Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 18.03.2015

Es llamativo que en estos tiempos en los que se habla tanto de innovación se hable tan poco de creatividad, y sobre todo de cuáles son los métodos que presumiblemente pueden favorecerla en las personas y en las empresas. Es llamativo porque, aunque a veces se nos olvida, no habría innovación si no hubiera creatividad. La creatividad es el primer paso en el ciclo de la innovación, en el que se genera la idea que luego se convertirá en valor, y por fin en resultado.

Uno de los motivos por los cuales quizá se hable poco de la creatividad es porque aún sigue siendo una habilidad ciertamente enigmática. Se sabe que ciertas condiciones la favorecen, como por ejemplo los entornos diversos, la ausencia de crítica y los ambientes lúdicos, pero en el fondo se desconoce cómo se produce esa chispa en el sistema de ideas de un ser humano que logra conectar dos o más conceptos muy lejanos entre sí, cuya combinación sin embargo soluciona un problema o resuelve una necesidad.

Cuanto más lejanos sean esos conceptos y cuanto mayor sea el problema o la necesidad, mayor es el salto creativo y mayor valor tiene. Posiblemente uno de los mayores ejemplos de esta capacidad humana se dio durante la misión Apolo XIII, séptima misión tripulada del Programa Apolo y la tercera que se lanzó con el propósito de pisar la luna cuando, aproximadamente a 300.000 kilómetros de la tierra, una explosión en un tanque de oxígeno comprometió de manera fatal la misión. Debido a los daños producidos, los astronautas tuvieron que abandonar el módulo de mando y pasar al módulo lunar, que contenía una reserva de aire muy limitada. El destino mostró su ironía más oscura cuando quedó claro que, a pesar de que se habían preparado para solucionar problemas altamente complejos, sus vidas iban a estar gravemente comprometidas solamente porque a nadie se le había ocurrido que un día se necesitaría comunicar los sistemas de ventilación de ambas naves entre sí, como fue el caso. Lentamente el aire se iba haciendo irrespirable, y el desafío consistía en conectar ambos sistemas utilizando únicamente el material que tenían a bordo. Alguien debía encontrar una solución a un problema aparentemente irresoluble, pues su diseño los hacía incompatibles. Afortunadamente uno de los miembros del control de misión en tierra encontró la solución a tiempo, regalándonos uno de los saltos creativos más geniales de la historia de la Humanidad. Buscando nuevas funciones para piezas que en origen habían sido diseñadas para otro cometido, al final fue posible conectar ambos sistemas de ventilación y los astronautas lograron salvar sus vidas.

El ejemplo es particularmente significativo no solo porque las piezas que se utilizaron no habían sido diseñadas para la función que al final ejercieron, sino porque en cualquier situación es ciertamente difícil concebir un sistema estanco y, sobre todo, porque la necesidad era abrumadoramente perentoria, dado que era la vida de los astronautas lo que estaba en juego.

Si pudiéramos comprender en profundidad cómo se generan estos saltos creativos, y si supiéramos diseñar programas de formación que garantizaran que todas las personas en una organización disponen de esta capacidad, la arena empresarial cambiaría significativamente, y por supuesto la sociedad también. Por eso, hoy que tanto se habla de innovación resulta sorprendente que exista comparativamente menos investigación sobre la creatividad y la forma de generarla que en el siglo pasado. Quizá ahora que los avances en neurociencia están evolucionando a pasos agigantados, y que tenemos una creciente capacidad para comprender el funcionamiento del cerebro que opera debajo de la mente, podamos ir adquiriendo un creciente conocimiento sobre esta enigmática capacidad del ser humano, que constituye la base de la innovación y de la creación de valor, y por tanto del progreso.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 17.12.2014

Dicen que entramos en las empresas buscando buenos salarios y salimos de ellas a causa de los malos jefes. Bien mirado, el liderazgo debería ser una cuestión sencilla, dado que todo el mundo sabe distinguir un buen jefe de uno malo; hasta los monos. Sin embargo, el asunto no debe ser tan fácil, porque si lo fuera los malos jefes no existirían. El liderazgo resonante es uno de los enfoques recientes sobre este tema, y clasifica a los líderes en resonantes y disonantes.

