Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 15.11.2016

La alargada sombra de la Revolución Industrial extendió su efecto hasta bien entrado el siglo XX, mientras reinaba la economía de los productos, basada en el paradigma de la profesionalización especializada y en los procesos fabriles. Como consecuencia, apareció la etiqueta made in seguida del país de origen en cada bien que se introducía en el mercado, como una forma de diferenciar los buenos productos. Con el cambio de siglo el panorama ha cambiado sustancialmente.

Hace casi dos décadas que abandonamos el siglo XX, y la transformación que han sufrido los mercados tras el arranque del siglo XXI ha sido de proporciones extraordinarias. El vértigo introducido por la digitalización y la revolución copernicana que ha generado la cultura centrada en el cliente han redibujado todos los mapas. Hoy día la manufactura como proceso clave del mercado y la cultura de la calidad como garantía de bondad de un producto han dado paso a un escenario muy distinto, en el que el made in es cada vez menos importante.

Gracias a la globalización hoy día se fabrica en prácticamente cualquier lugar del mundo, porque prácticamente en cualquier lugar del mundo se puede disponer de mano de obra bien entrenada y de máquinas eficientes. La fabricación y la calidad se han comoditizado y hoy lo que realmente es importante es quién es el autor de una idea. Empresas como Apple hoy escriben en sus dispositivos no solo dónde están fabricados, sino dónde están diseñados. Hemos pasado del made in al designed by.

En un contexto donde la innovación es un valor ya irrenunciable sin el cual no se puede competir en el mercado, la importancia de las buenas y nuevas ideas es mayor que nunca. El diseño, no solo como una manera de crear belleza sino, sobre todo, como dinamismo que aúna lo artístico con lo funcional, se revela como pieza clave en la generación de nuevos procesos, productos y, sobre todo, servicios.

Y aún veremos más. Hoy día se repite el mantra del design thinking en muchas empresas, pero lo que en la mayoría de los casos significa este término es simplemente una metodología empaquetada que, a través de pasos guiados y con muchos post-its, intenta arrancar procesos de ideación en los miembros de un equipo, a veces con más fortuna que otras. Aún queda mucho por hacer hasta que realmente esa expresión, design thinking, pueda traducirse literalmente y se consiga que más y más personas tengan mente de diseñador.  Porque los diseñadores no necesitan, nunca han necesitado, ni canvas ni post-its para alumbrar sus creaciones. Simplemente un lápiz y, por encima de todo, una manera de pensar abierta y diferente. Por eso la era del designed by no ha hecho más que empezar: la era del nuevo talento.

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 09.11.2016

La conciencia es ese lienzo por el que pasan nuestras sensaciones, pensamientos y emociones a lo largo del día. Es el término científico más cercano a lo que llamamos vida interior. A veces esa vida interior se sujeta al control voluntario de la atención, otras veces vaga por su cuenta, y algunas veces más se deja arrastrar por influencias de todo tipo. Cada vez más, los líderes necesitan ser líderes dotados de una nueva habilidad llamada ultraconciencia, personas que, más allá de tomar conciencia de su interioridad, gobiernen sobre ella y se centren en lo que de verdad importa.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 02.11.2016

Seguramente has visto a esos hámsters que corren constantemente dentro de una rueda sin llegar a ninguna parte, de la misma forma que nosotros corremos en el gimnasio sobre una cinta de correr, también sin movernos del sitio. Pues, aunque no lo parezca, estos ejemplos son una impresionante metáfora del motivo fundamental por el que a veces no logramos ser más felices. Tanto que el efecto que lo explica se llama precisamente así: el efecto de la cinta de correr.

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Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 26.10.2016

La nueva habilidad conectada con el éxito personal, el liderazgo y la productividad se llama ultraconciencia. Alguien sabio dijo una vez que el control voluntario de la conciencia determina la calidad de vida. La conciencia es el equivalente científico de lo que llamamos vida interior. Es donde se representan nuestras sensaciones, pensamientos y emociones. Contiene el presente, el recuerdo de lo que fuimos cuando lo evocamos, y también es donde se proyectan nuestros planes futuros. Es lo que somos, es todo nuestro mundo. La conclusión lógica de este planteamiento es que si somos capaces de gobernar nuestra conciencia, podemos cambiarlo todo: el mundo, y también nosotros mismos. Eso es la ultraconciencia, una habilidad que tiene una fuerte repercusión en el liderazgo y la productividad.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 02.09.2016

