Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 17.04.2017

Como si el mundo se hubiera convertido en una descomunal sala de teatro, los seres humanos que lo habitamos nos estamos transformando en pequeños personajes que actúan constantemente frente a una audiencia, en general igualmente pequeña, buscando su ración de micro-fama. Y así, lenta pero imperceptiblemente, el culto a la actuación se está convirtiendo en una pauta de vida.

Vamos de vacaciones, cenamos en un restaurante, acudimos al cine, compramos un coche, cocinamos, corremos, y así sucesivamente. Pero no toda nuestra vida pasa a las redes sociales, sino únicamente lo que es susceptible de convertirse en una actuación interesante para nuestra pequeña audiencia. Solamente lo que nos puede dar ese reconocimiento sin el cual parece que ya no podemos vivir. Esas acciones, y solo esas, son seleccionadas, filtradas y ubicadas en nuestros perfiles. Más el hacer que el sentir o el pensar. Y, en muchas ocasiones, más el aparentar que el ser.

Y así, la vida realmente íntima se oculta, mientras hacemos públicas construcciones narrativas deliberadas que, en muchas ocasiones, se alejan sustantivamente de lo que realmente somos. Y así, creamos personajes que relatan lo que hacen, en un constante intento por mantener entretenida y fascinada a la audiencia. Buscamos la admiración ajena hacia ese pequeño personaje que hemos creado, a pesar de que la vida de quien se oculta detrás no sea siempre tan brillante ni tan emocionante como parece. La vida que en realidad vivimos siempre tiene luces y sombras, con un matrimonio acaso feliz pero con un mal jefe, con dificultades económicas pero con buenos amigos, o con suficiente tiempo libre pero con alguna enfermedad inquietante. Nuestra vida en las redes sociales, sin embargo, es una moneda que solo tiene una cara.

Antes la mayoría de las interacciones se llevaban a cabo con un grupo muy reducido de personas, y era un lugar común afirmar poseer muchos conocidos, pero pocos a quien realmente llamar amigos. Sin embargo hoy día, y pese a que casi todo el mundo conserva ese círculo íntimo, es habitual relacionarse con centenares de personas a las que las redes sociales llaman amigos, pero a las que, en muchos casos, incluso el calificativo de conocidos les quedaría grande. Sin embargo, hoy el énfasis está en este segundo grupo, porque ellos constituyen la audiencia. Ellos son los que pueden darnos esa micro-fama que buscamos.

Es más bien evidente que todo el tiempo que invertimos en crear y alimentar esos pequeños personajes antes lo dedicábamos a otras tareas. En lugar de buscar posicionarnos en el complejo mundo de las redes sociales nos dedicábamos quizá a charlar con nuestra familia o amigos, o tal vez a leer o a pasear.

En general, los actores saben que son actores, y son conscientes de la distancia entre si mismos y los personajes que interpretan. La gran pregunta es si, después de todo ese tiempo y esfuerzo, todos los que debutamos a diario en las redes sociales captamos esa misma diferencia, o si por el contrario hemos empezado a creernos nuestros propios personajes.

 

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Huffington Post, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 15.02.2017

Hace aproximadamente 500 años un florentino apellidado Maquiavelo escribió El Príncipe, uno de sus tratados más célebres. Tal vez porque en ese texto nos dejó perlas como que a los hombres “hay que ganarlos con beneficios o destruirles”, o que hay que saber “entrar en el mal si es necesario”, apareció el adjetivo maquiavélico para referirnos a aquellas personas que actúan con intriga y engaño para conseguir sus fines.

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Ciencia y Management, Huffington Post, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 25.01.2017

Seguro que te ha pasado más de una vez: no sabes cómo, pero has acabado dando con tus huesos en una de esas reuniones absurdas donde ocurren inquietantes fenómenos como el de la “muerte por Powerpoint” ante una presentación tan letárgica como carente de sentido. O peor aún, el de las intervenciones sucesivas que dibujan espirales sin fin, en las que ni se entiende lo que dicen los participantes en la reunión, ni mucho menos por qué lo dicen.

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