Comunicar bien no es, fundamentalmente, una cuestión de perder el miedo a hablar en público, ni de talento, ni siquiera de disfrutar haciéndolo. No por ser un hecho cotidiano implica una habilidad menos compleja que otras competencias. Comunicar bien es, por encima de todo, una cuestión de técnica. Es cierto que hay personas a las que se les da mejor y a las que se les da peor, pero la gran diferencia está, como en muchas otras capacidades, en la práctica deliberada.

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Transmitir un mensaje que promueva la reflexión y la acción dista mucho de ser una tarea sencilla. Se equivocan quienes piensan que enfrentarse a un público es únicamente una cuestión de atreverse o de disfrutar con ello. Hay muy pocas personas que tengan la capacidad de improvisar una conferencia de impacto, y por tanto la mayoría de ellas necesitan tener un guion, con su planteamiento, nudo, desenlace y sus correspondientes puntos de inflexión.

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Una de las claves de la comunicación que más difícil resulta de comprender es que quien está en escena, el conferenciante, no es una persona, sino un personaje. No habla ni se mueve de forma natural, sino con intención explícita de producir un efecto. Su lenguaje tampoco es el habitual, y en muchas ocasiones ni siquiera viste como lo hace habitualmente. En resumen, como dicen que dijo Cicerón, un conferenciante es un personaje, es un actor al que se conoce con otro nombre.

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En esta época, en la que tanta defensa se hace de metodologías activas y participativas, y en la que por muchos motivos, aunque quizá no todos suficientemente meditados, se intenta eliminar de la ecuación al simple y llano saber, tal vez sería bueno recordar su importancia. Obviamente no para frenar el avance de la innovación educativa, sino para recordar una gran verdad, y es que el conocimiento emociona.

Nadie ha explicado mejor que los constructivistas la incómoda sensación que produce no saber. Cuando se nos presenta un dato desconocido, que no cuadra con nuestros esquemas, o que necesitamos conocer porque es importante para lo que pretendemos, nuestra mente experimenta un estado de malestar, casi como si nos faltara algo. Y a partir de ahí se desencadenan una serie de esfuerzos para conseguir reducir la molesta sensación que produce la ignorancia. El proceso puede ser más o menos largo, pero cuando finalmente logramos desvelar la incógnita y hacernos con el conocimiento que nos faltaba, surge una emoción de satisfacción y de plenitud, y llega por fin la calma, hasta que otra nueva incógnita desequilibra la ecuación de nuevo. Eso es lo que llamamos aprender y se ha analizado mucho en su vertiente cognitiva, pero pocas veces se ha destacado su vertiente emocional. Rogers ya nos dijo hace décadas que el auténtico aprendizaje ocurre cuando hay implicación personal, cuando lo que aprendemos tiene sentido para nosotros, y cuando hay participación de las emociones. Y es muy cierto que esas dos sensaciones, la que se produce ante la dificultad de comprender algo, y la que ocurre cuando por fin lo capturamos, son las que verdaderamente guían el proceso. Porque el conocimiento, el de verdad, es emocionante.

Hay pocas sensaciones parecidas a la que ocurre cuando un ser humano está realmente conectado con aquello que hace. A través de su concepto de flow, Csikszentmihalyi ha explicado de manera ejemplar esa conexión casi mística que ocurre entre la persona y la tarea cuando está tan absorta en una actividad que ocupa casi toda su conciencia y que produce un disfrute tan profundo que el tiempo parece no transcurrir. Por mucho que una gran cantidad de experiencias de flow, quizá todas, requieran importantes dosis de esfuerzo cognitivo, ninguna se podría entender sin su vertiente emocional, sin esa vibración que ocurre en la anatomía de una persona cuando la energía que invierte es igual al desafío que se le plantea, ni sin la emoción del triunfo que casi siempre llega cuando el esfuerzo sostenido produce sus resultados.

La vocación, en fin, es otro gran ejemplo de que los aprendizajes verdaderos se construyen sobre las emociones. Muy pocas personas con profesiones vocacionales sabrían explicar, en lo profundo de sus concepciones, porqué se dedican a lo que se dedican. Podrían evidentemente dar una serie de explicaciones más o menos elaboradas, pero es posible que, al descender hacia los motivos más íntimos, lo que sienten no se pueda describir con palabras. Porque el conocimiento aplicado y acumulado a lo largo de los años se asienta, al fin y al cabo, sobre una palpitación, sobre una sensación sentida que es fundamentalmente emocional.

Quizá uno de los grandes errores en nuestra concepción de la educación es que tenemos que educar la mente y el corazón de manera separada, y que las cogniciones son una cosa y las emociones son otra. A menudo olvidamos que el aprendizaje de aquello que realmente nos interesa siempre es apasionante. Es verdad que hay un mundo emocional intrapersonal e interpersonal que es el que ha ocupado gran parte de la reflexión actual sobre las pasiones humanas, pero esta tendencia a menudo nos oculta otra gran verdad, y es que el conocimiento emociona.

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Solo las experiencias intensas generan aprendizaje en los adultos. Una experiencia intensa puede derivar de un esfuerzo prolongado o de una sola vivencia, si esta está cargada de suficiente emoción. Las emociones son la guía que trae los pensamientos a nuestra conciencia, y son también la fuerza que fija las ideas en nuestra memoria. Por eso una de las claves en la comunicación es provocar un recuerdo basado en la emoción.

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Cuando un buen comunicador se dirige a un auditorio se produce una monumental intersección. Una colisión productiva entre su manera de ver el mundo y la del auditorio. Y es un error pensar que es el comunicador el que más aporta. Las buenas conferencias lo son porque logran inspirar el pensamiento del auditorio y movilizar su conciencia desvelando intuiciones y sugiriendo itinerarios.

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