace más bien poco. El cerebro no recuerda hechos, sino que construye biografías. Y la de cada uno, claro, es diferente. Así que cada individuo no vive en la realidad, sino en su realidad. Vive en un argumento creado por él mismo en el que todas las cosas tienen que tener sentido, como en una película.

Que la vida que vivimos es solo una entre infinitas vidas posibles es una constatación tan obvia como fascinante. Si usted se imagina siempre de la misma manera es debido a la peculiar construcción de su cerebro, que utiliza la misma circuitería cerebral para imaginar el futuro que para recordar el pasado. Así que usted es únicamente un protagonista posible de una de las películas posibles, de una que ha guionizado usted pacientemente a lo largo de los años. Sin embargo, de la misma manera que hay infinitos argumentos también podrían existir infinitos protagonistas.

La novedosa línea de investigación de Timothy D. Wilson muestra que no sólo es viable cambiar de argumento, sino que puede tener efectos beneficiosos. En uno de sus estudios actuó sobre un grupo de estudiantes de primero de carrera a los que no les iba bien académicamente. Lo que hizo fue alterar la interpretación que hacían de su escaso éxito, convenciéndoles de que ese hecho era consustancial a la entrada en la Universidad. La intervención duró únicamente treinta minutos, y el estudio demostró que los estudiantes acabaron teniendo mejores notas y menor tasa de abandono que un grupo similar con el que no se hizo intervención alguna. Los estudiantes vivían en un melodrama, una película sobre el fracaso y la falta de cualidades, y Wilson cambió ese guión por una cinta en la que simplemente experimentaban las normales dificultades en su entrada a la Universidad. Y ese solo hecho cambió sus vidas. Nunca mejor dicho.

Así que cuanto más persevere usted en la idea de que es como es y de que la vida que vive es la que le ha tocado, tanto más estará consolidando su propio argumento y en esa misma proporción se estará impidiendo a sí mismo cambiar. Si es abogado piense que podría ser marino, y si es médico piense que también podría haber sido escultor. Si tiene familia podría no tenerla, o al revés, y si tiene sobrepeso, fuma y bebe en exceso, créase que también podría estar delgado, no fumar y ser abstemio. Es verdad que a los primeros que cuesta creer estas cosas es a nosotros mismos, porque no hay ninguna realidad que esté fuera de lo que las neuronas tejen y, si las mismas que proyectan el futuro son las que imaginan el pasado, resulta que el cerebro es un poco como el dios romano Jano, que tenía dos rostros, uno mirando en cada dirección. Pero hoy sabemos que usted puede liberarse del lastre del pasado y reinventarse, tejer un nuevo argumento con un nuevo protagonista que será, sin duda, un poco más parecido a lo que usted siempre soñó de sí mismo.

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Todos tenemos varios cubos que utilizamos para separar los envases de la basura orgánica y ésta del papel, colocando aparte el cristal. Así conseguimos reciclar, que es volver a usar todo lo que es posible para no explotar los recursos naturales más de lo necesario. Pero con el tiempo venimos observando que la cultura del reciclaje se está extendiendo peligrosamente a otras áreas, transfigurada en el sorprendente fenómeno de copiar y pegar: curiosa función que incorporaron los procesadores de textos hace ya tiempo, de la que nadie sospechaba su potencial y que sin embargo puede que hoy día sea la más utilizada de todas.

A diario contemplamos con cierta frustración cómo las propuestas que algunas empresas presentan a sus clientes se parecen asombrosamente una a la otra. A veces lo único que cambia es el logotipo del potencial comprador, mínimo e insuficiente modo de personalizar una oferta. De igual modo los trabajos que los estudiantes realizan en la universidad se parecen alarmantemente a sus propios trabajos y también a documentos que otros alumnos han volcado en la red. En las páginas de Internet se encuentran fritos y refritos de textos que se repiten incesantemente haciendo imposible encontrar la fuente original. La música es muchas veces reciclada, bien porque es versionada o bien porque es el resultado de mezclar sucesiva o simultáneamente pistas que vienen de obras ya creadas, y ni la industria cinematográfica se salva, porque no cesa de resucitar antiguos argumentos para presentarlos de nuevo convenientemente maquillados.

