17 Sep Cualidades de los buenos jefes
Los buenos jefes no abundan tanto como querríamos.
Visión, cercanía, un modelo compartido, capacidad de desafiar y honestidad: cinco cualidades que distinguen a los buenos jefes.
Cuando termines de leerlo tendrás cinco rasgos concretos para reconocer, o para cultivar, a un buen jefe.
Por Jesús Alcoba, escritor y conferenciante.
Tiempo de lectura: 6 minutos.
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Saben dónde ir
Los buenos jefes no abundan tanto como nos gustaría. Se calcula que más de la mitad de los trabajadores preferirían un mejor jefe a un aumento de sueldo, y no es de extrañar. Los jefes influyen en casi todo lo que hacemos, porque formamos parte de una cadena de valor que es diseñada, supervisada y evaluada por ellos. Así que sus conductas causan un impacto constante en las nuestras, y de ahí que sea importante reflexionar sobre las cualidades de los buenos jefes. La primera, quizá la más importante, es que saben dónde ir.
Tal vez no sepan exactamente cómo llegar, pero sí saben con quién, y en la mayoría de las veces, saben también hasta cuándo. No hay liderazgo sin visión, porque sin visión ni hay camino ni hay esperanza. Por eso es muy probable que el establecimiento del rumbo sea la cualidad más distintiva del liderazgo, la única que es imprescindible.
Un estudio reciente que hemos hecho en el think-tank Knowsquare muestra que no sólo el establecimiento de un rumbo es vital para la supervivencia y crecimiento de la organización, sino que el ámbito de la empresa reconoce a esta capacidad como la cualidad más importante en el liderazgo.
Esto es cierto en cualquier tipo de organización, pero en el mundo de la empresa en particular, esa visión ha de transformarse en un valor capaz de generar resultados. Es decir, en la empresa no hay liderazgo si no hay negocio.
Imprescindible en el liderazgo: la visión.
Nos hacen sentir bien
Una de las cualidades menos mencionadas de los buenos jefes es lo bien que nos hacen sentir. Son personas positivas que parecen conocernos muy bien, que despiertan lo mejor que hay en nosotros y que confían en nuestras capacidades. Crean un clima de empatía, tranquilidad y sincronía interpersonal que nos hace sentir a gusto.
Algunos jefes son víctimas de sus inseguridades, otros son conscientes de sus graves limitaciones, mientras que algunos más no perciben sus ineficiencias o bien son desconfiados y temerosos. Todos ellos transmiten a las personas que trabajan con ellos ansiedad y discordia, y en general crean un mal ambiente. Nadie quiere ser un mal jefe, y por tanto muchos de ellos no saben que lo son, bien porque no son conscientes o bien porque no están dispuestos a admitirlo. A pesar de ello, sus colaboradores sufren sus consecuencias. Por el contrario, los buenos jefes son personas seguras de si mismas, confían en su visión y en sus capacidades, y son optimistas respecto al futuro. Esto crea un ambiente positivo en el que los trabajadores se sienten a gusto.
No se trata de discutir sobre si el ejercicio del liderazgo, en sí, debería provocar la felicidad por la felicidad, sino de admitir que para que las personas trabajen bien es necesario que se sientan bien. Es difícil que un trabajador sea productivo si tiene un jefe que genera emociones y sentimientos negativos.
Los buenos jefes son una de las causas de que nuestro trabajo nos guste.
Tienen un meta-modelo
Las personas que viven dentro de una organización tienen un modelo mental de la misma y de su función en ella. Dependiendo de lo eficiente que haya sido la organización para comunicar su misión y visión, y de lo integrado que se sienta cada miembro, así serán de convergentes o divergentes estos modelos. Una de las cualidades poco exploradas de los buenos jefes es que poseen meta-modelos.
Alguien sabio dijo que uno de los pilares del buen liderazgo es la identificación del bien común. Y es muy cierto que si las personas que trabajan en un proyecto no perciben que en él hay algo para ellos, es muy difícil que se motiven e involucren. Las cosas funcionan cuando cada uno se identifica con el rumbo común y además siente que sus habilidades son necesarias para llevar el proyecto a buen término. En definitiva, cuando la idea que tiene cada uno de lo que significa su contribución a la organización está contenida en la idea global que tiene quien la lidera.
La complejidad que implica esta capacidad es importante, pues la variedad de opiniones y habilidades dentro de un equipo tiende prácticamente al infinito, tanto más cuanto más grande sea la organización, diversos sus departamentos o menos definida sea su misión. Por eso esa cualidad que tienen los buenos jefes de dibujar esquemas en los que caben los modelos individuales de cada uno de los miembros del equipo es admirable.
En la idea de un buen jefe caben las de todos.
Nos desafían
Las personas trabajamos en las organizaciones por muchos motivos, pero atendiendo al ya clásico modelo de la jerarquía de necesidades que dibujara Maslow hace ya más de cincuenta años, es muy probable que uno de ellos sea la auto-realización. Sin embargo, es muy probable que para realizarnos necesitemos retos cada vez mayores. Y de ahí nace una paradoja que los buenos jefes resuelven de manera formidable.
La paradoja consiste en que por un lado necesitamos auto-realizarnos, y por tanto precisamos de esos retos crecientes, y por otro adolecemos de la impertinente resistencia del ser humano al cambio. Es como si no nos gustara algo que necesitamos. Vivimos plácidamente en nuestra zona de confort, pero sin embargo cuando por algún motivo inesperado somos catapultados fuera de ella, al final del proceso en general agradecemos haber pasado por la experiencia.
Los buenos jefes nos desafían. Nos piden cosas que aparentemente no sabemos o no podemos hacer. Por eso con los buenos jefes crecemos. Nos hacen desarrollarnos, porque de alguna forma hacen que nos esforcemos por superar retos que aparentemente están fuera de nuestro alcance.
Los buenos jefes nos sacan de nuestra zona de confort.
No mienten
Entre los peores defectos que han inventado las personas está la mentira, sin duda. Pero también es una de las grandes tentaciones que surgen constantemente en nuestro camino. El ser humano, quizá por encima de todo, es un gran contador de historias, tal vez porque su cualidad más recurrentemente necesaria es la de dar sentido a su propia existencia. Por eso nos resulta tan fácil mentir. Y por eso una de las cualidades más dignas de valoración en un buen jefe es decir la verdad.
Los buenos jefes son sinceros. No ocultan las cosas. No mienten. Es cierto que a veces absorben la incertidumbre para que podamos trabajar con cierta tranquilidad (otra gran cualidad del buen liderazgo), pero no tergiversan los hechos ni esconden información relevante. Leen la realidad de un modo objetivo y nos la trasladan como es, tanto en las buenas épocas como en las malas. Es cierto también que en general son optimistas y por tanto su mirada hacia el fututo siempre tiene un halo positivo, pero eso es porque confían en sus propias capacidades. Pero no es característico de un buen líder ni la insensatez propia de quien hace caso omiso a los peligros ni un exceso de optimismo y positividad. Los buenos jefes leen la realidad de modo equilibrado y la trasladan de forma comprensible y nítida.
La transparencia es una gran cualidad del buen liderazgo porque cuando las personas sienten la mentira su ruta se vuelve incierta. Ya no saben lo que es verdad y lo que no, y de repente el terreno se vuelve movedizo e inestable.
El amor a la verdad es una cualidad ineludible en el liderazgo.
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Este artículo, publicado por El Economista en 2015, forma parte de una serie de ensayos periodísticos y columnas de opinión, escritos a lo largo de los años en diferentes medios, que recojo