22 Oct Ser ejecutivo o ser ejecutor, that is the question
Hay quien resuelve las tareas, y hay quien las mata.
Ejecutivo y ejecutor parecen sinónimos. No lo son: uno disfruta del oficio, el otro solo quiere quitárselo de encima.
Cuando termines de leerlo comprenderás mejor qué tipo de relación tienes tú mismo con tu propio trabajo.
Por Jesús Alcoba, escritor y conferenciante.
Tiempo de lectura: 3 minutos.
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Las personas ejecutivas son diligentes, ágiles, certeras. Identifican lo que hay que hacer y cómo hay que hacerlo y lo hacen. Conocen la compleja relación entre plazo, presupuesto y calidad y actúan con inteligencia sobre ella para obtener un resultado óptimo. Las personas ejecutivas aportan solvencia a la organización, son los baluartes sólidos que la soportan, y a los que se puede recurrir siempre. En especial cuando la realidad se retuerce y surgen las dificultades y los problemas.
En el otro extremo están los ejecutores. Un ejecutor no resuelve las tareas, las ejecuta. Es decir, las mata. Las tacha, las elimina, se las quita de encima. Para un ejecutivo una tarea es una oportunidad de poner a prueba su talento, un pequeño desafío frente al que confrontar su vocación. Las tareas para un ejecutivo son el aire que respira, el agua en el que se baña. Y a veces un motivo de ilusión y regocijo. Sin embargo, un ejecutor ve en las tareas pesados moscardones que revolotean a su alrededor, criaturas estridentes y viscosas que le incordian y que amenazan su tranquilidad. Para un ejecutor una tarea es algo que hay que aniquilar cuanto antes, sin piedad y, esto es lo peor, de cualquier manera que haga que el bicho deje de respirar. Da igual cómo quede de reventado o de maltrecho.
Un ejecutivo hace las cosas y las hace bien. Un ejecutor, por el contrario, simplemente las hace. Las deja resueltas, sea como sea. Es decir, la mayoría de las veces las chafa y las deja descalabradas, afeadas y sin posibilidad de compostura. Los ejecutivos disfrutan con el acabado, con el envoltorio, con la entrega. Esperan que las personas capten la estética de los relatos, la belleza en la concatenación de las ideas. Los ejecutores simplemente tachan tareas de su lista, eliminándolas de su pensamiento y de su vida. Un ejecutivo disfruta rememorando sus tareas, un ejecutor luchará siempre por olvidarlas.
Los ejecutores solo trabajan con un criterio de eficiencia, es decir, apuntan sin precisión. Lo importante es que lo que sea quede aniquilado, da igual cómo y con cuánta pólvora. Los ejecutivos, al contrario, ponderan adecuadamente eficiencia y eficacia. Les importa el cuándo, pero también el cómo. Y muchas veces prefieren invertir un poco más de tiempo o de ingenio si eso significa que va a haber un incremento sustantivo en el resultado final. Un ejecutivo retoca, un ejecutor remata.
Los ejecutores no son malos profesionales. Simplemente son trabajadores desatinados, personas que no han encontrado su norte en la oficina. Para ellos la naturaleza del trabajo consiste en avanzar como se avanza en la selva, a base de machete. Abriéndose paso entre las tareas como si fueran ese tipo de molesta maleza que impide el avance. Nadie les ha dicho que tan importante es ser como parecer, tanto el continente como el contenido y tanto la relación como el cometido. Nadie les ha dicho tampoco que las personas se encuentran mejor cuando las cosas fluyen que cuando se vive a golpe de sobresalto, de trabucazo y de tachón.
Pese a todo, la diferencia crucial entre un ejecutivo y un ejecutor está en palabras que para algunas personas significan mucho y que para otras apenas resuenan: estilo, estética, elegancia, belleza. Hay quienes comen para llenarse y quienes también disfrutan, y casi más, de los emplatados, de los aromas, del ambiente y de la compañía. Hay quienes, cuando hacen turismo, se estresan lo indecible para visitar y tachar todos los puntos de interés que hay en su lista, y también quien lo que busca es impregnarse de la naturaleza auténtica de cada ciudad que visita, demorándose por sus recovecos hasta hacerse uno con ella.
Ser ejecutivo o ejecutor es una polaridad que evidencia muchas cosas, pero sobre todo la relación que cada persona tiene con su trabajo. Porque el trabajo es una sustancia clave para las personas que construye significado o lo destruye y que, en consecuencia, se ama o se odia. Y, en la misma medida, se vive o se mata.
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Este artículo, publicado por Dirigentes, forma parte de una serie de ensayos periodísticos y columnas de opinión, escritos a lo largo de los años en diferentes medios, que recojo aquí como colección unificada.