Dinámicas grupales y liderazgo

En todo equipo hay un juego de tronos silencioso.

Tarea y autoridad, vínculos y afectos: las dos dinámicas que gobiernan cualquier grupo humano, lo sepa o no su líder.

Cuando termines de leerlo comprenderás mejor las dos fuerzas invisibles que de verdad mueven a tu equipo.

Por Jesús Alcoba, escritor y conferenciante.

Tiempo de lectura: 6 minutos.

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Tarea y autoridad

Hace ya muchos años que se sabe que las dinámicas que existen en los equipos pueden agruparse en dos grandes categorías. Conocer en qué consisten y cómo interactúan y, sobre todo, aprender a gestionarlas, es una de las primeras competencias que deben poseer los directivos. Hoy que tanto se habla de saber dirigir, de liderazgo y de mil términos afines, a menudo se olvida que los grupos giran constantemente en torno un juego de tronos y alianzas.

En el ámbito profesional estamos habitualmente centrados en una actividad que genéricamente podríamos denominar tarea. La tarea es lo que hay que hacer en cada momento determinado: una serie de cálculos, un informe, una reunión, una toma de decisiones, una comunicación, y muchas otras similares. Las tareas toman forma en procesos, y los procesos al final ejecutan la estrategia de la empresa cumpliendo así su misión y evolucionando hacia su visión. Lo que ocurre es que, para que las tareas se lleven a cabo de una manera óptima, hay personas en las organizaciones que definen quiénes se ocupan de cada una de ellas, cómo se llevan a cabo, cuándo se hacen y con qué plazo, cuál es nivel de ejecución requerido, y así sucesivamente. A menudo estas mismas personas son las responsables de evaluar esas tareas, siendo por tanto las que ejercen la autoridad. La primera de las dinámicas que explican el comportamiento de los grupos está relacionada precisamente con estar más cerca o más lejos de los núcleos poder que regulan las tareas que se llevan a cabo.

Según este principio, y dependiendo de en qué punto se sitúe cada persona en la polaridad líder-seguidor, habrá tensiones dinámicas para controlar el nivel de tarea, es decir, los miembros del grupo lucharán entre ellos por definir lo que hay que hacer en cada momento. Lo que a veces se desconoce o se descuida es que estos procesos ocurren con independencia de quiénes sean los líderes formales del grupo. Y lo que se desconoce aún más es que la dinámica de tarea o autoridad no es ni mucho menos la única que existe, y a veces tampoco es la más importante.

La gestión de la tarea y la autoridad es una de las dos dinámicas grupales básicas.

Vínculos y afectos

El juego de tronos que implica la lucha por ejercer influencia sobre las tareas que se llevan a cabo en una organización, no es ni el único, y a veces no es el más importante. Porque por debajo o por encima de ese entramado discurre otro a veces más relevante, que está formado por las dinámicas de afecto. Ser sensible a ellas y gestionarlas adecuadamente es una de las claves del liderazgo efectivo.

En todo grupo se generan vínculos afectivos que determinan un universo de relaciones que acompaña a la dinámica de tarea y autoridad. A veces la complementa y a veces la contradice. En cualquier grupo social, ya sea profesional o personal —como por ejemplo ocurre en las familias— a menudo es más interesante saber a quién y cómo se dice algo que lo que en sí se está diciendo. O, por ejemplo, en una toma de decisiones, en ocasiones es mucho más relevante saber quién defiende a quién, o quién se alía con quién, que los argumentos que se están utilizando para defender una u otra postura. Hay personas que permanentemente se sitúan al lado de otras, y quienes sistemáticamente mantienen posturas contrarias hacia los mismos individuos.

Esto es así porque los componentes de los grupos son personas, y las personas experimentan sentimientos y emociones hacia otras, siendo a veces los vínculos y rechazos entre ellas mucho más fuertes e importantes que el interés que puedan llegar a tener en las tareas que se están llevando a cabo. Obviar ese hecho y centrarse solo en el nivel de tarea o autoridad es ignorar una de las fuerzas más potentes que gobiernan al ser humano, que es la necesidad de dar y recibir afecto.

La gestión de los vínculos y afectos es una de las dos dinámicas grupales básicas.

Ocupar el espacio del liderazgo

Estamos hartos de ver en el cine la misma escena, y sin embargo tal vez no hemos reflexionado suficientemente sobre ella: tras un desastre natural o un accidente, un grupo de supervivientes que no se conocen deben unir sus fuerzas para sobrevivir. Si observamos adecuadamente lo que ocurre a continuación, enseguida deduciremos una de las claves de la dinámica de los grupos y del liderazgo efectivo.

Lo que suele ocurrir en estas escenas en el cine es que lo primero que hacen los supervivientes es organizarse: buscar comida o refugio, hacer inventario de lo que poseen, atender a los heridos, y así sucesivamente. Inevitablemente, habrá algunos personajes que ejerzan más influencia que otros sobre lo que hay que hacer en cada momento. Esto en el cine —y en la vida— ocurre mucho antes de que la película comience a desarrollar las diferentes tramas afectivas que van a ocurrir entre los miembros del grupo.

Desde hace ya muchos años se sabe que las dos dinámicas básicas que ocurren en un grupo, la de tarea y la de afecto, se gestionan consecutivamente, siendo la primera de ellas, la de tarea o autoridad, la que antes se plantea y consolida. Eso quiere decir, sobre todo, que cuando un grupo nuevo se forma, si no hay un liderazgo claro, el grupo elegirá sus propios líderes. Y lo segundo que quiere decir, no por obvio menos importante, es que lo primero que tienen que hacer los líderes formales es liderar, es decir, definir qué es lo que hay que hacer, cómo y cuándo, antes de intentar crear una red de relaciones afectivas en el grupo.

Si el líder no ocupa su espacio alguien lo hará por él.

Desacuerdo dinámico y esencial

En los grupos hay tantas opiniones como personas, a veces más. Dado que hoy ningún equipo puede sobrevivir sin apoyarse en la suma de sus miembros, una de las cuestiones más complejas de gestionar en la tarea de liderar es el desacuerdo. Sobre todo porque, debido a las dinámicas de tarea y afectividad, las cosas no siempre son lo que parecen.

A primera vista estar de acuerdo significa compartir una idea, una misma forma de ver la vida o un problema. Y esta en desacuerdo es oponerse o simplemente no participar de esa idea. Sin embargo, en la mayoría de los casos, este sencillo principio no se cumple. No se cumple porque las personas acuden a las reuniones y foros de debate con ideas preconcebidas acerca de sus interlocutores, que generalmente previamente han clasificado en dos grupos: aquellos que les son afines y aquellos que no. Y de ahí surge precisamente el problema. El desacuerdo dinámico surge como consecuencia de la forma de la interacción, de la dinámica del grupo, y por tanto de esas ideas preconcebidas que unos miembros del grupo tienen de los otros, y no como resultado de tener posiciones realmente diferentes después de haber analizado un asunto de forma adecuada, lo que sería un desacuerdo esencial.

Lo sorprendente es que la mayoría de las veces los desacuerdos experimentados en las reuniones son dinámicos, pero se interpretan como desacuerdos esenciales. Por eso una función ineludible del liderazgo es clarificar este fenómeno cuando surja, porque de otro modo la conclusión final que adopte el grupo no será consecuencia de sus ideas, sino de sus pasiones.

Tan importante como buscar el acuerdo es saber por qué se está en desacuerdo.

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Este artículo, publicado por El Economista en 2014, forma parte de una serie de ensayos periodísticos y columnas de opinión, escritos a lo largo de los años en diferentes medios, que recojo aquí como colección unificada.