Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 31.03.2016

El campo de las relaciones humanas es francamente amplio. A diario nos relacionamos con jefes, colaboradores, familiares, amigos, y así sucesivamente. En cada uno de esos ámbitos existen tareas, acciones y normas que regulan la relación. De la misma forma que un padre es un padre, y es altamente desaconsejable que se comporte como el amigo de su hijo, los equipos excelentes entienden a la perfección los límites que distinguen su relación de una de amistad. 

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Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 29.03.2016

En un equipo de trabajo se cometen errores, es un hecho. Y una de las características que define a los equipos excelentes es que sus miembros no tienen miedo a mostrar los suyos. La otra cualidad importante que tiene que ver con los errores es que, en los equipos excelentes, no se personalizan. Se asume que son consecuencia de la complejidad del entorno, de los imprevistos o, simplemente, de procesos o sistemas aún no ajustados del todo. 

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Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 15.03.2016

Una de las cualidades que debería estudiarse más en los equipos es la aceptación de la vulnerabilidad por parte de sus miembros. Todos los profesionales, tarde o temprano, cometemos errores, porque los seres humanos somos criaturas esencialmente falibles. Y una de las características que distingue a los equipos excelentes es que sus miembros no tienen miedo a mostrar su vulnerabilidad, porque saben que no van a ser penalizados. 

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Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 08.03.2016

Una cualidad sumamente interesante de los equipos excelentes es su unidad. Caminan como uno solo y, lo que es más importante, reaccionan como uno solo. Todos se sienten parte del equipo y están dispuestos a defenderlo ante las dificultades. Entienden que lo que les pasa a uno les pasa a todos, y que la forma en la que uno interactúa con el entorno representa también a todos.

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Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 01.03.2016

Los equipos excelentes consiguen resultados, gozan de un buen ambiente de trabajo y facilitan el desarrollo de sus miembros. Son equipos en los que a cualquiera le gustaría trabajar. De modo nada sorprendente, una de sus cualidades más importantes no tiene que ver con lo que hacen en sí, sino con el por qué lo hacen, es decir, con hacia dónde se dirigen.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 23.02.2016

Hoy día a duras penas toleramos fallos en los servicios, retrasos en los pedidos, defectos de fábrica o simplemente una atención que no sea excelente. El efecto combinado de la cultura del bienestar, a nivel social, y de la cultura centrada en el cliente, a nivel empresarial, ha dado como resultado un tipo de consumidor hiperexigente que espera siempre lo mejor, con relativa independencia del precio que pague por ello. Un consumidor que, en ocasiones, puede convertirse en un cliente feroz.

El día a día en los países desarrollados se basa en el concepto de bienestar. Con independencia de si es ética o moralmente recomendable un concepto de sociedad que busca siempre el confort, lo cierto es que el esfuerzo, la fuerza de la voluntad o la incomodidad han ido poco a poco siendo arrinconados por una colectividad que tiende a lo sencillo, a lo cómodo y al desahogo. Por otro lado, esa misma sociedad está apoyada por productos y servicios que cada vez son más complejos. Los suministros, las comunicaciones, los transportes, e incluso las vacaciones se han convertido en auténticos laberintos que requieren conocimiento y dedicación. En definitiva, gozamos de un bienestar cada vez mayor a costa de una complejidad también en aumento. El resultado es que a duras penas toleramos fallos. Un viaje que ha costado meses de ahorro y muchas horas frente al ordenador espera ser disfrutado sin el mínimo error posible, de la misma manera que el largo proceso de decisión que normalmente precede a la compra de un automóvil hace que el cliente pueda vivir como un auténtico drama un retraso en la entrega o un defecto de fábrica.

Por otro lado, la evolución de la empresa y de los mercados ha dado como resultado una cultura basada en ubicar al cliente en el centro del proceso productivo. Hoy día se le escucha más que nunca, se le tiene en cuenta más que nunca, y se le intenta agradar más que nunca. La consecuencia de ese proceso es que, al igual que hoy los niños se han convertido en auténticos emperadores domésticos como resultado de la cultura de la hiperprotección familiar, los clientes sienten el poder que tienen en sus manos y tienden a transfigurarse, en ocasiones, en auténticos tiranos que ordenan y mandan lo que desean y se enfadan cuando no lo consiguen. Hoy día da igual lo que se pague por un producto o servicio, que si no funciona a la perfección, la reacción natural del cliente es quejarse del modo más inmediato y rotundo posible.

Hace tiempo que Porter ya nos dijo que una de las fuerzas competitivas que regulan las empresas y los mercados es el poder de negociación de los compradores, que es la presión que estos ejercen para lograr productos y servicios mejores o más baratos. Hoy día, sin duda, en la gran mayoría de los sectores, el poder de negociación de los compradores es muy alto. Estamos ante un consumidor hiperexigente, un cliente en ocasiones feroz, que está dispuesto a hacer valer la abundante información de que dispone (muchas veces superior a la que posee el propio vendedor) y el poder que le confieren los medios sociales para presionar a las marcas hasta límites que van, algunas veces, más allá de lo sensato.

Es difícil aventurar cómo gestionar a este tipo de clientes y mucho más predecir cuál será su evolución. En primer lugar, porque en muchas ocasiones expresiones como calidad total o excelencia son más deseos que realidades, toda vez que cualquier sistema es, por definición, imperfecto. En segundo lugar, porque antes se contrarrestaban las pequeñas anomalías e incorrecciones a base de gestionar las expectativas con información amplia y veraz, pero hoy esto parece ya no ser suficiente. Y en tercer lugar, porque puede que estemos ante el advenimiento de un nuevo tipo de cliente que vive en la insatisfacción crónica, que vuelca en su relación con las marcas sus propias frustraciones, y cuyo estado no se explica simplemente a través de las leyes que regulan las transacciones comerciales, sino tomando en seria consideración un tipo de sociedad que ha convertido la abundancia en norma y que, en consecuencia, no sabe ya lo que quiere ni mucho menos a dónde va.

