Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 02.07.2019

Dicen que un día le preguntaron por su secreto al extraordinario músico flamenco Paco de Lucía y él respondió: «Llevo desde niño practicando todos los días una media de catorce horas y a eso, en mi tierra, le llaman duende». En estos momentos en los cuales abundan tantos apóstoles del imperativo que parecen haber descubierto la piedra filosofal del éxito, es conveniente reflexionar sobre lo que, realmente, hace que una persona destaque sobre las demás.

Tendemos a pensar que la experiencia en sí misma es garantía de valor y, sin embargo, hay hechos que contradicen ese principio. Tomemos, por ejemplo, una profesión en la que cualquiera confiaría más en un profesional experimentado: la medicina. Pues bien, uno de los estudios más sorprendentes que se han realizado sobre la práctica clínica sugiere que existe una relación inversa entre el número de años de experiencia de un médico y la calidad de la atención que brinda. En otras palabras, aquellos que llevan ejerciendo mucho tiempo son peores en determinados indicadores que los que han salido de la facultad hace tan solo unos pocos años. Por tanto, parece ser que lo que hace a un buen médico no son exactamente los años de ejercicio. Frente a la creencia popular en que la práctica hace al maestro, investigaciones como esta muestran que hacer algo durante largo tiempo, incluso durante décadas, no contribuye significativamente a que una destreza mejore. En definitiva, la experiencia que meramente significa acumulación de años no tiene apenas ningún valor.

Muchas personas conocen el célebre dato de que hacen falta en torno a diez mil horas para convertirse en un experto en algo. Una cifra que nació de una investigación llevada a cabo con músicos virtuosos y aficionados por Anders Ericsson en Berlín, y que fue ampliamente popularizada por Malcom Gladwell en Outliers, uno de los libros esenciales sobre el éxito. La cuestión es que ese dato, sin contexto ni matiz, dista mucho de ser cierto. Porque diez mil horas de experiencia en algo, en sí mismas, no contribuyen a ninguna mejora ostensible.

Cualquier persona que se ate el nudo de los zapatos a diario notará que no lo hace significativamente mejor que cuando era niño. Comprobará que no lo hace más rápido, que tampoco logra un resultado más estético y que el resultado no es especialmente más difícil de desatar. Los nudos en los zapatos que hace una persona a lo largo de su vida son abrumadoramente similares. De igual forma, si los conductores que utilizan su vehículo a diario reflexionaran con detenimiento sobre ello, enseguida se darían cuenta de que, en esencia, no mejoran sustantivamente con el paso del tiempo. No conducen de manera más segura, ni usando menos combustible, y a veces ni siquiera, con el paso de los años, aprenden mucho más sobre las calles de su ciudad. Y lo mismo ocurre con numerosas personas que acuden durante mucho tiempo al gimnasio. Llegado un cierto punto de forma física observan, a veces con impotencia, cómo no mejoran ni en su capacidad aeróbica, ni en su flexibilidad ni en su fuerza.

El motivo para que no exista avance en ninguno de estos tres casos, y en muchos otros, es el mismo que en el caso de los médicos y que en muchas otras profesiones: nadie mejora en una competencia por el hecho de repetir los mismos movimientos muchas veces, sean estos motrices o mentales. La experiencia, en sí misma, no sirve para nada, porque el secreto no está en hacer algo más veces, sino en hacerlo de manera diferente.

«Elegimos ir a la Luna. No porque sea fácil, sino porque es difícil», dijo John F. Kennedy al comienzo de aquella trepidante década que no acabaría sin que el mundo entero contemplara la hazaña de los tripulantes del Apolo 11. Está ampliamente documentada la cantidad de conocimiento que generó la carrera espacial, como un ejemplo evidente de que la experiencia solo cuenta si cada vez se intenta dar un paso más, hacer algo más complicado, explorar una cumbre más alta. Por eso en ningún sitio deberían importar los años de experiencia de nadie, tanto si son pocos como si son muchos. Porque lo verdaderamente significativo es las veces que una persona, sobre todo por propia voluntad, ha decidido deliberadamente salir de lo ya conocido y repetido e ir más allá de sus propios límites.

