Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 24.10.2018

Hace muchos, muchos años, era habitual encontrar cabinas telefónicas por la calle. Como no había smartphones, esa era la única manera de contactar con alguien estando fuera de casa. Formaban parte de la escena urbana de casi cualquier país y, en algunos sitios, sus diseños eran tan llamativos que llegaron a convertirse en símbolos patrios. Sin embargo, si bien hace tiempo hablar por teléfono desde una cabina era un gesto normal, hoy día en nuestro país casi nueve de cada diez personas jamás ha utilizado una, y están a punto de extinguirse.

Sigue leyendo en el HuffPost —>>>>

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 04.04.2018

Estamos comenzando a ver con alguna frecuencia personas perdidas en el embrujo de sus portátiles mientras que alguien trata infructuosamente de involucrarles en una actividad en la que deberían implicarse por sí mismos, simple y llanamente porque es la que figura en sus agendas.

Pasa mucho en los programas de formación. Cada vez con más frecuencia los formadores de empresa tienen que reclamar la atención de los participantes, pues no es raro que los asistentes a un curso acudan con sus ordenadores y que los estén utilizando cuando el programa comienza, tal vez aparentando tomar notas cuando en realidad están consultando su correo. También pasa en las reuniones, donde a veces es evidente que las intervenciones de algunas personas descontemplan lo que se ya se ha dicho, por el simple hecho de que cuando se dijo estaban enfrascados en sus tareas de pantalla en lugar de estar concentrados en el asunto sobre el cual se está dialogando.

¿Por qué ocurre este fenómeno? ¿Por qué profesionales altamente cualificados se dejan llevar por el embrujo de sus ordenadores portátiles en lugar de prestar atención a una jornada de formación o una reunión? ¿Por qué no hacer lo que está en la agenda parece ser un signo de nuestro tiempo?

Por un lado, no deja de ser sorprendente esta conducta, pues años de investigación han demostrado ya que la multitarea humana no existe. Los experimentos que se han hecho con los denominados heavy multitaskers, es decir, personas que utilizan varios medios consecutivamente, cambiando constantemente de uno a otro, muestran que son más susceptibles de ser distraídos por estímulos irrelevantes y que, paradójicamente, su habilidad para cambiar de una tarea a otra es inferior, debido a su menor capacidad de filtrar las interferencias.

Sin embargo, y por sorprendente que puedan parecer esta conducta a primera vista, en realidad no hace falta recurrir a teorías complejas para explicarla. En primer lugar, la conducta del ser humano se rige por el principio del refuerzo. Es decir: si en presencia de un estímulo un sujeto emite una conducta que es premiada (reforzada), tenderá a repetir esa conducta en el futuro. En segundo lugar, las personas se motivan cuando controlan el entorno o perciben que lo controlan. Por eso la tecnología es intrínsecamente reforzante: porque nos proporciona un entorno que dominamos. Se entiende entonces fácilmente que, a escoger entre un entorno interactivo, y por tanto motivante, y una actividad (en principio) pasiva, como puede ser escuchar a un formador o a lo que se dice en una reunión, pueda haber personas que escojan lo primero.

La solución, como en muchos otros hechos de la vida, está a medio camino: por una parte, los organizadores de las reuniones y los formadores deberían intentar dejar de reproducir clichés del pasado y reflexionar seriamente sobre la dura competencia que tienen en la tecnología. Por otro, todos deberíamos tal vez disciplinarnos un poco y levantar la mirada de nuestras pantallas. A ver si así, entre todos, retornamos las cosas a la normalidad y ocurre lo que viene ocurriendo desde hace siglos: que todos en una reunión o en una jornada de formación hacen lo que han venido a hacer.

 

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 31.05.2016

Los zombies son cuerpos sin alma que vagan por el mundo esperando encontrarte, morderte y convertirte en uno de ellos. No atienden a razones, son sumamente persistentes y te sorprenden a la vuelta de cualquier esquina, cuando menos te lo esperas. Pese a que los zombies son criaturas de ficción, por algún motivo hay algo en ellos que nos aterra.

