Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 10.07.2019

En 1977 se estrenó Pumping Iron, un documental en el que culturistas como Arnold Schwarzenegger o Lou Ferrigno (que luego se haría famoso por su papel en la primera serie sobre Hulk) se entrenaban para ser Mister Universo o Mister Olympia.

En rudimentarios gimnasios, cuyo pobre equipamiento haría sonreír a cualquier entrenador de hoy día, los aspirantes se entregaban a severas sesiones de ejercicio. Gimnasios muy parecidos al de Rocky Balboa, otro icono de la actividad físico-deportiva de la época, aunque en la ficción. En sus declaraciones, Schwarzenegger hablaba de perder el miedo al desmayo y explicaba que a la mayoría de la gente le faltan agallas para superar la barrera del dolor. Para él, esas agallas (y por tanto no el entrenamiento, la genética o la alimentación), son lo que separa a los perdedores de los ganadores. Si alguien no es capaz de superar la barrera del dolor, declaraba, es mejor que se olvide de convertirse en un campeón. Lo más importante de esto es que él no estaba hablando de dificultades, de pesadumbre o de inconvenientes variados. Estaba hablando de dolor físico y real: estaba hablando de infligirse dolor deliberadamente todos los días para alcanzar su objetivo.

Por mucho que parezca que estas declaraciones encierran un mensaje similar, lo cierto es que están a mucha distancia de esos constantes mensajes melifluos que hablan de atreverse a conquistar la vida soñada, o que a diario invitan a salir de la zona de confort. Fundamentalmente porque mientras estos últimos se refieren a algo que ocurre en el interior de la mente, y que básicamente tiene que ver con tomar una decisión, en el otro caso se habla de castigarse hasta el desmayo para conseguir un objetivo. Una gran diferencia.

Puede que el culturismo no sea una actividad que tenga muchos adeptos, y puede que para muchas personas los cuerpos de los que practican esta disciplina no resulten atractivos o estéticos. Sin embargo, sacando de la ecuación esos elementos, lo cierto es que su entrega y fuerza de voluntad están al alcance de muy pocas personas. La mayoría de las cuales, por cierto, pueden cometer el error de lamentarse de no haber llegado a cumplir sus objetivos vitales mientras siguen devorando libros de autoayuda. Libros que continúan hablando, esta vez sí, hasta la extenuación, de atreverse y de salir de la zona de confort.

Sufrir es sufrir. Y, desafortunadamente, en la mayoría de los casos, es un ingrediente fundamental del éxito. Un éxito que no viene de salir de la zona de confort sino de vivir en ella, ni de atreverse, sino de seguir atreviéndose cada día. Todos los días. Un éxito que tampoco viene, por supuesto, de priorizar la búsqueda de un propósito vital sobre cualquier otra acción.

Uno de los dramas de esta sociedad digital, particularmente en la gente joven, es que a menudo confunde apariencia con realidad. Y, de la misma manera, se confunde compartir en las redes sociales sentencias sobre el éxito con vivir de acuerdo con ellas. Lo que aquellos culturistas de los setenta, en sus pobres y destartalados gimnasios, ilustraron de forma admirable e inequívoca es eso que hoy llamamos grit: una poderosa combinación de pasión y perseverancia. Pero, sobre todo, lo que nos enseñaron de manera ejemplar es que no hay victoria sin sufrimiento.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com 

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 23.01.2019

Quizá fue Simon Sinek, con su persuasiva charla, el primero que quiso enseñarnos que lo que debemos pensar para tener éxito es en el porqué, luego en el cómo, y luego en el qué. Y desde entonces andamos todos a vueltas para encontrar nuestro propósito, lo que realmente nos mueve. La pregunta es si esto es imprescindible a nivel personal, es decir, más allá del mundo de las organizaciones, donde verdaderamente es vital no solo saber por qué se hacen las cosas, sino también que todo el mundo conozca y comparta ese propósito.

Es muy probable que las grandes personas que han hecho grandes cosas, tanto como las personas que no se consideran tan grandes, ni consideran que lo es lo que hacen, no puedan explicar del todo ese porqué. Es decir, no puedan expresarlo con palabras. Simplemente sienten algo que no pueden desatender y caminan hacia ese lugar, aunque no puedan definirlo con exactitud.

¿Quería cambiar el mundo Edison con su bombilla? ¿Quería Beethoven pasar a la historia de la música? ¿Sabía Einstein lo que buscaba con su teoría de la relatividad? Lo que sí sabemos es que, en un momento de su vida, hablando del camino que le llevó a uno de los más grandes descubrimientos de todos los tiempos, escribió: “los años buscando en la oscuridad una verdad que uno siente, pero que no puede expresar”. Es muy probable que, como él, muchas personas no puedan poner palabras al motivo último por el cual hacen lo que hacen.

