Comunicación

Comunicar bien es, sobre todo, una cuestión de técnica.

Inspiración, memorabilidad, personaje, guion y técnica: las cinco claves de una comunicación que de verdad deja huella.

Cuando termines de leerlo tendrás cinco claves concretas para que tu próxima intervención en público sea memorable.

Por Jesús Alcoba, escritor y conferenciante.

Tiempo de lectura: 6 minutos.

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Crear una intersección inspiradora

Cuando un buen comunicador se dirige a un auditorio se produce una monumental intersección. Una colisión productiva entre su manera de ver el mundo y la del auditorio. Y es un error pensar que es el comunicador el que más aporta. Las buenas conferencias lo son porque logran inspirar el pensamiento del auditorio y movilizar su conciencia desvelando intuiciones y sugiriendo itinerarios.

Ya hace mucho que dejamos de creer en que hablando a una persona se puede incrementar sustantivamente su conocimiento o sus competencias. Sin embargo, la comunicación sigue siendo una de las herramientas más poderosas de la interacción entre personas. Y una de sus fundamentales bondades es que sirve para inspirar.

La inspiración es lo que hace que una persona produzca de forma natural, sin apenas esfuerzo. Es una fuerza que nace de dentro de cada uno y que le ilusiona y le moviliza para fijarse objetivos y conseguirlos. Posiblemente uno de los fenómenos que tienen mayor capacidad para inspirar es lo que llamamos intersección. La intersección es la frontera entre disciplinas, es lo que ocurre cuando un físico, con mente de físico, se deja conmover por una melodía, y lo que ocurre cuando un músico, con mente de músico, comprende la estructura molecular de la materia. En ese espacio entre conocimientos diversos surgen visiones, interrogantes y emociones que disparan la creatividad y mueven a la acción.

La auténtica comunicación es la que genera inspiración.

Memorabilidad basada en la emoción

Solo las experiencias intensas generan aprendizaje en los adultos. Una experiencia intensa puede derivar de un esfuerzo prolongado o de una sola vivencia, si esta está cargada de suficiente emoción. Las emociones son la guía que trae los pensamientos a nuestra conciencia, y son también la fuerza que fija las ideas en nuestra memoria. Por eso una de las claves en la comunicación es provocar un recuerdo basado en la emoción.

Los seres humanos somos fundamentalmente criaturas orientadas a la imitación. Bostezamos cuando alguien bosteza, nos entristecemos cuando vemos a alguien llorar, y reímos contagiosamente cuando alguien rompe a reír. Si un comunicador no se emociona con lo que está relatando, da igual si son estados financieros, planes de implantación de tecnología o diseños de servicios innovadores, es muy difícil que su audiencia se emocione, y por tanto es francamente complicado que su intervención deje huella.

Tras años de énfasis en el mundo emocional, seguimos sin comprender que las emociones no son únicamente una faceta irrenunciable del ser humano, sino una dimensión que aporta un importante grado de funcionalidad en lo que hacemos. La comunicación sin emoción no es efectiva, de la misma manera que una persona que no sepa ser consciente de sus emociones y de las de su interlocutor no será nunca verdaderamente inteligente.

Comunicar es emocionar. Siempre.

Construir el personaje en escena

Una de las claves de la comunicación que más difícil resulta de comprender es que quien está en escena, el conferenciante, no es una persona, sino un personaje. No habla ni se mueve de forma natural, sino con intención explícita de producir un efecto. Su lenguaje tampoco es el habitual, y en muchas ocasiones ni siquiera viste como lo hace habitualmente. En resumen, como dicen que dijo Cicerón, un conferenciante es un personaje, es un actor al que se conoce con otro nombre.

Una conferencia se parece más a una obra de teatro de lo que se podría pensar a primera vista. Los movimientos sobre escena son intencionales y el uso de medios audiovisuales o de cualquier otro tipo de soporte está estudiado e integrado en el conjunto de una forma específica. Como también hacen los actores, los conferenciantes ensayan una y otra vez sus intervenciones para asegurarse de que tienen el efecto deseado y de que se ajustan al tiempo establecido.

Por último, y no menos importante, el arte de la conferencia es también teatral puesto que se basa en una conexión con el público, en un tráfico bidireccional de emociones que es lo que produce la magia. En ese entramado de fuerzas complejas la interpretación es una clave imprescindible. El conferenciante conecta con su intención, con su objetivo y con su emoción, como si de un actor se tratara, para sincronizar con el público y hacerle llegar su mensaje.

Una conferencia es teatro, y por tanto es una forma de arte.

El guion narrativo

Transmitir un mensaje que promueva la reflexión y la acción dista mucho de ser una tarea sencilla. Se equivocan quienes piensan que enfrentarse a un público es únicamente una cuestión de atreverse o de disfrutar con ello. Hay muy pocas personas que tengan la capacidad de improvisar una conferencia de impacto, y por tanto la mayoría de ellas necesitan tener un guion, con su planteamiento, nudo, desenlace y sus correspondientes puntos de inflexión.

En una conferencia todo debe fluir adecuadamente, como si de un cuento o de una película se tratara. El hilo narrativo debe cruzar las fronteras entre los distintos fragmentos a través de transiciones que apenas se perciban. Que el espectador no viva la molesta sensación de preguntarse por qué le están contando esto o lo otro o qué tiene que ver esto con lo otro. En una conferencia el riesgo de introducir exceso de información, solapamientos, conceptos poco claros, vacíos narrativos y toda suerte de despropósitos similares, es muy alta.

Por eso, todo el tiempo que se dedique a guionizar una conferencia es poco. Frecuentemente no solo hay que diseñar la estructura clásica de planteamiento y desenlace, sino que, como la mayoría de auditorios son diversos, se requiere adicionalmente crear dos o más niveles de abstracción o de complejidad, que sirvan al propósito de estimular la atención de públicos con enfoques más elevados o intereses más aterrizados. Y, evidentemente, todo ello tiene que situarse bajo un mismo objetivo narrativo.

Sin guion no hay película, pero tampoco conferencia.

Técnica, técnica, técnica

Comunicar bien no es, fundamentalmente, una cuestión de perder el miedo a hablar en público, ni de talento, ni siquiera de disfrutar haciéndolo. No por ser un hecho cotidiano implica una habilidad menos compleja que otras competencias. Comunicar bien es, por encima de todo, una cuestión de técnica. Es cierto que hay personas a las que se les da mejor y a las que se les da peor, pero la gran diferencia está, como en muchas otras capacidades, en la práctica deliberada.

Hay multitud de aspectos técnicos en una conferencia: la construcción del personaje, el guion narrativo, el uso del lenguaje no verbal, el manejo de la voz, la utilización de apoyos visuales, y una larga lista de elementos más. Asimismo, hay muchas tendencias, enfoques y maneras de aprender todos esos elementos. Una persona puede tener cierta capacidad para la comunicación en público, pero si no se dota de esas habilidades y las practica es ciertamente difícil que logre impactar de la manera que lo hacen los profesionales.

Una conferencia implica la utilización de un conjunto de técnicas que se ponen en juego en el acto comunicativo, y que requieren los correspondientes ensayos. El conferenciante que no dedica tiempo a ensayar nunca acaba del todo de elaborar el complejo puzle que es una charla de impacto, en la que la narración fluye de manera natural y en la que el resto de componentes se interrelacionan de forma dinámica para crear un efecto memorable en el público.

La comunicación es técnica: funciona cuando se aprende y se practica.

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Este artículo, publicado por El Economista en 2015, forma parte de una serie de ensayos periodísticos y columnas de opinión, escritos a lo largo de los años en diferentes medios, que recojo