Seguramente has visto a esos hámsters que corren constantemente dentro de una rueda sin llegar a ninguna parte, de la misma forma que nosotros corremos en el gimnasio sobre una cinta de correr, también sin movernos del sitio. Pues, aunque no lo parezca, estos ejemplos son una impresionante metáfora del motivo fundamental por el que a veces no logramos ser más felices. Tanto que el efecto que lo explica se llama precisamente así: el efecto de la cinta de correr.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 11.02.2012

Es curioso cómo en el mundo hay cosas que aparentemente no tienen nada que ver y que sin embargo están conectadas. En cierta ocasión se hizo un estudio para determinar si las personas que padecen trastorno obsesivo se parecen en algo a quienes están enamorados. El resultado, quizá nada sorprendente si se piensa bien, fue que en ambos casos los niveles de serotonina eran significativamente bajos en ambos grupos de personas, en comparación con individuos normales.

No hace falta ser un experto para darse cuenta de que las biografías de los grandes hombres y mujeres que hemos conocido a lo largo de la Historia, sobre todo artistas y científicos, están basadas en un profundo enamoramiento de sus respectivas disciplinas. Un enamoramiento posiblemente obsesivo, pero lo cierto es que sin perseverancia es muy difícil construir algo grande, como por ejemplo una carrera profesional de éxito. Si no amamos lo que hacemos es muy difícil crecer.

Por supuesto que hay otros factores que influyen y siempre hay quien piensa que es cuestión de suerte, mientras que otros lo atribuyen al talento: esa sustancia polimórfica tan citada como desconocida que últimamente parece ser el santo grial de todo lo que es bueno y verdadero en la empresa. Sin embargo, la investigación moderna está mostrando cada vez con más datos que es francamente complicado triunfar sin constancia. En uno de los estudios más originales que se han hecho sobre el tema se comparó a grupos de músicos de diverso éxito, para concluir que es el esfuerzo deliberado por mejorar en una disciplina determinada, y no el talento genéticamente determinado, el que produce que una persona alcance un nivel superior en el dominio de una disciplina. Es de ese trabajo del que deriva el conocido dato de que hacen falta diez mil horas de estudio para convertirse en un experto.

No hay factor de motivación más poderoso que la propia tendencia a investigar, a crear y a mover cielo y tierra buscando materializar una idea. El emprendimiento, el intra-emprendimiento y todos sus primos conceptuales, últimamente tan de moda, se apoyan (no en su gestión pero sí en su origen) en una sola cosa: la pasión. Una pócima que, como si fuera un fertilizante milagroso aplicado sobre una planta, cuando se vierte sobre una idea modifica su ADN y la hace crecer y multiplicarse hasta crear algo inmenso.

Hay que pensar que la única forma de que nuestros equipos trabajen con pasión en impulsar la empresa hacia adelante es conseguir que parte de sus objetivos sean también los de la empresa, o al revés. Porque si las personas no ven que hay algo para ellos dentro de lo que se persigue en la organización es muy difícil que de sus pulmones salga aire suficiente para hinchar las velas. Se puede hacer un mes sí y quizá dos también, y quizá en el mejor de los casos un año completo. Pero siempre será a base de fuerza de voluntad, de procesos y procedimientos, y de motivaciones artificiales y extrañas. Sin embargo, cuando el proyecto de un profesional está dentro del proyecto de la empresa, cuando ambas cosas encajan como un guante y una mano, entonces la pasión obra el prodigio y el conejo sale de la chistera: la empresa avanza, la persona crece y todos ganan.

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 10.01.2012

Siempre nos ha resultado sugerente aquello de que bajo la mente humana hay un sistema de galerías muy profundas que llamamos inconsciente donde habitan traumas, episodios olvidados, fantasmas de nuestra infancia y demás. Si bien aquellas descripciones de comienzos del siglo pasado tenían más de literario que de científico (aunque no por ello poco valor explicativo) lo cierto es que la ciencia está revisitando estas ideas de una forma que puede resultarnos mucho más provechosa.

Es fácil darse cuenta de que el cerebro hace cosas sin que nos demos apenas cuenta. Un buen ejemplo es la conducta de conducir. Mientras aprendemos, todos los movimientos y pensamientos que hacemos son muy conscientes: estamos concentrados en cambiar de marcha, en el intermitente, en interpretar las señales de tráfico y en general en cualquier cosa que pueda afectar a nuestra seguridad. Pero tras años de conducir todas esas acciones se automatizan y podemos guiar nuestro automóvil sin excesiva concentración. Y no por ello conducimos peor sino que, al contrario, la experiencia nos hace ser mejores conductores.

