Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 12.02.2015

En un mundo digital hiperconectado es cada vez más frecuente que las organizaciones y proyectos incorporen el talento allí donde se encuentra. Una consecuencia de ello es que, cada vez más, los equipos estarán constituidos por profesionales que provienen de distintos puntos geográficos, culturas y lenguas. El trabajo colaborativo en contextos de diversidad comienza a ser más la norma que la excepción.

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Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 10.02.2015

Vivimos rodeados de información. Cada hora se generan mas de treinta mil sitios web y se suben a Internet unas tres mil horas de vídeo. El número de impactos informativos diarios que llega a cualquier ciudadano en un país desarrollado es de aproximadamente diez mil, y se calcula que los profesionales pueden invertir dos horas diarias procesando su correo electrónico, a pesar de que uno de cada tres emails se considera innecesario. En un mundo digital, la capacidad de gestionar la información es crítica.

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Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 29.01.2015

Los continuos cambios en el mercado están revolucionando la manera en que las organizaciones generan valor. En un mundo basado en la información, el contenido ya no se encuentra solamente en los lugares clásicos, sino que se ha descentralizado y está por todas partes. Por otro lado, la educación superior está gravitando claramente hacia una mayor responsabilidad por parte del estudiante, que es el profesional del mañana. La conclusión de todo ello es clara: la autonomía en el aprendizaje es un valor en alza.

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Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 27.01.2015

Dicen que Napoleón dijo que un líder es un repartidor de esperanza. Y probablemente la capacidad de generar esperanza recoja la esencia más auténtica del liderazgo. Porque los grandes líderes no son personas que lo saben hacer todo, y a veces ni siquiera tienen grandes dotes de gestión de equipos o de organizaciones. Pero tienen visión. Y la visión es lo que engrana a las ideas con las personas para producir las chispas de las que nace la creatividad, la innovación, la creación de valor y el progreso.

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Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 23.01.2015

Una de las cualidades del liderazgo resonante es la conciencia. Tanto en los buenos como en los malos tiempos los grandes líderes se han caracterizado por leer la realidad con ecuanimidad. Por estar en el aquí y en el ahora, y por no dejar que ni el pesimismo les consuma ni un optimismo ingenuo les distraiga. Aunque pueda parecer lo contrario, saber dónde se está no es una tarea fácil para nadie, y menos para una persona que conduce a otras.

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Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 20.01.2015

Una de las claves del liderazgo es la identificación del bien común, del rumbo con el que todos se sienten identificados. Sea cual sea el motivo por el que las personas se han unido a él, siempre es necesario recomponerlo y ajustarlo sobre la base de los rumbos individuales que cada miembro del equipo sigue en la vida. Si las personas no sienten que hay algo para ellos en el proyecto común es muy difícil que se entreguen de verdad. Por eso la empatía es importante.

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Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 17.12.2014

Dicen que entramos en las empresas buscando buenos salarios y salimos de ellas a causa de los malos jefes. Bien mirado, el liderazgo debería ser una cuestión sencilla, dado que todo el mundo sabe distinguir un buen jefe de uno malo; hasta los monos. Sin embargo, el asunto no debe ser tan fácil, porque si lo fuera los malos jefes no existirían. El liderazgo resonante es uno de los enfoques recientes sobre este tema, y clasifica a los líderes en resonantes y disonantes.

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Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 04.12.2014

Hoy que tanto nos empeñamos en señalar los valores de las redes sociales y en afirmar que, si no estamos presentes en ellas personalmente por gusto, tenemos que estar profesionalmente casi por obligación, hemos prácticamente olvidado el auténtico valor de mantener una red social sólida. Que, como salta a la vista, no es exactamente lo mismo que la presencia en las redes sociales. Los estudios de Christakis y Fowler muestran resultados tan imprescindibles como sorprendentes. Por ejemplo, una persona tiene en torno a un quince por ciento más de probabilidades de ser feliz si está conectada directamente con una persona que lo es.

Los estudios de Christakis y Fowler muestran resultados tan imprescindibles como sorprendentes, pues han demostrado que la felicidad, como otras muchas conductas humanas, se imita y se propaga a través de las conexiones sociales. Por ejemplo, una persona tiene en torno a un quince por ciento más de probabilidades de ser feliz si está conectada directamente con una persona que lo es. Y el efecto aumenta considerablemente con la cercanía: cuando una persona vive a menos de dos kilómetros de un amigo feliz, la probabilidad de que lo sea aumenta un veinticinco por ciento.

Pero lo que resulta impactante es efecto de la conexión sobre la misma vida. En un estudio que abarcaba un total de más de trescientas mil personas, los investigadores encontraron que aquellas personas que poseían una red social sólida mostraban un aumento del cincuenta por ciento en la probabilidad de supervivencia respecto a las personas con conexiones sociales más débiles.