La razón de ese temor ancestral está, posiblemente, en el miedo que tenemos a perder nuestra voluntad, a que nuestra vida tal y como la conocemos desaparezca, y a que nos veamos en la obligación de arrastrar nuestros pies eternamente buscando algún otro incauto vivo y sano del cual alimentarnos. Una existencia acaso peor que la muerte.

Siempre me ha sorprendido lo parecidos que son los zombies a las distracciones que absorben nuestra productividad.

 

Sigue leyendo en El Huffington Post

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 21.04.2015

La productividad sigue siendo uno de los grandes retos de nuestra vida profesional. A veces sentimos que no abarcamos todo lo que nos gustaría, que la lista de tareas se descontrola, o que la bandeja de entrada se desborda. Con el advenimiento de una disrupción económica de extraordinarias proporciones, quizá equívocamente identificada al comienzo como una crisis más en el ciclo económico, nuestra vida se ha convertido en una montaña rusa de plazos, agendas, prioridades y prisas. En este contexto todos nos preguntamos cómo podemos ser más productivos y lograr nuestros objetivos.

Quizá fue el Renacimiento el primer momento en el cual la Humanidad volvió sus ojos al pasado para recobrar valores y concepciones de la vida que se consideraban olvidadas. Desde entonces encontramos siempre útil y provechoso retroceder décadas o siglos para buscar sabiduría en épocas pasadas. En el caso particular de la productividad, puede que lo que Miyamoto Musashi escribió a mediados del siglo XVII nos resulte inspirador.

Musashi fue uno de los samuráis más célebres, pues resultó vencedor en innumerables combates durante décadas. Pero, sobre todo, es conocido por el legado de su «Libro de los Cinco Anillos», un compendio de los conocimientos que deben caracterizar a un buen samurái. Entre ellos hay desde técnicas meramente instrumentales, como la manera correcta de empuñar un sable o la manera de ponerse en guardia, hasta cuestiones de corte más filosófico.

Una de las cualidades que para Musashi debía tener el buen samurái es tan simple como profunda, y encierra una competencia tan difícil de cultivar como provechosa para el éxito: no hacer nada inútil.

«No hacer nada inútil» es un pensamiento que encierra un concentrado de sabiduría y un claro potenciador de la productividad. Posiblemente si a lo largo de un día anotáramos todas y cada una de las ocupaciones en las que estamos involucrados, encontraríamos rápidamente que se pueden categorizar en tres tipos básicos: las tareas que están alineadas con nuestro rol y objetivos, y por tanto son útiles, las tareas en las que nos involucramos pero no tienen que ver con nuestra misión profesional o marca personal, y por último aquellas ocupaciones que son simplemente inútiles y nos hacen perder el tiempo. El pensamiento de Musashi viene a decir que lo que tendríamos que hacer es lograr que todas las tareas fueran del primer tipo. Es decir, intentar garantizar que en todos y cada uno de los minutos del día estamos haciendo algo que es útil, es decir, algo productivo y que tiene que ver con los objetivos últimos que pretendemos como profesionales.

Evidentemente verlo de esa manera puede inducir cierta presión porque parece deducirse que de lo que se trata es de dedicar todo el tiempo disponible a trabajar, pero en realidad la interpretación más sensata y útil no es esa, sino más bien prestar atención plena a lo que hacemos en cada momento y ver si está alineado con nuestros objetivos. Ese algo evidentemente puede ser trabajar, descansar, pensar o soñar. De lo que se trata es de que todos los movimientos de nuestra conducta sean intencionales y realmente estén conectados con lo que pretendemos en la vida o esperamos de ella.

 

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 11.12.2014

Hemos bautizado el mundo en el que vivimos los países desarrollados, y al que posiblemente aspiran los que están en desarrollo, como sociedad del bienestar. Y a menudo usamos palabras como confort, facilidad, comodidad y términos similares para describir lo que buscamos: lo sencillo, lo desahogado, lo relajante, lo que está al alcance de la mano y lo que no cuesta esfuerzo alguno es siempre lo esperado. Inadvertida pero implacablemente, sin embargo, ese rechazo al esfuerzo nos está debilitando.