Todos los hábitos son inconscientes: a fuerza de repetir algo muchas veces acaba por automatizarse y, por ejemplo, ya no tenemos que hacer grandes esfuerzos de atención o voluntad para cepillarnos los dientes, para vestirnos o para meter en el maletín el ordenador y el teléfono móvil cada mañana. Todas esas tareas están controladas por un área de nuestra mente que también hace otras cosas, como por ejemplo darle vueltas a los problemas hasta que se nos ocurre la solución, mapear constantemente la realidad y detectar elementos que se salgan del patrón esperado, o registrar nuestras acciones de forma que podamos recordarlas después.

La potencia de los hábitos es que guían la conducta de modo más o menos desatendido. Son como un piloto automático que puede ocuparse de ciertas tareas y así intensificar nuestra vida personal o incrementar nuestra productividad profesional. Esto es válido para una larga lista de cosas, desde tomar vitaminas a diario hasta acostumbrarnos a planificar el día por la mañana y priorizar las cosas debidamente, en lugar de dejarnos llevar por el torrente de llamadas y correos electrónicos que recibimos constantemente.

El único problema de los hábitos es que hay que crearlos. Por algún motivo que hasta ahora desconocemos para instaurar un hábito no basta solo con programarlo, y en eso los seres humanos nos diferenciamos mucho de las máquinas. Porque, a diferencia de ellas, necesitamos un entrenamiento, a veces largo y penoso, hasta que logramos insertar una nueva conducta en nuestro repertorio. Y por eso a veces los nuevos propósitos no funcionan, porque a menudo lo que hacemos cuando queremos crear un nuevo hábito es describirlo en lugar de construirlo. La frase “a partir de mañana voy a organizarme mejor” es la descripción de un deseo o de una necesidad, pero no la planificación de una conducta. Primero porque no dice nada acerca de cómo se va a llevar a cabo y segundo porque, seguramente, quien la pronuncia no es consciente del esfuerzo o la energía que requerirá.

La buena noticia es que desconocemos cuántas de nuestras tareas podemos convertir en hábitos. De momento ese límite no se ha encontrado, lo cual es un estupendo motivo para plantearse seriamente ponerse a ello. ¿No le parece?

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 09.12.2011

De vez en cuando miramos al pasado y al futuro y hacemos balance de lo que llevamos recorrido y de lo que nos resta por vivir. Esos ejercicios casi siempre nos dejan un sabor de boca agridulce, como si realmente no hubiéramos hecho todo lo que teníamos pensado, o como si la vida estuviera moviéndose más deprisa de lo que debe. Pues bien, a menudo desconocemos hasta qué punto eso es cierto: hasta qué punto es verdad que la vida se acelera.

Si le pedimos a una persona de edad avanzada que nos enumere todos los recuerdos de su vida y los registramos en una gráfica veremos que, evidentemente, hay muchos recuerdos del día de hoy y del de ayer, y también del mes pasado y del año pasado. Conforme nos vamos alejando del presente hacia el comienzo de nuestra vida consciente sería lógico esperar que el número de recuerdos fuera descendiendo de forma gradual, pero sin embargo no es así.

Hace tiempo que sabemos que almacenamos muchos más recuerdos de nuestra época juvenil que de los años que vienen después. Por tanto una persona ya entrada en años tendrá muchos recuerdos de su pasado inmediato y muchos también de sus años de juventud, pero comparativamente pocos de su época adulta. La gráfica en ese punto adopta por tanto la forma de un valle: el valle de la memoria.

