Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 20.05.2020

La autenticidad es el nuevo mantra. Como espectadores, nos dejan cada vez más fríos los efectos digitales, que continúan su escalada asintótica invirtiendo cada vez más dólares en incrementarnos cada vez menos latidos. Y nos refugiamos en cintas como Parásitos o Joker, que casi huelen a analógico por el desnudo realismo de sus personajes, aún siendo estos insólitos. Como consumidores, desviamos la mirada ante promesas hiperbólicas, vendedores hype y malabaristas del clickbait. Y como ciudadanos cada vez nos asquea más esta política actual de circo y selfi que tanto abunda y que tanta hambre de la verdad nos despierta.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 22.01.2020

¿De dónde vienen nuestras ideas? Sería precioso poder decir que surgen de nuestro interior, de nuestras cavilaciones o de las musas. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la amplia mayoría de las cosas que se nos ocurren proviene de una misma fuente: Google. Ya se trate de una fiesta de cumpleaños o de una carta de recomendación, no paramos de consultar al gran oráculo para cualquier aspecto de nuestra vida cotidiana que requiera una idea. No hay ejemplo más palmario de que nuestra capacidad para ser originales está disminuyendo a paso de gigante.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 11.12.2019

¿Hasta qué punto es bueno que un empleado se identifique con la empresa en la que trabaja? Las organizaciones han invertido ingentes recursos en lograr que los profesionales que trabajan en ellas estén alineados con sus valores. Se considera altamente positivo, para empresa y trabajador, que haya una sintonía entre lo que la entidad persigue y lo que el trabajador siente sobre la vida. Se ha llegado a decir, metafóricamente, que el empleado debería llevar los valores de la empresa tatuados en la piel o impresos en su ADN. Sin embargo, ¿qué ocurre si el sentido de pertenencia de un profesional llega a tal extremo que sea excesivo?

Pues en ese caso puede suceder que el empleado acabe evolucionando de la pertenencia a la apropiación. Es decir, que comience a albergar la clara conciencia de que sus muchos años en la compañía, su conocimiento profundo de la misma, o ambas cosas, le dan derecho a opinar -y obrar- exactamente como si fuera suya.

Al igual que hay un despido interior, en el que por distintos motivos el profesional actúa como si le hubieran despedido, aunque su cuerpo esté presente, también podríamos hablar de un golpe de estado interior, en el que el empleado se comporta como si la empresa fuera de su propiedad.

Esta perversión del sentido de pertenencia puede generar múltiples complicaciones. La primera de ellas tiene que ver con el hecho de que un profesional golpista casi siempre va a tender a situarse intelectualmente por encima de sus superiores. Y, dependiendo de su carácter, esto puede conllevar dos situaciones: o bien discusiones infinitas en reuniones donde intenta imponer su punto de vista, o bien, quizá peor, una actitud pasivo-agresiva en la que muestra un rostro público apacible mientras en privado critica sin medida a la dirección de la empresa ante propios o ajenos, lo cual es casi más preocupante.

El segundo efecto secundario del golpismo interior es justo el polo opuesto, y es esperable que ocurra a continuación de esta primera fase de beligerancia: el momento en el que, tras insistir en público o en privado, sobre cómo deben hacerse las cosas, el empleado -ahora ya propietario imaginario de la compañía- observa una y otra vez que no se le obedece. En ese punto, una de las reacciones puede ser la drástica bajada de su nivel de compromiso. Dado que siente rechazo por las decisiones que se toman, y por tanto por el rumbo de la compañía, se obrará un efecto paradójico en el que, aún con un desmedido sentido de pertenencia, comenzará a mostrar una conducta de mínima implicación. En esto, el golpe de estado interior se parece mucho al despido interior.

Sin embargo, la gran diferencia está en que en el despido interior predominan las emociones de pasividad y desilusión, mientras que en el golpe de estado interior abundan las de rabia y frustración. Y quizá sea este el tercer y peor efecto posible de la perversión del sentido de pertenencia: la ingente cantidad de energía que el empleado golpista invierte en ansiedad y rencor hacia su empresa. Emociones a veces exteriorizadas en privado o en público que pueden llegar a dañar su imagen y la de su compañía.