Estar presentes en las redes sociales nos entretiene, aumenta nuestra autoestima, y desde luego es un recurso imprescindible del marketing actual. Sin embargo, mucho más importante, estar de verdad conectados con otras personas contribuye a nuestra felicidad e incrementa nuestra esperanza de vida, constituyendo una de las claves más significativas del éxito.

Estar presentes en las redes sociales es positivo, pero tener amigos es imprescindible.

Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 27.11.2014

El ensayista checo Erich Heller escribió en una ocasión que había que tener cuidado con la forma en que interpretamos el mundo, porque es exactamente como lo interpretamos. Obviamente esto no quiere decir que tengamos la cualidad de leer la realidad de modo ecuánime, sino que el mundo, para cada uno de nosotros, es exactamente como cada uno lo ve, y no como es en realidad, si es que tal cosa existe. Y eso puede aplicarse igualmente a las personas que conocemos, a nuestra visión de nosotros mismos y, por supuesto, a los retos que nos planteamos.

Por mucho que se haya escrito y debatido sobre la importancia de la subjetividad humana, todo el esfuerzo invertido será poco si al final seguimos acabando con la idea de que las cosas son como las percibimos. El mayor error del ser humano, desde esta perspectiva, es que se cree que lo que piensa es cierto, es decir, vive en la realidad que le proyecta su mente con la certeza equívoca de que lo que experimenta es el mundo real.

De ahí la importancia de concentrarse en una visión del mundo que esté alineada con lo que en él pretendemos. Por ejemplo, se ha escrito mucho sobre los efectos del optimismo bien entendido, el que poseen las personas que consideran que las causas de los acontecimientos favorables son permanentes, mientras que las que causan los sucesos desfavorables son pasajeras. Estas personas tienen más éxito, pero lo que es simplemente increíble es que tienen una esperanza de vida mayor.

Igualmente potente es la mentalidad de crecimiento, que es la que muestran las personas que piensan que sus cualidades no son fijas, sino que se pueden entrenar y por tanto se puede progresar en ellas, da igual si se trata de la inteligencia, la capacidad musical o el baile. Estas personas se alimentan del esfuerzo y la dificultad porque lo consideran un síntoma de crecimiento. Su interpretación de la adversidad es, por tanto, muy diferente a la de las personas que piensan que sus habilidades son las que son y que no pueden hacer nada para cambiarlas.

Podemos elegir cómo pensar. Por tanto, pensemos de la manera que nos conduzca al éxito.

Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 18.11.2014

Como dijo Jim Loher, y pese a la extendida creencia que sostiene lo contrario, la gestión del tiempo en sí no conduce a nada. Porque dedicar simplemente tiempo a algo no hace que las cosas funcionen. Un padre puede estar en el partido que juega su hijo, pero si está pendiente del teléfono no sabrá lo que está pasando. De igual manera, un profesional puede estar en una reunión, pero si no está concentrado en ella no aportará nada. La clave del éxito no está, por tanto, en gestionar el tiempo, sino en gestionar la energía.

Muy a menudo experimentamos cansancio, falta de concentración, somnolencia, decaimiento y una larga serie de síntomas parecidos. Tendemos a atribuir esos estados al agotamiento o al estrés, cuando en muchos casos se deben simplemente a una inadecuada gestión de la energía. En ocasiones es debido a adicciones, como la del tabaco o la del café, que nos colocan en un ciclo de dependencia acabando a veces por provocar aquello que precisamente intentamos evitar con su consumo. En otros casos es debido a un patrón de alimentación poco saludable, bien sea por su cantidad, calidad u horario, y algunas veces más a causa de una utilización ineficiente de los tiempos de descanso. Por último, la falta de actividad física es responsable también de buena parte de nuestros estados de agotamiento.

Por más que nos empeñemos, si dormimos mal y a destiempo, no practicamos ninguna actividad física, no controlamos lo que comemos y somos dependientes del tabaco o del café, es injusto seguir culpando de nuestro mal estado al exceso de trabajo, al estrés o a los plazos. Es injusto, pero sobre todo es poco práctico, porque si somos el resultado de nuestro entorno poco podemos hacer para cambiarlo. Sin embargo, actuar sobre el descanso, la alimentación o el ejercicio físico está enteramente en nuestras manos.

Y eso es sólo el principio: la gestión eficiente de la energía que nos suministra el rumbo vital, la energía emocional, la energía mental, junto con la energía espiritual que nos aportan nuestros valores clave, puede hacernos llegar incluso más lejos.

Ningún movimiento puede darse sin energía, y mucho menos el que nos conduce al éxito.