26 Oct Pero, ¿qué es exactamente la creatividad?
La creatividad se parece más a un oficio que a un don.
Qué es exactamente la creatividad, por qué nuestro cerebro está diseñado para resistirse a ella, y cómo se entrena como cualquier otra competencia.
Cuando termines de leerlo comprenderás mejor por qué la creatividad se parece más a un oficio que a un don.
Por Jesús Alcoba, escritor y conferenciante.
Tiempo de lectura: 9 minutos.
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Décadas hablando de creatividad, y últimamente de innovación, y sigue sorprendiendo la frecuencia con la que este término se mezcla, confunde o contamina con otros que, aún formando parte de su constelación de significados, son diferentes. Ni la creatividad se circunscribe únicamente al mundo del arte, ni tiene necesariamente que ver con la expresión emocional o con la necesidad de manifestar el mundo interior de las personas. La creatividad, por otro lado, tampoco es un universo oculto ni misterioso.
Una manera breve y práctica de definir lo que es creatividad es decir que es el proceso mediante el cual se combinan elementos conocidos para originar nuevas configuraciones que resuelvan problemas o necesidades. Lo que esta definición pone de manifiesto, en primer lugar, es que la creatividad no es una capacidad, ni necesariamente un talento, sino un proceso. Es decir, una técnica, un oficio o una forma de trabajar.
Lo segundo que esta definición resalta es que nadie tiene la capacidad de crear cosas completamente nuevas. El trabajo creativo es fundamentalmente una tarea de combinación, de mezcla o de reconfiguración. Es decir, de lo que se trata es de alterar o mezclar lo conocido para crear lo nuevo.
Lo último que es importante para definir este fenómeno es que el trabajo creativo lo es si realmente resuelve problemas o necesidades. En otras palabras, el resultado de la creatividad tiene que encajar dentro de un contexto. En la mayoría de los casos ese contexto está planteado por una dificultad a la que la creatividad pone fin. En otros, cuando se trata de arte, lo que hace la creatividad es resolver la necesidad del artista de expresarse. Pero en todos los casos el resultado de un trabajo creativo es una pieza que encaja dentro de un puzle previamente existente.
Desde esta perspectiva se entiende perfectamente que la creatividad es algo más cotidiano de lo que mucha gente cree y que puede existir en cualquier área del conocimiento o del arte. Y por supuesto, que es algo que se puede aprender.
¿Por qué no somos más creativos?
Una pregunta que a menudo gravita en las sesiones de ideación es por qué no somos más creativos. Es como si la necesidad de seguir la estrategia de la organización chocara con la necesidad que tiene de generar ideas. Evidentemente una de las respuestas a esta pregunta es que a muy pocos profesionales en su etapa de formación inicial, e incluso en las que vinieron después, les han entrenado para ser creativos. Sin embargo, hay otra explicación que tiene que ver no tanto con el mundo de las organizaciones, sino más bien con la manera en que los seres humanos estamos hechos.
Es altamente probable que la primera y más importante función del cerebro sea la predicción del futuro. En esto el ser humano se diferencia de manera significativa de los animales. Incluso los grandes simios no son capaces de anticiparse a lo que va a ocurrir más allá de unos minutos. Pero las personas pueden imaginar el mañana, y en el mañana de mañana, a veces con gran precisión. Lógicamente, para que esa predicción tenga éxito, es fundamental la observación del entorno y la creación de patrones sobre lo que ocurre. Observando cuándo algo se sale del patrón, los primeros homínidos empezaron a predecir el futuro: si aparecían nubes en un cielo despejado, era probable que lloviera. De la misma manera, el humo sobre las copas de los árboles informaba del fuego y de un posible incendio del que habría que escapar.
Y así es que buena parte de nuestra conducta está basada en la contrastación entre lo que ocurre y lo que debería ocurrir, según nuestros patrones. El gran problema es que ese sistema es muy útil para la predicción y la supervivencia, pero poco apto para la creatividad: si todo el tiempo estamos estimando en lo que con toda probabilidad va a ocurrir, es por definición imposible que simultáneamente estemos pensando en lo que no va a ocurrir. En lo inesperado, en lo que se sale del guion. Si un lapicero rueda hasta el final de la mesa anticipamos que se caerá, y si un pájaro extiende sus alas vaticinamos que echará a volar. Sería muy desconcertante para nuestro cerebro que el pájaro se estrellase contra el suelo, como si fuera una figura de madera, o que el lapicero echase a volar. El asunto está en que la gente que piensa que los lápices vuelan es precisamente la gente creativa.
De igual manera, posiblemente por una cuestión de ahorro de energía, una vez que el cerebro descubre una manera de hacer algo, por ejemplo preparar el desayuno o la ruta más cómoda desde casa al trabajo, no busca alternativas. Si cada vez que preparamos un café tuviéramos que hacerlo de manera diferente, o si tuviéramos que escoger una forma distinta de ir a trabajar, estaríamos agotados todo el día. La cuestión, de nuevo, es que las personas creativas son precisamente las que están constantemente pensando nuevas formas de hacer las cosas.
Estas y otras muchas características de las personas nos dicen que no estamos construidos para la creatividad, posiblemente porque en la prehistoria era más necesario comer o luchar que ingeniar. Y pese a que el mundo ha cambiado mucho, nuestro cerebro es esencialmente el mismo. En otras palabras, no somos más creativos porque nuestro cerebro está desactualizado. Afortunadamente, los recientes descubrimientos sobre neuroplasticidad nos dicen que todo puede cambiar siempre que el entorno siga necesitando de nosotros la capacidad de crear cosas nuevas, cosa que muy probablemente ocurrirá.
