Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 13.11.2019

Incluso una mirada superficial por la historia del ser humano revela que una apabullante cantidad de obras del mundo de la ciencia, la cultura o la empresa nacieron de la necesidad de rellenar espacios vacíos. Así, aquellos pueblos que vivían confinados en espacios reducidos, sin riqueza o futuro, se vieron impulsados a fabricar naves con las que hacerse a la mar en busca de un futuro mejor. Al mismo tiempo, la urgencia de sanar el cuerpo y el alma enfermos, o simplemente la necesidad de hacer la vida más segura o fácil, dieron como resultado una infinidad de descubrimientos e invenciones en las esferas científica y empresarial. El mundo del arte, por su parte, se desarrolló en gran medida a causa de los vacíos internos y necesidades de aquellos miembros de la sociedad más sensibles, y a veces más valientes.

Cuesta creer que el mundo pueda seguir evolucionando en un contexto carente de incertidumbres

Si bien es cierto que, a nivel socioeconómico, y mucho más en el entorno político, el contexto es cada vez más incierto, al mismo tiempo se palpa cada vez más la paradójica presencia de una fuerza que opera en sentido contrario, anegando o extinguiendo nuestras pequeñas incertidumbres.

En primer lugar porque la avalancha de contenido de todo tipo es tan ubicua que a cualquier ciudadano de un país llamado desarrollado le llegan a diario miles de respuestas a interrogantes que ni siquiera se ha planteado. De ese modo sus pequeñas incertidumbres cotidianas mueren antes de nacer y, las que escapan al torrente infoxicador, apenas sobreviven unos segundos, aniquilados a manos del gooráculo que todo lo responde. Es imposible especular, deducir o imaginar en medio de tamaña marabunta de contenido.

Cuando se pregunta a una persona por una idea nueva tiende a repetir lo que ha visto, oído o leído

El consumo doméstico no está lejos de esta pauta y, a diario, desfilan por los medios sociales y de comunicación una legión infinita de productos y servicios, tan variados y abundantes que el consumidor medio es incapaz de digerirlos y, en ocasiones, hasta de acabar de entenderlos. De cada producto se desarrollan variantes de todo tipo, orientadas a diferentes géneros, edades o aficiones y, ante la necesidad de cualquier cosa, el gran bazarmazon no permite que nadie pueda improvisar un sustituto. Antes bien, lo que quiera que sea necesario es rápidamente localizado, abonado y servido a domicilio a las pocas horas.

Resulta sugerente especular sobre cómo opera este contexto en el ser humano, en concreto sobre la capacidad de idear y de producir innovación. Si los barcos nacieron de la necesidad de buscar recursos, si la psicología o la medicina surgieron para comprender y sanar al ser humano, y si el arte es la respuesta a una serie de interrogantes personales, cuesta creer que el mundo pueda seguir evolucionando en un contexto carente de incertidumbres. Sobre todo si el atoramiento de los espacios vacíos es tan cotidiano y ubicuo que ya no se es consciente de que algún día existieron.

Puede que la próxima de las injusticias tenga que ver con la capacidad de idear

Y quizá ese sea uno de los motivos por los cuales las sesiones de ideación que se llevan a cabo en las organizaciones no funcionan: la debilidad de los músculos de la conjetura, de la deducción y de la imaginación, que comenzaron a adelgazarse al mismo tiempo que la infopolución y la hiperabundancia debutaron en la civilización. Quizá por eso cuando se pregunta a una persona por una idea nueva tiende a repetir lo que ha visto, oído o leído. Quizá por eso, en fin, la tan necesaria innovación es un proceso tan elusivo, en una época en la que la disrupción debería ser la norma y, debido a ello, constantemente surgen iniciativas y propuestas que persiguen despertar esa área entumecida del ser humano.

