Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, El Economista, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 06.11.2019

Es muy probable que, en la arena empresarial, relacionar los procesos de formación con el amor resulte chocante. Fundamentalmente porque seguimos atrapados por concepciones arcaicas sobre los procesos de aprendizaje.

Entre ellas, la inexplicable identificación entre formación y transmisión de conocimientos (lo que quiera que sea esto último), la sorprendente consideración del aprendizaje como un proceso lineal y la ya legendaria confusión entre enseñanza y comunicación. De esta manera, se sigue considerando que instruir es desarraigar de una mente una serie de conceptos para implantarlos en otra, se organizan los contenidos como si de un libro se tratara y se sigue pensando que, si un formador es un buen comunicador, el aprendizaje ocurrirá por sí solo. Todas estas consideraciones ocultan dos grandes principios que rigen el aprendizaje adulto, del que la formación en empresa es un caso particular. Y los dos tienen que ver con el amor.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 30.10.2019

El primer Superman, el de los años 30, era un ser excepcional. Tanto que era imposible ser como él, entre otras cosas porque era de otro planeta. Más o menos en torno a aquellos años aparecieron muchos otros héroes que eran tan perfectos e inalcanzables como los finales de los cuentos de hadas. Y a partir de ahí comenzó un descenso a lo terrenal que tuvo como parada intermedia a los superhéroes de los 90, mucho más humanos y, en algunos casos, equipados con su propio trastorno: desde la personalidad antisocial de Lobezno a la identidad disociada de Hulk, y de la obsesión de Batman por los murciélagos hasta la torpeza social de Spiderman. Y así sucesivamente.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 23.10.2019

Es llamativo cómo convivimos con conceptos y hábitos que no cuestionamos, como por ejemplo es el caso del entretenimiento. En una sociedad avanzada y compleja como la nuestra, nadie duda de que deba haber ratos de esparcimiento y desahogo, en los que podamos descansar en lugar de esforzarnos. El entretenimiento y su poderosa industria se ofrecen entonces para proporcionarnos infinidad de opciones, desde las redes sociales hasta el teatro. La cuestión es que, aún aceptando que el entretenimiento es algo lícito y necesario, muy pocos se plantean si la forma en que buscamos sosiego y esparcimiento puede afectarnos de alguna manera, bien a nivel individual o como sociedad. Pues bien, parece ser que sí.

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 16.10.2019

Vivimos tiempos de incertidumbre. Y en tiempos de incertidumbre se acentúan los rumores. Esas corrientes subterráneas que, bajo los pies de cualquier sociedad, comunican personas, eventos y lugares, haciendo que todo el mundo agudice los sentidos. Porque un rumor es eso, una forma de comunicación en la que probamos nuestras hipótesis sobre cómo funciona el mundo y que, además, nos ayuda a enfrentarnos mejor a nuestras ansiedades e incertidumbres. En ese sentido se parecen mucho a los cotilleos, aunque estos tienen un carácter más cerrado y suelen circular entre personas que comparten un cierto grado de familiaridad.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 09.10.2019

La idea de urgencia siempre había tenido que ver, sobre todo, con el correo postal y con las salas de hospitales donde se atienden los casos más agudos y apremiantes. Urgente era una carta que, por diversas circunstancias, aunque siempre importantes, debía llegar a destino antes de lo habitual. Urgencias eran las heridas y contusiones graves, las infecciones letales, los envenenamientos y las paradas cardiorrespiratorias. Urgente era una palabra destacada, altisonante, una palabra que se usaba para subrayarla sobre un fondo de cotidianeidad y rutina.

Hoy urgente es otra cosa. Urgente es desvelar lo que oculta una notificación, leer un mensaje y contestar a otro. Urgente es hacerse con el último capítulo de la serie de moda, atiborrar el carrito de la compra online y, desde luego, es urgente cualquier pedido que se genere a continuación. Urgente es ponernos música mientras nos desplazamos de un lugar a otro, o llamar a fulano o a menganita para que nos distraiga durante el trayecto, no vaya a ser que el aburrimiento nos detenga el corazón. Y, si ninguno contesta, urgente será entonces revisar compulsivamente nuestras redes sociales para encontrar allí alguna miga de distracción que llevarnos a los dedos. Urgente es actualizar una publicación para ver cómo germinan las reacciones, compartir un vídeo que nos quema en las manos virtuales y posar para un selfi cuando el paisaje apremia y la compañía así lo exige.

Nuestra vida urgente ya no tiene que ver, sobre todo, con misivas relevantes ni con complicaciones medico-quirúrgicas: tiene que ver con el ansia. Con el refuerzo inmediato, con el entretenimiento ubicuo y con la constante embriaguez de estímulos, sobre todo digitales. Los avisos, las notificaciones, los banners y sus familiares en primer y segundo grado han sido creados tan diabólicamente que es difícil sustraerse a su veneno. Es casi imposible no atender a un mensaje entrante, a la luz pulsante de una oferta o verse libre del temor de que desaparezca del estante la última pretendida novedad de la industria del fast fashion que nos ha robado el corazón.