Los médicos extraordinarios son aquellos que nunca se han cansado de buscar, los que han entregado horas a leer e investigar, los que siempre han seguido preguntándose cómo y por qué y los que, en fin, han ejercido sus profesiones a toda hora, convencidos de que siempre se podía hacer algo más por sus pacientes. Es el querer mejorar y el esfuerzo por hacerlo lo que nos convierte en excelentes, no el simple acumular años de esa sustancia, en realidad insustancial e insípida, que llamamos experiencia.

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 18.06.2019

La exposición El juego del arte. Pedagogías, arte y diseño, organizada por la Fundación Juan March, sugiere una interesante pregunta: ¿puede ser la escuela un entorno generador de vanguardias? A finales del siglo XIX surgió un movimiento educativo llamado Escuela Nueva que, por primera vez, reconocía a la infancia su propia identidad, defendiendo el respeto al niño y a sus intereses y promoviendo una pedagogía renovada basada en la actividad. Autores vinculados a este movimiento fueron John Dewey, Célestin Freinet, Johann Heinrich Pestalozzi, María Montessori y muchos otros. La exposición repara en la posibilidad de que creadores vanguardistas pudieran haber recibido la influencia de la Escuela Nueva durante su periodo escolar, llevándola luego a sus respectivas obras. Desde este punto de vista no parece trivial que, tal y como se recoge, en 1900 Alvar Aalto tuviera dos años, Juan Gris trece, Van der Rohe catorce, Picasso diecinueve, Mondrian veintiocho o Kandinski treinta y cuatro.

Resulta un lugar común observar una obra de arte moderno y decir que podría haberla llevado a cabo un niño.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, El Economista, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 13.06.2019

Conforme el mundo avanza se hace más incierto y, conforme más incierto se vuelve, más certezas queremos tener. Es por eso que buscamos incesantemente gurús, principios o recetas. Escrutamos el horizonte, que es cada vez más laberíntico, esperando encontrar hojas de ruta, caminos iluminados o, al menos, una brújula que nos diga dónde está el norte. Y, al hacerlo, no nos percatamos de dos hechos importantes. El primero es que la certeza como valor es algo que pertenece al siglo pasado. El segundo es que, en lugar de intentar que las cosas se queden quietas, lo que deberíamos estar haciendo es aprender a amar la incertidumbre.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 08.05.2019

Además del número de preguntas, uno de los nuevos criterios de éxito en cualquier conferencia, hoy día, es el número de teléfonos móviles que se alzan sobre la audiencia para sacar una fotografía de una diapositiva. Cuando vemos una información relevante, una forma clara y sencilla de expresar un concepto complejo o, simplemente, algo que tiene pleno sentido en nuestro mundo profesional, buscamos capturarlo para conservarlo. La gran pregunta es qué hacemos luego con esas imágenes.

Aparte de compartirlas en las redes sociales, nadie duda que puede haber quien con posterioridad las ordene colocándolas en algún archivo, incluso etiquetándolas. Tampoco que pueda haber personas que se interesen por ese asunto y se dediquen a buscar más información para ampliar su conocimiento. Es incluso posible que haya quien desarrolle sus propios esquemas o ideas a partir de una de esas instantáneas.

Sin embargo, la sensación es que, en la mayoría de los casos, esas fotografías que tan inevitablemente queríamos capturar en aquel momento que experimentamos como pleno de significado, se quedan simplemente ocupando espacio en la memoria de nuestro terminal. Junto a las que sacamos para recordar dónde hemos aparcado, las que enviamos desde el supermercado a nuestra pareja para comprobar si estamos ante el producto que debemos comprar, o las que remitimos desde el atasco a nuestro jefe para explicarle por qué llegaremos tarde.

Ya en los tiempos de la fiebre por la fotocopia decía Umberto Eco que la posesión de material en ese formato no debía eximir de su lectura, pues a veces atesorar información transmite la falsa sensación de poseer conocimiento. Algo muy parecido a lo que ocurre hoy cuando solicitamos la presentación después de haber asistido a un curso, que es básicamente lo mismo que cuando hacemos una fotografía de una diapositiva en una conferencia. Buscamos poseer ese material, como si el hecho de tenerlo almacenado fuera equivalente a incardinarlo en nuestra constelación de conocimientos.

