Cambio personal, Ciencia y Management, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 01.11.2017

Estamos acostumbrados a ver la realidad en polaridades, una de las cuales está definida por lo moderno en un extremo y lo clásico en el otro. Así, la marca personal pertenece a la constelación de significados actuales e innovadores, mientras que la inspiración tiende a relacionarse con la antigüedad y con lo ancestral. Sin embargo, como en la mayoría de conexiones cruzadas interesantes, hay un arco temporal y conceptual que insospechadamente enlaza ambos términos.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 13.07.2016

Como dijo la protagonista de La Joven del Agua, a nadie le dicen quién es cuando nace. ¿Sabes tú quién eres? No me refiero a cómo te llamas, o a tu profesión, o a si eres padre, madre o hermano. Tampoco me refiero a aquello en lo que crees, sino a lo que constituye tu auténtica esencia, tu identidad más profunda.

Una de las más grandes historias que jamás ha llegado a mis oídos sobre la identidad profesional es la de un humilde carpintero que invirtió toda su vida para descubrir que, en realidad, estaba destinado a ser uno de los grandes hombres de su tiempo.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 22.06.2016

La Taberna de Sandro y Leonardo es un nombre que posiblemente te evoca un espacio gastronómico vestido de interiorismo industrial, una mezcla de madera y acero viejo con bulbos de filamento incandescente colgando del techo y suelo de cemento pulido. Seguramente imaginas a Sandro y a Leonardo como dos chefs de estética hipster, quizá uno con bigote y gafas de pasta, y el otro calvo y con una poblada barba negra.

Nada más lejos de la realidad.

Seguramente no lo creerás, pero Sandro es, en realidad, Sandro Botticelli, y Leonardo es el mismísimo Leonardo Da Vinci. Y esa taberna fue un emprendimiento que ambos intentaron en aquél maravilloso quattrocento italiano en el que todo parecía posible.

 

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Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 02.02.2016

En esta época, en la que tanta defensa se hace de metodologías activas y participativas, y en la que por muchos motivos, aunque quizá no todos suficientemente meditados, se intenta eliminar de la ecuación al simple y llano saber, tal vez sería bueno recordar su importancia. Obviamente no para frenar el avance de la innovación educativa, sino para recordar una gran verdad, y es que el conocimiento emociona.

Nadie ha explicado mejor que los constructivistas la incómoda sensación que produce no saber. Cuando se nos presenta un dato desconocido, que no cuadra con nuestros esquemas, o que necesitamos conocer porque es importante para lo que pretendemos, nuestra mente experimenta un estado de malestar, casi como si nos faltara algo. Y a partir de ahí se desencadenan una serie de esfuerzos para conseguir reducir la molesta sensación que produce la ignorancia. El proceso puede ser más o menos largo, pero cuando finalmente logramos desvelar la incógnita y hacernos con el conocimiento que nos faltaba, surge una emoción de satisfacción y de plenitud, y llega por fin la calma, hasta que otra nueva incógnita desequilibra la ecuación de nuevo. Eso es lo que llamamos aprender y se ha analizado mucho en su vertiente cognitiva, pero pocas veces se ha destacado su vertiente emocional. Rogers ya nos dijo hace décadas que el auténtico aprendizaje ocurre cuando hay implicación personal, cuando lo que aprendemos tiene sentido para nosotros, y cuando hay participación de las emociones. Y es muy cierto que esas dos sensaciones, la que se produce ante la dificultad de comprender algo, y la que ocurre cuando por fin lo capturamos, son las que verdaderamente guían el proceso. Porque el conocimiento, el de verdad, es emocionante.

Hay pocas sensaciones parecidas a la que ocurre cuando un ser humano está realmente conectado con aquello que hace. A través de su concepto de flow, Csikszentmihalyi ha explicado de manera ejemplar esa conexión casi mística que ocurre entre la persona y la tarea cuando está tan absorta en una actividad que ocupa casi toda su conciencia y que produce un disfrute tan profundo que el tiempo parece no transcurrir. Por mucho que una gran cantidad de experiencias de flow, quizá todas, requieran importantes dosis de esfuerzo cognitivo, ninguna se podría entender sin su vertiente emocional, sin esa vibración que ocurre en la anatomía de una persona cuando la energía que invierte es igual al desafío que se le plantea, ni sin la emoción del triunfo que casi siempre llega cuando el esfuerzo sostenido produce sus resultados.

La vocación, en fin, es otro gran ejemplo de que los aprendizajes verdaderos se construyen sobre las emociones. Muy pocas personas con profesiones vocacionales sabrían explicar, en lo profundo de sus concepciones, porqué se dedican a lo que se dedican. Podrían evidentemente dar una serie de explicaciones más o menos elaboradas, pero es posible que, al descender hacia los motivos más íntimos, lo que sienten no se pueda describir con palabras. Porque el conocimiento aplicado y acumulado a lo largo de los años se asienta, al fin y al cabo, sobre una palpitación, sobre una sensación sentida que es fundamentalmente emocional.

Quizá uno de los grandes errores en nuestra concepción de la educación es que tenemos que educar la mente y el corazón de manera separada, y que las cogniciones son una cosa y las emociones son otra. A menudo olvidamos que el aprendizaje de aquello que realmente nos interesa siempre es apasionante. Es verdad que hay un mundo emocional intrapersonal e interpersonal que es el que ha ocupado gran parte de la reflexión actual sobre las pasiones humanas, pero esta tendencia a menudo nos oculta otra gran verdad, y es que el conocimiento emociona.

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com