Caminamos hacia organizaciones líquidas y orgánicas en las que la jerarquía, al menos la tradicional, va evolucionando hacia modelos más participativos y horizontales. Una transición que ha de llevarse a cabo con extrema prudencia, manejando adecuadamente la implicación y cooperación con un ejercicio de verdadero liderazgo, dado que los empleados golpistas reaccionan mal tanto al directivo pusilánime como al autoritario. Máxime cuando es francamente difícil, por no decir imposible, sofocar una rebelión que, por ser interior, y sobre todo en empleados pasivo-agresivos, es prácticamente indetectable.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 13.11.2019

Incluso una mirada superficial por la historia del ser humano revela que una apabullante cantidad de obras del mundo de la ciencia, la cultura o la empresa nacieron de la necesidad de rellenar espacios vacíos. Así, aquellos pueblos que vivían confinados en espacios reducidos, sin riqueza o futuro, se vieron impulsados a fabricar naves con las que hacerse a la mar en busca de un futuro mejor. Al mismo tiempo, la urgencia de sanar el cuerpo y el alma enfermos, o simplemente la necesidad de hacer la vida más segura o fácil, dieron como resultado una infinidad de descubrimientos e invenciones en las esferas científica y empresarial. El mundo del arte, por su parte, se desarrolló en gran medida a causa de los vacíos internos y necesidades de aquellos miembros de la sociedad más sensibles, y a veces más valientes.

Cuesta creer que el mundo pueda seguir evolucionando en un contexto carente de incertidumbres

Si bien es cierto que, a nivel socioeconómico, y mucho más en el entorno político, el contexto es cada vez más incierto, al mismo tiempo se palpa cada vez más la paradójica presencia de una fuerza que opera en sentido contrario, anegando o extinguiendo nuestras pequeñas incertidumbres.

En primer lugar porque la avalancha de contenido de todo tipo es tan ubicua que a cualquier ciudadano de un país llamado desarrollado le llegan a diario miles de respuestas a interrogantes que ni siquiera se ha planteado. De ese modo sus pequeñas incertidumbres cotidianas mueren antes de nacer y, las que escapan al torrente infoxicador, apenas sobreviven unos segundos, aniquilados a manos del gooráculo que todo lo responde. Es imposible especular, deducir o imaginar en medio de tamaña marabunta de contenido.

Cuando se pregunta a una persona por una idea nueva tiende a repetir lo que ha visto, oído o leído

El consumo doméstico no está lejos de esta pauta y, a diario, desfilan por los medios sociales y de comunicación una legión infinita de productos y servicios, tan variados y abundantes que el consumidor medio es incapaz de digerirlos y, en ocasiones, hasta de acabar de entenderlos. De cada producto se desarrollan variantes de todo tipo, orientadas a diferentes géneros, edades o aficiones y, ante la necesidad de cualquier cosa, el gran bazarmazon no permite que nadie pueda improvisar un sustituto. Antes bien, lo que quiera que sea necesario es rápidamente localizado, abonado y servido a domicilio a las pocas horas.

Resulta sugerente especular sobre cómo opera este contexto en el ser humano, en concreto sobre la capacidad de idear y de producir innovación. Si los barcos nacieron de la necesidad de buscar recursos, si la psicología o la medicina surgieron para comprender y sanar al ser humano, y si el arte es la respuesta a una serie de interrogantes personales, cuesta creer que el mundo pueda seguir evolucionando en un contexto carente de incertidumbres. Sobre todo si el atoramiento de los espacios vacíos es tan cotidiano y ubicuo que ya no se es consciente de que algún día existieron.

