Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba / 14.06.2013

Algunas de nuestras grandes preguntas tienen que ver con las adversidades, con los problemas o las crisis, con el fracaso, con vernos un día arrojados fuera de nuestra existencia profesional o personal, con ese momento en el que no nos queda otra persona a la que mirar que a nosotros mismos. Aunque parezca mentira puede ser muy productivo preguntarse qué ocurriría ese día, que afortunadamente en la gran mayoría de los casos nunca llega, en el que la rueda de la fortuna gira y todo se colapsa a nuestro alrededor dejándonos desnudos en medio de un desierto que se extiende donde antes florecía el vergel en el que vivíamos.

Parafraseando ese bello texto quizá erróneamente atribuido a Borges, la respuesta a esas grandes preguntas puede tener que ver con la idea de que uno debe plantar su propio jardín y decorar su alma, en lugar de esperar a que sean otros quienes le traigan las flores: un jardín al que volver cuando las cosas vayan mal.

Fortalecer nuestro yo profesional y personal es una vacuna contra las adversidades. De esta manera cuando el resto de las luces se apagan siempre podemos encender la nuestra propia y regresar a nuestros orígenes, a lo que de verdad es nuestro y solo nuestro. Uno debería desarrollar sus talentos e inquietudes con independencia de para quien trabaje o de quien tenga a su lado en un momento determinado. Luego se puede viajar a otros jardines, junglas, montañas o playas, pero siempre hay que tener un jardín donde poder volver. Y es paradójico que muchos no lo tengamos, porque si bien hemos perfeccionado sofisticadísimos métodos para escuchar al cliente o al prójimo, a menudo no nos hemos escuchado a nosotros mismos lo suficiente. Si lo hiciéramos nos daríamos cuenta de que siempre hay algo que nos hace vibrar. Y perseguirlo debería ser una constante irrenunciable en nuestra vida: perseguir lo que nos diferencia y lo que nos da valor.

Se ha escrito mucho sobre el motivo por el cual la Gioconda ha trascendido a los siglos. Y se ha especulado que una de las claves es su belleza, aunque hoy sabemos que no es así. La Gioconda no ha vencido el paso del tiempo porque sea guapa sino porque, sfumato aparte, es rara: es una mujer de piel amarilla y sin cejas que nos mira como a quien nada le importa. Hasta que descubrimos que la del Prado es una copia en teoría idéntica no nos dimos cuenta de que hasta qué punto esto es cierto: porque la del Prado es efectivamente atractiva, pero la del Louvre es rara. Auténtica, pero rara.

Dicen que dijo Einstein que uno de los motivos más poderosos que hacen que la gente se sienta atraída por la ciencia y el arte es el deseo de escapar del día a día. Hay que buscar lo que nos hace diferentes: lo que aportamos como profesionales cuando no estamos integrados en la inteligencia colectiva de una organización, y lo que nos da la vida cuando no tenemos personas a nuestro alrededor que nos arropen. Si lo buscamos con auténtica pasión aunque seamos raros seremos diferentes, pero en cualquier caso seremos auténticos. Como la Gioconda.

El sitio donde siempre se puede regresar es uno mismo. Y ese uno mismo hay que cultivarlo y quererlo, porque es nuestra última línea de defensa. Representa nuestros cuarteles de invierno, que los romanos llamaban hiberna. En esos cuarteles hay que plantar un jardín para que podamos hibernar mientras esperamos, realimentándonos y reinventándonos, a que el temporal amaine.

El problema es que no estamos acostumbrados a cultivar nuestro propio jardín porque no nos han enseñado. Alguien sabio dijo que la Educación debería consistir en hacer que las personas se sientan motivadas a perseguir los grandes objetivos que dan sentido a la vida. Con esos objetivos debería estar decorado el jardín de nuestros cuarteles de inverno, ese al que siempre podremos volver.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com