Los seres humanos somos criaturas pensadas para ahorrar energía. Ni la más sofisticada ingeniería de eficiencia energética puede compararse a la inteligencia con que ha evolucionado nuestra especie, que tiene la capacidad de autorregularse en todas las circunstancias para garantizar su supervivencia. Ahora ya no somos conscientes de ello, pero en épocas remotas no resultaba tan sencillo obtener comida o descanso. Por eso nuestro organismo se fue adaptando al medio, hasta resultar un engranaje casi perfecto en su optimización energética.

Por eso el concepto de sociedad del bienestar cuadra bien con nuestra anatomía: siempre que podamos evitar un esfuerzo lo evitaremos, y así tranquilizaremos a nuestro cerebro ancestral, ese que presiente que si derrocha energía puede que no encuentre con que recargarla en el futuro inmediato. Y así es que no nos gusta madrugar, ni esperar colas, ni estar de pie, ni sacar la basura, ni nada que implique salir de nuestro confortable estado. Antes el manejo de un automóvil requería algún esfuerzo para accionar la ventanilla, pero ahora los elevalunas eléctricos y otros adelantos hacen que el único esfuerzo que requiere conducir es el de girar el volante y, por si acaso esto resulta demasiado agotador, cada vez más modelos incluyen reposabrazos de serie.

Sin embargo, la sociedad del bienestar es una ilusión. Siempre lo fue. Aprender una profesión conlleva muchas horas de estudio y prácticas, la crianza de un hijo implica innumerables sacrificios, las jornadas laborales no se entienden sin que haya que madrugar, y desde luego mantener una mínima forma física es sinónimo de esfuerzo y renuncia a muchas tentaciones. Es posible que hoy no tengamos que matar para comer y que no tengamos que defender nuestra tribu de vecinos beligerantes, pero hoy, como siempre, para conseguir nuestros objetivos necesitamos luchar. Y a veces luchar duro. Todos admiramos la belleza que hay en la música y la danza, pero cualquiera de estos profesionales hablaría durante tiempo indefinido de la abrumadora cantidad de horas que ha invertido en perfeccionar cada nota y cada gesto, y un tiempo no menor de las dolencias, a veces crónicas, que han de entregar a cambio del virtuosismo que exhiben. Y esto se aplica igualmente a deportistas, a emprendedores y en general a todas aquellas personas que han conseguido algo que realmente pueden mirar con orgullo.

Afortunadamente hoy día estamos empezando a reconocer de nuevo el valor que tiene la fuerza de voluntad, el esfuerzo y el sacrificio, que fueron expulsados de nuestros mapas conceptuales para que pudiéramos seguir disfrutando de nuestro particular paraíso en la tierra. Y cada vez son más las voces que afirman que, nos pongamos como nos pongamos, en el trabajo duro está la respuesta a muchas de nuestras preguntas y aspiraciones, y que no podemos esperar a que ningún maná caiga del cielo o brote de la tierra, sino que lo que tenemos que hacer es coger el toro por los cuernos y mirarle fijamente a los ojos sin esquivar ni eludir su dura mirada. Una mirada en la cual está recogida con admirable perfección evolutiva la única lección que la naturaleza ha cincelado sobre piedra, y es que todas las especies deben luchar para sobrevivir.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Dirigentes, Jesus Alcoba / 09.12.2014

Un impactante estudio revela que muchas personas no disfrutan pasando un rato de diez minutos a solas con sus pensamientos. Más interesante aún, algunos de los participantes en el estudio preferían la administración de descargas eléctricas a quedarse solos simplemente pensando. Es tan apabullante el flujo de interacciones al que estamos acostumbrados que cuando la corriente se interrumpe sufrimos. Podríamos llamarlo síndrome de abstinencia conectiva.

La ansiedad por la conexión es ya omnipresente. Cuando interactuamos en internet queremos que la respuesta sea inmediata a nuestra petición: obtener información de un producto, calcular un presupuesto, comprar un artículo o descargar una aplicación deben ser tareas con un resultado instantáneo que por supuesto deben poder realizarse a cualquier hora del día o de la noche, ya sea en día laboral o en festivo.

