Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 02.05.2018

Ni es cierto que utilicemos solo el 10% de nuestro cerebro, ni tenemos que beber dos litros de agua al día, ni el pelo crece más fuerte porque nos afeitemos. Son mitos que nacieron quien sabe dónde y que se han extendido sin control a lo largo y ancho del planeta. Tampoco es verdad que en 21 días se pueda generar un hábito.

En 1960 un cirujano plástico norteamericano escribió un libro en el que afirmaba que el tiempo que pasa hasta que una persona comienza a acostumbrarse a su nuevo aspecto tras una intervención, y también el tiempo que transcurre hasta que se dejan de sentir sensaciones de un miembro amputado, es aproximadamente de 21 días. En conclusión, según Maltz, se requieren 21 días para producir un cambio mental. Que se sepa, no hizo ningún estudio para demostrarlo, ni se basó en otra evidencia más allá de sus propios pacientes. Y así fue como, él solito, dio origen a la leyenda.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Inspiración, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 31.01.2018

De todos los pensamientos que tenemos, los más desaconsejables son los que obstaculizan nuestro camino por la vida, porque nos infunden un estado de ánimo que nos impide avanzar y cumplir nuestros objetivos. En cierto sentido, estos pensamientos se parecen mucho a las estrellas ninja (o shuriken). Esas que, se lancen como se lancen, siempre acaban haciendo daño. He aquí una recopilación de algunos de ellos.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 01.11.2017

Estamos acostumbrados a ver la realidad en polaridades, una de las cuales está definida por lo moderno en un extremo y lo clásico en el otro. Así, la marca personal pertenece a la constelación de significados actuales e innovadores, mientras que la inspiración tiende a relacionarse con la antigüedad y con lo ancestral. Sin embargo, como en la mayoría de conexiones cruzadas interesantes, hay un arco temporal y conceptual que insospechadamente enlaza ambos términos.

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Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 30.08.2017

La reinvención profesional es fundamentalmente un proceso de descubrimiento en el cual la persona se refleja en su propia identidad para averiguar qué otros caminos puede transitar. Desde luego no solo sigue los caminos que cada uno vislumbra como posibles, sino sobre todo los deseables. Y suele tener que ver con aficiones o sueños que, de alguna manera, han estado siempre presentes en la biografía de cada individuo.

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Cambio personal, Ciencia y Management, El Economista, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 23.08.2017

Que el cambio es lo único estable es ya un signo de nuestro tiempo. Y en esa constante turbulencia cada vez son más los profesionales que se plantean reinventarse. En algunos casos porque llega un momento en su vida en el que se dan cuenta de que lo que están haciendo no coincide con lo que realmente querrían hacer. Y en otros porque son desvinculados de las empresas para las que trabajan, y se plantean la recolocación con una perspectiva amplia, en la que caben más desempeños que el que han estado llevando a cabo hasta el momento. Sean cuales sean estos puntos de partida, hay ciertos parámetros de la reinvención profesional que son comunes.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 04.10.2016

En la gala de los Premios Oscar de 1993 una emocionada Catherine Deneuve presentaba un vídeo de homenaje a Edith Head (en la imagen de arriba), posiblemente la más legendaria diseñadora de vestuario de todos los tiempos. Más allá de su inusual talento, esta increíblemente productiva artista ha pasado a la historia como un ejemplo del más exquisito de los atrevimientos y constituye un modelo para todos aquellos que dudan cuando se les presentan oportunidades.

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Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 12.05.2015

En el imaginario popular de muchos adultos que fueron jóvenes durante los años ochenta está una serie de televisión llamada “Fama” (spin-off de la de la película del mismo nombre, dirigida por Alan Parker en 1979), en la que una exigente profesora de baile de la New York City High School for the Performing Arts les recordaba a sus alumnos que la fama cuesta, y que allí era donde iban a empezar a pagar… con sudor.

Forman parte también de ese mismo acervo la película Rocky y todas sus secuelas, cuyo tema central “Eye of the tiger” se cuenta aún hoy día entre los temas motivacionales más poderosos de todos los tiempos, y por supuesto Karate Kid, cinta en la que un sabio maestro Miyagi obligaba a su pupilo a esforzarse hasta la extenuación para aprender el ancestral sistema de combate japonés.