Con sorprendente frecuencia cuando tenemos que producir algo nuevo uno de nuestros primeros impulsos es buscar en Internet a ver quién ha escrito ya algo sobre ello, bien para inspirarnos o, en el peor de los casos, para copiarlo y pegarlo sobre nuestra hoja en blanco. Sin quererlo hemos desarrollado una especie de fobia al documento vacío, y cuando vemos uno de ellos reaccionamos instantáneamente para rellenarlo lo antes posible y así evitar que nos mire desafiante poniendo en cuestión nuestra capacidad creativa.

Hoy nos resultaría chocante que alguna de las figuras de La Creación en la Capilla Sixtina de Miguel Angel tuviera la misma cara que su Moisés, de la misma forma que nos resultaría extraño que Vermeer le hubiera puesto el rostro de La joven de la perla a su Mujer tocando la guitarra. Y más aún, claro, que estos y otros artistas se hubieran copiado entre ellos.

Es más fácil repetir un mensaje que crear uno, esto es obvio. Porque es muy difícil tener nuevas ideas, y más aún tener buenas ideas. Pero por nuestro propio bien, y por el futuro de nuestra forma de vida, deberíamos tener claro que siempre se ha de dar más valor a crear que a copiar o a reciclar. Porque si todos copiamos la pregunta es quién crea, y si la respuesta es nadie, entonces tenemos un problema. Y el problema es que la copia masiva generará una regresión al infinito que antes o después acabará consolidando una glaciación cultural.

Haga este ejercicio: abra un documento en blanco y escriba sobre él una idea. Puede ser un pensamiento, un nuevo producto, o una mejora en su empresa. Vale también si es un pequeño relato o un haiku. Vale cualquier cosa mientras que sea algo nuevo, diferente, creativo. Luego guárdelo en lugar seguro como un acto simbólico: en los tiempos que corren una chispa de creatividad es un auténtico tesoro, y desde luego es algo indispensable en la lucha global contra la pandemia que es hoy la fobia al documento vacío.

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El talento es hoy más visible que nunca, lo cual es una gran cosa. Día a día vemos cómo la capacidad creativa de algunas personas anónimas supera la de las organizaciones. Entre otras cosas por eso hoy se habla tanto de co-creación, porque las grandes empresas han comprendido que sus orondos tamaños les hacen acumular inercias e ineficiencias, y muchas veces producen ideas menos brillantes y a menor velocidad de la que algunas personas individuales o grupos informales pueden proponer.

Hace ya algún tiempo que estamos acostumbrados a presenciar al talento del momento, una persona cuyo mensaje en los medios sociales ha calado tanto que su eco ha sido repetido miles, cientos de miles, y a veces hasta millones de veces a lo largo y a lo ancho del planeta. La obra puede ser un vídeo, un post en un blog, una propuesta de animación cultural, un mensaje revolucionario o cualquier otra cosa. Y su autor puede ser un adulto, un niño, un profesional o un aficionado.

El caso es que de repente todo el mundo habla de tal o cual canción, o reenvía tal o cual texto, o se siente motivado a acudir a tal o cual sitio porque va a ocurrir algo sin precedentes. Tanto talento y tanta capacidad de convocatoria son sin duda dignos de admiración, porque es verdad que no es fácil tener éxito.

Lo que es motivo de reflexión es lo fugaz de estas contribuciones y lo pasajero que es hoy el reconocimiento. El ritmo de nuestras vidas, la velocidad de los medios sociales y, sobre todo, el abrumador tamaño de la masa humana que puebla el planeta, hace que las propuestas se sucedan a un ritmo vertiginoso y las nuevas empujan a las antiguas borrándolas del mapa en un instante. Hoy se es antiguo en cuestión de minutos, y ya nadie recuerda aquel vídeo tan sugerente que anteayer cruzó la red como una supernova, ni a aquel personaje que vertió el mes pasado tan ácidas críticas sobre los gestores de la economía mundial.

Es verdad que los medios sociales hacen más sencillo publicar ideas, pero no lo es menos que esto no es gratuito, sino que se hace a costa de que el mensaje permanezca mucho menos tiempo. Se atribuye a Andy Warhol la idea de que todo el mundo puede tener quince minutos de fama, y la evolución de los medios sociales está corroborando día a día este pensamiento de forma contundente. Es más, conforme nuestra forma de vida se acelera esos quince minutos van pasando a ser diez, luego cinco y luego uno. Algunos de los vídeos que hoy gozan de ese tipo de momentáneo triunfo apenas duran segundos.

