En un mundo complejo caracterizado por un mercado global acelerado por la tecnología en el que la innovación es un imperativo, las ideas, sobre todo las buenas, no deben permanecer en silencio. Hoy día ya sabemos que la creatividad no es una cuestión de edad o de cargo, sino que es hija del talento y la productividad. Por tanto, una cualidad necesaria en la empresa moderna, más que nunca, es la iniciativa. 

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Años de investigaciones sobre la motivación, particularmente en el mundo de la empresa y de la educación, han acabado por crear un espejismo que muchas personas asumen como válido pero que en realidad no está escrito en ninguna parte, y es que la motivación es algo que debe venir de fuera: de los jefes, de los profesores, o de los padres. A menudo se olvida que todas las personas tienen la capacidad de automotivarse. Y esa es, sin duda, una cualidad profesional que todas las organizaciones valoran. 

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Es muy evidente que, en un mundo ideal, todo podría ser mejor. Los clientes podrían tener más propensión al consumo, los departamentos podrían tener mayor presupuesto, podría haber profesionales más cualificados en ellos, se podría disponer de mayor tecnología, y así sucesivamente. Sin embargo, como lo real dista mucho de lo ideal, una de las características de los buenos profesionales, que sin duda las organizaciones valoran, es la capacidad de vivir en lo escaso, en lo incierto y en lo provisional.

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El éxito en cualquier sistema organizativo, ya sea empresa, institución e incluso familia, depende de que, en cada nivel de responsabilidad, cada persona se relacione con sus problemas y los gestione de la mejor manera posible. En este sentido, la delegación hacia arriba constituye un ejemplo de liderazgo ineficiente y un síntoma de mala gestión, pero es quizá peor la delegación hacia abajo de las responsabilidades. Porque, si bien lo primero contribuye a la inoperancia, lo segundo, además, inocula ansiedad y dificultades significativas en el equipo.

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La relación entre un jefe y un colaborador está muy estudiada desde el punto de vista del primer rol, pues la investigación sobre el liderazgo es abundante dado su importante peso en el éxito de cualquier organización. Es menos frecuente escuchar reflexiones sobre qué competencias deben desarrollar los profesionales para maximizar su aportación al liderazgo y así sumar en lugar de restar. Una de ellas, francamente importante, es no delegar hacia arriba.

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El éxito es una intersección entre energía y misión. Al igual que las organizaciones reflexionan sobre los motivos que alientan sus propuestas, los profesionales deben pensar en profundidad sobre hacia dónde se dirigen. También, al igual que las empresas son impulsadas por la potencia de su capacidad financiera, los profesionales han proporcionar energía a sus proyectos para concluirlos con éxito. Dependiendo de si un profesional tiene claro cuál es su misión y de si gestiona de manera eficiente su energía surgen cuatro situaciones. Y solo una de ellas conduce al éxito.

En primer lugar, si no existe claridad en los objetivos y no hay energía disponible, estaremos ante un profesional desconectado. No sabe por qué lleva a cabo sus tareas y carece del entusiasmo y la motivación necesarias para concluirlas con éxito. Está por estar, y ni aporta ni la empresa le aporta nada. Es el caso menos deseable de los cuatro.

Cuando existe un suficiente nivel de energía pero no está aplicada en la dirección correcta, porque no se conoce esa dirección, o porque es un rumbo que cambia cada día, lo que surge es una situación de desorientación. En este caso el profesional muestra un gran despliegue de potencia, pero siente que todo ese esfuerzo no vale para nada, porque si bien es posible que la empresa se beneficie de ello, él probablemente siente que está entregando su vida a una causa que no es la suya. El hecho de no tener una dirección profesional clara suele ir acompañado de una sensación de falta de sentido en el quehacer cotidiano. Son profesionales que se preguntan constantemente si lo que hacen tiene algún valor, o si no estarían mejor haciendo otra cosa. Pero como no saben cuál, perpetúan su situación día tras día sin encontrar realmente la causa de su situación y sin poder cambiarla.

En el tercer caso tenemos a un profesional que tiene claro lo que quiere hacer y sabe dónde quiere ir, pero carece de la energía necesaria para llevar a cabo sus planes. Le falta valor para ponerse en marcha, pospone reiteradamente sus proyectos, o simplemente habla de ellos en un plano teórico sin aterrizar en la práctica lo que quiere hacer. Pese a que parecen tener claro lo que quieren, estos profesionales están constantemente frustrados por no poder llevar a cabo sus sueños, y sienten que la vida pasa sin que ellos puedan realmente extraer de ella todo lo que esperan. Víctimas de la procrastinación y de excusas que no hacen sino prolongar su situación, viven esperando que las condiciones cambien para poner en práctica sus planes, sin percatarse de que lo que tiene que cambiar está en el interior de ellos mismos.

Por último, hay profesionales que saben a dónde van y disponen de la suficiente energía para llegar. Han reflexionado sobre lo que de verdad les llena, han definido su trayectoria, y caminan con ese rumbo poniendo en juego toda la energía de que disponen. Estos son los profesionales de éxito. Y no se trata solo de un éxito en el sentido exclusivo de su aportación y visibilidad en la empresa, sino también de la satisfacción personal derivada de saber que su vida profesional tiene un sentido.

El éxito surge como una poderosa combinación entre la energía vital y la misión de vida de un profesional. Y la empresa necesita a este tipo de personas, porque poseen el impulso y la visión, dos cualidades hoy ya imprescindibles para que también la empresa logre triunfar. El reto consiste no solo en captar ese talento, sino en que la organización sea capaz de sumar la energía de cada uno para promover un impulso único, y además en combinar dinámicamente la misión de cada uno en el rumbo común.

 

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com