Si se le pregunta a una recién estrenada madre por qué cuida a su bebé, lo más probable es que diga que porque le quiere. Sin embargo, esa afirmación remite a una abstracción tan elevada como incapaz de explicar el fenómeno de una manera específica. La prueba es que, si se le pregunta que por qué le quiere, diga que porque es su hijo, cosa obvia, o simplemente que, en el fondo, no lo sabe. Simplemente (nada menos) lo siente así. Y se comporta de manera acorde a ese sentimiento.

¿Por qué una persona se enamora de otra? ¿Por qué un maestro entrega su vida a sus alumnos a cambio de poco dinero y menos reconocimiento? ¿Por qué hacemos las cosas que hacemos?

La pasión y la pulsión de muchas personas nos dejan sin palabras, porque no se puede poner palabras a algo que habita en lo profundo que somos. Decía William Hazlitt que “aquellos que han producido conocimiento inmortal lo han hecho sin saber cómo ni por qué.” Suena muy bien establecer un camino que va del porqué al cómo y al qué. Tanto como frustrante puede ser no poder expresar qué es lo que, en el fondo, buscamos en la vida con nuestras acciones.

El auténtico valor de un propósito no está tanto en verbalizarlo como en sentirlo y vivir de acuerdo con él. Por eso, quizá deberíamos dedicar menos tiempo a formular nuestro propósito y más a intentar llevarlo a la práctica. Así que, si no puedes formular tu porqué, pero sientes que en esta vida estás llamado a hacer algo, no te preocupes. Simplemente hazlo: el mundo lo está esperando.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 11.02.2012

Es curioso cómo en el mundo hay cosas que aparentemente no tienen nada que ver y que sin embargo están conectadas. En cierta ocasión se hizo un estudio para determinar si las personas que padecen trastorno obsesivo se parecen en algo a quienes están enamorados. El resultado, quizá nada sorprendente si se piensa bien, fue que en ambos casos los niveles de serotonina eran significativamente bajos en ambos grupos de personas, en comparación con individuos normales.

No hace falta ser un experto para darse cuenta de que las biografías de los grandes hombres y mujeres que hemos conocido a lo largo de la Historia, sobre todo artistas y científicos, están basadas en un profundo enamoramiento de sus respectivas disciplinas. Un enamoramiento posiblemente obsesivo, pero lo cierto es que sin perseverancia es muy difícil construir algo grande, como por ejemplo una carrera profesional de éxito. Si no amamos lo que hacemos es muy difícil crecer.

Por supuesto que hay otros factores que influyen y siempre hay quien piensa que es cuestión de suerte, mientras que otros lo atribuyen al talento: esa sustancia polimórfica tan citada como desconocida que últimamente parece ser el santo grial de todo lo que es bueno y verdadero en la empresa. Sin embargo, la investigación moderna está mostrando cada vez con más datos que es francamente complicado triunfar sin constancia. En uno de los estudios más originales que se han hecho sobre el tema se comparó a grupos de músicos de diverso éxito, para concluir que es el esfuerzo deliberado por mejorar en una disciplina determinada, y no el talento genéticamente determinado, el que produce que una persona alcance un nivel superior en el dominio de una disciplina. Es de ese trabajo del que deriva el conocido dato de que hacen falta diez mil horas de estudio para convertirse en un experto.

No hay factor de motivación más poderoso que la propia tendencia a investigar, a crear y a mover cielo y tierra buscando materializar una idea. El emprendimiento, el intra-emprendimiento y todos sus primos conceptuales, últimamente tan de moda, se apoyan (no en su gestión pero sí en su origen) en una sola cosa: la pasión. Una pócima que, como si fuera un fertilizante milagroso aplicado sobre una planta, cuando se vierte sobre una idea modifica su ADN y la hace crecer y multiplicarse hasta crear algo inmenso.

Hay que pensar que la única forma de que nuestros equipos trabajen con pasión en impulsar la empresa hacia adelante es conseguir que parte de sus objetivos sean también los de la empresa, o al revés. Porque si las personas no ven que hay algo para ellos dentro de lo que se persigue en la organización es muy difícil que de sus pulmones salga aire suficiente para hinchar las velas. Se puede hacer un mes sí y quizá dos también, y quizá en el mejor de los casos un año completo. Pero siempre será a base de fuerza de voluntad, de procesos y procedimientos, y de motivaciones artificiales y extrañas. Sin embargo, cuando el proyecto de un profesional está dentro del proyecto de la empresa, cuando ambas cosas encajan como un guante y una mano, entonces la pasión obra el prodigio y el conejo sale de la chistera: la empresa avanza, la persona crece y todos ganan.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com