Si la información nunca sustituirá a la sabiduría, es evidente que la mera posesión de esa información, sin que sea procesada por su nuevo propietario, está aún más lejos de provocar siquiera el mínimo efecto en su mapa de conceptos. Con fotocopia o sin ella, y con fotos o sin ellas, la mente humana funciona exactamente igual que desde los albores de la humanidad: solo las experiencias intensas generan aprendizaje en los adultos.

Por tanto, tal vez, si tras hacer esa fotografía no vamos a hacer nada con ella, es decir, si simplemente, se va a quedar ocupando espacio junto a imágenes anodinas o insustanciales, acaso sería mejor dejar el teléfono a un lado y concentrarnos en lo que estamos escuchando y viendo. Y dejarnos empapar por la sustancia verdadera que constituyen las ideas que nos llegan. Ni enseñar es comunicar ni aprender es escuchar. Ambos significan agitar, retar, participar e intercambiar. Desde luego, actividades que tienen poco que ver con fotografiar diapositivas.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com 

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Ultraconciencia / 01.05.2019

Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que hay que justificar lo evidente y en los que lo obvio brilla por su ausencia. Tiempos en los que muchos profesionales sanitarios no miran a los ojos de sus pacientes, absortos por lo que quiera que ocurra en sus pantallas, con las que sí se relacionan. Tiempos en los que en las salas de espera, cada vez más desamparadas e impersonales, se exhiben impunemente esos monitores impávidos que otorgan turnos, a veces peor diseñados que los que se encuentran en muchas carnicerías. Tiempos en los que casi cualquier teléfono de un hospital o compañía de seguros repite, en atormentador bucle, una sintonía tan insustancial como finalmente desquiciante.

El disparate de estos tiempos nuestros, tan aparentemente digitales y ultramodernos, está en que nos vemos obligados a añadir la palabra humanización al concepto de cuidado de la salud. Que es como hablar de humanización de la fe o de la educación. Nadie se imagina un mundo en el que haya que pedir turno para asistir a una celebración religiosa. Y quizá sea ese uno de los pocos reductos donde la vida aún sigue siendo de verdad humana. Porque la educación, al menos la universidad, está muy cerca, si es que no ha llegado ya, de generar más documentos en procesos de acreditación y aseguramiento de la calidad que en artículos de investigación. Quizá algún día topemos con el absurdo de que también hay que humanizar la universidad.

Hablar de humanización de la salud es como hablar de transparencia política o de rigor científico. La ciencia debe ser rigurosa. Si no, no es ciencia. De la misma manera que la política debe ser transparente. Y si no, tampoco es política. Es un disparate. Exactamente igual que lo que ocurre en la prestación de muchos servicios de salud hoy día.

¿En qué momento dejamos de ser personas para ser denominados siempre pacientes? ¿En qué momento la marea de recetas, volantes y autorizaciones comenzó a ocultar a las dolencias? ¿Y en qué momento las dolencias comenzaron a ocultar a las personas?

Es verdad que enfermamos menos y vivimos más. Y se dirá que esto es a cambio de aquello. Nada más falso. Porque el precio de una mejor salud no puede ser la deshumanización de la sanidad. Sobre todo si es para llenar bolsillos o escatimar presupuestos. O, aún más grave, si se hace con la ceguera de la torpe eficiencia, que es la que finalmente acaba produciendo más dolor que el que intenta aliviar. La industrialización inteligente, cuando hablamos de personas, debería ir siempre acompañada de una extraordinaria vocación de servicio y de una memorable experiencia de paciente.