Puede que la próxima de las injusticias tenga que ver con la capacidad de idear

Y quizá ese sea uno de los motivos por los cuales las sesiones de ideación que se llevan a cabo en las organizaciones no funcionan: la debilidad de los músculos de la conjetura, de la deducción y de la imaginación, que comenzaron a adelgazarse al mismo tiempo que la infopolución y la hiperabundancia debutaron en la civilización. Quizá por eso cuando se pregunta a una persona por una idea nueva tiende a repetir lo que ha visto, oído o leído. Quizá por eso, en fin, la tan necesaria innovación es un proceso tan elusivo, en una época en la que la disrupción debería ser la norma y, debido a ello, constantemente surgen iniciativas y propuestas que persiguen despertar esa área entumecida del ser humano.

Es mucho más difícil prever hacia dónde camina esta tendencia. Quizá sea la última de las desigualdades hacia las que camina el mundo. Ya existe la de la distribución de los recursos y comienza a ser acuciante la que tiene que ver con el acceso a la información cualificada y a la cultura con mayúsculas. Puede que la próxima de las injusticias tenga que ver con la capacidad de idear. Tal vez, ojalá no, en un futuro solo sean imaginativos los niños. Y, acaso, los adultos que se hayan negado a tener las venas repletas de ese colesterol pandémico, sintomático de la infobesidad mórbida, que puede llegar a poner en peligro la prosperidad y el progreso.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, El Economista, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 13.06.2019

Conforme el mundo avanza se hace más incierto y, conforme más incierto se vuelve, más certezas queremos tener. Es por eso que buscamos incesantemente gurús, principios o recetas. Escrutamos el horizonte, que es cada vez más laberíntico, esperando encontrar hojas de ruta, caminos iluminados o, al menos, una brújula que nos diga dónde está el norte. Y, al hacerlo, no nos percatamos de dos hechos importantes. El primero es que la certeza como valor es algo que pertenece al siglo pasado. El segundo es que, en lugar de intentar que las cosas se queden quietas, lo que deberíamos estar haciendo es aprender a amar la incertidumbre.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 13.02.2019

En plena era del cliente, en la que se ha repetido innumerables veces que el cliente debe estar en el centro de la estrategia de todo tipo de organizaciones, quizá sea necesario redefinir nuestro vocabulario y crear un diccionario amplio que, verdaderamente, contenga todos los posibles términos y matices que la cultura centrada en el cliente necesita. Aquí van algunas ideas* que quizá algún día la Real Academia Española decida incorporar.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 02.01.2019

Existen dos tipos de innovación: la que llamamos incremental y la innovación disruptiva. La primera tiene que ver con cambios progresivos y graduales que se van haciendo respecto a una determinada idea, y habitualmente está relacionada con los ciclos de mejora continua. La segunda es la que logra crear algo completamente diferente a lo que existía antes. El contestador automático fue una innovación incremental en el mundo de la telefonía, mientras que el smartphone fue disruptivo.

Robert Gordon es un macroeconomista de la Northwestern University que lleva tiempo diciendo que la innovación que se produce, al menos en Estados Unidos, puede no ser suficiente como para impulsar un crecimiento similar al de épocas pasadas. En su opinión, aspectos como la demografía, la falta de inversión en educación, la deuda y la desigualdad, funcionan como vientos en contra que anulan el potencial de la innovación para generar prosperidad. En su análisis, la productividad total de los factores en la tercera revolución industrial fue significativamente menor que en la segunda. Es decir, inventos aparentemente simples, como la bombilla, fueron más positivos para la economía que ingenios sumamente sofisticados, como el ordenador. La conclusión de estos argumentos es directa y clara, y es que se necesita un tipo de innovación mucho más disruptiva para combatir el efecto adverso de los vientos en contra.

Sin embargo, lo cierto es que, del entusiasmo que en su día provocó la palabra innovación, se ha evolucionado a una situación en la cual es un término utilizado prácticamente para todo: desarrollo de negocio, lanzamiento de nuevos productos, adopción de tecnología e, incluso, medidas derivadas de la gestión de la calidad. La gran pregunta es si esa concepción tan mermada de la innovación logrará el crecimiento empresarial y la prosperidad que deseamos.