Sigue leyendo en El Economista —>>>>

Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 02.03.2014

Tendemos a pensar que los artistas son caóticos e indisciplinados, y que trabajan únicamente a golpe de inspiración, cuando esta les visita. Que pueden pasar días y días sin producir nada, pero que de repente pueden encadenar varias noches seguidas sin dormir creando ininterrumpidamente. Pero en general, y salvo excepciones, la realidad dista mucho de esa romántica descripción.

Sigue leyendo en El Economista —>>>>

Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba / 22.02.2014

La inspiración se encuentra visitando otros mundos, sin duda. Durante el Quattrocento se produjo la más fabulosa manifestación de genio creativo, y por tanto de inspiración, que ha visto la historia. Tanto que es la única expresión de belleza conocida que es capaz de causar una afección psicopatológica: el sorprendente Síndrome de Stendhal.

Sigue leyendo en El Economista —>>>>

El Economista, Jesus Alcoba / 18.02.2014

La inspiración es lo que hace que los artistas en particular, y el ser humano en general, produzcan de manera natural, sin aparente esfuerzo. Aún no sabemos demasiado sobre la inspiración, quizá porque tampoco nos hemos dedicado a estudiar este fenómeno a fondo. Hemos estudiado mucho (aunque nunca suficiente) el proceso de la innovación, algo menos (sin duda poco) la creatividad, y prácticamente nada el intrigante mecanismo que hace saltar la chispa de la inspiración.

Sigue leyendo en El Economista —>>>>

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 11.02.2012

Es curioso cómo en el mundo hay cosas que aparentemente no tienen nada que ver y que sin embargo están conectadas. En cierta ocasión se hizo un estudio para determinar si las personas que padecen trastorno obsesivo se parecen en algo a quienes están enamorados. El resultado, quizá nada sorprendente si se piensa bien, fue que en ambos casos los niveles de serotonina eran significativamente bajos en ambos grupos de personas, en comparación con individuos normales.

No hace falta ser un experto para darse cuenta de que las biografías de los grandes hombres y mujeres que hemos conocido a lo largo de la Historia, sobre todo artistas y científicos, están basadas en un profundo enamoramiento de sus respectivas disciplinas. Un enamoramiento posiblemente obsesivo, pero lo cierto es que sin perseverancia es muy difícil construir algo grande, como por ejemplo una carrera profesional de éxito. Si no amamos lo que hacemos es muy difícil crecer.

Por supuesto que hay otros factores que influyen y siempre hay quien piensa que es cuestión de suerte, mientras que otros lo atribuyen al talento: esa sustancia polimórfica tan citada como desconocida que últimamente parece ser el santo grial de todo lo que es bueno y verdadero en la empresa. Sin embargo, la investigación moderna está mostrando cada vez con más datos que es francamente complicado triunfar sin constancia. En uno de los estudios más originales que se han hecho sobre el tema se comparó a grupos de músicos de diverso éxito, para concluir que es el esfuerzo deliberado por mejorar en una disciplina determinada, y no el talento genéticamente determinado, el que produce que una persona alcance un nivel superior en el dominio de una disciplina. Es de ese trabajo del que deriva el conocido dato de que hacen falta diez mil horas de estudio para convertirse en un experto.

No hay factor de motivación más poderoso que la propia tendencia a investigar, a crear y a mover cielo y tierra buscando materializar una idea. El emprendimiento, el intra-emprendimiento y todos sus primos conceptuales, últimamente tan de moda, se apoyan (no en su gestión pero sí en su origen) en una sola cosa: la pasión. Una pócima que, como si fuera un fertilizante milagroso aplicado sobre una planta, cuando se vierte sobre una idea modifica su ADN y la hace crecer y multiplicarse hasta crear algo inmenso.