Es mucho más difícil prever hacia dónde camina esta tendencia. Quizá sea la última de las desigualdades hacia las que camina el mundo. Ya existe la de la distribución de los recursos y comienza a ser acuciante la que tiene que ver con el acceso a la información cualificada y a la cultura con mayúsculas. Puede que la próxima de las injusticias tenga que ver con la capacidad de idear. Tal vez, ojalá no, en un futuro solo sean imaginativos los niños. Y, acaso, los adultos que se hayan negado a tener las venas repletas de ese colesterol pandémico, sintomático de la infobesidad mórbida, que puede llegar a poner en peligro la prosperidad y el progreso.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 30.10.2019

El primer Superman, el de los años 30, era un ser excepcional. Tanto que era imposible ser como él, entre otras cosas porque era de otro planeta. Más o menos en torno a aquellos años aparecieron muchos otros héroes que eran tan perfectos e inalcanzables como los finales de los cuentos de hadas. Y a partir de ahí comenzó un descenso a lo terrenal que tuvo como parada intermedia a los superhéroes de los 90, mucho más humanos y, en algunos casos, equipados con su propio trastorno: desde la personalidad antisocial de Lobezno a la identidad disociada de Hulk, y de la obsesión de Batman por los murciélagos hasta la torpeza social de Spiderman. Y así sucesivamente.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 23.10.2019

Es llamativo cómo convivimos con conceptos y hábitos que no cuestionamos, como por ejemplo es el caso del entretenimiento. En una sociedad avanzada y compleja como la nuestra, nadie duda de que deba haber ratos de esparcimiento y desahogo, en los que podamos descansar en lugar de esforzarnos. El entretenimiento y su poderosa industria se ofrecen entonces para proporcionarnos infinidad de opciones, desde las redes sociales hasta el teatro. La cuestión es que, aún aceptando que el entretenimiento es algo lícito y necesario, muy pocos se plantean si la forma en que buscamos sosiego y esparcimiento puede afectarnos de alguna manera, bien a nivel individual o como sociedad. Pues bien, parece ser que sí.

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 16.10.2019

Vivimos tiempos de incertidumbre. Y en tiempos de incertidumbre se acentúan los rumores. Esas corrientes subterráneas que, bajo los pies de cualquier sociedad, comunican personas, eventos y lugares, haciendo que todo el mundo agudice los sentidos. Porque un rumor es eso, una forma de comunicación en la que probamos nuestras hipótesis sobre cómo funciona el mundo y que, además, nos ayuda a enfrentarnos mejor a nuestras ansiedades e incertidumbres. En ese sentido se parecen mucho a los cotilleos, aunque estos tienen un carácter más cerrado y suelen circular entre personas que comparten un cierto grado de familiaridad.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 09.10.2019

La idea de urgencia siempre había tenido que ver, sobre todo, con el correo postal y con las salas de hospitales donde se atienden los casos más agudos y apremiantes. Urgente era una carta que, por diversas circunstancias, aunque siempre importantes, debía llegar a destino antes de lo habitual. Urgencias eran las heridas y contusiones graves, las infecciones letales, los envenenamientos y las paradas cardiorrespiratorias. Urgente era una palabra destacada, altisonante, una palabra que se usaba para subrayarla sobre un fondo de cotidianeidad y rutina.

Hoy urgente es otra cosa. Urgente es desvelar lo que oculta una notificación, leer un mensaje y contestar a otro. Urgente es hacerse con el último capítulo de la serie de moda, atiborrar el carrito de la compra online y, desde luego, es urgente cualquier pedido que se genere a continuación. Urgente es ponernos música mientras nos desplazamos de un lugar a otro, o llamar a fulano o a menganita para que nos distraiga durante el trayecto, no vaya a ser que el aburrimiento nos detenga el corazón. Y, si ninguno contesta, urgente será entonces revisar compulsivamente nuestras redes sociales para encontrar allí alguna miga de distracción que llevarnos a los dedos. Urgente es actualizar una publicación para ver cómo germinan las reacciones, compartir un vídeo que nos quema en las manos virtuales y posar para un selfi cuando el paisaje apremia y la compañía así lo exige.