Este fenómeno se conoce como efecto de reminiscencia y nos demuestra que sí, que efectivamente llegada una edad la vida se acelera y los años pasan volando. El motivo es simple: en nuestros años de juventud ocurrieron muchas primeras veces: el primer viaje largo, el primer amor, el primer coche, el primer trabajo, y así sucesivamente. Los acontecimientos emocionantes, y más si ocurren por primera vez, dejan su huella en nuestra memoria de una forma extraña: mientras los estamos viviendo el tiempo parece pasar velozmente, pero sin embargo al cabo de los años tenemos muchos recuerdos de esos momentos, como si todo hubiera ocurrido mucho más despacio. Sin embargo, todo lo que es aburrido o rutinario se comporta al contrario: mientras lo vivimos el tiempo pasa con lentitud y los minutos parecen horas, pero con el tiempo esas vivencias apenas se recuerdan y los días se comprimen en forma de minutos o segundos. Lo emocionante crea muchos recuerdos por unidad de tiempo, y cuando lo recordamos nos da la sensación de haber vivido con plenitud. Por el contrario, lo aburrido o rutinario no deja apenas rastro y nos deja con la impresión de que nos han faltado cosas por vivir.

Así pues solo hay una manera de frenar el paso del tiempo, y es intentar lograr vivir las cosas con intensidad, crear muchos recuerdos al día, al mes, al año. De esta forma nuestra memoria gana en densidad y con el paso de los años no tendremos la sensación de haber perdido el tiempo.

En definitiva la cuestión no está, nunca está, en vivir bien o en vivir menos bien, sino en vivir muchas cosas que nos llenen, cuantas más mejor. Que la vida está ahí para ser vivida no es ningún secreto. Es más bien un pensamiento obvio, que sin embargo con demasiada frecuencia olvidamos. ¿Para qué si no tenemos años, meses, semanas, días? Cualquier excusa y cualquier momento son buenos para crear una experiencia nueva, para archivar un recuerdo más en el camino de nuestra vida, para escapar del valle de la memoria.

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 08.11.2011

Los seres humanos somos criaturas emocionales, es un hecho. Puede que a veces no lo queramos mostrar y puede que en determinados contextos no sea apropiado hacerlo, pero lo cierto es que todos tenemos nuestro corazoncito, y que lo que nos ocurre nos importa y nos afecta. En esta época en la que las cuestiones emocionales han ganado tanto interés quizá sea interesante volver a hablar de autoestima.

Dicen los expertos que la forma en que un ser humano se mira a sí mismo consta de dos elementos. Uno es el autoconcepto que es, como su propio nombre indica, la representación conceptual del yo: somos mujeres u hombres, morenas o rubios, altas o bajitos, y así sucesivamente. El autoconcepto es más o menos objetivo, porque es una definición de uno mismo. Al igual que una mesa tiene cuatro patas, o una casa tiene ventanas, nosotros tenemos los ojos claros o el pelo corto. El segundo componente es la autoestima, que es la medida en que valoramos positivamente o no a esa persona que el autoconcepto define, es decir, el grado en que nos queremos o no.

Una de las cuestiones importantes en la matriz de relaciones donde habitan estos conceptos es la conexión que hay entre nuestros logros y la autoestima. Yo pienso, y no soy el único, que en este sentido nos han educado mal. Parece ser que Billy Wilder afirmaba que uno es tan bueno como lo mejor que haya hecho en su vida, lo cual es fantástico. Pero lo cierto es que a veces cuando cometemos errores nos hundimos y nos sentimos culpables. Es curioso esto, porque no recuerdo un solo estudio documentado que demuestre el valor antropológico de la culpabilidad. Uno puede, y debe, sentirse responsable, pero esa culpabilidad paralizante que sentimos a veces es inútil.

Imagine esto: el mejor motorista del mundo es embestido por el peor conductor del mundo mientras aguarda en un semáforo rojo. ¿Diría usted que el primero era un mal piloto? No, ¿verdad? Era el mejor motorista del mundo. Pues aprendamos que hoy día las variables que influyen en nuestra vida son tantas que es imposible controlarlas todas. Nadie dice que no debamos luchar por mejorar o que tengamos que suspender toda evaluación sobre nosotros mismos, pero lo que en el fondo somos debería estar al margen de esas valoraciones.

Nuestra autoestima no puede estar basada en nuestros logros o fracasos: hay que alegrarse por el hecho de ser nosotros mismos, por estar vivos y por tener la ocasión de ser felices o de sufrir, pero en cualquier caso por tener la oportunidad de aprender. Esto es lo que llamamos autoestima incondicional.