Hay que pensar que la única forma de que nuestros equipos trabajen con pasión en impulsar la empresa hacia adelante es conseguir que parte de sus objetivos sean también los de la empresa, o al revés. Porque si las personas no ven que hay algo para ellos dentro de lo que se persigue en la organización es muy difícil que de sus pulmones salga aire suficiente para hinchar las velas. Se puede hacer un mes sí y quizá dos también, y quizá en el mejor de los casos un año completo. Pero siempre será a base de fuerza de voluntad, de procesos y procedimientos, y de motivaciones artificiales y extrañas. Sin embargo, cuando el proyecto de un profesional está dentro del proyecto de la empresa, cuando ambas cosas encajan como un guante y una mano, entonces la pasión obra el prodigio y el conejo sale de la chistera: la empresa avanza, la persona crece y todos ganan.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 09.12.2011

De vez en cuando miramos al pasado y al futuro y hacemos balance de lo que llevamos recorrido y de lo que nos resta por vivir. Esos ejercicios casi siempre nos dejan un sabor de boca agridulce, como si realmente no hubiéramos hecho todo lo que teníamos pensado, o como si la vida estuviera moviéndose más deprisa de lo que debe. Pues bien, a menudo desconocemos hasta qué punto eso es cierto: hasta qué punto es verdad que la vida se acelera.

Si le pedimos a una persona de edad avanzada que nos enumere todos los recuerdos de su vida y los registramos en una gráfica veremos que, evidentemente, hay muchos recuerdos del día de hoy y del de ayer, y también del mes pasado y del año pasado. Conforme nos vamos alejando del presente hacia el comienzo de nuestra vida consciente sería lógico esperar que el número de recuerdos fuera descendiendo de forma gradual, pero sin embargo no es así.

Hace tiempo que sabemos que almacenamos muchos más recuerdos de nuestra época juvenil que de los años que vienen después. Por tanto una persona ya entrada en años tendrá muchos recuerdos de su pasado inmediato y muchos también de sus años de juventud, pero comparativamente pocos de su época adulta. La gráfica en ese punto adopta por tanto la forma de un valle: el valle de la memoria.

Este fenómeno se conoce como efecto de reminiscencia y nos demuestra que sí, que efectivamente llegada una edad la vida se acelera y los años pasan volando. El motivo es simple: en nuestros años de juventud ocurrieron muchas primeras veces: el primer viaje largo, el primer amor, el primer coche, el primer trabajo, y así sucesivamente. Los acontecimientos emocionantes, y más si ocurren por primera vez, dejan su huella en nuestra memoria de una forma extraña: mientras los estamos viviendo el tiempo parece pasar velozmente, pero sin embargo al cabo de los años tenemos muchos recuerdos de esos momentos, como si todo hubiera ocurrido mucho más despacio. Sin embargo, todo lo que es aburrido o rutinario se comporta al contrario: mientras lo vivimos el tiempo pasa con lentitud y los minutos parecen horas, pero con el tiempo esas vivencias apenas se recuerdan y los días se comprimen en forma de minutos o segundos. Lo emocionante crea muchos recuerdos por unidad de tiempo, y cuando lo recordamos nos da la sensación de haber vivido con plenitud. Por el contrario, lo aburrido o rutinario no deja apenas rastro y nos deja con la impresión de que nos han faltado cosas por vivir.

Así pues solo hay una manera de frenar el paso del tiempo, y es intentar lograr vivir las cosas con intensidad, crear muchos recuerdos al día, al mes, al año. De esta forma nuestra memoria gana en densidad y con el paso de los años no tendremos la sensación de haber perdido el tiempo.