Hoy día observamos cómo sectores tradicionales y altamente regulados son obligados por el mercado a generar ideas nuevas, verdaderamente disruptivas, bien para posicionarse frente a la competencia o bien para explorar nuevos mercados. Por otro lado, vemos como el imparable avance de la digitalización exige a las organizaciones y a los profesionales nuevas ideas para situarse en un mundo en el que las máquinas parecen poder hacer casi de todo. Muchos ciudadanos de los países llamados desarrollados se preguntan qué hay detrás de la cuarta revolución industrial, cómo evolucionará el mundo y cómo serán su trabajo y su vida en el futuro.

En ese contexto es necesario comenzar a defender que la única innovación con verdadero potencial es la innovación disruptiva. Y para ello es imprescindible sacudirse las concepciones ya anquilosadas y obsoletas sobre la creatividad, a fin de descubrir nuevas y diferentes maneras de generar ideas. Y, por último, es urgente volver a situar a la verdadera originalidad en el lugar central que le corresponde, inyectando así en las organizaciones la ilusión y el entusiasmo que se necesita para reinventarlo todo de nuevo.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 28.11.2018

Algunos de ellos son coaches que, como dicen que hacen los nuevos ricos, no dejan de ostentar sus nuevas adquisiciones, en este caso conceptuales. En otros casos son psicólogos, más o menos formados o más o menos frustrados. Y también hay maestros, docentes y pedagogos de toda índole, e incluso fisioterapeutas, economistas, abogados y un sinfín de tipos más. Todos ellos se autoproclaman gurús y comparten el uso indiscriminado, y muchas veces indebido, del “tienes”, “debes”, “haz” y, en fin, todo tipo de expresiones con las que acostumbran a decirnos a los demás lo que tenemos que hacer. Son los apóstoles del imperativo.

No representan una mayoría, ni respecto a sus profesiones ni respecto al resto de las personas, pero se les oye mucho. Cada vez más. Y nadie sabe de dónde viene esta inquietante y a veces impertinente costumbre de ametrallarnos desde sus posiciones en las redes sociales a base de frases redondas y rotundas, gráficas más o menos elaboradas o enlatadas e, incluso, vídeos aparentemente casuales en los que dictan los preceptos de sus particulares evangelios.

Hay de todo: desde cómo hacer una limpieza intestinal hasta cómo alcanzar la felicidad pasando, desde luego, por cómo conseguir el empleo soñado e incluso comprender el sentido de la vida. Y aunque aún no se comprenda del todo por qué se necesita limpiar un órgano que se está saneando constantemente, ni se sepa del todo qué es la felicidad y mucho menos el sentido de la vida, ellos continúan lanzando sus certeras sentencias como hacen los aspersores, indiscriminadamente, con la esperanza de que hagan blanco en alguna de esas personas que piensan que todo en la vida se puede resolver a golpe de manual.

Nadie duda de que se pueda sugerir, aconsejar o proponer. E incluso, si se está en posesión de alguna pequeña verdad (las verdades siempre son pequeñas y vienen en frascos solo medio llenos), tampoco nadie duda de que se pueda escribir con letras un poco más mayúsculas que el resto del mensaje. Pero de ahí a espetarle mandatos imperativos a todo el mundo desde un púlpito autofabricado hay un abismo.

Decía Katharine Withehorn que “se reconoce a quienes viven para otros por la expresión de angustia en la cara de esos otros”. Certero pensamiento que describe perfectamente el hartazgo que produce estar constantemente escuchando de otros lo que se supone que tendríamos que estar haciendo para conducirnos por la vida. Sobre todo, porque la vida de cada uno es de cada uno, y es imposible que una pauta, por buena que sea, produzca los mismos resultados en personas diferentes.

Nadie sabe de dónde han salido los apóstoles del imperativo. Tal vez son personas que gritan a los demás lo que les gustaría que ocurriera dentro de sí mismos. O puede que se trate simplemente de una conducta-meme, es decir, de un mecanismo de imitación, tan comunes en el ser humano. O quizá es que todo el mundo está últimamente más confuso y sea verdad que se requieren más pautas que nunca. Lo que sí parece claro es que hay muchos más tiempos verbales en el catálogo. Más amables, más interesantes y, desde luego, con muchas más probabilidades de éxito.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com