Cuando éramos niños estábamos algunos días tristes y otros felices, pero no por ello suspendíamos juicios sumarísimos sobre nosotros mismos. Podemos triunfar o fracasar, pero nuestra persona debería permanecer inalterable. Algunas prácticas meditativas afirman que en todas nuestras acciones está presente una instancia de nosotros mismos, un observador denominado sakshin, que permanece inmutable recogiendo el largo relato de nuestras vidas y que, obviamente, no está sujeto a valoraciones de ningún tipo. Es imposible no relacionar este concepto con las modernas investigaciones neuroanatómicas sobre el sí mismo autobiográfico, que parece tener una ubicación concreta en nuestro cerebro. Lo que en el fondo somos está tan incrustado en nuestra biología, nos pertenece de un modo tan íntimo, que al tomar conciencia de ello resulta rotundamente injustificado ceder emocionalmente ante el fracaso.

Quizá deberíamos, como dicen que dijo Borges, dedicarnos a tener más problemas
reales y menos imaginarios. Y sobre todo querernos un poco más porque, como usted sabe perfectamente, no hay botox para el alma.

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 07.10.2011

A menudo nos planteamos si las decisiones que tomamos son las correctas y si ponderamos adecuadamente las distintas posibilidades que se nos ofrecen. Pues bien, aunque cueste creerlo estamos dotados de una interesante forma de percibir la realidad, y por tanto de valorar nuestras opciones, que a menudo desaprovechamos y que se basa en un hecho de sobra conocido: los seres humanos tenemos dos hemisferios cerebrales. Lo que a menudo nos ocurre es que prestamos atención solo a uno de ellos.

Hace años que murió en Pasadena Roger W. Sperry, a quien debemos una serie de estudios fascinantes sobre la forma en que nuestro cerebro está construido. Se dedicó a investigar las consecuencias de la sección del cuerpo calloso, unos doscientos millones de fibras nerviosas que unen los hemisferios cerebrales, y descubrió que cada uno de ellos se comporta de modo diferente. El hemisferio izquierdo procesa la información de modo lineal, mientras que el derecho parece captar la realidad como un todo global. El primero se maneja mejor con lo verbal, racional, y lógico, mientras que el otro está más adaptado a lo emocional e intuitivo.

Es fácil suponer que si poseemos esta característica es, entre otras cosas, para percibir la realidad de un modo integrado y así tomar mejores decisiones. La cuestión es que como nuestra cultura es fundamentalmente verbal, e intenta fiarse de lo que es racional y objetivo, hemos acabado marginando al hemisferio derecho. Vivimos en un mundo en el que casi todo se describe en palabras o números. Los usamos para todo, incluyendo nuestras emociones y sentimientos, y así nos va: al utilizar solo un lado de nuestro cerebro nos negamos la capacidad de ver la vida de un modo completo.

Piense en sí mismo e intente ver si usted vive en ese mundo de cifras y letras. ¿Hace tiempo que no se ríe con un chiste, que no se emociona con una película o que no se deja llevar por la música? Si la respuesta es afirmativa quizá deba plantearse buscar un nuevo idioma en el que poder comunicarse. Entre otras cosas porque hay mensajes que, simplemente, no se expresan correctamente utilizando únicamente el lenguaje del hemisferio izquierdo. Las emociones desde luego no, ni siquiera las básicas. Hay experiencias vitales cuya codificación y decodificación es más eficiente si se utiliza el hemisferio derecho, que es el de los chistes, la música, la pintura, la danza, el ritmo, la literatura, la cocina y toda esa larga serie de lenguajes que tienen la particularidad de hacernos distintos porque nos hacen mejores, más completos.

Inténtelo, no es un ejercicio muy complicado: la próxima vez que escuche una canción que le guste en su emisora favorita cante a pleno pulmón y disfrute con ello. Tenga en cuenta que si siente vergüenza esto se debe a que su hemisferio izquierdo, racional y lógico, se queja de que usted está intentando vulnerar su posición de liderazgo. No obstante, si definitivamente cantar no es lo suyo deje el reloj y el móvil en casa y vaya a un museo. Recórralo hasta que encuentre un cuadro que le llame la atención. No importa si no lo conoce; es más, es preferible que no lo conozca. Quédese junto a él el tiempo que le plazca, intentando sintonizar con lo que le produce contemplarlo. También puede ir a ver una película que piense que le va a conmover, comprarse una buena novela o ponerse a pintar. No importa el número de pruebas que haga, el objetivo es encontrar ese otro lenguaje en el que comunicarse. Cuando al fin lo encuentre felicítese, porque ese día habrá pasado a formar parte del reducido grupo de seres humanos que sí utilizan sus dos hemisferios cerebrales.

 

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