Lo que no está tan claro es qué aportan esos segundos al desarrollo de los seres humanos y de los pueblos. Es obvio que nos entretienen, pero también que estar al día de lo que ocurre en un escenario de dimensiones planetarias consume tiempo, y la pregunta es qué estamos obteniendo a cambio. Leer un libro lleva horas, y ver una película al menos unos noventa minutos. Los libros y las películas, cuando se trata de obras solventes, nos dejan un aprendizaje, una reflexión, o al menos una huella. Pero no es evidente qué legado nos deja cada uno de estos meteoritos efímeros que atraviesan nuestra conciencia por millares, más allá de rellenar un tiempo que es precioso. Porque la clave no está, no debería estar, en dejar que el tiempo pase de entretenimiento en entretenimiento, sino en construirnos a través del tiempo inspirándonos en ideas auténticas.

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¿Ha intentado usted comprar alguna vez una toalla de playa en enero o un calefactor en verano? Es prácticamente imposible. Es porque todos compramos casi todo a la vez y hacemos todo casi al mismo tiempo. Es muy obvio que a las empresas les interesa industrializar al máximo y hacer que cuantas más personas mejor compren un producto idéntico, porque lo pueden fabricar a menor coste y así todos ganan: la empresa porque obtiene más beneficio, el cliente porque compra el producto más barato, y la sociedad porque la economía crece. La cuestión es que no todas las implicaciones de una transacción son económicas.

Si hasta entre los supermercados y el sentido de la vida existe una relación es porque quizá cada uno de nosotros debería dedicarse más a buscar lo que realmente le completa en lugar de esperar a que el mercado le ofrezca lo que tiene para él. Entre otros motivos porque eso también es bueno para el sistema, pues las tendencias siempre nacen de las personas aunque luego regresen a ellas transformadas.

Imagínese: un amigo le informa de que hay un rinconcito que es ideal para que usted y su pareja vayan a perderse todo un fin de semana. Su sorpresa viene cuando intenta hacer una reserva en el sitio en cuestión y descubre que no hay disponibilidad ni en esta temporada ni en la siguiente. Evidentemente su amigo sabe de ese lugar porque fue aconsejado por otra persona, que a su vez lo descubrió porque un tercero se lo recomendó, y así sucesivamente. Es posible que usted haya sido el último de su ciudad en enterarse de que tal sitio existe. En eso consiste la paradoja del rinconcito perdido: en la contundente constatación de que cuanto más remoto y encantador es un sitio más aireada es su ubicación. Hoy hay guías de escapadas por todas partes (aún me pregunto qué hay de tan terrible en nuestra existencia que constantemente queremos escapar de ella), sitios en Internet que revelan los más escondidos parajes, páginas y páginas de senderos y rutas alternativas, y hasta en Beverly Hills se venden en cualquier esquina guías de las casas donde viven personajes famosos que, como todos los seres humanos, buscan la paz en la intimidad de su hogar.

Así que ya no hay rinconcitos perdidos, porque parece que a casi todos nos apetece lo mismo al mismo tiempo, y porque como todos estamos en Internet estamos al tanto de absolutamente todo de forma inmediata. Pero la cuestión importante no radica tanto en el acceso a la información, ni a la (por supuesto legítima y quizá necesaria) industrialización de la oferta cultural y de ocio, sino a la gran pregunta que subyace a todo esto, que es si de verdad a todos nos satisface lo mismo y, en definitiva, si todos buscamos lo mismo.

Entre otras cosas porque como en la red el desequilibrio entre los que crean y los que consumen es aún tan alarmante, va a llegar un momento en que nuestro plan de fin de semana va a ser, literalmente, sota, caballo o rey. Y a quien caballo le aburra y no tenga dinero para pagar rey, se va a quedar con sota fin de semana tras fin de semana. Por tanto estaría bien que todos nos dedicáramos a demandar productos imposibles, a buscar lugares auténticamente escondidos y a redescubrir los rincones de nuestra ciudad más allá de lo que aparece en la primera página del buscador de las letras de colorines. A ver si encontramos algún rinconcito que realmente esté perdido y no se lo decimos a nadie, para que otras personas puedan sentir también la increíble emoción de descubrir algo de verdad.

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