Y así, nuestra vida urgente es cada vez más asfixiante, es una vida en la que la sensación de prisa es tan ubicua que hemos acabado atribuyéndola, erróneamente, a nuestros compromisos reales y obligaciones profesionales. Cuando, en realidad, el ansia que sentimos no es atribuible a nuestro desempeño ni mucho menos se debe a nuestra vida -de verdad- social. Sino a ese apabullante aluvión de estímulos que reclaman insistentemente nuestra atención. No es el trabajo, sino las notificaciones, no es la familia, sino los mensajes, y no son los amigos, sino las ofertas. Porque nuestra verdadera vida no es urgente, no lo ha sido y probablemente no lo será nunca.

Sin embargo, mientras que aprovechemos cualquier trayecto en el ascensor, cualquier cola en el supermercado y cualquier sala de espera para obtener la dosis que nos alivia el ansia, nos parecerá que sí. Que de tan ocupados estamos desquiciados. Y le echaremos la culpa al tráfico, a la ciudad o a nuestro jefe. Cuando los verdaderos, o los primeros responsables, somos nosotros. Porque no podemos soportar una sola notificación sin revisar y porque una pantalla llena de ellas se nos antoja una gangrena insoportable. La vida no es urgente. Lo que es urgente es esta existencia digital de pacotilla que, ya casi ni lo recordamos, hace décadas que nos prometió una vida más fácil, una vida con más tiempo para nosotros y para con los nuestros. Y que, aún a día de hoy, sigue incumpliendo flagrantemente su promesa.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 02.10.2019

Posiblemente una de las frases falsas más famosas de la historia del cine es “Luke, yo soy tu padre”, erróneamente atribuida a Darth Vader en un diálogo con Luke Skywalker. Tanto que hasta hay un chiste que le sirve de homenaje. El texto real que aparece en Episodio V – El Imperio contraataca es: “No. Yo soy tu padre”. Sin embargo, en el imaginario popular la frase recordada y compartida es la primera.

Tampoco Sherlock Holmes dijo nunca “elemental, querido Watson”, ni Rick Blaine (Humphrey Bogart) dijo jamás “tócala otra vez, Sam” en Casablanca. Sin embargo son frases repetidas hasta la saciedad como si fueran ciertas, como muchas otras. La pregunta es: ¿por qué esto es así? ¿Por qué repetimos frases falsas y estamos convencidos de que son correctas? ¿De dónde viene nuestra tendencia a recordar cosas que nunca ocurrieron? La respuesta a estas preguntas no resulta sencilla porque tiene varios ángulos.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, El Economista, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 18.09.2019

Pese a la abundante complejidad e insistente incertidumbre que parece que nos rodea, el éxito de cualquier organización depende de dos hechos bastante sencillos de explicar: por un lado, los clientes valoran las experiencias más que los productos o servicios. Por otro lado, las experiencias están formadas por dos componentes: la existencia de un relato identitario compatible con la narrativa biográfica del cliente y la presencia de una emoción positiva y suficientemente relevante.

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 04.09.2019

Uno de los más exitosos memes de la era digital, que actualmente cuenta con varios perfiles en redes sociales y su propia banda sonora con vídeo incluido, es la expresión “ola k ase”, que en su origen iba acompañada de la fotografía de una llama. Una curiosa manera de expresar la pregunta que, en el fondo, habita en nuestra mente cada vez que nos asomamos a las vidas de otras personas en Internet. Lo que constantemente queremos saber de cada uno es lo que hace. No tanto lo que siente o lo que piensa sino, sobre todo, lo que está haciendo. Y, como causa y consecuencia de ello, nos hemos lanzado todos a una paroxística hiperactividad demostrativa que denota que lo más importante de nuestra vida es justamente eso: lo que hacemos. Viajar, comer, hacer deporte, y así sucesivamente. De esta manera, hacer ha pasado a ser un sinónimo de vivir.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 17.07.2019

El debate más importante sobre la era de la digitalización ubicua no es sobre la interacción hombre-máquina, ni sobre la creación o destrucción de puestos de trabajo como consecuencia del auge de los robots. Ni siquiera es sobre la brecha digital. El debate más importante de nuestra era es sobre la libertad.

Vayamos donde vayamos, ya se trate de opciones de ocio y entretenimiento, de cultura y por supuesto de compra, nos topamos con las ubicuas recomendaciones, acechando como buitres, luchando por ganar el lienzo de nuestra conciencia para provocar una conducta que no habíamos planeado y tal vez ni siquiera imaginado.

Hoy día es casi imposible ver una película que un algoritmo no haya recomendado, comprar un electrodoméstico o unas vacaciones sin dejarse influir por valoraciones previas, o pasar más de un día sin atender a los contactos sugeridos en las redes sociales. Todo es recomendación.

En el debate más importante de nuestra era la cuestión central no es si somos libres, porque es obvio que no. La cuestión más relevante es si seguimos queriendo ser libres. En otro tiempo se invirtieron ingentes recursos y esfuerzos para conquistar espacios de libertad. No solo de determinados colectivos y grupos sociales, sino de la humanidad entera. Vivir sin ataduras se consideraba un valor. Quizá el más importante de todos.