De aquellas y otras producciones de ficción los jóvenes sacaban dos conclusiones: la primera, que es el esfuerzo lo que conduce al éxito. La segunda, que el esfuerzo, el coraje, la fuerza de voluntad, el sudor y las lágrimas, resultan en sí mismos heroicos y admirables. No fueron malos mensajes para una generación que, tan solo unos años después, a comienzos de los noventa, tuvo que enfrentar una crisis de considerables proporciones. Aunque seguramente incorrecto y desafortunado, resulta tentador hacer un paralelismo y fantasear sobre cómo pueden estar enfrentando la crisis actual algunos integrantes de la generación que creció con Harry Potter, el niño que lo conseguía todo a golpe de varita, sin siquiera despeinarse.

Durante años el paradigma de la sobreprotección ha campado a su aire, pretendiendo alejar a los niños del sufrimiento y la frustración. Tanto que se ha acuñado la expresión “padres helicóptero”, para nombrar a ese tipo de crianza en la que los progenitores sobrevuelan constantemente por encima de sus hijos con toda la artillería cargada, por si en algún momento tienen que entrar en combate para defenderlos. Pendientes en todo momento, estos padres no solo pretenden saber más que los profesores de sus hijos, sino que les matriculan en la universidad y les acompañan a las entrevistas de trabajo.

Por motivos que posiblemente tienen que ver con el funcionamiento del cerebro y de la necesidad de supervivencia, el ser humano sigue siendo una criatura resistente al cambio. Y por ello muchos de los objetivos que se plantean las personas fracasan. No porque sus planteamientos de base sean erróneos, sino porque para lograr resultados significativos en algunos de ellos, sobre todo en los importantes, hay que invertir meses o años, y por tanto ni la sobreprotección ni desde luego la magia resultan eficaces.

Al final, lograr nuestras metas es algo que depende de un único momento, aunque repetido muchas veces, en el que, después de anhelar un objetivo o un cambio, de buscar cómo lograrlo y de, al fin, trazar un plan, todo lo demás pasará a un segundo plano y, en el último momento, quedarán únicamente el individuo y su tarea: la persona enfrentada a aquello que debe hacer. Y en ese momento de soledad, en realidad, no hay nada que pueda contribuir más al éxito que el simple pero difícil trance volitivo de esforzarse, ese ancestral acto humano de movilización de la energía hacia un objetivo concreto. Sabemos que hay personas que poseen fuerza de voluntad y que hay quien no la tiene, e incluso conocemos algunos principios sobre cómo funciona y cómo desarrollarla. Sabemos muchas cosas. Sin embargo, ninguna de ellas oculta, ni ocultará nunca, el sencillo y descarnado hecho que siempre será cierto, y es que el éxito cuesta. Y que, por supuesto, en algún momento hay que empezar a pagar. Con sudor, sí.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

 

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 06.09.2011

Hay momentos en el año en los que inequívocamente nos planteamos nuevos propósitos, tales como ahorrar más, comer equilibradamente o dejar de fumar. Y es llamativo cómo esos planes a menudo desaparecen en el horizonte como nubes a las que el viento arrastra. Sin embargo, cuando fueron formulados en origen no se trataba de meras conjeturas, sino que estábamos realmente convencidos de la necesidad de cambiar.

La gestión y desarrollo de personas requiere reflexionar sobre por qué los seres humanos evolucionamos o por el contrario nos aferramos a nuestros viejos hábitos y, en cualquier caso, sobre cuáles son las claves del cambio. Entre otras cosas porque las empresas son entes dinámicos que constantemente requieren nuevas competencias o nuevas actitudes. Por tanto una vez más saber de personas ayuda a saber de organizaciones.

El hecho cierto es que a los seres humanos nos cuesta cambiar, lo que a mí siempre me ha recordado la historia de Sísifo. Según la mitología griega, se le condenó a que empujara una pesada roca ladera arriba, que siempre caía rodando de nuevo antes de alcanzar la cumbre, con lo que el pobre Sísifo debía volver a empujarla de nuevo, y así hasta la eternidad. ¿Le suena familiar? Nosotros también, año tras año, volvemos a plantearnos hacer ejercicio o aprender una segunda lengua, pero con mucha frecuencia la piedra vuelve a caer ladera abajo.

Una investigación reciente parece demostrar que cuando adquirimos nuevos hábitos nuestras antiguas costumbres no desaparecen. Y cuando las circunstancias cambian simplemente reaparecen de nuevo, pulverizando nuestras buenas intenciones. Así, tras años de hacer un alto en el camino a casa después del trabajo para tomar algo, cierto día, en un esfuerzo supremo de mejora personal, decidimos sustituir la cerveza por el gimnasio. Y el caso es que al principio nos va bien. Pero luego comienza a hacer frío, o no vemos claro los beneficios del ejercicio físico o cualquier otra cosa, y el antiguo recorrido se instala de nuevo. Recuerdo haber leído que un tercio de las personas abandonan el gimnasio a los dos meses de haberse matriculado. Así que el cerebro no desaprende, sino que todo lo almacena. Y a la menor dificultad regresa a sus viejas costumbres, que parecen no querer desaparecer nunca.