 

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 16.02.2016

Comunicar bien no es, fundamentalmente, una cuestión de perder el miedo a hablar en público, ni de talento, ni siquiera de disfrutar haciéndolo. No por ser un hecho cotidiano implica una habilidad menos compleja que otras competencias. Comunicar bien es, por encima de todo, una cuestión de técnica. Es cierto que hay personas a las que se les da mejor y a las que se les da peor, pero la gran diferencia está, como en muchas otras capacidades, en la práctica deliberada.

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Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 09.02.2016

Transmitir un mensaje que promueva la reflexión y la acción dista mucho de ser una tarea sencilla. Se equivocan quienes piensan que enfrentarse a un público es únicamente una cuestión de atreverse o de disfrutar con ello. Hay muy pocas personas que tengan la capacidad de improvisar una conferencia de impacto, y por tanto la mayoría de ellas necesitan tener un guion, con su planteamiento, nudo, desenlace y sus correspondientes puntos de inflexión.

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Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 03.02.2016

Una de las claves de la comunicación que más difícil resulta de comprender es que quien está en escena, el conferenciante, no es una persona, sino un personaje. No habla ni se mueve de forma natural, sino con intención explícita de producir un efecto. Su lenguaje tampoco es el habitual, y en muchas ocasiones ni siquiera viste como lo hace habitualmente. En resumen, como dicen que dijo Cicerón, un conferenciante es un personaje, es un actor al que se conoce con otro nombre.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 02.02.2016

En esta época, en la que tanta defensa se hace de metodologías activas y participativas, y en la que por muchos motivos, aunque quizá no todos suficientemente meditados, se intenta eliminar de la ecuación al simple y llano saber, tal vez sería bueno recordar su importancia. Obviamente no para frenar el avance de la innovación educativa, sino para recordar una gran verdad, y es que el conocimiento emociona.

Nadie ha explicado mejor que los constructivistas la incómoda sensación que produce no saber. Cuando se nos presenta un dato desconocido, que no cuadra con nuestros esquemas, o que necesitamos conocer porque es importante para lo que pretendemos, nuestra mente experimenta un estado de malestar, casi como si nos faltara algo. Y a partir de ahí se desencadenan una serie de esfuerzos para conseguir reducir la molesta sensación que produce la ignorancia. El proceso puede ser más o menos largo, pero cuando finalmente logramos desvelar la incógnita y hacernos con el conocimiento que nos faltaba, surge una emoción de satisfacción y de plenitud, y llega por fin la calma, hasta que otra nueva incógnita desequilibra la ecuación de nuevo. Eso es lo que llamamos aprender y se ha analizado mucho en su vertiente cognitiva, pero pocas veces se ha destacado su vertiente emocional. Rogers ya nos dijo hace décadas que el auténtico aprendizaje ocurre cuando hay implicación personal, cuando lo que aprendemos tiene sentido para nosotros, y cuando hay participación de las emociones. Y es muy cierto que esas dos sensaciones, la que se produce ante la dificultad de comprender algo, y la que ocurre cuando por fin lo capturamos, son las que verdaderamente guían el proceso. Porque el conocimiento, el de verdad, es emocionante.

Hay pocas sensaciones parecidas a la que ocurre cuando un ser humano está realmente conectado con aquello que hace. A través de su concepto de flow, Csikszentmihalyi ha explicado de manera ejemplar esa conexión casi mística que ocurre entre la persona y la tarea cuando está tan absorta en una actividad que ocupa casi toda su conciencia y que produce un disfrute tan profundo que el tiempo parece no transcurrir. Por mucho que una gran cantidad de experiencias de flow, quizá todas, requieran importantes dosis de esfuerzo cognitivo, ninguna se podría entender sin su vertiente emocional, sin esa vibración que ocurre en la anatomía de una persona cuando la energía que invierte es igual al desafío que se le plantea, ni sin la emoción del triunfo que casi siempre llega cuando el esfuerzo sostenido produce sus resultados.

La vocación, en fin, es otro gran ejemplo de que los aprendizajes verdaderos se construyen sobre las emociones. Muy pocas personas con profesiones vocacionales sabrían explicar, en lo profundo de sus concepciones, porqué se dedican a lo que se dedican. Podrían evidentemente dar una serie de explicaciones más o menos elaboradas, pero es posible que, al descender hacia los motivos más íntimos, lo que sienten no se pueda describir con palabras. Porque el conocimiento aplicado y acumulado a lo largo de los años se asienta, al fin y al cabo, sobre una palpitación, sobre una sensación sentida que es fundamentalmente emocional.

Quizá uno de los grandes errores en nuestra concepción de la educación es que tenemos que educar la mente y el corazón de manera separada, y que las cogniciones son una cosa y las emociones son otra. A menudo olvidamos que el aprendizaje de aquello que realmente nos interesa siempre es apasionante. Es verdad que hay un mundo emocional intrapersonal e interpersonal que es el que ha ocupado gran parte de la reflexión actual sobre las pasiones humanas, pero esta tendencia a menudo nos oculta otra gran verdad, y es que el conocimiento emociona.

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com