Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 09.10.2019

La idea de urgencia siempre había tenido que ver, sobre todo, con el correo postal y con las salas de hospitales donde se atienden los casos más agudos y apremiantes. Urgente era una carta que, por diversas circunstancias, aunque siempre importantes, debía llegar a destino antes de lo habitual. Urgencias eran las heridas y contusiones graves, las infecciones letales, los envenenamientos y las paradas cardiorrespiratorias. Urgente era una palabra destacada, altisonante, una palabra que se usaba para subrayarla sobre un fondo de cotidianeidad y rutina.

Hoy urgente es otra cosa. Urgente es desvelar lo que oculta una notificación, leer un mensaje y contestar a otro. Urgente es hacerse con el último capítulo de la serie de moda, atiborrar el carrito de la compra online y, desde luego, es urgente cualquier pedido que se genere a continuación. Urgente es ponernos música mientras nos desplazamos de un lugar a otro, o llamar a fulano o a menganita para que nos distraiga durante el trayecto, no vaya a ser que el aburrimiento nos detenga el corazón. Y, si ninguno contesta, urgente será entonces revisar compulsivamente nuestras redes sociales para encontrar allí alguna miga de distracción que llevarnos a los dedos. Urgente es actualizar una publicación para ver cómo germinan las reacciones, compartir un vídeo que nos quema en las manos virtuales y posar para un selfi cuando el paisaje apremia y la compañía así lo exige.

Nuestra vida urgente ya no tiene que ver, sobre todo, con misivas relevantes ni con complicaciones medico-quirúrgicas: tiene que ver con el ansia. Con el refuerzo inmediato, con el entretenimiento ubicuo y con la constante embriaguez de estímulos, sobre todo digitales. Los avisos, las notificaciones, los banners y sus familiares en primer y segundo grado han sido creados tan diabólicamente que es difícil sustraerse a su veneno. Es casi imposible no atender a un mensaje entrante, a la luz pulsante de una oferta o verse libre del temor de que desaparezca del estante la última pretendida novedad de la industria del fast fashion que nos ha robado el corazón.

Y así, nuestra vida urgente es cada vez más asfixiante, es una vida en la que la sensación de prisa es tan ubicua que hemos acabado atribuyéndola, erróneamente, a nuestros compromisos reales y obligaciones profesionales. Cuando, en realidad, el ansia que sentimos no es atribuible a nuestro desempeño ni mucho menos se debe a nuestra vida -de verdad- social. Sino a ese apabullante aluvión de estímulos que reclaman insistentemente nuestra atención. No es el trabajo, sino las notificaciones, no es la familia, sino los mensajes, y no son los amigos, sino las ofertas. Porque nuestra verdadera vida no es urgente, no lo ha sido y probablemente no lo será nunca.

Sin embargo, mientras que aprovechemos cualquier trayecto en el ascensor, cualquier cola en el supermercado y cualquier sala de espera para obtener la dosis que nos alivia el ansia, nos parecerá que sí. Que de tan ocupados estamos desquiciados. Y le echaremos la culpa al tráfico, a la ciudad o a nuestro jefe. Cuando los verdaderos, o los primeros responsables, somos nosotros. Porque no podemos soportar una sola notificación sin revisar y porque una pantalla llena de ellas se nos antoja una gangrena insoportable. La vida no es urgente. Lo que es urgente es esta existencia digital de pacotilla que, ya casi ni lo recordamos, hace décadas que nos prometió una vida más fácil, una vida con más tiempo para nosotros y para con los nuestros. Y que, aún a día de hoy, sigue incumpliendo flagrantemente su promesa.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 13.03.2019

Además del daño que pueden hacer las diferentes pantallas en nuestros ojos, últimamente existe cierta preocupación por los efectos del uso excesivo de la tecnología en nuestras vidas. Nos sentimos cautivos de lo que otros hacen en las redes sociales y de las reacciones a nuestras publicaciones, nos sorprendemos a nosotros mismos deslizando una vez más el dedo por la pantalla buscando algo de estímulo y, en fin, comenzamos a vernos un poco abrumados por la adicción a la tecnología, uno de los efectos secundarios que parece tener el progreso en este siglo.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 17.10.2018

Pasa a menudo en esos momentos en los cuales no tienes nada que hacer, o simplemente buscas desconectar. Sacas el móvil y te pones a revisar tus perfiles de redes sociales, o simplemente a navegar para encontrar algo que te resulte entretenido. No buscas nada fijo, y desde luego nada sesudo o relevante, simplemente algo que te ayude a pasar el rato. Rápidamente, y sin tú apenas notarlo, tus ojos y tus clics acaban seleccionando una serie de vídeos tan divertidos como intrascendentes. O puede que comentarios sarcásticos, aunque poco elaborados, sobre los políticos que detestas. O quizá un puñado de memes igualmente hilarantes y burdos. Es posible que acabes esa breve sesión compartiendo algunos de estos contenidos con tus contactos.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 20.12.2017

En este mundo en el que cualquiera parece poder pontificar sobre cualquier tema en las redes sociales, tal vez sea necesario recordarnos todos que el ser humano es, por regla general, una criatura falible. Más de lo que pensamos.

Ya sabíamos que la memoria no funciona de manera exacta, y que dista mucho de parecerse a una cámara de vídeo. Por eso no recordamos las cosas como ocurrieron y por eso todos tenemos, en mayor o menor medida, recuerdos falsos. Asimismo, estábamos ya familiarizados con la idea de que nuestras predicciones tienden a fallar, incluso cuando pronosticamos futuros terribles (afortunadamente, en este caso). Por último y no menos importante, ya sabíamos desde hace algún tiempo que nuestras decisiones tienden a ser irracionales con más frecuencia de la que sospechamos. En suma: ya estábamos comenzando a acostumbrarnos a la idea de que debemos ir por la vida con un poco de humildad.

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