Cómo matar la creatividad
En los años 80 un polifacético profesional recogió en una lista nada menos que 50 frases que había oído aquí y allá, cuyo denominador común es que tienen el efecto de aniquilar la creatividad. Quizá su mayor atractivo radica en que no son sentencias nuevas ni originales, sino que más bien son frases que cualquier profesional ha oído en reuniones de todo tipo, particularmente en aquellas en las que se intenta promover la génesis de nuevas ideas. De manera nada sorprendente, uno de los mayores frenos a la creatividad somos nosotros mismos.
Es una delicia leer las frases, sobre todo porque se saca la clara conclusión de que los frenos a la creatividad son universales. Entre ellos, están los que destacan la parte más inmovilista de las organizaciones, puesta en boca de esas personas para las que lo conocido, bueno o malo, siempre es mejor que lo que queda por conocer. Pertenecen a este grupo frases conformistas como “siempre lo hemos hecho de esta manera”, o bien el primer mandamiento del inmovilismo: “si no está roto no hay que arreglarlo.” También, como es natural, hay otro grupo siempre preocupado o atemorizado por los números. Quizá profesionales que no se dan cuenta de que no todo puede traducirse a cifras. Aquí estarían frases adivinatorias como “perderíamos dinero a largo plazo”, o el rotundo y asfixiante “no está en el presupuesto”. Otra categoría, no menos dañina, está formada por aquellos que nunca acaban de tener nada claro y siempre piensan que la solución está en una mayor reflexión. Así por ejemplo tenemos el simple pero indefinido “vamos a pensarlo mejor”, o el temido “formemos un comité”, antesala de todas las ideas que finalmente acaban muriendo, trituradas por procesos y procedimientos soporíferos y carentes de rumbo.
Con todo, quizá la sentencia más letal y rocambolesca, porque crea una completa contradicción con cualquier intento de promover ideas nuevas, sea “nunca se ha intentado”. Quienes pronuncian esta frase acaso no caen en la cuenta es que si se quiere estimular el pensamiento innovador, es precisamente con el fin de hacer lo que nunca se ha hecho. Frase tremenda esta que, combinada con “es un cambio demasiado radical”, exterminarán, de golpe y sin tortura, cualquier oportunidad de transitar por una vía auténticamente fresca y diferente.
La creatividad es una práctica, no un talento
Hemos vivido siglos impresionados por genios creativos que, en el arte, en la ciencia y en la tecnología, han realizado propuestas nuevas y originales haciendo evolucionar la cultura y la sociedad. Y hemos estudiado durante décadas a esos personajes, intentando desentrañar el origen de su genio, para conocerlo mejor y también para poder aprender de ellos. Sin embargo, la fascinación del ser humano por el talento innato ha empañado siempre una verdad tan obvia como inconveniente, y es que la creatividad no es un talento ni una habilidad, y desde luego no es un rasgo de la personalidad: es simplemente una competencia que se desarrolla con la práctica.
En una abrumadora mayoría de los casos, ni los cuadros que han trascendido el paso del tiempo, ni las novelas que han cruzado fronteras, ni mucho menos la tecnología que hace más fácil nuestras vidas, se han originado de la noche a la mañana. Y si bien todos tenemos más o menos interiorizados lugares comunes como que el genio es un uno por ciento inspiración y el resto transpiración, que decía Edison, no parece que acabe de cuajar del todo la idea de que para ser original hay que ponerse manos a la obra.
Evidentemente, y como en la mayoría de aspectos de la vida humana, el ingrediente fundamental de esta competencia es actitudinal. Para ser creativo, el componente básico es el deseo de serlo, la idea de que cualquier persona puede ser más creativa si se lo propone.
La creatividad como base de la innovación
Tras años de cultura de la innovación sigue sorprendiendo por qué tan a menudo este término continúa sobresaliendo por encima de aquel que le infunde valor, que es la creatividad. Una de las maneras más sencillas de contemplar el ciclo de la innovación es el que contempla solo tres pasos: la generación de una idea, que a continuación es convertida en valor para el cliente, que a su vez es finalmente transformado en un resultado económico positivo. La literatura empresarial ha generado gran cantidad de material sobre los dos últimos pasos, pero no tanto sobre el primero.
El proceso según el cual una idea se convierte en valor para el cliente es la través de la creación de un modelo de negocio, es decir, una manera –teórica- de generar ingresos. Partiendo de un producto mínimo viable, esta hipótesis es testada e iterada cuantas veces sea necesaria, hasta que se tiene la versión definitiva. A partir de ahí, convertir valor en resultado es una combinación de gestión y procesos de marketing y ventas.
Sin embargo, se dice muy poco acerca de la primera fase, es decir, de cómo generar ideas. En muchos casos lo que se ha conseguido es realizar concursos de ideas dentro de las empresa, o bien buscar estas ideas fuera de la organización, a través de observadores, aceleradoras y otros modelos. En otros casos se ha intentado la generación de ideas a través de sesiones internas a la compañía, sobre todo a través de design thinking.
Con todo, y a pesar del aparente avance de estos métodos, el gran reto sigue siendo reivindicar la creatividad como fuente de la innovación, investigar más y mejor acerca de cómo se produce y, desde luego, capilarizar a través de toda la organización un principio tan simple como contundente: a medio plazo, aquellas empresas cuyos equipos no posean mayoritariamente una actitud creativa verán limitado o imposibilitado su crecimiento, e incluso puede que su subsistencia.
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Este artículo, publicado por El Economista en 2017, forma parte de una serie de ensayos periodísticos y columnas de opinión, escritos a lo largo de los años en diferentes medios, que recojo aquí como colección unificada.