Hay otros motivos por los que es difícil cambiar y muchos consejos que se pueden dar a quienes desean lograrlo, pero hay una verdad tan incuestionable como obvia: cambiar no es sencillo. Para empezar, hay que luchar contra la demostrada tendencia del ser humano a querer abarcarlo todo y a dejar incluso las puertas más pequeñas abiertas: escoja algo, solo una cosa, que sea para usted realmente importante, y conviértalo en su objetivo. A partir de ahí intente tenerlo siempre presente y hacer constantemente cosas que le aproximen a él. No importa cuántas ni cuáles, mientras que le acerquen. Piense que tiene toda la vida, luego no hay ninguna prisa. Seguramente usted conoce bien la filosofía Kaizen, ampliamente utilizada para la mejora continua en las empresas: pues se trata más o menos de lo mismo, pero a nivel personal: la clave es la constancia.

Pero por encima de todo hay que creer que es posible. La investigación muestra que existe una relación entre confiar en conseguir algo y lograrlo. El primer cambio por tanto es mental y puede que sea difícil, pero también es cierto que incorporar nuevas facetas a nuestra vida siempre es un reto fascinante. Olvídese de Sísifo: usted puede empezar a cambiar hoy mismo.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 03.05.2011

Hace ya tiempo me contaron la historia de Murphy. Si no recuerdo mal era un ingeniero que supervisaba una prueba en la que eran cruciales unos sensores y resultó que estos estaban montados al revés. Los sensores obviamente no midieron absolutamente nada y Murphy determinó que, a partir de entonces, los sensores serían fabricados de tal forma que solo fuera posible colocarlos de un modo. Así nació la Ley de de Murphy, que es la que explica que el peor momento para que a usted se le escape una taza de café con leche de entre las manos es un lunes en el que el despertador no ha funcionado, el mismo lunes en el que tiene una reunión crucial a primera hora de la mañana, ese lunes en que llueve y el atasco será monumental.

¿Qué pensaría usted en esa situación? Imagíneselo: en el peor de los escenarios posibles una taza de café con leche llena hasta el borde se le escapa de las manos y se estrella contra el suelo metro y pico más abajo, reventando en mil pedazos y esparciendo todo su contenido por el suelo y desde luego por su ropa. ¿Lo tiene? Por raro que parezca, esta visualización puede determinar de modo bastante preciso qué tipo de persona es usted. Analicemos nuestras opciones: puede usted fantasear con lo bien que lo va a pasar contando la anécdota a sus compañeros de trabajo, pensar irónicamente que al menos va a poder hacer ejercicio mientras recoge todo, o resolver que sin duda es el momento de tomarse unas vacaciones para ir a comprar un nuevo juego de tazas a la otra punta del Universo. La segunda posibilidad es pensar que usted nació con una forma congénita de torpeza, que estas cosas no le pasan a nadie salvo a usted, y que está a punto de llegar tarde a la reunión más importante de su vida. Obviamente si su pensamiento es del segundo tipo se enfadará bastante y es posible que ese enfado se sume al que aparecerá cuando vea el monumental atasco que le espera, y al final pase malhumorado la mitad del día, o puede que toda la jornada. Algunos seres humanos han logrado estar disgustados toda una semana por motivos parecidos.

Si el caso del café con leche no le resulta significativo hay muchos otros ejemplos: ¿qué piensa usted cuando por un imprevisto no consigue la cifra de ventas que esperaba? ¿O cuando de repente recuerda que hay que incluir una acción imprescindible dentro de un proyecto pero ya está fuera de presupuesto? ¿O cuando se da cuenta de que han cambiado las normas de presentación de una importante ayuda pública y no le sirve el trabajo que llevaba avanzado? Es posible que recurra a frases como “nada me sale bien”, “esto es un desastre”, o “esto es lo peor que nos podía haber pasado”.

El motivo por el que todo esto es tan importante es que nuestras emociones, así de simple, dependen de nuestros pensamientos, y concretamente del modo en que evaluamos cada situación: así, hay una gran diferencia entre “jamás debimos habernos metido en este proyecto” y “aún estamos a tiempo de lograrlo”. Lo primero nos hunde y nos incapacita para avanzar, mientras que lo segundo nos motiva y nos da energía.