Nuestra vida urgente ya no tiene que ver, sobre todo, con misivas relevantes ni con complicaciones medico-quirúrgicas: tiene que ver con el ansia. Con el refuerzo inmediato, con el entretenimiento ubicuo y con la constante embriaguez de estímulos, sobre todo digitales. Los avisos, las notificaciones, los banners y sus familiares en primer y segundo grado han sido creados tan diabólicamente que es difícil sustraerse a su veneno. Es casi imposible no atender a un mensaje entrante, a la luz pulsante de una oferta o verse libre del temor de que desaparezca del estante la última pretendida novedad de la industria del fast fashion que nos ha robado el corazón.

Y así, nuestra vida urgente es cada vez más asfixiante, es una vida en la que la sensación de prisa es tan ubicua que hemos acabado atribuyéndola, erróneamente, a nuestros compromisos reales y obligaciones profesionales. Cuando, en realidad, el ansia que sentimos no es atribuible a nuestro desempeño ni mucho menos se debe a nuestra vida -de verdad- social. Sino a ese apabullante aluvión de estímulos que reclaman insistentemente nuestra atención. No es el trabajo, sino las notificaciones, no es la familia, sino los mensajes, y no son los amigos, sino las ofertas. Porque nuestra verdadera vida no es urgente, no lo ha sido y probablemente no lo será nunca.

Sin embargo, mientras que aprovechemos cualquier trayecto en el ascensor, cualquier cola en el supermercado y cualquier sala de espera para obtener la dosis que nos alivia el ansia, nos parecerá que sí. Que de tan ocupados estamos desquiciados. Y le echaremos la culpa al tráfico, a la ciudad o a nuestro jefe. Cuando los verdaderos, o los primeros responsables, somos nosotros. Porque no podemos soportar una sola notificación sin revisar y porque una pantalla llena de ellas se nos antoja una gangrena insoportable. La vida no es urgente. Lo que es urgente es esta existencia digital de pacotilla que, ya casi ni lo recordamos, hace décadas que nos prometió una vida más fácil, una vida con más tiempo para nosotros y para con los nuestros. Y que, aún a día de hoy, sigue incumpliendo flagrantemente su promesa.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 02.10.2019

Posiblemente una de las frases falsas más famosas de la historia del cine es “Luke, yo soy tu padre”, erróneamente atribuida a Darth Vader en un diálogo con Luke Skywalker. Tanto que hasta hay un chiste que le sirve de homenaje. El texto real que aparece en Episodio V – El Imperio contraataca es: “No. Yo soy tu padre”. Sin embargo, en el imaginario popular la frase recordada y compartida es la primera.

Tampoco Sherlock Holmes dijo nunca “elemental, querido Watson”, ni Rick Blaine (Humphrey Bogart) dijo jamás “tócala otra vez, Sam” en Casablanca. Sin embargo son frases repetidas hasta la saciedad como si fueran ciertas, como muchas otras. La pregunta es: ¿por qué esto es así? ¿Por qué repetimos frases falsas y estamos convencidos de que son correctas? ¿De dónde viene nuestra tendencia a recordar cosas que nunca ocurrieron? La respuesta a estas preguntas no resulta sencilla porque tiene varios ángulos.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, El Economista, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 18.09.2019

Pese a la abundante complejidad e insistente incertidumbre que parece que nos rodea, el éxito de cualquier organización depende de dos hechos bastante sencillos de explicar: por un lado, los clientes valoran las experiencias más que los productos o servicios. Por otro lado, las experiencias están formadas por dos componentes: la existencia de un relato identitario compatible con la narrativa biográfica del cliente y la presencia de una emoción positiva y suficientemente relevante.