A veces esta ansiedad nos lleva a situaciones absurdas, como por ejemplo escribir un email y luego comentárselo al destinatario cuando nos lo encontramos o, quizá peor, escribir el email y tras un tiempo que juzgamos excesivo llamar por teléfono para ver si ha llegado y obtener una respuesta. El hecho de tener tantos canales accesibles nos llega a utilizarlos como vías redundantes para lograr conectar cuanto antes.

Es posible que la velocidad en el flujo de la conexión y el vértigo que a veces implica no sea en sí ni positiva ni negativa, sino simplemente un signo de los tiempos. Pero al igual que el consumo excesivo de muchas substancias genera una tolerancia que al interrumpir la ingesta produce estragos en las personas adictas, estudios como el arriba citado deberían hacernos reflexionar sobre si la hiper-conexión en la que vivimos está alcanzando niveles tóxicos.

Curiosamente, una de las tendencias últimamente más extendidas, la práctica de la llamada atención plena o mindfulness, persigue crear un espacio y un tiempo en el que nuestra mente esté concentrada en un único punto. Sin hacer nada más, y regresando una y otra vez a ese punto cada vez que un pensamiento ajeno se introduzca sin permiso en nuestra conciencia. La meditación, además, implica realizar este ejercicio en solitario, y por tanto en total desconexión social. Si no fuera porque parece existir una creciente evidencia en favor de este tipo de técnicas, el mundo podría seguir sin reparos su camino hacia la multiconectividad ubicua.

Y es que, como ha ocurrido en el pasado en muchas ocasiones en las que ha existido una tendencia social abrumadora, y con excepción de algunas voces críticas que con el tiempo pasarán al olvido, existe una aún demasiado escasa investigación sistemática sobre los efectos de estas prácticas. Aunque conocemos los efectos del síndrome de abstinencia conectiva, porque lo experimentamos en primera persona y porque lo vemos en los demás, no sabemos a qué nos conduce exactamente una población que vive constantemente en la multiconexión instantánea. Ante esta situación, es posible que se pueda suplir la ausencia de investigación con un poco de reflexión y capacidad analítica. Paradójicamente, sin embargo, esto se antoja complicado en las condiciones actuales, puesto que la reflexión quizá debería ser individual, y eso parece estar fuera del alcance de esta sociedad hiperconectada. Una sociedad que, ante el síndrome de abstinencia conectiva, debería ser, si no escéptica, acaso un poco más crítica frente al aparentemente imparable avance de la conexión constante.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

El Economista, Jesus Alcoba / 11.02.2014

El número de mensajes que recibimos al día es apabullante. Según un estudio, unos diez mil. En forma de anuncios en la televisión, vallas publicitarias, marcas adheridas a los objetos, correos electrónicos, mensajes de texto, y un sinfín de tipos más.

Sigue leyendo en El Economista —>>>>

El Economista, Jesus Alcoba / 02.02.2014

Hay veces que no estamos a lo que estamos. Porque, digan lo que digan, el ser humano no tiene la capacidad de realizar dos tareas al mismo tiempo, sea cual sea su género. Y casi siempre que lo intenta, una de las dos, o las dos, tienden a salir mal. Fundamentalmente porque se fuerza a la conciencia a reenfocarse continuamente cada vez que va y viene de lo que estamos haciendo.

Sigue leyendo en El Economista —>>>>

El Economista, Jesus Alcoba / 25.01.2014

Resulta muy interesante cómo a veces utilizamos distracciones para realizar tareas en las que en realidad deberíamos concentrarnos. Por ejemplo, hay muchas personas que van al gimnasio aún sin gustarles la práctica deportiva porque sienten que lo necesitan, o que es bueno para su salud. En estos casos es necesaria una dosis extra de fuerza de voluntad para implicarse en los ejercicios, porque cuestan un esfuerzo que nuestro cuerpo no comprende bien debido a que sus beneficios son a largo plazo.

Sigue leyendo en El Economista —>>>>