Hoy día hablamos de humanización de la salud. Y no deja de ser irónico, o lamentable, que esto ocurra en medio de una flamante cuarta revolución industrial que nos promete día a día la verdadera y buena vida, en otro espejismo provocado por una nueva escalada, aún más vertiginosa y acelerada que la anterior, por la curva ascendente del ciclo de sobreexpectación. Si no frenamos a tiempo llegará un día en que tendremos que hablar de humanizar la familia, de humanizar la amistad o de humanizar la vida. Nuevos disparates para tiempos nuevos. Extraños tiempos.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 24.04.2019

Hoy, desde la perfección y el brillo del mundo digital, vemos con ternura o con desdén la imperfección de la tecnología audiovisual analógica, el tosco acabado de los atuendos de los artistas de aquella época y casi nos da vergüenza ajena ver a cantantes que sudaban en televisión. Hoy pensamos que sudar ante la audiencia es antiestético. Hoy ningún artista suda ni se despeina. Y ninguna voz se sale de tono. Todo es perfecto.

Sin embargo, de aquel entorno imperfecto, de alguna manera, brotó el mundo actual. ¿Cabe pensar que en esta, aparentemente mejor, versión del mundo en que vivimos hoy se podrá engendrar uno aún más evolucionado? No parece probable. Porque, con independencia de la influencia que tuvieran todas las constelaciones de movimientos alternativos que, a partir de mediados del siglo pasado, hicieron del no militar en las filas de lo oficial y establecido la base de sus creencias, hay dos hechos ciertos.

ese es nuestro tiempo, esa es nuestra era: la de las recomendaciones y las resucitaciones

El primero es que los jóvenes de aquella época no recibían una cantidad tan abrumadora de contenido diario. Hoy día, el concepto de ubicuidad tecnológica no representa ya tanto la idea de poder tenerla a mano cuando se necesita, como la ininterrumpida presencia de un flujo de estimulación. Por otro lado, los jóvenes de aquellas generaciones tampoco eran enfrentados constantemente a productos y servicios colocados frente a su mirada por quienes sabían a ciencia cierta lo que les gustaba. Nuestra era es la de un mercado acosado por la necesidad de crecimiento, en el que el cortoplacismo de muchas organizaciones repite con fervor un peligroso mantra: solo sale al mercado lo que se sabe que funcionará. Y eso solamente permite dos vías: o una recomendación sobre algo similar a lo que gusta o la resucitación de algo que se sabe que ha gustado. Y ese es nuestro tiempo, esa es nuestra era: la de las recomendaciones y las resucitaciones.

los algoritmos parecen tratar con el mismo triste automatismo todos los elementos de nuestra vida: hay pocas cosas menos eróticas que un algoritmo

La cara oculta de estas ideas es tan rotunda como obvia: si lo que vemos delante de nosotros ocupa todo nuestro campo consciente y, además, está basado en nuestros deseos, cada vez nos sorprenderá menos y cada vez nos daremos menos cuenta de ello. Por definición, nos embruja lo nuevo y lo diferente, lo que se sale del guion, lo que lleva a nuestra mente a la curiosidad y la interrogación. La diferencia entre la pornografía y el erotismo es que la primera lo muestra todo, mientras que la segunda solo lo sugiere, dejando tras de sí un espacio infinito para la imaginación.

Lejos de esa idea, hoy día el insistente bucle de las recomendaciones y las resucitaciones deja poco lugar para lo diferente y lo disruptivo. Para lo sorprendente. Hoy nos recomiendan de todo: desde películas hasta amigos, pasando por aspiradoras y un montón de objetos que, reconozcámoslo, muchas veces adquirimos antes de saber si realmente los necesitamos. Hasta posibles parejas nos recomiendan. Y es que los algoritmos parecen tratar con el mismo triste automatismo todos los elementos de nuestra vida. Son eficientes, pero no seductores. Hay pocas cosas menos eróticas que un algoritmo.

hay quien se lamenta de que haya hoy día tanto talento desperdiciado en conseguir que una marca aparezca en los primeros resultados de un buscador

En el otro extremo, el de las resucitaciones, observamos con pasmo como el panorama ante nuestros ojos se satura de muertos vivientes, de personajes, objetos y modas que vuelven a resucitar como zombies. Seres en cuya mirada de ojos inyectados a veces parecemos percibir su necesidad de descanso eterno. Algo que no lograrán mientras no haya quien produzca ideas realmente nuevas.

