Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, El Economista, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 18.10.2017

Resulta abrumadora la cantidad de tinta que se ha vertido sobre la innovación. Comparativamente, se ha escrito mucho menos sobre la creatividad, una competencia que, sin embargo, es esencial para aquella. Aunque, realmente, el fenómeno sobre el que, inexplicablemente, apenas hay literatura, es la inspiración. Un hecho ciertamente sorprendente, porque vivimos en una época en la que todo el mundo parece necesitarla y buscarla.

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Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Inspiración, Jesus Alcoba, Psicología del éxito, Ultraconciencia / 04.10.2017

Están por todas partes: en todo tipo de eventos, en Internet, y hasta en Whatsapp. Las conferencias, el formato más potente y vivo para la divulgación de las ideas, está tan extendido que casi se nos ha olvidado preguntarnos por qué funciona. Cuesta imaginar un congreso sin conferencias, tanto como cuesta encontrar a una persona que no sea capaz de nombrar una charla que le haya impactado. ¿Por qué vemos tantas conferencias? ¿Qué tiene este formato que lo hace tan popular? ¿Por qué estamos enganchados a las conferencias?

Está claro que su fundamental fortaleza está en la posibilidad de entrar en contacto con una idea de una manera rápida y sintetizada, pero eso se puede hacer también leyendo un artículo o una tribuna de opinión. Y es evidente también que nadie va a cambiar el mundo ni su mundo por haber escuchado a alguien hablar durante una hora o dieciocho minutos, que es lo que suele durar una charla TED. ¿Por qué funcionan entonces las conferencias?

Una primera idea, que comparten otros formatos, pero que también explica por qué algunas conferencias son mejores que otras, es que a través de ellas tenemos la oportunidad de ver cómo mira el mundo quien nos habla. Es decir, cuál es la manera que tiene de interpretar la realidad y cuál es su voz única. Ese aspecto diferencial es el que, cuando realmente se hace patente, hace a las conferencias realmente atractivas. Por el contrario, cuando el conferenciante se limita a transmitir ideas de otros, la charla pierde fuerza.

La segunda idea sobre las conferencias, que es lo que realmente las hace únicas, es que tenemos la oportunidad de ver cuál es la reacción emocional de quien nos habla respecto a las ideas que nos presenta. Es decir, en una conferencia lo que aprendemos es cómo vivir un conocimiento nuevo, qué emociones despierta en quien nos habla, y por tanto qué emociones podría provocar en nosotros. Por eso aquellos conferenciantes que no hablan con pasión de sus ideas no resultan interesantes. De manera no consciente lo que pensamos es que es difícil que nos emocione algo que no emociona ni a quien lo está relatando.

Cuando ocurren ambas cosas, es decir, cuando estamos frente a un orador con voz única que además vive sus ideas con pasión, se produce una conexión de alto voltaje con la audiencia, producida por el elemento supremo de la transmisión de ideas, que es lo que llamamos inspiración.

La inspiración es la reacción emocional que se produce cuando súbitamente construimos sentido. Y la ciencia ha mostrado que es contagiosa. Es más, ha demostrado que ese contagio puede llegar a vivirse en el destinatario de una manera física. Cuando, por ejemplo, leemos una novela y experimentamos un estremecimiento o el corazón se nos acelera, es altamente probable que quien escribió esas líneas estuviera inspirado.

Las conferencias que realmente transmiten una mirada singular de un modo vivo y emocionante nos inspiran. Y entonces nos sentimos, como expresa esa idea quizá erróneamente atribuida a Newton, a hombros de gigantes. Trascendidos y elevados por la incontenible fuerza de la inspiración. Ese es el auténtico secreto de las grandes conferencias.

 

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com

Cambio personal, Ciencia y Management, Dirigentes, Jesus Alcoba, Psicología del éxito / 02.02.2016

En esta época, en la que tanta defensa se hace de metodologías activas y participativas, y en la que por muchos motivos, aunque quizá no todos suficientemente meditados, se intenta eliminar de la ecuación al simple y llano saber, tal vez sería bueno recordar su importancia. Obviamente no para frenar el avance de la innovación educativa, sino para recordar una gran verdad, y es que el conocimiento emociona.

Nadie ha explicado mejor que los constructivistas la incómoda sensación que produce no saber. Cuando se nos presenta un dato desconocido, que no cuadra con nuestros esquemas, o que necesitamos conocer porque es importante para lo que pretendemos, nuestra mente experimenta un estado de malestar, casi como si nos faltara algo. Y a partir de ahí se desencadenan una serie de esfuerzos para conseguir reducir la molesta sensación que produce la ignorancia. El proceso puede ser más o menos largo, pero cuando finalmente logramos desvelar la incógnita y hacernos con el conocimiento que nos faltaba, surge una emoción de satisfacción y de plenitud, y llega por fin la calma, hasta que otra nueva incógnita desequilibra la ecuación de nuevo. Eso es lo que llamamos aprender y se ha analizado mucho en su vertiente cognitiva, pero pocas veces se ha destacado su vertiente emocional. Rogers ya nos dijo hace décadas que el auténtico aprendizaje ocurre cuando hay implicación personal, cuando lo que aprendemos tiene sentido para nosotros, y cuando hay participación de las emociones. Y es muy cierto que esas dos sensaciones, la que se produce ante la dificultad de comprender algo, y la que ocurre cuando por fin lo capturamos, son las que verdaderamente guían el proceso. Porque el conocimiento, el de verdad, es emocionante.

Hay pocas sensaciones parecidas a la que ocurre cuando un ser humano está realmente conectado con aquello que hace. A través de su concepto de flow, Csikszentmihalyi ha explicado de manera ejemplar esa conexión casi mística que ocurre entre la persona y la tarea cuando está tan absorta en una actividad que ocupa casi toda su conciencia y que produce un disfrute tan profundo que el tiempo parece no transcurrir. Por mucho que una gran cantidad de experiencias de flow, quizá todas, requieran importantes dosis de esfuerzo cognitivo, ninguna se podría entender sin su vertiente emocional, sin esa vibración que ocurre en la anatomía de una persona cuando la energía que invierte es igual al desafío que se le plantea, ni sin la emoción del triunfo que casi siempre llega cuando el esfuerzo sostenido produce sus resultados.

La vocación, en fin, es otro gran ejemplo de que los aprendizajes verdaderos se construyen sobre las emociones. Muy pocas personas con profesiones vocacionales sabrían explicar, en lo profundo de sus concepciones, porqué se dedican a lo que se dedican. Podrían evidentemente dar una serie de explicaciones más o menos elaboradas, pero es posible que, al descender hacia los motivos más íntimos, lo que sienten no se pueda describir con palabras. Porque el conocimiento aplicado y acumulado a lo largo de los años se asienta, al fin y al cabo, sobre una palpitación, sobre una sensación sentida que es fundamentalmente emocional.

Quizá uno de los grandes errores en nuestra concepción de la educación es que tenemos que educar la mente y el corazón de manera separada, y que las cogniciones son una cosa y las emociones son otra. A menudo olvidamos que el aprendizaje de aquello que realmente nos interesa siempre es apasionante. Es verdad que hay un mundo emocional intrapersonal e interpersonal que es el que ha ocupado gran parte de la reflexión actual sobre las pasiones humanas, pero esta tendencia a menudo nos oculta otra gran verdad, y es que el conocimiento emociona.

Originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com