Piénselo por un momento: ¿en qué mundo vive usted? ¿En el de los que se ríen cuando se les cae el café con leche o en el de los que pasan medio día de mal humor por ese o por otros motivos igualmente irrelevantes? Si es de estos últimos sabrá que está engrosando las filas de los crispados profesionales. Piense que enfadarse porque el mundo no se comporta según sus reglas no sólo es inútil, sino que además consume un tiempo y una energía que son preciosos. Porque, lo quiera o no, el mundo y las personas que lo habitan siguen sus propios principios.

Hoy puede dar un giro a su vida: aprenda a invertir energía en aquello que puede cambiar y a aceptar lo que no puede cambiar. Y, sobre todo, intente ver la importante diferencia que hay entre ambas cosas.

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 02.04.2011

En nuestra vida profesional estamos muy acostumbrados a la gestión de cadenas de valor y hemos adoptado metodologías variadas que fijan objetivos, establecen acciones y evalúan resultados, y desde hace años todos estamos concienciados de la necesidad de la gestión estratégica y de la mejora continua para la supervivencia de las empresas. No sé si usted tendrá la misma impresión, pero a mí me llama la atención la cantidad de tinta que se ha vertido sobre la diferenciación y la mejora continua en las organizaciones, y lo poco que se ha pensado sobre cómo estos conceptos se pueden aplicar a los seres humanos.

Una vez le oí decir a Michael Porter que si las batallas se libran únicamente en el terreno de la reducción de costes lo que se logra es estrangular cada vez más a los departamentos que agregan valor a la cadena, y esto puede acabar comprometiendo seriamente la viabilidad de la compañía. Lo oportuno por tanto es jugar la carta de la diferenciación y hacer propuestas únicas que establezcan diferencias claras. Si el cliente ve dos productos idénticos comprará el más barato, pero si son distintos adquirirá uno u otro dependiendo de las características que tengan. Esta es la clave del pensamiento estratégico, que es a las empresas lo que la brújula a los barcos.

Supongo que reflexionamos poco sobre el hecho de que a las empresas las tensiones del mercado les instan a una evolución constante y a luchar por seguir a flote, mientras que los seres humanos, al menos en apariencia, no sufrimos esta presión. Y quizá esto es lo que nos lleva a evolucionar de modo desatendido o, mejor dicho, a no evolucionar. Las personas carecemos de estrategia: navegamos mar adentro sin rumbo. Por eso yo me pregunto: ¿qué aportamos cada uno de nosotros de diferente a las personas que trabajan a nuestro lado, a nuestros clientes, a nuestra empresa? ¿Y cómo mejoramos lo que ofrecemos?

Hoy se habla mucho de marca personal, de cómo posicionarnos, de networking y de mil cosas más, que sin duda llaman la atención sobre la dimensión individual del tejido productivo. Sin embargo tenga en cuenta que una cosa es cómo los demás le perciben, que es una cuestión de marketing, y otra es quién es usted y quién quiere ser, que es una cuestión de estrategia. A mí siempre me ha gustado más la estrategia que el marketing.

Yo pienso que el valor empresarial comienza generándose dentro de cada persona para luego producirse a escala organizacional: hay que microproducir para macroproducir. Por eso pensar estratégicamente en nosotros mismos no sólo nos ayuda a crecer, sino que ayuda a crecer a la empresa.

Ahora bien, lo más importante, en la empresa y en la vida, en la vida de las empresas y en la empresa que es la vida, es cuál es el rumbo, hacia dónde nos dirigimos, hacia dónde va cada uno de nosotros y, sobre todo, si hoy estamos o no más cerca del puerto al que queremos llegar.

Una vez definida la dirección luego solo es cuestión de encontrar la fuerza que hinche las velas pero, y esto es importante, sin intentar hacerlo todo a la vez, porque es muy cierto que no se puede navegar a saltos. Aunque sí se puede, y yo creo que se debe, intentar una cosa nueva cada semana, o cada mes, o cada seis meses. El caso es no dejarnos ir por el día-a-día, ese fenómeno tan intangible como cruel que nos arrastra como la marea y nos deja arrugas en la cara, y a veces en el alma, sin que hayamos podido saber siquiera qué fue exactamente lo que las causó.

Y usted, ¿sabe hacia dónde se dirige?

 

Originalmente publicado en www.dirigentesdigital.com