Quizá por eso cada vez más cosas nos interesan menos. Y quizá por eso rápidamente buscamos con ansiedad un reemplazo para mitigar el síndrome de abstinencia que padecemos ante la falta de estímulos verdaderamente fascinantes. Y es que el embrujo más seductor que existe es que ejerce sobre nosotros una idea realmente original. Ya hay quien se lamenta de que, frente a aquello en lo que se ocupaban las mentes de generaciones anteriores, que soñaban con que el hombre podría volar, haya hoy día tanto talento desperdiciado en conseguir que una marca aparezca en los primeros resultados de un buscador, o en ganar reputación a base de mensajes de doscientos ochenta caracteres. Para muchos, la escasez de sueños verdaderamente extraordinarios para la humanidad es el resultado de una malversación del talento.

debemos pensar cómo vamos a hacer para ayudar a los jóvenes de hoy a inventar ese mañana con el que todos soñamos

Los creadores de nuestro mundo no vivían inundados por falsas novedades que, de tan obvias, aún dejan ver el repintado que se ha hecho sobre la capa anterior, que también es un frito de un refrito. Tampoco estaban sometidos a una dieta de ideas, productos o servicios basada exclusivamente en consumir exacta y solamente aquello que adoraban.

¿Es este mundo de hoy el de aquellos que engendraron el nuestro? Sin duda no. El desafío más importante para cualquier generación es cómo inventar el futuro. Por eso, debemos pensar cómo vamos a hacer para ayudar a los jóvenes de hoy a inventar ese mañana con el que todos soñamos. Ese mañana que no brotará de la fría asepsia de un algoritmo de recomendación, ni de arrancar de su sepultura a una moda ya muerta y enterrada. Un mañana que solo puede nacer de la genuina capacidad humana para provocar una ruptura y hacer nacer algo que realmente fascine y entusiasme: algo verdaderamente nuevo.

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 17.04.2019

Somos animales. Y tenemos poco de racionales. Quizá cada vez menos. Pese a lo que digamos a otros o nos digamos a nosotros mismos. Nadie admitiría que es víctima de una adicción a su teléfono móvil y, sin embargo, cada vez tenemos más datos que nos muestran, con claridad rotunda y meridiana, que nosotros, la criatura teóricamente suprema de la creación, estamos siendo controlados por esta miniaturizada tecnología que, por otro lado, resulta tan conveniente y versátil.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, El Economista, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 27.03.2019

En la legendaria Ruta 66, en una destartalada cafetería de algún punto de Arizona hay un cartel que reza: «No hay religión más elevada que el servicio a las personas. Trabajar por el bien común es el credo más importante». Que volcarse en los demás es una aspiración y una habilidad casi tan antigua como la humanidad es algo que no precisa demostración pues, desde tiempos inmemoriales, ha habido profesiones como la enseñanza, la medicina y muchas otras, que han orientado todo su conocimiento y vocación a hacer a otras personas la vida más sabia, más sana o más profunda. O simplemente más fácil. Sin embargo, como también ocurre con muchas otras habilidades, da la impresión de que, en un mundo donde la excelencia de los servicios camina hacia la perfección, donde la automatización satura de eficacia cualquier interacción y donde la digitalización facilita anticiparse a los deseos de los consumidores, la antigua vocación por los demás es algo del pasado. Una impresión falsa, como tantos otros espejismos de la era digital.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, El Economista, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 20.03.2019

Cuando pensamos en tomar decisiones, habitualmente consideramos que es un proceso que persigue escoger entre una serie de alternativas, y asumimos que en la información que poseemos hay un espacio de incertidumbre. Cuando solo hay una alternativa no hay toma de decisiones posible y, por otro lado, si se conoce la información de manera exhaustiva en realidad tampoco, porque siempre habrá una opción que destaque sobre las demás. Habitualmente se considera también que la toma de decisiones es una función ineludible del liderazgo, y que por tanto son los dirigentes de las organizaciones y equipos quienes más a menudo tienen que ejercerla. Sin embargo, es muy probable que, en la situación actual de mercado, ambas suposiciones no sean completamente ciertas.

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