En definitiva la cuestión no está, nunca está, en vivir bien o en vivir menos bien, sino en vivir muchas cosas que nos llenen, cuantas más mejor. Que la vida está ahí para ser vivida no es ningún secreto. Es más bien un pensamiento obvio, que sin embargo con demasiada frecuencia olvidamos. ¿Para qué si no tenemos años, meses, semanas, días? Cualquier excusa y cualquier momento son buenos para crear una experiencia nueva, para archivar un recuerdo más en el camino de nuestra vida, para escapar del valle de la memoria.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 08.11.2011

Los seres humanos somos criaturas emocionales, es un hecho. Puede que a veces no lo queramos mostrar y puede que en determinados contextos no sea apropiado hacerlo, pero lo cierto es que todos tenemos nuestro corazoncito, y que lo que nos ocurre nos importa y nos afecta. En esta época en la que las cuestiones emocionales han ganado tanto interés quizá sea interesante volver a hablar de autoestima.

Dicen los expertos que la forma en que un ser humano se mira a sí mismo consta de dos elementos. Uno es el autoconcepto que es, como su propio nombre indica, la representación conceptual del yo: somos mujeres u hombres, morenas o rubios, altas o bajitos, y así sucesivamente. El autoconcepto es más o menos objetivo, porque es una definición de uno mismo. Al igual que una mesa tiene cuatro patas, o una casa tiene ventanas, nosotros tenemos los ojos claros o el pelo corto. El segundo componente es la autoestima, que es la medida en que valoramos positivamente o no a esa persona que el autoconcepto define, es decir, el grado en que nos queremos o no.

Una de las cuestiones importantes en la matriz de relaciones donde habitan estos conceptos es la conexión que hay entre nuestros logros y la autoestima. Yo pienso, y no soy el único, que en este sentido nos han educado mal. Parece ser que Billy Wilder afirmaba que uno es tan bueno como lo mejor que haya hecho en su vida, lo cual es fantástico. Pero lo cierto es que a veces cuando cometemos errores nos hundimos y nos sentimos culpables. Es curioso esto, porque no recuerdo un solo estudio documentado que demuestre el valor antropológico de la culpabilidad. Uno puede, y debe, sentirse responsable, pero esa culpabilidad paralizante que sentimos a veces es inútil.

Imagine esto: el mejor motorista del mundo es embestido por el peor conductor del mundo mientras aguarda en un semáforo rojo. ¿Diría usted que el primero era un mal piloto? No, ¿verdad? Era el mejor motorista del mundo. Pues aprendamos que hoy día las variables que influyen en nuestra vida son tantas que es imposible controlarlas todas. Nadie dice que no debamos luchar por mejorar o que tengamos que suspender toda evaluación sobre nosotros mismos, pero lo que en el fondo somos debería estar al margen de esas valoraciones.

Nuestra autoestima no puede estar basada en nuestros logros o fracasos: hay que alegrarse por el hecho de ser nosotros mismos, por estar vivos y por tener la ocasión de ser felices o de sufrir, pero en cualquier caso por tener la oportunidad de aprender. Esto es lo que llamamos autoestima incondicional.

Cuando éramos niños estábamos algunos días tristes y otros felices, pero no por ello suspendíamos juicios sumarísimos sobre nosotros mismos. Podemos triunfar o fracasar, pero nuestra persona debería permanecer inalterable. Algunas prácticas meditativas afirman que en todas nuestras acciones está presente una instancia de nosotros mismos, un observador denominado sakshin, que permanece inmutable recogiendo el largo relato de nuestras vidas y que, obviamente, no está sujeto a valoraciones de ningún tipo. Es imposible no relacionar este concepto con las modernas investigaciones neuroanatómicas sobre el sí mismo autobiográfico, que parece tener una ubicación concreta en nuestro cerebro. Lo que en el fondo somos está tan incrustado en nuestra biología, nos pertenece de un modo tan íntimo, que al tomar conciencia de ello resulta rotundamente injustificado ceder emocionalmente ante el fracaso.

