Por qué nos gustan los malos

Darth Vader, Anibal Lecter y el Joker, por poner solo algunos ejemplos, son malos legendarios de la gran pantalla. Antes que ellos Drácula, Mr. Hyde, Moriarty y muchos otros han perpetrado sus hazañas en la literatura, mostrando la peor cara del ser humano, cometiendo actos horribles, contraviniendo las leyes y mostrando premeditación, alevosía y crueldad en sus actos. Sin embargo, estos seres siempre van acompañados de un halo de fascinación cuando entran en escena. Si cualidades como la honestidad, la justicia, la integridad o la bondad son aspiraciones naturales del ser humano, entonces ¿por qué nos gustan los malos?

Uno de los comportamientos más significativos del ser humano es la imitación. Las personas lo copiamos y lo reproducimos todo: ropa, expresiones, gestos, comportamientos y hasta ideas. El fenómeno de la viralización de contenidos no tendría explicación alguna sin esa tendencia humana tan genuina, como no lo tendría el mundo de la moda. El motivo por el cual esto es así es desconocido y posiblemente su explicación sería compleja. Quizá con la evolución y el paso de los siglos el ser humano ha acabado entendiendo que la fuerza de un grupo es superior a la suma de sus miembros, y así, unificando las conductas de un colectivo, calcula que puede enfrentarse de manera más contundente a la realidad, de la misma manera que los lobos cazan en manadas o que los patos vuelan en bandadas.

El mayor problema es que esa concepción no tolera a los diferentes. En una manada todos son iguales, y en una bandada también. No se puede destacar. Argumentos tan ancestrales como el del cuento del Patito Feo de Andersen están grabados en el fondo de nuestra conciencia. Todos se reían del Patito Feo, e incluso su madre no lo quería cerca de ella. Y de ahí que el miedo a ser diferente, a destacar, esté tan instalado en nuestras anatomías. Intentamos ser uno más dentro de la colectividad, sin sobresalir, porque intuimos que el grupo nos mirará mal, nos criticará o, peor aún, nos excluirá. Tendríamos que repetirnos más a menudo ese bello texto quizá erróneamente atribuido a Nelson Mandela: “Empequeñecerse no ayuda al mundo. No hay nada inteligente en encogerse para que otros no se sientan inseguros a tu alrededor. Todos deberíamos brillar, como hacen los niños”.

Por eso los malos y los rebeldes nos atraen tanto. Los malos no se empequeñecen, ni disimulan, ni quieren pasar desapercibidos. Se saltan a la torera ese ancestral aunque erróneo precepto de que hay que ser una pieza más del engranaje o un ladrillo más en el muro, como en la legendaria letra de Pink Floyd. Los malos rompen el guion, son diferentes y están orgullosos de ello. No siguen las normas establecidas, crean su propio camino, innovan a su manera y, lógicamente, resaltan entre la multitud. Evidentemente hay muchas personas que destacan y cuyo comportamiento es el correcto, pero ante ellas el riesgo de sentir envidia es demasiado alto. Los malos siempre nos gustarán porque en el fondo admiramos sus cualidades, pero no sentimos envidia hacia ellos porque nos sabemos moralmente superiores.

En un mundo donde la presión hacia la uniformidad y la conformidad es desproporcionada es un disparate pensar en ser diferente y en desatender los dictados de la moda o de la opinión pública mayoritaria. Sin embargo, es muy cierto que no hay nada inteligente en hacerse pequeño y disimular para que otros no se sientan inseguros. Encogerse no ayuda al mundo porque el mundo no fue hecho por personas que dieron un paso atrás y disimularon para que nadie se fijara en ellos. No lo hicieron personas grises que eran iguales a otras muchas personas grises. El mundo lo hicieron quienes rasgaron la tela del convencionalismo y los dictados de lo establecido para mirar al horizonte e innovar de verdad. El irresistible atractivo de los malos no está en su maldad, sino en que brillan con luz propia, como hacen los niños, y como cada uno de nosotros deberíamos también brillar.

Artículo originalmente publicado en: www.dirigentesdigital.com