Tal vez nunca hemos podido ser tan libres como ahora y, paradójicamente, más hemos mirado hacia otro lado para disimular el hecho evidente de que no lo somos y de que posiblemente hayamos dejado de querer serlo.

La publicidad siempre ha existido. Pero jamás los mecanismos para influir en la conducta y en el pensamiento del ser humano habían alcanzado cotas tan excesivas. Porque no se trata de la insistencia de uno solo de esos influjos, sino de la suma acumulativa de todos ellos: constantes recomendaciones de productos, servicios, amistades, de opciones ideológicas y políticas. Una atmósfera sofocante y absoluta de la que no hay donde esconderse.

Hoy, que el pensamiento crítico ha sido declarado la segunda habilidad más importante en la cuarta revolución industrial por el World Economic Forum, convendría volver a pensar sobre la libertad. Sin apenas darnos cuenta, cada vez que hemos proclamado el credo de la sociedad del bienestar, de la vida fácil, del obtener lo que sea sin apenas invertir tiempo o esfuerzo, hemos ido avanzando por una senda inquietantemente peligrosa. La que deja en manos de otros nuestra conducta y, lo que es más inquietante, nuestro pensamiento. Una senda en la que aceptamos sin apenas valorar o cuestionar.

La visión más distópica hoy día no es ya la de un mundo de robots que aniquilan o someten a los seres humanos. Es la de una humanidad con el pensamiento secuestrado, la de un mundo sin libre albedrío. La de una sociedad que sigue pulsando el botón de lo recomendado arrojando por la borda décadas, siglos de conquista del bien más preciado que teníamos y que no sabemos si hemos dejado de apreciar: la libertad.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Conferencia, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Originalidad, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 10.07.2019

En 1977 se estrenó Pumping Iron, un documental en el que culturistas como Arnold Schwarzenegger o Lou Ferrigno (que luego se haría famoso por su papel en la primera serie sobre Hulk) se entrenaban para ser Mister Universo o Mister Olympia.

En rudimentarios gimnasios, cuyo pobre equipamiento haría sonreír a cualquier entrenador de hoy día, los aspirantes se entregaban a severas sesiones de ejercicio. Gimnasios muy parecidos al de Rocky Balboa, otro icono de la actividad físico-deportiva de la época, aunque en la ficción. En sus declaraciones, Schwarzenegger hablaba de perder el miedo al desmayo y explicaba que a la mayoría de la gente le faltan agallas para superar la barrera del dolor. Para él, esas agallas (y por tanto no el entrenamiento, la genética o la alimentación), son lo que separa a los perdedores de los ganadores. Si alguien no es capaz de superar la barrera del dolor, declaraba, es mejor que se olvide de convertirse en un campeón. Lo más importante de esto es que él no estaba hablando de dificultades, de pesadumbre o de inconvenientes variados. Estaba hablando de dolor físico y real: estaba hablando de infligirse dolor deliberadamente todos los días para alcanzar su objetivo.

Por mucho que parezca que estas declaraciones encierran un mensaje similar, lo cierto es que están a mucha distancia de esos constantes mensajes melifluos que hablan de atreverse a conquistar la vida soñada, o que a diario invitan a salir de la zona de confort. Fundamentalmente porque mientras estos últimos se refieren a algo que ocurre en el interior de la mente, y que básicamente tiene que ver con tomar una decisión, en el otro caso se habla de castigarse hasta el desmayo para conseguir un objetivo. Una gran diferencia.

Puede que el culturismo no sea una actividad que tenga muchos adeptos, y puede que para muchas personas los cuerpos de los que practican esta disciplina no resulten atractivos o estéticos. Sin embargo, sacando de la ecuación esos elementos, lo cierto es que su entrega y fuerza de voluntad están al alcance de muy pocas personas. La mayoría de las cuales, por cierto, pueden cometer el error de lamentarse de no haber llegado a cumplir sus objetivos vitales mientras siguen devorando libros de autoayuda. Libros que continúan hablando, esta vez sí, hasta la extenuación, de atreverse y de salir de la zona de confort.

Sufrir es sufrir. Y, desafortunadamente, en la mayoría de los casos, es un ingrediente fundamental del éxito. Un éxito que no viene de salir de la zona de confort sino de vivir en ella, ni de atreverse, sino de seguir atreviéndose cada día. Todos los días. Un éxito que tampoco viene, por supuesto, de priorizar la búsqueda de un propósito vital sobre cualquier otra acción.

Uno de los dramas de esta sociedad digital, particularmente en la gente joven, es que a menudo confunde apariencia con realidad. Y, de la misma manera, se confunde compartir en las redes sociales sentencias sobre el éxito con vivir de acuerdo con ellas. Lo que aquellos culturistas de los setenta, en sus pobres y destartalados gimnasios, ilustraron de forma admirable e inequívoca es eso que hoy llamamos grit: una poderosa combinación de pasión y perseverancia. Pero, sobre todo, lo que nos enseñaron de manera ejemplar es que no hay victoria sin sufrimiento.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com