Quizá deberíamos, como dicen que dijo Borges, dedicarnos a tener más problemas
reales y menos imaginarios. Y sobre todo querernos un poco más porque, como usted sabe perfectamente, no hay botox para el alma.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 07.10.2011

A menudo nos planteamos si las decisiones que tomamos son las correctas y si ponderamos adecuadamente las distintas posibilidades que se nos ofrecen. Pues bien, aunque cueste creerlo estamos dotados de una interesante forma de percibir la realidad, y por tanto de valorar nuestras opciones, que a menudo desaprovechamos y que se basa en un hecho de sobra conocido: los seres humanos tenemos dos hemisferios cerebrales. Lo que a menudo nos ocurre es que prestamos atención solo a uno de ellos.

Hace años que murió en Pasadena Roger W. Sperry, a quien debemos una serie de estudios fascinantes sobre la forma en que nuestro cerebro está construido. Se dedicó a investigar las consecuencias de la sección del cuerpo calloso, unos doscientos millones de fibras nerviosas que unen los hemisferios cerebrales, y descubrió que cada uno de ellos se comporta de modo diferente. El hemisferio izquierdo procesa la información de modo lineal, mientras que el derecho parece captar la realidad como un todo global. El primero se maneja mejor con lo verbal, racional, y lógico, mientras que el otro está más adaptado a lo emocional e intuitivo.

Es fácil suponer que si poseemos esta característica es, entre otras cosas, para percibir la realidad de un modo integrado y así tomar mejores decisiones. La cuestión es que como nuestra cultura es fundamentalmente verbal, e intenta fiarse de lo que es racional y objetivo, hemos acabado marginando al hemisferio derecho. Vivimos en un mundo en el que casi todo se describe en palabras o números. Los usamos para todo, incluyendo nuestras emociones y sentimientos, y así nos va: al utilizar solo un lado de nuestro cerebro nos negamos la capacidad de ver la vida de un modo completo.

Piense en sí mismo e intente ver si usted vive en ese mundo de cifras y letras. ¿Hace tiempo que no se ríe con un chiste, que no se emociona con una película o que no se deja llevar por la música? Si la respuesta es afirmativa quizá deba plantearse buscar un nuevo idioma en el que poder comunicarse. Entre otras cosas porque hay mensajes que, simplemente, no se expresan correctamente utilizando únicamente el lenguaje del hemisferio izquierdo. Las emociones desde luego no, ni siquiera las básicas. Hay experiencias vitales cuya codificación y decodificación es más eficiente si se utiliza el hemisferio derecho, que es el de los chistes, la música, la pintura, la danza, el ritmo, la literatura, la cocina y toda esa larga serie de lenguajes que tienen la particularidad de hacernos distintos porque nos hacen mejores, más completos.

Inténtelo, no es un ejercicio muy complicado: la próxima vez que escuche una canción que le guste en su emisora favorita cante a pleno pulmón y disfrute con ello. Tenga en cuenta que si siente vergüenza esto se debe a que su hemisferio izquierdo, racional y lógico, se queja de que usted está intentando vulnerar su posición de liderazgo. No obstante, si definitivamente cantar no es lo suyo deje el reloj y el móvil en casa y vaya a un museo. Recórralo hasta que encuentre un cuadro que le llame la atención. No importa si no lo conoce; es más, es preferible que no lo conozca. Quédese junto a él el tiempo que le plazca, intentando sintonizar con lo que le produce contemplarlo. También puede ir a ver una película que piense que le va a conmover, comprarse una buena novela o ponerse a pintar. No importa el número de pruebas que haga, el objetivo es encontrar ese otro lenguaje en el que comunicarse. Cuando al fin lo encuentre felicítese, porque ese día habrá pasado a formar parte del reducido grupo de seres humanos que sí utilizan sus dos hemisferios cerebrales.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com