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 04.09.2019

Uno de los más exitosos memes de la era digital, que actualmente cuenta con varios perfiles en redes sociales y su propia banda sonora con vídeo incluido, es la expresión “ola k ase”, que en su origen iba acompañada de la fotografía de una llama. Una curiosa manera de expresar la pregunta que, en el fondo, habita en nuestra mente cada vez que nos asomamos a las vidas de otras personas en Internet. Lo que constantemente queremos saber de cada uno es lo que hace. No tanto lo que siente o lo que piensa sino, sobre todo, lo que está haciendo. Y, como causa y consecuencia de ello, nos hemos lanzado todos a una paroxística hiperactividad demostrativa que denota que lo más importante de nuestra vida es justamente eso: lo que hacemos. Viajar, comer, hacer deporte, y así sucesivamente. De esta manera, hacer ha pasado a ser un sinónimo de vivir.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 10.07.2019

En 1977 se estrenó Pumping Iron, un documental en el que culturistas como Arnold Schwarzenegger o Lou Ferrigno (que luego se haría famoso por su papel en la primera serie sobre Hulk) se entrenaban para ser Mister Universo o Mister Olympia.

En rudimentarios gimnasios, cuyo pobre equipamiento haría sonreír a cualquier entrenador de hoy día, los aspirantes se entregaban a severas sesiones de ejercicio. Gimnasios muy parecidos al de Rocky Balboa, otro icono de la actividad físico-deportiva de la época, aunque en la ficción. En sus declaraciones, Schwarzenegger hablaba de perder el miedo al desmayo y explicaba que a la mayoría de la gente le faltan agallas para superar la barrera del dolor. Para él, esas agallas (y por tanto no el entrenamiento, la genética o la alimentación), son lo que separa a los perdedores de los ganadores. Si alguien no es capaz de superar la barrera del dolor, declaraba, es mejor que se olvide de convertirse en un campeón. Lo más importante de esto es que él no estaba hablando de dificultades, de pesadumbre o de inconvenientes variados. Estaba hablando de dolor físico y real: estaba hablando de infligirse dolor deliberadamente todos los días para alcanzar su objetivo.

Por mucho que parezca que estas declaraciones encierran un mensaje similar, lo cierto es que están a mucha distancia de esos constantes mensajes melifluos que hablan de atreverse a conquistar la vida soñada, o que a diario invitan a salir de la zona de confort. Fundamentalmente porque mientras estos últimos se refieren a algo que ocurre en el interior de la mente, y que básicamente tiene que ver con tomar una decisión, en el otro caso se habla de castigarse hasta el desmayo para conseguir un objetivo. Una gran diferencia.

Puede que el culturismo no sea una actividad que tenga muchos adeptos, y puede que para muchas personas los cuerpos de los que practican esta disciplina no resulten atractivos o estéticos. Sin embargo, sacando de la ecuación esos elementos, lo cierto es que su entrega y fuerza de voluntad están al alcance de muy pocas personas. La mayoría de las cuales, por cierto, pueden cometer el error de lamentarse de no haber llegado a cumplir sus objetivos vitales mientras siguen devorando libros de autoayuda. Libros que continúan hablando, esta vez sí, hasta la extenuación, de atreverse y de salir de la zona de confort.

Sufrir es sufrir. Y, desafortunadamente, en la mayoría de los casos, es un ingrediente fundamental del éxito. Un éxito que no viene de salir de la zona de confort sino de vivir en ella, ni de atreverse, sino de seguir atreviéndose cada día. Todos los días. Un éxito que tampoco viene, por supuesto, de priorizar la búsqueda de un propósito vital sobre cualquier otra acción.

Uno de los dramas de esta sociedad digital, particularmente en la gente joven, es que a menudo confunde apariencia con realidad. Y, de la misma manera, se confunde compartir en las redes sociales sentencias sobre el éxito con vivir de acuerdo con ellas. Lo que aquellos culturistas de los setenta, en sus pobres y destartalados gimnasios, ilustraron de forma admirable e inequívoca es eso que hoy llamamos grit: una poderosa combinación de pasión y perseverancia. Pero, sobre todo, lo que nos enseñaron de manera ejemplar es que no hay victoria sin sufrimiento.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com 

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 04.07.2019

Desde tiempos inmemoriales estamos acostumbrados a una manera de contar historias en la cual, en cualquier relato, la tensión narrativa va aumentando conforme el espectador o lector avanza por la trama. Al comienzo se presentan los elementos esenciales, se plantea el nudo argumental y, a continuación, la emoción va aumentando hasta un punto, en el cual finalmente se resuelve todo y llega el final. En este proceso es importante destacar dos claves: en primer lugar, que la vinculación y el disfrute de la audiencia se hace mayor conforme avanza el relato y, además, que en general los finales gustan. En estos tiempos en los que el storytelling está tan de moda, quizá sea interesante reflexionar sobre cómo se aplican estas claves en el mundo de los negocios. En particular, en dos casos concretos que pueden fácilmente derivar en la pérdida de clientes.

El primero tiene que ver con la lógica narrativa que algunas marcas, seguramente no de manera intencionada, aplican en sus transacciones. En determinados sectores, donde la búsqueda del resultado es ansiosa y precipitada, no es infrecuente que el relato que vincula cliente y marca esté montado al revés. Es decir, se invierten muchos recursos en la comercialización, haciendo un enorme esfuerzo por captar nuevos clientes o por vender nuevos productos a los que ya existen, pero a continuación la marca fracasa en seguir aumentando la vinculación y el disfrute. Por ejemplo, cuando un producto tecnológico tiene menos funcionalidades de las anunciadas, o bien las características más interesantes son de pago. O cuando se ha prometido al cliente un asesor personal que luego resulta estar siempre ausente. O cuando el mantenimiento es más caro o complejo que el que se esperaba. Podría decirse que en todos esos casos lo que se ha gestionado mal es la expectativa, o que se está fallando en la promesa de marca. Sin embargo, y sin cuestionar ambos planteamientos, lo verdaderamente central desde la perspectiva del storytelling es que se está estableciendo una relación con el cliente que contradice la lógica narrativa a la que está acostumbrado.

Cualquier venta de un producto, cualquier prestación de un servicio y cualquier entrega de una experiencia se basan en la construcción de una relación. Y todas las relaciones son relatos. Son historias concretas que les ocurren a personas individuales. Y esas personas están acostumbradas a una narrativa que es, invariablemente, la misma. Contradecirla equivale a generar frustración, denota falta de profesionalidad y, sobre todo, deja en el cliente una sensación de falta de autenticidad, precisamente el atributo más buscado y valorado en la economía de las experiencias.

El segundo aspecto no es menos importante. Los creadores de historias saben muy bien que el final es algo sumamente relevante. Y por eso, en general, las novelas, las películas y todo tipo de relatos acaban bien, entendiendo que eso significa que la narrativa queda cerrada, que se ha entendido y que concluye de una manera coherente. Sin embargo, demasiado a menudo en la arena empresarial vemos marcas que descuidan este aspecto. Por ejemplo, cuando se actúa de manera excesivamente insistente y forzada en la retención de un cliente (desafortunado término, por otro lado). O cuando no se escuchan en profundidad los motivos por los cuales el cliente quiere irse. O simplemente cuando se permite que un cliente abandone la marca decepcionado o enfadado. Todos estos finales fallidos contribuyen a sembrar insatisfacciones y, sobre todo, generan en los clientes la sensación de que no se les escucha y menos aún se les comprende, y de que el criterio económico y cortoplacista está siempre por encima de cualquier otro.

Storytelling no solo significa un conjunto de técnicas que ayudan a crear y contar una historia. Significa también actuar con una lógica narrativa a la que el ser humano está acostumbrado desde tiempos remotos. Actuar contra esa lógica engendra perplejidad, frustración y, sobre todo, infunde en el cliente la perturbadora sensación de que no está siendo tratado como una persona. Un riesgo cada vez mayor en la era de la automatización ubicua.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com